16
Salimos todos corriendo en dirección al alarido. Bajamos las escaleras como si estuviéramos en mitad de una persecución. El subinspector va delante, la sargento detrás, Yamanaka jadeando en cada escalón y Yuri a mi lado.
Llegamos al vestíbulo y… nada.
Ni gente huyendo, ni sangre, ni un yōkai flotante, ni más chillidos de desesperación.
Lo que más se escucha son los bramidos del mar de periodistas y curiosos que espera al otro lado de la entrada del hotel.
Unos agentes se acercan al subinspector.
En la parsimonia de sus pasos no hay ninguna urgencia.
La pareja de jubilados juega al shōgi , el ajedrez japonés.
Estoy a punto de pensar que nos lo hemos imaginado, y entonces la veo.
Thalía. La influencer con más dramatismo que sentido común.
Está en uno de los sofás, mirando su móvil como si acabara de descubrir que un asteroide destruirá la Tierra en nueve minutos.
A su lado, su novio con cara de estar a la espera de que su pareja le diga cómo se tiene que sentir.
Me acerco con el corazón aún agitado, pero ya escéptica.
—¿Has sido tú la que ha gritado?
Thalía alza la cabeza con una expresión entre pánico, tragedia griega y victimismo digital. Mira el móvil como si contuviera la última voluntad de la humanidad.
—¡Es una desgracia! —gime—. ¿Cómo ha podido pasar esto? ¡¿Cómo?!
—¿Qué ha pasado? —pregunto, aunque ya empiezo a sospechar.
Me tiende el móvil. En la pantalla, una gráfica. No hace falta tener un máster en marketing para saber lo que estoy viendo. Una línea vertical roja.
—He perdido diez mil seguidores —dice, con un temblor en la voz que cualquier terapeuta interpretaría como «tengo las prioridades rotas»—. ¡Diez mil! ¡En unas pocas horas!
Me giro hacia la sargento y el subinspector. Les hago un gesto con la mano indicando la falsa alarma.
—¿Y por qué? —pregunto, cruzándome de brazos. No sé si quiero oír la respuesta, pero ya estoy demasiado metida.
—Subimos un vídeo esta mañana —dice, señalando al novio, que parece estar considerando una desaparición estratégica—. El del onsen , el que grabamos anoche. Todo iba perfecto… hasta que alguien se dio cuenta de que su reflejo salía en el cristal.
—¿Y? —finjo no entender, aunque la pieza encaja de inmediato.
—¡Pues que ahora todos mis seguidores saben que tengo pareja! —Su voz se vuelve tan aguda que hasta los pájaros del jardín deben haberse largado—. ¡Se cargó la ilusión, todo el maldito encanto!
—No ha sido solo el reflejo —murmura el novio—. Riku Gossip lo ha comentado y ha compartido mi cuenta privada.
Thalía cierra los ojos, como si acabaran de mencionarle una enfermedad terminal.
—Un influencer de cotilleos —aclara ella, con la mandíbula tensa—. Llevaba meses tirándome mierda y ha visto la oportunidad perfecta.
No hace falta ser Sherlock para entender qué ha pasado.
Riku Gossip ha visto el reflejo, ha tirado del hilo y ha encontrado la cuenta privada del novio, donde había fotos suficientes para confirmar que están juntos.
Su público —hombres que babeaban con sus fotos calibradas al milímetro para excitar sin ofender— ha visto la prueba de que no está disponible y han huido en estampida.
La naturaleza humana es deprimente pero infalible.
Ninguno de ellos iba a convertir esa fantasía parasocial en una aventura de lujuria, pero aun así se sentían con derecho a algo. Tan patético como inevitable.
Qué pereza tan inmensa me dan los dramas de gente que convierte su vida privada en un campo de minas y luego se sorprende cuando alguien pisa donde no debe.
—Los comentarios están desquiciados —sigue, agitando el dedo como si estuviera denunciando un crimen de guerra—.
¡Que si soy una falsa, una manipuladora, una estafadora emocional!
¡Que cómo se me ocurre ocultar algo así!
Como si tuviera que hacerles un maldito vídeo diciendo: «Hola, sí, tengo novio, sorry por arruinaros la fantasía».
—¿Y por qué no borras el vídeo?
Me mira de reojo, pero su altivez dura poco, sustituida de vuelta por el terror.
—Ya lo he hecho —responde el novio con voz de cachorro pateado—. Pero ya lo habían descargado. Lo han resubido en otras cuentas. No puedo hacer nada… Está fuera de control.
—¡Es que no lo entiendo! —explota Thalía de pronto, girándose hacia él como un misil teledirigido—. ¿Qué parte de «revísalo todo antes de subirlo» no te entra en la cabeza? ¡Tenías un solo trabajo! ¡Uno!
Él no responde. Ni siquiera la mira. Solo baja la cabeza y asiente, como si cada palabra fuese un puñetazo que sabe que merece.
—¡Me has arruinado! —le suelta, como si acabara de arrasar su imperio—. Años construyendo una imagen para que tú la revientes con un maldito vídeo mal editado.
Se hace un silencio incómodo. Él sigue sin replicar. Parece más un asistente que una pareja.
—A veces ni siquiera sé qué hago contigo —escupe ella, cruzándose de brazos—. De verdad, no lo entiendo. Es que… ni me haces reír, ni sabes vestirte, ni entiendes cómo funciona este mundo.
Decido que ya he escuchado suficiente y me alejo en silencio. Si sigo ahí, voy a acabar interviniendo en un naufragio que no es mío. Thalía todavía se queja entre dientes cuando veo a la sargento Haruna acercarse con paso decidido.
—Vamos a interrogar al señor Ishikawa. ¿Quieres estar presente?
—Por supuesto —respondo con más entusiasmo del que pensaba tener a estas alturas del día.
Nos ponemos en marcha hacia el comedor. Han adaptado uno de los reservados como improvisada sala de interrogatorios. En el pasillo, Haruna me pone al día con la eficiencia seca que la caracteriza.
—Nada más llegar, pedimos al hotel las identificaciones de todos los presentes.
En su caso, la sospecha era obvia por la apariencia, pero ya está confirmado.
Ishikawa ocupa un alto cargo dentro de una familia yakuza de Kobe.
No entendemos qué demonios hace en un sitio como este, ni si está relacionado con lo ocurrido.
Él y su asistente son, por ahora, nuestros principales sospechosos.
Me ajusto la chaqueta mientras la escucho. La información es valiosa, pero lo que me intriga es la frialdad con la que lo dice. Como si estuviera hablando de la climatología, no de un miembro activo del crimen organizado.
—Lo interrogaremos el subinspector y yo —añade—.
Tú no puedes estar en la habitación. Pero he conseguido que el subinspector me permita dejarte en la sala de visualización.
El equipo técnico está allí. Podrás seguir todo desde las pantallas.
No podré traducirte, claro, pero Yuri sí. He hablado con ella.
Le lanzo una mirada de respeto sincero.
—Gracias.
Haruna solo asiente.
Al llegar al comedor, el personal del ryokan ha cerrado el ala contigua con biombos.
Dos puertas, una da al cuarto donde tendrán lugar los interrogatorios, la otra a la sala de visualización.
En cuanto pisamos la zona, veo que Ishikawa ya está entrando por la primera puerta.
Va flanqueado por dos agentes, pero camina con la calma de quien está en su casa.
Se detiene un segundo antes de cruzar. Gira la cabeza y me ve.
Su mirada se clava en mí, y es como si me clavaran una aguja helada en la columna.
Apenas dura un par de segundos, pero sus ojos —negros, opacos, vacíos de emoción— me revuelven el estómago. No es miedo. Es una certeza física, algo que el cuerpo entiende antes de que la mente encuentre las palabras.
Ishikawa desaparece al otro lado de la puerta. Mi piel sigue erizada.
La sargento no dice nada. Solo lo sigue. En la otra puerta está Yuri, ya esperándome con esa serenidad suya que parece inmunizada al caos. Al verla, mi cuerpo se afloja un poco.
—Gracias por ayudarme —le digo en voz baja.
—No hay de qué —responde con una sonrisa ligera.
Le devuelvo la sonrisa. Tiene una forma muy japonesa de quitarle importancia a todo lo que hace, como si el esfuerzo no existiera si no lo nombras.
Entramos juntas en la sala contigua. Dos agentes se giran al vernos.
Ambos llevan auriculares conectados al sistema de grabación y controlan las pantallas con rostros de quien ya lleva demasiadas horas frente a monitores.
Uno de ellos nos saluda con un leve movimiento de cabeza, el otro ni siquiera parpadea.
La sala es pequeña, pero eficiente. Tres pantallas muestran el interior del cuarto de interrogatorios desde distintos ángulos. Hay también una consola central con mandos de audio y un par de sillas que parecen diseñadas más para vigilancia que para comodidad.
Ishikawa está sentado con las manos sobre la mesa, perfectamente alineadas, en una quietud que sugiere que el más mínimo gesto podría interpretarse como una falta de respeto.
La iluminación es suave, sin intención de intimidar, y tanto el subinspector Tachibana como la sargento Haruna se han sentado con calma, dejando un espacio prudente entre ellos y el interrogado.
Nada de golpes en la mesa ni acusaciones teatrales.
Aquí no se trata de romper al sospechoso, se trata de observarlo hasta que se rompa solo.
Está claro que en Japón los interrogatorios no son como en Occidente.
No buscan la confrontación, buscan la contradicción.
Se enfocan en la paciencia, en la repetición.
Cada pregunta viene envuelta en una cortesía casi ritual.
Se le agradece la colaboración. Se le ofrece agua, se le pregunta si está cómodo.
Y luego, otra vez, la misma pregunta, con un pequeño matiz diferente.
—Le han preguntado por qué eligió este lugar para sus vacaciones —dice Yuri.
Ishikawa responde con una voz suave, templada, sin titubeos.
—Necesitaba tranquilidad. Le hablaron bien del ryokan y nunca había visitado esta zona.
Su japonés es pausado, midiendo cada palabra.
El subinspector asiente. Vuelve a reformular la pregunta, cambiando el orden, buscando una grieta. Yuri explica que dice lo mismo. Palabra por palabra.