La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 15
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El paisaje ha cambiado. Drásticamente. Donde ayer había una entrada de piedra serena y silencio de montaña, hoy hay un enjambre de cámaras, móviles y micrófonos apuntando como rifles.

La nube de flashes me golpea de frente como una descarga de granizo y sé, incluso antes de oír mi nombre, que alguien ha hablado más de la cuenta.

—¡Kross-san! —grita uno, en japonés.

—¿Está usted encargada de esta investigación? —grita otro, en inglés con acento americano.

—¡Mire aquí, por favor!

Haruna lanza un suspiro apretado entre dientes y avanza como quien entra en una guerra sin munición. Yo la sigo. Lo intento, al menos. Pero es como cruzar una autopista con los ojos vendados, cada paso parece un riesgo sin calcular y el ruido me borra los pensamientos.

El caos tiene sabor metálico, como la sangre. Como si la noticia estuviera explotando en tiempo real y el eco se nos metiera en los huesos.

Dentro, Yamanaka nos espera con la sonrisa nerviosa del que no sabe si pedir disculpas o brindar.

El tipo parece a medio camino entre un ataque de ansiedad y un orgasmo.

Un televisor encendido en la recepción lanza voces de tertulia con subtítulos en inglés.

En la pantalla aparece mi cara, recortada de alguna entrevista, junto a un titular con mi nombre y palabras en japonés.

Jac estaría orgulloso. Usan las portadas de sus libros como si fueran evidencia criminal.

Una reportera menciona casos pasados, habla de Bulgaria, de Taiwán, del supuesto «olfato sobrenatural» que tengo para lo macabro.

Y remata con: «Algunos creen que su herencia mixta le otorga cierta sensibilidad con lo paranormal».

Me da la risa. No sé si por lo absurdo o por el asco.

—Estás en todos los canales —dice Haruna, seria, mirando el televisor como si estuviera viendo la declaración de guerra.

Yo asiento con media sonrisa. Me cuesta digerir lo que veo. Mi cara, mi nombre, mis libros. Bueno, los libros de Jac.

El subinspector aparece y va directo hacia Haruna. Conversan con ese tono contenido y respetuoso que los japoneses usan para disimular que están maldiciendo por dentro. Cuando la sargento vuelve, me mira con una expresión incómoda, como si fuera a contarme que tengo una enfermedad contagiosa.

—¿Quieres que te cuente lo que ha dicho el subinspector… o prefieres la versión sin sutilezas japonesa?

—La segunda.

—Esta mañana alguien filtró tu presencia aquí. No se sabe quién.

CJ, pienso de inmediato, aunque rápidamente también me viene el nombre de Thalía.

—Al ver el revuelo, jefatura decidió no desmentirlo. Al contrario. Te están usando como distracción mediática para proteger otras líneas de investigación.

Me llevo la mano al bolsillo por inercia y consulto las redes.

Error. Menciones, mensajes, etiquetas. Mi cuenta parece un supermercado en hora punta. Entre las tendencias de Japón aparece mi nombre.

Vuelvo la vista hacia la ventana. Fuera, más cámaras. Más gente. Un grupo de adolescentes sostiene un cartel que dice «Valkiria senpai, solve it!» con un corazón dibujado. Me froto la sien. Esto ya no es una investigación. Es un maldito reality show. Y yo, aunque no quiera, soy la protagonista.

Cierro los ojos e inspiro hondo.

—Todo esto da igual —digo al fin, con la voz más firme de lo que esperaba—. Ninguna cámara va a resolver esto y ningún trending topic hará que el asesino confiese.

Haruna me observa en silencio y asiente, como quien sabe que tengo razón, pero igual se siente responsable del circo.

—Necesito a Yuri —le digo a Yamanaka—. ¿Dónde está?

Apenas termino de decirlo, la veo aparecer. Al verme, hace una pequeña reverencia y se acerca.

—¿Puedes volver a ser mi traductora? —digo sin rodeos.

—Claro —responde, casi con alivio. Como si tuviera ganas de recuperar algo de control entre tanto caos.

El subinspector llama aparte a Haruna y se ponen a hablar en voz baja, pero no tan bajo como para que Yuri no empiece a traducir en tiempo real sin que nadie se lo pida.

—Durante vuestra ausencia han continuado con los interrogatorios preliminares —dice, con el tono pausado de quien traduce al vuelo sin perder precisión—. Ya han terminado de hablar con los huéspedes menos relevantes. Los que podrían marcharse en cualquier momento.

—¿Los menos relevantes? —repito.

—Sí. Personas que no estaban cerca de la escena, sin vínculos evidentes con la víctima.

Así, si quieren irse, pueden hacerlo sin problemas.

Se les ha preguntado también si notaron algo extraño durante la noche, para tener una imagen general de los movimientos, los ruidos, las conversaciones…

nada concluyente, pero sí algunas inconsistencias en horarios y actitudes.

»También han terminado de documentar la escena del crimen entera y enviado las pruebas más urgentes al laboratorio.

El cadáver también está de camino a la morgue.

Nadie ha entrado desde que se llevó el cuerpo.

Se ha confirmado que las ventanas no se podían abrir sin saltar la alarma.

—Se nota que lo siguiente lo añade Yuri por su parte—: El ryokan tiene un sistema de seguridad.

Cualquier ventana que se abra lanza una alerta sonora al panel de recepción.

—¿Y sonó?

—No. Ahora mismo esa es la mayor incógnita, lo que no termina de confirmar que se trate de un asesinato.

Nos dirigimos de nuevo a la escena del crimen.

Esta vez no hay ceremonia ni reverencias frente a la puerta cerrada.

Solo mirada clínica. Me detengo ante la cerradura.

Hay dos. La cerradura electrónica, que se activa con la tarjeta del registro —la misma que pueden usar los empleados— y un cerrojo manual que solo puede echarse desde dentro.

Fue ese segundo el que encontraron cerrado y obligaron a Yuri a forzar la entrada por la mañana.

Eso es lo que, en teoría, hacía imposible el asesinato.

¿Cómo pudo salir el culpable si tanto la puerta como la ventana estaban bloqueadas desde dentro?

Exactamente igual que en el caso de Naoko.

—Vuelvo enseguida —digo, sin más explicaciones.

Haruna me sigue con curiosidad, pero no pregunta. Yuri va detrás de mí con la mirada alzada, como si ya sospechara lo que planeo.

De camino a mi habitación, repaso mentalmente los materiales. Papel plastificado. Hilo dental. Casi cualquier cosa puede convertirse en herramienta si sabes mirar.

Una vez dentro, cojo el mapa de la salida de emergencia de mi habitación que dejan en la mesita. Está plastificado, delgado, pero lo bastante resistente. Abro el neceser y saco el hilo dental. No es tan fino como me gustaría, pero bastará.

Me dirijo a la puerta y estudio el cerrojo interior. Luego ato el hilo a la palanca del pestillo y le indico a uno de los agentes que entre en la habitación. El hombre duda un instante, pero obedece después de que Haruna le dé un asentimiento.

Cierro la puerta desde fuera, dejando el hilo tensado a través del marco. Con un tirón suave pero firme, escucho el sonido seco del cerrojo encajando. Perfecto.

—Haruna, ¿me prestas tu mechero?

La sargento asiente sin preguntar. Aún lleva el olor del cigarro que se fumó al salir del restaurante. Saca el encendedor del bolsillo de su chaqueta y me lo tiende.

Lo enciendo y acerco la llama al hilo. El fuego avanza con rapidez controlada, se desliza hasta el marco de la pared y desaparece dentro.

El papel plastificado, que asoma por debajo de la puerta, recoge los restos del hilo dental quemado desde el interior. Apenas una brizna de ceniza. Una marca mínima. Casi invisible.

—Con hilo de pescar sería aún más eficaz —murmuro—. Algunos son tan finos que arden sin dejar más que una sombra. Invisibles si no se sabe qué buscar.

Recojo todo en un sobre y golpeo la puerta para que el agente la abra desde dentro. Supongo que Yamanaka agradecerá tener que cambiar solo un cerrojo.

Regresamos a la escena del crimen. El subinspector y un par de agentes siguen allí. Me acerco y levanto el sobre con los restos.

—Buscad marcas en la cerradura. Rastros de ceniza o de nylon quemado. Dudo que quede algo útil, ya han pasado demasiadas personas por aquí. Pero por si acaso.

Luego la sargento le resume al subinspector lo que queda por contar. Sus ojos brillan con ese destello particular de quien acaba de encajar la última pieza de un puzle que la traía en vilo.

—Bien hecho —añade Haruna hacia mí.

El subinspector no dice nada. Solo me observa. Y esa falta de palabras, en alguien como él, dice más que cualquier halago.

El aire entre nosotros cambia. Un matiz sutil, como si ya no fuera solo una extranjera con fama. Como si, por fin, me viera como lo que soy.

Entonces, un nuevo grito. Agudo. Cortante.

Nos giramos a la vez, intentando entender qué ha ocurrido esta vez.