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Haruna enrolla el diagrama con cuidado. Lo sostiene con una mano y, con la otra, saca una caja del armario. La sigo mientras baja las escaleras hacia la planta inferior. Su andar es rápido pero silencioso.
Se escucha el chasquido de la puerta corrediza. Alguien ha entrado en la casa.
Mi cuerpo se tensa. Haruna también se detiene. Me lanza una mirada fugaz, nada alarmada, aunque sí incómoda. Antes de que pueda preguntar, una voz femenina resuena en la entrada. Habla en japonés. Es una voz envejecida, de las que han pronunciado muchas veces las mismas frases.
—Mi madre —dice Haruna—. Seguramente trae verduras de algún vecino. Desde que murió mi padre, pasa por aquí todos los días. Siempre encuentra una excusa distinta.
La voz se acerca, acompañada de pasos arrastrados. Al doblar la esquina, la vemos. Una mujer de estatura baja, rostro amable y una sonrisa que se ensancha al ver a su hija… y luego se sorprende al notar mi presencia. Se detiene a medio paso, como si mi figura alterara el equilibrio de la escena.
La madre y Haruna intercambian algunas frases en japonés. Aunque no entiendo lo que dicen, sí cómo lo dicen. Hay sorpresa, un toque de reproche cariñoso y luego una explicación rápida.
La mujer me mira entonces con una sonrisa tan cálida que me desarma. Da un paso hacia mí y, en un inglés forzado, se presenta con una ligera reverencia. Se traba en una palabra. Haruna la completa con suavidad, como si lo hiciera desde siempre.
La señora sostiene entre las manos una caja de verduras envuelta en tela, con el cuidado de quien carga un obsequio valioso.
—Mucho para Haruna —dice, y señala la caja con una sonrisa que ilumina toda su cara—. Señor Tanaka… buenas verduras.
Agradezco con un gesto y me disculpo con una sonrisa improvisada.
—Estoy en un ryokan . No tengo cocina. Pero gracias, de verdad.
La madre mira a Haruna y ella traduce mis palabras. La señora duda unos segundos y finalmente asiente con comprensión exagerada.
Me observa con atención y pregunta algo más. Haruna le explica el porqué de mi presencia.
La señora vuelve a asentir… y su mirada cae sobre lo que su hija lleva en brazos, el rollo de papel y la caja. Ahí es cuando la expresión se le transforma. Sus ojos se abren. La sonrisa se apaga sin dramatismo, como una vela que se consume sola.
Dice algo en voz baja, apenas un murmullo, y luego lo repite, más claro.
Incluso yo entiendo esa frase:
—Sonrisa del Kimono Rojo.
Todo se detiene un segundo.
La mujer palidece. Junta las manos frente al pecho y pronuncia una frase larga, con ese tono de súplica que tienen las oraciones.
Después de responder a su madre con lo que parecen ser palabras tranquilizadoras, Haruna se gira hacia mí.
—Mi madre siempre dijo que lo de la leyenda del yōkai era una estupidez. Y con esta nueva muerte es lo mismo. —Su voz se torna seria, el rostro contraído, los ojos más viejos de golpe—. Los yōkai no hacen cosas tan terribles. Solo los humanos.
Para romper la tensión que se ha construido, Haruna dice una frase con un tono mucho más distendido.
Claramente avisa que nos vamos. La señora parece insistir en que nos quedemos.
La conversación se alarga varias interacciones más hasta que la madre, con cierta resignación, se despide de mí.
Permanece de pie en la entrada, viendo cómo nos calzamos los zapatos y cruzamos el umbral.
Al subir al coche, Haruna suelta un suspiro cargado de todo lo que no ha dicho delante de su madre.
—Estoy hambrienta. ¿Te parece si paramos a comer de camino al ryokan ? Conozco un sitio muy bueno.
—Siempre confío en quien tiene hambre —respondo, acomodándome el cinturón—. Tú mandas.
Conduce apenas cinco minutos por una carretera bordeada de campos de arroz, hasta un local de madera oscura con un cartel discreto descolorido por el sol. A simple vista, uno pensaría que está cerrado o abandonado. Pero al cruzar la puerta, el aire cambia.
El interior huele a caldo de pescado, a fritura reciente y a madera antigua que ha absorbido miles de conversaciones.
Una mujer de unos setenta años levanta la vista desde la cocina y nos da la bienvenida.
Sonríe como si acabáramos de volver del extranjero tras años fuera.
El hombre que está en la cocina —probablemente su marido— levanta la mano con familiaridad, sin moverse de su sitio.
—Solían cuidar de mí cuando iba al colegio —explica Haruna mientras nos sentamos junto a la ventana—. Venía casi todos los viernes después de clase. Decían que comía tan rápido que ni los yōkai me habrían podido robar los fideos.
Desde nuestra mesa se ve la calle de tierra, las bicicletas apoyadas sin candado, un gato que duerme sobre el tejado vecino.
Dos hombres en ropa de trabajo entran sin hacer ruido y saludan con una leve inclinación de cabeza.
Otro cliente lee el periódico en una esquina como si el local fuera una extensión de su salón.
Este tipo de cercanía con lo cotidiano solo se encuentra en zonas rurales como esta. Todo el mundo se conoce, nadie finge nada. Las conversaciones son más lentas, los gestos más largos. Aquí el tiempo tiene otra textura.
Haruna recomienda un plato sin pensarlo.
— Tenzaru soba . Te va a encantar.
Asiento sin discutir. Me fío más de su hambre que de cualquier menú.
Minutos después, la mujer regresa con dos bandejas de madera lacada.
Los fideos soba fríos brillan sobre una rejilla de bambú, con ese color pardo que recuerda al trigo crudo.
A un lado, la tempura de langostinos, calabaza, pimiento verde y una hoja que no sé identificar, todo rebozado en una capa dorada que cruje al mínimo roce.
Al otro lado, el cuenco con la salsa oscura y cebollino flotando.
—Para mojar los fideos —dice Haruna.
La primera mordida me lo confirma. Por un instante, me olvido de la Sonrisa del Kimono Rojo. Por un instante, solo saboreo.
Antes de darme cuenta, Haruna ya ha hecho desaparecer la mitad de los fideos.
Después de comer, nos quedamos sentadas un rato más, con el local casi vacío.
La conversación se alarga sin que lo planeemos.
Haruna me cuenta que estuvo un año en Australia con una visa Working Holiday ; trabajó en una cafetería en Melbourne, aprendió a hacer café de verdad y a hablar inglés sin miedo.
Dice que ese viaje le cambió la cabeza. Que fue la primera vez que sintió que podía pensar en voz alta sin ser juzgada.
También admite —sin demasiada ceremonia— que ya sabía quién era yo antes de que nos presentaran.
Se leyó el libro de Bansko cuando salió en japonés.
Fue el primero que escribió Jac, donde narra la investigación en las montañas de Bulgaria en la que nos conocimos.
Yo le hablo de esa vida de ir saltando entre países para resolver casos que a veces tienen más humo que crimen.
Hoteles de lujo, sí, pero también cenas tristes en aeropuertos, días enteros sin usar mi idioma y gente que solo te toma en serio cuando llevas una placa reconocible en el bolsillo.
Haruna escucha sin interrumpir, con esa mirada de quien entiende más de lo que necesita decir.
Para cuando me doy cuenta, llevamos casi una hora ahí. Una sobremesa de lo más española, en un rincón rural de Japón. Y no sé si esto forma parte del trabajo o de otra cosa, pero me sorprende lo bien que sienta.
Cuando salimos del restaurante, son casi las dos y cuarto.
El sol sigue alto, aunque ya empieza a descender.
La luz cae oblicua sobre los campos y proyecta sombras que se van alargando, como si el día se estuviera desperezando en lugar de apagarse.
Subimos al coche en silencio, todavía con el sabor del soba en la boca.
Haruna conduce con calma. La carretera se estira frente a nosotras, flanqueada por arrozales y postes eléctricos que avanzan como metrónomos.
Pronto, los cultivos quedan atrás y el asfalto se adentra en el bosque que trepa por el valle y la montaña.
Al tomar la última curva, el ryokan asoma entre los árboles. Y entonces lo vemos.
Gente. Demasiada. Un grupo de turistas y periodistas bloquea el camino de entrada. Hay coches mal aparcados y flashes aislados. Voces que rebotan en el aire como piedras en el agua.
Haruna frena en seco.
—Son reporteros —dice, con el ceño fruncido—. No deberían saber nada todavía.
Yo tampoco digo nada. No hace falta.
Algo ha pasado. Y nos espera al otro lado de esa multitud.