La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 13 #2
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—El caso lo llamaron «la Sonrisa del Kimono Rojo».

Naoko murió en posición seiza , sin caerse, sin signos de lucha.

La puerta bloqueada desde dentro con cerrojo.

Tuvieron que forzarla para entrar. La ventana también.

Dos tazas de té, una vacía y la otra con matcha y sedimentos de nitrito sódico, lo mismo que la nueva víctima.

No dejó carta. Lo más probable es que fuese un suicidio, pero nadie quería creerlo.

Estaba demasiado bien escenificado. Parecía un mensaje y, en el fondo, todos ansiaban que fuera un crimen.

Uno que cerrara el círculo, que diera la historia que los medios buscaban.

—Así que murió por el nitrito sódico —repito, más para mí que para Haruna—. Tengo entendido que es un aditivo alimentario. En pequeñas dosis es inofensivo, pero en las suficientes, provoca que el cuerpo deje de transportar oxígeno y mueres por hipoxia sin apenas resistencia.

—No se te escapa una.

—Por lo menos en Occidente, en los últimos años ha empezado a usarse en suicidios. Pero en el 2000… no creo que alguien hablara de ello.

Observo más de cerca la imagen de Naoko de rodillas con el kimono perfectamente ceñido y el reflejo de la sonrisa en el espejo.

Era la misma imagen que CJ me enseñó la noche anterior, pero con mayor resolución.

Seguro que ese morboso esclavo del algoritmo de redes pagaría una fortuna para tener acceso a estas notas.

—¿Y tú qué piensas que ocurrió? —digo al fin.

Haruna duda. Por primera vez, su voz titubea.

—Yo no lo tengo tan claro. Pintaron a Naoko como la villana desde el principio. Pero este juicio nunca encajó del todo para mí. Hay algo que no cuadra. Ni en su muerte, ni en la historia que nos contaron.

Guardo silencio. Mis ojos siguen recorriendo el diagrama, pero mi mente ya está muy por delante. Este caso no va solo de resolver un asesinato. Va de desmontar una historia que lleva casi tres décadas contándose mal.

—¿Y cómo conseguiste todo esto? —pregunto al fin, volviéndome hacia Haruna—. Tú misma has dicho que muchos de estos datos no se hicieron públicos.

Ella se cruza de brazos y suelta un suspiro.

—Hice un poco de trampa —admite—. Parte lo recopilé cuando era adolescente, sí, pero la mayoría lo conseguí ya dentro del cuerpo.

Cuando entré a la policía tuve acceso a ciertos documentos, testimonios internos, informes forenses…

cosas que no se hacen públicas. Aunque no lo tocaba desde hace más de diez años.

—¿Y por qué no se publicaron muchas de estas cosas?

Ayer, hablando con un friki de esto, en ningún momento me mencionó al hermano.

De haberse hecho público, quizás habría surgido algún soplo sobre su localización.

O si se hubiera revelado que la causa de la muerte fue nitrito sódico, nadie hablaría de la influencia de un yōkai .

Haruna me lanza una mirada breve, casi cansada. Como si le hubieran hecho esa pregunta demasiadas veces y ninguna respuesta terminara de servirle.

—Porque estamos en Japón. Aquí la privacidad personal está por encima de casi cualquier otra cosa. A veces incluso por encima de la verdad. No se hacen públicos los nombres reales de las víctimas si la familia no lo permite. Se evita a toda costa que el dolor se exponga. Que manche.

—¿Para proteger a la familia?

—Sí. Para proteger a todos, supuestamente. Para que nadie se vea salpicado. Pero también para que las cosas puedan archivarse sin hacer ruido. Para que parezca que nunca ocurrieron.

La noto más tensa, resignada. Como quien conoce bien el sistema del que forma parte y lo ha aprendido a criticar desde dentro.

—En otros países se habla de los crímenes, se los desmonta, se hace análisis forense, documental, social. Aquí, si hay algo que huele mal, se entierra bajo una capa de silencio. Pintura blanca. La fachada de armonía es lo único que importa.

— 和 . Wa —digo.

—Exacto. La armonía —asiente—. Aunque por dentro todo esté podrido. Aunque todos supieran que algo iba mal. En el ryokan , por ejemplo, estoy segura de que había empleados que vieron cosas. Pero nadie habló. Nadie quería romper la armonía. Así que dejaron que todo siguiera su curso.

—Y la versión oficial…

—Es la que menos moleste. La más fácil de asumir.

«Naoko asesinó a su jefe por despecho y luego se suicidó».

«Es un yōkai que acabó con la vida de una mujer deplorable».

«Ya ha muerto la culpable del asesinato, ¿para qué investigar más?

». Todo se convierte en un eufemismo. Y cuando eso no basta, se entierra.

—Y tú formas parte de ese sistema.

—Sí. Y me revienta. Porque a veces siento que nuestro trabajo no es encontrar la verdad, sino decidir qué parte de ella se puede contar sin incomodar a nadie.

Me quedo mirando el panel en silencio. Líneas, fotos, fechas: el mapa mental de alguien incapaz de soltar el caso. La cabeza me da vueltas, pero no por el caos del diagrama. Por las implicaciones.

—En apariencia —digo al fin—, este caso y la muerte de Naoko podrían ser un suicidio.

Técnicamente. Naoko se quitó la vida con nitrito sódico, y ahora Takimoto aparece con la misma escenografía y causa de muerte.

Podría ser que él quisiera imitarla. Morir igual que ella, por algún tipo de obsesión, de mensaje retorcido.

Haruna no dice nada, pero me escucha con atención.

—No termina de encajar. El simbolismo es demasiado específico.

Y las coincidencias, excesivas. ¿Por qué se quitaría la vida de la misma forma?

—Niego con la cabeza—. No. Ambos casos no pueden ser suicidios.

Y desde luego, esto tampoco es el trabajo de un yōkai .

No es el espíritu de Naoko. Eso es solo el envoltorio que han querido vender para que parezca algo exótico, una historia perfecta para los turistas. Pero lo que hay detrás es otra cosa.

Me aparto del diagrama. Necesito coger algo de distancia.

—La segunda hipótesis es que el asesino de Naoko es el mismo que el de Takimoto.

Que alguien haya estado esperando todo este tiempo para repetir el crimen o terminar lo que empezó.

Pero han pasado más de veinte años y no hay ninguna conexión aparente entre las víctimas.

¿Qué clase de motivo puede sostenerse tanto tiempo?

¿Y cómo es que ninguno de los dos crímenes parece tener un autor claro? Ambos tienen la firma de lo imposible.

Me detengo, vuelvo a mirar el rostro de Naoko en la fotografía. La sonrisa de sangre. El espejo.

—Y la tercera opción es que se trate de asesinatos diferentes.

O que uno de ellos sí sea un suicidio. Pero para poder afirmarlo, tengo que demostrar que no son asesinatos imposibles.

Que existe una forma de hacer esto sin dejar rastro.

Sin romper la escena cerrada. Que alguien pudo asesinar a Takimoto.

Eso es a lo que no he dejado de darle vueltas desde esta mañana. Cómo alguien logró entrar en la habitación, cometer el asesinato, montar toda la escenografía y luego salir de un cuarto cerrado desde dentro. Una escena que, a simple vista, no ofrecía ninguna grieta por la que meter los dedos.

Haruna frunce ligeramente el ceño, pero no me interrumpe. Yo ya tengo la cabeza en otra parte.

—Y para eso —añado—, necesito volver al hotel.