13
La miro de reojo mientras conduce. Haruna sigue con la vista puesta en la carretera, las manos relajadas sobre el volante. Me recuerda a esas mujeres que parecen saber siempre hacia dónde van, incluso cuando están perdidas.
—¿Qué le dijiste al subinspector?
—Que podía ser más de utilidad si investigaba el caso de hace veintisiete años. Yo soy la que más sabe al respecto. También le he dicho que tú podías ser más útil investigando el pasado que pisando la escena como una más.
No sé si lo dijo por convicción o solo para quitarse de encima al subinspector, pero me da igual. El resultado es el mismo, tengo vía libre para hurgar en lo que ocurrió en aquel cambio de milenio. Y sé que desenterrar ese incidente es la clave para entender qué está pasando ahora.
El coche toma una curva cerrada y el paisaje se despliega como una postal antigua.
Bosques de cipreses que se estiran hacia el cielo, arrozales en terrazas abandonadas y esa niebla baja que da la impresión de que todo flota.
Japón rural en estado puro. La que huele a tierra húmeda, madera añeja y silencio.
Cuando la gente habla de la sobreturistificación de Japón, solo habla de los cuatro lugares virales en las redes sociales.
—¿Por qué dices que eres quien más sabe sobre la muerte del salaryman en el noventa y nueve y el supuesto suicidio de Naoko? —pregunto sin apartar la vista del bosque.
—Soy una local aquí. Del pueblo de al lado. Tendría unos catorce o quince años cuando todo sucedió. Recuerdo que la noticia corrió como la pólvora y todo el mundo hablaba del ryokan maldito. Yo era una cría, pero ese caso me marcó. Fue la primera vez que pensé en ser policía.
—¿Y llegaste a investigarlo?
—Dentro de lo que podía hacer una adolescente obsesionada con los casos policiales. Recorté artículos, hice mapas, hasta entrevisté a una señora que decía haber visto al espíritu de Naoko en el bosque. Mi madre pensó que me había trastornado.
Su risa es suave, nostálgica. Me cae bien esta mujer. Tiene una melancolía que no estorba.
El camino serpentea entre las montañas y finalmente desemboca en un pueblo que parece suspendido en el tiempo.
Casas de madera envejecida techadas con tejas oscuras, canalones metálicos discurren hasta el suelo y luces cálidas encendidas tras puertas correderas de vidrio esmerilado.
Un gato blanco cruza la calle delante del coche con la parsimonia de quien cree que el mundo entero le pertenece.
La casa de Haruna aparece al final de un camino flanqueado por postes de electricidad con cables tan caídos que parecen agotados. Está separada del resto por dos campos de arroz en barbecho, tierra cuarteada y tallos secos de un verde parduzco que luchan por mantenerse en pie.
La casa no tiene nada de especial. Fachada de cemento encalado, marcos de aluminio en las ventanas y esa sobriedad funcional de las viviendas que no pretenden gustarle a nadie.
Nada de jardín zen, farolillos ni puertas de papel sacadas de una película.
Un par de bicicletas oxidadas descansan contra la pared lateral, junto a una manguera enrollada y unos cubos de plástico descoloridos por el sol.
Haruna aparca junto al lateral y me guía hasta el acceso.
Nos descalzamos antes de subir el pequeño escalón que separa la entrada del resto de la casa.
Un par de zapatillas de niños y unas botas de trabajo descansan junto a la puerta.
Cruzamos un pasillo angosto con paredes de papel tapizado y luces led empotradas que dan una luz cálida.
—Mi marido se ha llevado a los niños a Tokio este fin de semana —comenta como si nada, abriendo una puerta corrediza—. A visitar a sus padres. Yo me he librado.
Asiento con una media sonrisa.
Subimos las escaleras y entramos a una habitación que claramente no estaba pensada para recibir visitas.
El suelo de tatami está cubierto por cajas, libros, una aspiradora portátil y lo que parecen juguetes desmontados.
En una esquina, un escritorio abarrotado de papeles y bolígrafos con cinta adhesiva.
La típica sala que alguna vez fue una habitación más, pero acabó convertida en almacén improvisado de todo lo que no encuentra su sitio.
—Perdona el desastre —dice, agachándose frente a un armario de madera deslizante—. Esto era mi despacho cuando empecé en la policía. Ahora es… bueno, ya lo ves.
Saca un tubo alargado envuelto en una funda de tela. Lo desenrolla con cuidado sobre el suelo como si fuera un pergamino de caligrafía. Pero lo que aparece es otra cosa: un diagrama complejo lleno de líneas, fechas, nombres en caracteres chinos y fotos adhesivas que ya empiezan a amarillear.
Con delicadeza, lo cuelga en la pared principal con ayuda de dos clips y un par de chinchetas.
—Esto fue mi obsesión durante años —dice en voz baja.
Me acerco despacio, manos en los bolsillos, y lo observo por encima.
Reconozco cosas sueltas, como los nombres clave y alguna fecha.
El nombre de Naoko aparece varias veces, vinculado con líneas a documentos, recortes y pequeñas notas con frases en japonés que no entiendo.
Aunque por algunos de los kanji que hay, capto pequeñas pinceladas como «chantaje» o «venganza».
—El primer crimen fue el de Sato, el jefe de Naoko —empieza Haruna, señalando una foto arrugada de un hombre de traje con la sonrisa de quien cree que siempre tendrá el control—.
Era un viaje de negocios con los altos cargos de la empresa.
Un ryokan en medio de la nada. Todos hombres, menos Naoko. Estamos hablando de 1999.
La foto de grupo está allí también. Todos sonríen con gestos medidos. Naoko es la única que no mira a cámara.
—Ella ya estaba ganando presencia en la empresa, lo cual no era bien visto. El ascenso de una mujer en esa época… no hacía gracia a muchos. Supongo que a Sato menos, por eso él atacó.
Haruna señala una línea que conecta a Sato con una anotación en kanji .
—Días antes del viaje, él filtró su relación con Naoko.
No fue un descuido, lo dejó caer donde sabía que iba a prender.
En los despachos, en los pasillos, en conversaciones sueltas.
Ella pasó de ser una profesional respetada a la amante del jefe.
Así de rápido se acabó su carrera. Todo por lo que había trabajado se vino abajo de un plumazo.
Él salió impune, por supuesto. Conservó el puesto, la autoridad, incluso la compasión de quienes lo veían como un hombre que había cometido un error.
Ella, en cambio, fue humillada. La miraban como si cada ascenso, cada logro, cada hora de esfuerzo hubiera tenido una explicación sucia desde el principio.
—¿Y por qué haría él pública la relación? —digo, imaginándome la respuesta.
—Solo hay suposiciones. Tenía miedo, envidia, celos… Lo que está claro es que su ataque le quitó toda la credibilidad a Naoko. Si ella hablaba después, nadie la creería. Sería solo una ex despechada.
—¿Y el asesinato?
—Fue en la habitación de Sato, de noche.
Lo encontraron a la mañana siguiente, desplomado junto a la mesa baja, con el cráneo abierto en dos puntos: primero un golpe brutal en la frente y luego el impacto final contra la esquina de la madera.
El arma fue un cenicero de cerámica, de esos pesados que se usaban entonces.
Todo en la escena olía a arrebato, a discusión que se va de las manos, pero había detalles que no encajaban.
La fuerza y la altura del golpe hacían muy improbable que Naoko pudiera haberlo hecho y lo más extraño era que en el cenicero solo estaban las huellas de la víctima.
Ni una más. Como si quien lo levantó llevara guantes de látex.
Pero dime, Valkiria… ¿Quién sube a una discusión improvisada con guantes puestos?
Anoto esos puntos interesantes en mi archivador mental.
—¿Y sospechosos?
—Todos asumieron que la asesina era Naoko. Aunque no había pruebas, la motivación estaba clara. Y luego está Hiroshi Nakahara, quien resultó ser su hermano.
Una nueva línea lleva al rostro de un joven con el uniforme de servicio del ryokan . Bajo la foto, una nota: «Hermano. Empleado. Desaparecido».
—¿El hermano?
—Sí. Esto no llegó a hacerse público. El hermano de Naoko trabajaba en el ryokan , pero nadie en la empresa sabía del parentesco.
Cooperó al principio para dar su testimonio.
Pero luego desapareció. Nunca más se supo de él.
La policía lo consideró el principal sospechoso, pero sin pruebas, no pudieron acusarlo de nada.
El caso se quedó sin resolver, aunque el juicio social, en Japón muchas veces más importante que el judicial, ya había sentenciado a Naoko.
Me aparto un poco y observo el recorte de periódico donde aparece el rostro de ella. Entiendo palabras sueltas del titular: «mujer… arruinar… carrera… luminosa». Es curioso cómo se puede convertir a una víctima en verdugo con solo cambiar el enfoque.
—Un año después —continúa Haruna—, Naoko vuelve al ryokan . Nadie sabe por qué. No se había sabido nada de ella en todo ese tiempo. Y entonces ocurre lo más extraño: aparece muerta. En una escena imposible, como la que tenemos ahora.
La sargento apunta al centro de ese mapa de sucesos. Fotos forenses, una habitación tradicional perfectamente ordenada con una mujer con kimono rojo, sentada en seiza frente a un espejo. La sonrisa pintada en su rostro con sangre.