La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 12
37%

12

Salimos del despacho y no hace falta avanzar mucho para entender el motivo de la urgencia.

El vestíbulo se ha convertido en un pequeño teatro de caos contenido.

Gente hablando al mismo tiempo, manos alzadas, miradas crispadas.

No hay gritos exactamente, pero las voces están a un par de grados del estallido.

Thalía, la influencer , es la más visible, por supuesto. Está en el centro del remolino, con su melena negra perfectamente peinada para el drama y los brazos agitándose como si estuviera rodando un vídeo en vivo.

—¡No pueden retenernos aquí! ¡Yo tengo trabajo, tengo campañas, tengo cosas importantes que hacer! ¿Sabes lo que cuesta una hora de mi tiempo?

Detrás de ella, su novio parece una mascota confundida. Aún no lo he visto decir nada. Solo le sigue el paso con los ojos bajos, como si llevara demasiadas horas sabiendo que todo lo que diga será usado en su contra.

La pareja de americanos también está ahí, intercambiando frases rápidas con un agente que no parece entender ni una palabra, aunque mantiene la sonrisa estoica de quien ha recibido formación para tratar con extranjeros sin perder la paciencia.

CJ también discute, pero en japonés. Su voz suena más tranquila, aunque firme. Se nota que sabe cómo negociar sin perder los papeles.

El grupo de salaryman permanece en una esquina, en silencio. Todos comparten ese gesto frío de quien aún no termina de creer lo que ha pasado.

Yuri y Seina están sentadas junto al resto del personal. Son las más serenas, como si estuvieran en una pausa laboral y no en medio de una investigación por asesinato.

Uno de los agentes intenta calmar la situación con educación ceremonial.

Habla con cortesía, casi inclinándose, pero al mismo tiempo bloquea la salida con el cuerpo.

La escena roza la parodia. Autoridad con modales de sirviente.

«Soy la ley, pero también estoy aquí para inclinarme por usted», parece decir sin borrar la sonrisa.

El subinspector Tachibana alza la mano y da un paso al frente. Su voz, aunque no eleva el tono, consigue que el murmullo general se apague como una mecha mojada. Habla en japonés con ese tono firme pero paciente que usan quienes están acostumbrados a explicar lo mismo tres veces al día.

A su lado, la sargento Haruna traduce al inglés con voz clara, dirigiéndose especialmente a los turistas.

—Por favor, escuchen. No están arrestados. Pero… debido a la gravedad del caso, necesitamos su cooperación por un poco más de tiempo.

Thalía cruza los brazos, bufando. La pareja de americanos intercambia una mirada de alarma. CJ asiente, atento. Yuri y Seina siguen sentadas sin decir mucho más.

—Estamos en el proceso preliminar de la investigación —continúa Haruna—.

Irse ahora, sin haber completado los interrogatorios ni haber aportado toda la información, podría interpretarse como obstrucción a la justicia.

No es una amenaza. Pero si alguien se va, podríamos tener que emitir una solicitud formal de localización más adelante.

Hay un silencio. Un silencio que se parece mucho al miedo.

—Además —añade—, el nombre de cualquier persona que abandone el ryokan antes de finalizar la investigación será registrado oficialmente como alguien que dejó la escena del crimen. Eso podría afectar su entrada futura a Japón si hay una investigación internacional.

Alguien se mueve incómodo. Otro suelta un suspiro que no sabe si es resignación o susto. Thalía levanta la mano como si estuviera en un plató.

—¿Y eso cuánto va a tardar?

—No podemos decirlo con exactitud. Estamos revisando por turnos —dice Haruna, tras la respuesta en japonés del subinspector.

Un murmullo inquieto recorre la sala. Observo todo en silencio, sin intervenir todavía.

—Entendemos que es incómodo —dice Haruna—. Pero es necesario. Su colaboración puede ser clave. Si tienen algo pendiente, haremos lo posible por ayudar, pero les pedimos paciencia. Es protección. Para ustedes también.

Después del discurso del subinspector y la sargento, la tensión se afloja, pero no se va. Lo que sí cambia es el comportamiento.

Unos cuantos huéspedes, que reconozco de haberlos visto en el comedor anoche, se levantan, recogen sus cosas y se despiden con la educación mínima exigida.

Se largan en cuanto acaban de dar su declaración.

Algunos son extranjeros. Uno de ellos, un alemán alto con camisa floral y cara de no haber dormido bien, suelta algo en inglés que no llego a escuchar y se va con la mochila colgando de un hombro.

Dos familias japonesas también se marchan. No hacen ruido. Se inclinan con corrección, aunque se nota que les da vergüenza irse. Pero parece que tampoco están dispuestas a dejar que sus hijos pasen otra noche en un hotel donde ya ha muerto alguien.

Los que sí permanecen empiezan a perfilarse en mi cabeza como un mapa de tensiones y egos cruzados.

El señor Ishikawa, el que pidió que le trataran «normal», no se mueve. Él y su asistente siguen sentados como si el mundo fuera una sala de espera demasiado iluminada. Si tienen opinión, no la muestran.

CJ se queda también. Está claro que no está dispuesto a desperdiciar esa oportunidad. Busca historia, morbo. No sé si cree en los yōkai o si solo quiere saber qué cara tiene el monstruo esta vez.

Thalía y su novio cambian de bando con una facilidad insultante.

Ella, que ha encendido la mecha, ahora parece fascinada con la idea de prolongar el encierro.

En su rostro veo la entrega de quien ya se ha nombrado narradora oficial del crimen.

Debe de pensar que haber enseñado media teta para vender té détox la habilita para cubrir una investigación policial desde dentro. Su novio sigue ahí, en segundo plano.

La pareja de japoneses jubilados ha entrado a mitad del discurso, escoltados por un agente. Llevan mochilas de senderismo, bastones y un par de gorras con las que parece que vienen de cazar patos. Claramente acaban de volver de una ruta por las montañas y se han encontrado con este panorama.

La familia taiwanesa también se queda. No sé muy bien por qué. La madre parece preocupada, pero no dice nada. El padre, sin embargo, cuando nuestras miradas se cruzan, me dedica una sonrisa. Luego cierra el puño y lo levanta ligeramente, como si me estuviera dando ánimos.

Idiota. No existe confianza en mí que justifique poner en peligro a tus hijos permaneciendo en un lugar con un asesino suelto.

Y yo, aún más idiota, por sentir cómo me aprieta el pecho por culpa de ese gesto. Más me vale encontrar al asesino, o al espíritu asesino, lo que sea, pero rápido.

Los salaryman siguen aquí, claro. Son el centro del huracán. Los que conocían a la víctima. No pueden irse, aunque quisieran. No con la lupa mediática que está a punto de caer sobre este lugar.

Y los empleados del ryokan siguen al margen, pero no ausentes.

Yuri, mi traductora improvisada, se mantiene cerca.

Con mirada serena. Y Seina, la que me hizo el registro y que anoche intentó calmar a Thalía en el onsen , está al borde del agotamiento emocional, pero sigue en pie.

Como muchos en este lugar, parece que lo mantiene todo en equilibrio con la fuerza de la costumbre.

Y quizás con un par de tiritas invisibles.

Cuando por fin deja de haber movimiento y los cuerpos encuentran dónde quedarse quietos, se instala en el vestíbulo una calma espesa, casi sospechosa.

El subinspector se adelanta un paso, escanea la sala con la mirada y dice que van a reanudar los interrogatorios.

Su tono es neutro, pero ya no tiene que imponer nada. La mayoría entendió el mensaje.

Entonces, la sargento Haruna se le acerca. Le habla en voz baja. Él escucha, serio. Asiente una vez, sin añadir nada más, y le da paso.

Haruna cruza el vestíbulo hacia mí. Lo hace sin apuro.

—Si quieres que nos vayamos —me dice en voz baja, una vez a mi lado—, conozco un lugar donde podríamos conseguir mucha más información sobre el crimen que en este hotel.