La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 11
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El vestíbulo del ryokan se asemeja a una guardería en hora punta, pero sin juguetes ni galletas de arroz.

Solo rostros tensos, miradas esquivas y un olor a moqueta húmeda que se ha colado en mi ropa sin pedir permiso.

Los huéspedes y empleados llevan más de una hora sentados, como si estuviésemos a punto de hacer dinámicas de integración.

Ya han comenzado los interrogatorios y la toma de testimonios. Cada pocos minutos unos agentes vienen a buscar a una o dos personas, se las llevan por uno de los pasillos y, al rato, las devuelven a esta guardería improvisada.

En lugar de comenzar por los salaryman —los únicos que conocían a la víctima y, muy probablemente, los últimos en verla con vida—, han decidido llamar primero a los turistas americanos. La pareja de Seattle.

Tras andar en círculos para intentar despejarme, me dejo caer en uno de los sillones del vestíbulo como si fuera otra más de las almas en pausa.

Desde fuera, debo parecer lo mismo que todos.

Una turista con el plan arruinado, esperando que alguien decida en qué momento nos devuelven la libertad.

No llevo la típica cara de espanto, pero tampoco la de quien ha venido a sacarse fotos en yukata para las redes sociales.

Estoy en ese punto intermedio de resignación funcional.

Lo bastante alerta para enterarme de todo, lo bastante quieta como para que nadie me moleste.

—¿Qué hace aquí sentada? —Una voz me saca del trance como un chasquido maleducado.

Levanto la vista y me encuentro con Yamanaka, más acalorado de lo habitual.

—Esperando a que repartan galletitas —respondo con una sonrisa floja.

—Tú no… no está aquí para sentarte como los otros, ¿vale? —dice bajito, pero se nota que está molesto—. Tenías que estar con… con el subinspector, mirando los interrogatorios. ¿O… o ya se te olvidó por qué viniste?

—No se me ha olvidado, no. Usted me contrató para acabar con los ataques de los yōkai , de sus ataques, ¿recuerda? Y eso ya lo solucioné anoche. Fin del expediente sobrenatural.

Eso lo descoloca un poco.

—Vamos —dice al fin, como quien decide que discutir con una pared sería más rentable.

Echa a andar sin darme tiempo a negarme. Me pongo en pie y lo sigo. Al pasar junto a uno de los agentes que hace guardia en el vestíbulo, este se adelanta con el gesto reflejo de alguien que no sabe quién manda aquí.

Intercambian varias frases en japonés. El agente duda un segundo, y al final se aparta.

El despacho del director sigue pareciendo más un castigo visual que un espacio de autoridad.

Esas paredes color nicotina, archivadores metálicos con etiquetas que llevan décadas despegándose y un teléfono que suena como si viniera directo del Ministerio del Tiempo.

Yamanaka cierra la puerta tras de sí con un suspiro que intenta aparentar sereno.

Se gira hacia mí con esa expresión que mezcla diplomacia con agotamiento crónico.

—Técnicamente… la contraté para acabar con ataques de yōkai . — Asiento con lentitud, cruzándome de brazos—. Y esta nueva situación, este asesinato… puede ser un ataque de yōkai . Mucho más que los anteriores. Mucho más que todo lo que pasó antes.

No sé si habla en serio o si está improvisando una justificación en tiempo real.

—Así que tiene dos opciones. —Su tono se vuelve más firme, más contenido—. O acaba con el yōkai de la Sonrisa del Kimono Rojo… o demuestra que no es ningún yōkai y encuentra a asesino.

Resoplo y me hundo en el asiento. Lo único que le falta decir es que si no acepto alguna de esas dos «sugerencias», me voy sin cobrar. Aunque siendo sincera, el incidente ya me intriga lo suficiente como para investigarlo gratis. Ese no es el problema.

—¿Y cómo pretende que haga eso si la policía no me permite ni acercarme a la escena del crimen?

—Mi voz suena más áspera de lo que esperaba, pero no la freno—.

No tengo libertad para interrogar testigos, ni para moverme por el hotel.

Ni siquiera para respirar sin que me miren mal.

Y usted no me paga lo suficiente como para arriesgarme a que me detengan por obstrucción a la justicia.

Yamanaka se recuesta en el respaldo. Por primera vez desde que lo conocí, parece relajarse. O rendirse. Me observa con cierta resignación.

—Confíe en mí —dice al fin—. Yo me encargo de eso. Esté aquí.

Sale sin decir nada más. La puerta se cierra con un clic discreto que no termina de sonar a alivio. Me quedo sola en el despacho, con olor a incienso barato y el eco de su maniobra diplomática flotando en el aire.

Quince minutos después, la puerta vuelve a abrirse.

Regresa con el subinspector. Siguen con su conversación en japonés delante de mí.

Yamanaka habla con el entusiasmo de un vendedor de seguros que promete libertad financiera si le compras el pack premium .

Inclina la cabeza, gesticula con la pasión de quien está a punto de cerrar una venta que sabe que no debería existir.

El subinspector no dice nada durante un buen rato. Solo lo observa, con esa cara típica de los que ya están cansados del día antes del desayuno. Finalmente, asiente.

Luego se encara hacia mí.

—Desde ahora, trabajará con nosotros como asesora externa. Su colaboración no será oficial, pero podrá asistir a las reuniones, estar presente en los interrogatorios y ayudarnos a hablar con los testigos.

Me mantengo en silencio, principalmente por incredulidad.

—Lo hacemos porque creemos que su experiencia puede ser útil. Usted tiene otra forma de mirar las cosas.

No sé si eso último lo dice con ironía o resignación.

—Agradezco que me acepten —respondo, tratando de no sonar tan sorprendida como estoy.

El subinspector asiente con seriedad. En ese momento, suena su móvil. Mira la pantalla, frunce el ceño y se aparta a un lado del despacho para contestar.

Aprovecho ese momento para girarme hacia Yamanaka.

—¿Cómo lo ha convencido tan rápido? —digo en voz baja, más por curiosidad que por agradecimiento.

El director no responde de inmediato. Se acomoda la chaqueta con lentitud, como si se estuviera preparando para dar una clase magistral.

—Para estar donde estoy, tienes que… entender cómo funciona sistema —dice, hablando despacio, como si diera una lección—. Es duro, sí, pero… siempre hay partes que pueden moverse. Yo… soy alguien respetado aquí. Y… tengo contactos. Solo tuve que… apretar en sitio correcto.

Me mira como si esperara una reverencia. Al ver que no respondo, añade con resignación:

—No pierda esta oportunidad. Yo… espero que mi dinero esté bien usado en usted.

Asiento despacio, sin sonreír. En mi cabeza, su imagen se redibuja con escamas relucientes y una lengua bífida que asoma entre los colmillos. Una serpiente vestida de lino. Un hombre que juega a la ruleta con el prestigio de los demás, siempre que sea él quien reparta las fichas.

La puerta se abre y entra un agente con expresión tensa. Hace una reverencia breve antes de acercarse al subinspector y soltarle algo rápido en japonés.

Ambos se ponen en marcha al instante, sin dar explicaciones. Salen del despacho como si el suelo quemara.

—¿Qué ha pasado? —le digo al director, ya de pie.

—Problema en vestíbulo —responde alarmado—. Necesitan ayuda urgente.