La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 10
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La policía tarda menos de lo que imaginaba en llegar, el tiempo que le lleva a Yamanaka recuperar la conciencia y darse cuenta de lo que se le viene encima.

En menos de veinte minutos desde que se confirmó el crimen los agentes ya están aquí.

No solo llegan rápido, también se despliegan como si esto fuera un simulacro preparado.

Acordonan el pasillo, clausuran la habitación, bajan a recepción a hablar con el personal.

No se detienen ni un segundo a mirar el paisaje.

Para ellos, el asesinato parece otro trámite antes de volver a casa y cenar con la familia.

Se ve en cómo se mueven, en la forma en la que cada uno ocupa su lugar sin pedir instrucciones.

El director del ryokan habla con uno de los oficiales, la cara descompuesta por la tensión mal disimulada.

A su lado, alguien del personal anota cosas en un cuaderno.

Seguramente están pidiendo cooperación por parte de Yamanaka y, por su expresión, dice que sí a todo.

Quiere zanjar el suceso antes de que vaya más lejos.

Yo ya estoy en el vestíbulo, sentada en uno de los sofás bajos junto a un par de familias y la pareja de jubilados, cuya mujer ayer me miró raro en el onsen .

Algunos no saben dónde meter las manos. Otros intentan fingir que esto no es más que un contratiempo anecdótico en sus vacaciones de retiro espiritual.

Aunque se ha intentado ocultar lo ocurrido, el hotel entero lo ha sabido antes de que llegara la policía.

Veo que uno de los carritos de limpieza está apartado al lado del ascensor. Se ha detenido el servicio de limpieza, tanto en habitaciones como en zonas comunes. Al igual que el resto del funcionamiento del ryokan .

Poco a poco, los huéspedes regresan al vestíbulo escoltados por agentes, con el aire desorientado de niños perdidos que alguien devuelve a sus padres.

CJ aparece poco después. Acaba de terminar de grabarse frente a una de las columnas, seguramente narrando con hipérboles lo ocurrido. Cuando me ve, sus ojos se iluminan como si yo fuera parte del decorado.

—¡Val! —Se planta frente a mí con esa energía que se nutre de la de otros—.

Esto es increíble. ¿Viste la escena? La sangre de la sonrisa…

es idéntica a la de la muerte de Naoko. ¡Ah, y la posición de seiza y las tazas de té estaban dispuestas igual que en la escena original! Exactamente igual. Esto es una locura.

Me mira como si esperara una reacción. Una sonrisa, un «qué fuerte, ¿no?». Pero lo único que tengo ganas de hacer es sacudirle la cabeza hasta que se le acomoden las prioridades.

—¿Te puedo hacer unas preguntas? —continúa, sin notar mi cara de asco—. Podemos grabar en inglés, yo luego le pongo subtítulos para el canal. Es que esto… esto va a reventar las visitas. Imagínate…

—¿Estás de broma? —le corto en seco.

CJ se queda con la sonrisa congelada a mitad de camino.

—Esto no es una serie de Netflix. Es un asesinato. Hay una persona muerta, CJ. No hay nada de lo que alegrarse. Intenta tener un poco de integridad, al menos por respeto.

—¿Integridad? —Su sonrisa cambia de forma, como si ahora se divirtiera más que antes—.

No me vengas con eso, Valkiria. Tú haces lo mismo.

Convertir tragedias en historias vendibles.

En libros. En fama. ¿O ya se te ha olvidado por qué la mayoría de los huéspedes de este ryokan reconoció tu nombre al escucharlo?

Estoy a punto de soltarle una réplica lo bastante afilada como para que se atragante con cada sílaba cuando veo a quien estaba buscando.

Me levanto sin decir nada más y dejo plantado a CJ.

La figura que acaba de salir del despacho de Yamanaka no lleva uniforme, pero basta con verle el ademán y la forma en que los demás se apartan para entender su autoridad.

Traje oscuro, rostro de porcelana endurecida y una carpeta entre los dedos como si llevara el informe del caso resuelto desde antes de entrar.

Me acerco sin rodeos.

—Perdone —le digo con voz neutra—. ¿Habla inglés?

Levanta la mirada, ojos de pez abisal. Parpadea una vez, sin perder esa expresión de neutralidad que en Japón parece venir de serie.

—Un poco —responde.

—Soy Valkiria Kross, detective internacional. El director del ryokan me contrató para investigar una serie de ataques de yōkai . Ya se solucionó anoche, pero gracias a eso estaba en el hotel esta mañana, justo cuando se descubrió el cuerpo. Vi la escena del crimen. Le aseguro que no toqué nada.

Añado la última frase para mitigar la expresión de rechazo que me espero, pero no llega a aparecer. Su silencio es tan largo que empiezo a pensar que no me ha entendido. Pero entonces asiente con un gesto leve, como si fuera a darme paso a una consulta médica.

—Soy el subinspector Tachibana, estoy a cargo de la investigación. Venga conmigo, por favor.

¿Así de fácil? Me toma unos segundos reaccionar y lo sigo con el ceño fruncido. O me subestima, o está más abierto a la colaboración externa de lo que pensaba.

Cruzamos los pasillos y subimos en ascensor con paso firme. Ya no hay personal, solo agentes forenses con mascarilla y guantes, luces portátiles y bolsas de evidencia. La habitación sigue abierta.

La escena permanece intacta, solo ha cambiado su audiencia.

El subinspector asiente y, con cierta indecisión, comienzo a hablar. Al ver que no me para, continúo.

Le doy toda la información de la que dispongo, desde el grito, la expresión de terror del director al recogerme en el comedor y quiénes esperaban al otro lado de la escena del crimen cuando llegué.

Luego le describo mis primeras impresiones de la escena, asegurándole que está todo exactamente como lo encontré.

También le narro las reacciones del resto de testigos, incluyendo la morbosidad de CJ, aunque le comparto mi opinión de que veo improbable que sea el culpable.

Por último, termino mencionando lo que seguramente ya sabrá, y es la obvia conexión de las dos muertes de 1999 y 2000, el caso de la Sonrisa del Kimono Rojo.

En ningún momento menciono que pueda ser el trabajo de un yōkai , aunque quizás esas supersticiones lleguen hasta la policía, más bien lo describo como el probable trabajo de un imitador.

Cuando dejo de hablar, el subinspector Tachibana se cruza de brazos y asiente una sola vez, como si hubiera cerrado una carpeta invisible en su cabeza. Me agradece la colaboración y se gira hacia uno de los hombres con bata blanca, el que parece llevar la voz cantante entre los forenses.

Hablan en japonés. Rápido, sin levantar el tono.

No entiendo ni una palabra, pero no hace falta saber el idioma para captar la jerarquía.

Tachibana pregunta, el forense responde.

Señala el futón, la mesa baja, el cuenco, la taza.

Hace un gesto con la mano, como si enumerara puntos en el aire.

El otro asiente varias veces, serio, sin dramatizar nada.

Estoy a punto de resignarme a no enterarme de nada cuando una voz me habla por la espalda.

—El forense confirma que no hay signos de violencia física. Ni lucha, ni defensa, ni lesiones externas. A raíz del rigor mortis , calcula la hora de la muerte entre las dos y las tres de la madrugada.

Me giro. La mujer que acaba de hablar ronda los cuarenta. Pelo oscuro recogido sin demasiada ceremonia, porte recto, mirada despierta. Viste el uniforme con naturalidad, como si llevara media vida dentro. Cuando sonríe, lo hace solo con una comisura de los labios.

—Soy la sargento Haruna —dice—. Puedo traducirte lo importante.

Aunque sus facciones son japonesas, su inglés es casi perfecto, con un leve deje australiano que lo hace un tanto cómico.

—Gracias —respondo.

Se pone entre el forense y yo, creando un puente simbólico entre ambos, aunque él solo tiene la atención en el subinspector y la escena.

—La causa probable es intoxicación. Concretamente, una sustancia química ingerida. No parece inyectado ni forzado.

Mi estómago se encoge un poco, aunque no me sorprende.

—¿El té?

Haruna asiente.

—Eso parece. El polvo blanco de la taza apunta a un compuesto que provoca hipoxia. La sangre deja de transportar oxígeno. La muerte es rápida. Según el forense, probablemente sin dolor.

Miro de nuevo la escena. La sargento señala el espejo que refleja el rostro del cadáver.

—Y la sonrisa… Se analizarán las muestras para comprobar si pertenece a la víctima, aunque a simple vista no hay ninguna marca de corte o inyección que hubiera permitido la obtención de la sangre.

Haruna se vuelve a detener y escucha la que parece ser la conclusión del forense.

—En pocas palabras —añade—, la víctima no sufrió una muerte violenta, no fue improvisada y no fue un suicidio. Todo aquí está colocado con intención.

El subinspector termina de hablar con el forense y, sin perder ese aire de serenidad marmórea, se vuelve hacia la sargento Haruna. Le dice algo en japonés. Ella asiente y da un paso atrás, como si con eso le devolviera el turno de palabra.

Tachibana se dirige a mí con una leve inclinación de cabeza.

—Gracias por su colaboración, señorita Kross. Un agente la acompañará de vuelta con el resto de huéspedes y testigos.

—¿No va a querer mi ayuda?

Mi voz no suena desafiante, pero tampoco complaciente. El subinspector se toma un segundo antes de responder.

—Solo quería saber qué vio exactamente y qué pensó al encontrarse con la escena. Tendremos en cuenta lo que nos ha contado. Le agradecería que se quedara unos días más en el hotel, por si necesitamos hacerle más preguntas. Pero, por supuesto, es libre de marcharse si así lo prefiere.

Me muerdo por dentro el impulso de responder que no tengo nada mejor que hacer, o que no hay otro lugar al que ir. En su lugar, asiento.

—Claro. Estaré por aquí.

No digo más. Él tampoco. Un agente joven, con expresión aún de becario, se acerca para escoltarme fuera de la escena. Antes de girarme, lanzo una última mirada al cuarto, como si algo ahí dentro siguiera llamándome.