La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 9
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Todos en el comedor alzan la mirada a la vez. Unos palillos se quedan a medio camino y varias cabezas giran hacia las escaleras. El grito no se repite, pero deja el aire suspendido.

Me inclino hacia delante, alerta. Un minuto después aparece Yamanaka. Camina rígido, con la cara blanca y la mirada fija en mí. No dice nada, pero no hace falta. Los demás también lo entienden. El comedor entero se tensa.

—Disculpe… —dice, con esa mezcla extraña de cortesía japonesa y urgencia mal contenida—. ¿Acompañarme un momento?

No necesita dar más detalles. La petición viene cargada de algo más denso que el aire caliente del comedor.

Asiento, dejo los palillos sobre la mesa y me incorporo.

CJ me lanza una mirada inquisitiva, de esas que registran hasta los pliegues del alma.

Lo ignoro por completo. Mi foco ya no está aquí.

Sigo a Yamanaka hacia las escaleras. En el descanso del primer tramo, me detengo un segundo.

—Espero que esto no sea otro de sus teatrillos —le advierto en voz baja—. No estoy de humor para más bromas macabras.

Él se gira apenas, lo justo para que alcance a ver la expresión en su rostro. No responde, no hace falta. Su mirada basta para entender que esta vez no está fingiendo. Esta vez es en serio.

Seguimos subiendo hasta llegar a la cuarta planta.

Nos detenemos frente a la habitación cuatrocientos nueve.

Ahí están Yuri, mi traductora, y dos de los salaryman que vi el día anterior.

Uno de ellos está de cuclillas en el suelo, con la cara desencajada, como si el alma se le hubiese escapado por la garganta y ahora no supiera cómo volver a meterla.

Cuando Yamanaka se dispone a hablar, se lo piensa mejor y le hace un ademán de cabeza a Yuri. Ella asiente y toma la palabra.

—Es la habitación del señor Takimoto —empieza, y su voz apenas roza el aire—.

Sus compañeros intentaron llamarlo antes del desayuno, pero no respondió.

Pensaron que seguía dormido, así que bajaron sin más.

Pero cuando subieron de nuevo, seguía sin contestar.

Fue entonces cuando me pidieron que abriera la puerta.

La llave maestra giró, pero el cerrojo interior seguía echado.

El señor Yamanaka tuvo que traer la varilla de emergencia.

Señala el marco. Junto al cierre hay una ranura estrecha con el precinto roto colgando como una piel arrancada.

—El precinto estaba intacto —añade Yuri alzando la herramienta que lleva en la mano—. Esta varilla permite abrir el cerrojo desde fuera, pero al hacerlo rompe el precinto y obliga a sustituirlo. Lo rompimos hace unos minutos.

Yamanaka se pasa una mano por el rostro, gesto inútil para borrar el sudor helado que le perló la frente. Yuri señala al hombre encogido en el suelo.

—El que gritó fue el señor Okada. Fue él quien entró primero. Apenas cruzó el umbral, soltó un alarido y salió corriendo. No deja de repetir que es un yōkai .

Miro al salaryman . Su cuerpo parece de piedra, pero los labios siguen murmurando algo. Un mantra deformado. O un recuerdo que no quiere ver.

—Yo me asomé, pero no llegué a entrar —añade Yuri.

—Por suerte… —dice Yamanaka, bajando más la voz—. Tuvo buen juicio… de llamarme antes de hacer otra cosa.

Asiento. Ya me imagino lo que me espera al otro lado de esa puerta. Yuri abre con lentitud y yo doy el primer paso.

El aire huele a té verde, a brasero apagado y a algo más que no logro identificar.

Avanzo sin hacer ruido, como si temiera despertar algo que todavía se oculta entre las paredes.

La habitación es un reflejo contenido de sí misma.

Tatamis impecables, puertas con papel de arroz cerradas, luz tenue filtrada por una lámpara de papel.

La escena parece más una ofrenda que un crimen. Todo demasiado ordenado y silencioso.

Lo veo al fondo.

El señor Takimoto está de rodillas, en seiza , frente al espejo. El kimono rojo le cae sobre los hombros con una perfección inquietante. La tela se pliega como si alguien lo hubiera vestido con cuidado. O con devoción.

Me detengo. El cuerpo está ligeramente inclinado hacia delante. Las manos reposan sobre los muslos. La cabeza gacha. Como si rezara, como si esperara algo.

Pero lo que me hiela la espalda es la sonrisa.

No en su rostro, sino pintada sobre él. Una línea curva de sangre perfecta, extendida desde las comisuras como un trazo de pincel.

Demasiado simétrica. Demasiado limpia. Sin salpicaduras, sin goteo.

Como si alguien la hubiera dibujado con pulso firme y tiempo de sobra.

Sobre la mesita baja, dos tazas. Una vacía. La otra conserva el sedimento verdoso del matcha… y algo más, un poso blanquecino que se ha acumulado en el fondo. A su lado, un pincel de caligrafía, limpio, descansa sobre un soporte tradicional.

Camino en diagonal, observando cada rincón. No hay nota. No hay desorden. Nada que sugiera desesperación.

La ventana está bloqueada desde dentro, como en mi habitación. La estudio con calma, por si hay algo que demuestre que ha sido forzada. No encuentro nada.

La puerta, cerrada desde dentro también. Y sin signos de forcejeo. Solo hay una marca reciente junto a la ranura de emergencia, la del precinto roto hace unos minutos. Si alguien hubiera usado la varilla durante la noche, el sello habría amanecido partido y según varios testigos no lo estaba.

Una habitación cerrada a cal y canto.

Me agacho con cuidado y acerco los dedos a su cuello. Nada. La piel ya empieza a ceder bajo la presión. Su pulso no existe. No desde hace horas.

La sangre… la sangre de la sonrisa es suya. No tengo pruebas, pero lo intuyo. Como también sé que no hay sangre en sus manos. Ni en la ropa. Nadie puede pintarse a sí mismo con esa precisión después de morir.

A no ser que fuera un suicidio planificado al milímetro, no hay forma de que alguien lo asesinara, lo vistiera, lo colocara así… y saliera sin abrir la puerta ni tocar la ventana.

Pero mis pensamientos tienen otra teoría. Una que no debería siquiera considerar. Un yōkai . El de la Sonrisa del Kimono Rojo.

Escucho pasos. Yamanaka aparece en el umbral y se queda clavado.

Parpadea varias veces, incapaz de procesar la escena. Desde ahí solo ve la espalda del cadáver, pero el espejo le devuelve la sonrisa pintada y esa quietud imposible.

Da un paso. Luego otro. Las manos le tiemblan. Un suspiro ahogado se le escapa antes de desplomarse de frente contra el tatami.

Yuri da un respingo, pero no entra. Se queda en el marco, observando la escena con una calma demasiado limpia. Ni asco ni horror. Solo una mirada tensa, críptica, casi analítica.

Detrás de ella se oyen pasos rápidos, ansiosos y un murmullo ahogado. CJ irrumpe con los ojos iluminados como si hubiese entrado a un parque temático.

—Es idéntico —suelta con una fascinación morbosa que me dan ganas de apagarle a puñetazos—. ¡Es exactamente igual a las fotos filtradas del caso original! ¡La Sonrisa del Kimono Rojo! La pose, el kimono, hasta el pincel…

Se abalanza hacia la habitación como si fuese a hacerle una maldita entrevista al cadáver. No le doy tiempo. Lo agarro del cuello del yukata y lo estampo contra la pared con firmeza. No necesito fuerza. Es un saco de huesos con entusiasmo.

—Ni un paso más —le escupo a un palmo de la cara—. Esto es la escena de un crimen.

CJ se queda inmóvil. La emoción se le escapa por las orejas, pero no dice nada. Solo traga saliva, tal vez por primera vez consciente de dónde está.

Me doy la vuelta sin soltar el aire.

—Yuri —digo, sin mirarla—. Llama a la policía. Tenemos un asesinato.