32
Salgo de la sala y cierro la puerta con cuidado.
El pasillo me recibe con un murmullo constante.
Agentes entrando y saliendo, voces cruzadas, cajas abiertas, cables recogidos a toda prisa.
Están desmontándolo todo. El ryokan empieza a desprenderse del disfraz que ha llevado puesto este fin de semana.
Para esta noche, seguramente todo habrá vuelto a la normalidad. Si es que en este lugar alguna vez ha existido algo parecido a la normalidad.
Camino hasta el vestíbulo. El contraste es casi violento. La luz entra a raudales por los ventanales y se derrama sobre la madera pulida. Fuera, el bosque arde de colores otoñales. Rojos, naranjas, amarillos imposibles. El cielo lo imita poco a poco, como si no quisiera quedarse atrás.
La identidad de la presunta asesina aún no se ha filtrado, pero los medios ya olían la sangre.
Sabían que había un detenido confirmado.
También sabían, sin que nadie entendiese aún cómo, que la policía había capturado al responsable de la muerte de Sato, veintisiete años atrás.
En vez de calmar la histeria, aquello la había avivado.
Ahora lo querían todo. Nombres, rostros, móviles, conexiones.
Tendrán que conformarse con lo que las ruedas de prensa soltarán a cuentagotas.
Aunque estaba claro que tarde o temprano todo saldría a la luz.
Ya fuese por una influencer deseosa de protagonismo, un youtuber de eventos paranormales o los libros de una detective internacional de lujo.
Y hablando del youtuber , CJ está ahí. Sentado en uno de los sillones, quieto, con la mirada perdida en el paisaje incendiado del otro lado del cristal. Por una vez no graba, no busca el ángulo, no calcula el contenido. Solo mira. Como si el espectáculo lo hubiera dejado fuera de sí.
Me siento en el sillón de al lado.
—¿Ya has grabado el final de tu vídeo?
CJ suelta una risa seca, breve, sin humor.
—No —dice—. Y no sé si lo haré. Al menos no como tenía pensado.
Giro ligeramente la cabeza para mirarlo. Sigue sin apartar los ojos del ventanal.
—Verte trabajar… —continúa—. Tu enfoque. Me ha hecho pensar. Igual tengo que replantearme un par de cosas. Cómo cuento las historias. Qué vendo como misterio y qué no.
Sonrío genuinamente.
—Me alegra oír eso.
Se gira por fin hacia mí.
—No te voy a mentir. Parte de mi canal vive del artificio. Pero otra parte… quizá pueda ser más honesta.
Asiento.
—O más interesante —añado.
CJ resopla, concediéndome el punto. Dudo un segundo.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Si es sobre el espejo, sí.
Me río.
—No me gusta que la gente me lea tan fácilmente. Pero sí, es sobre el espejo. ¿Cómo hiciste ese efecto? ¿Por qué mi reflejo iba como retardado la primera noche en mi habitación?
CJ duda unos segundos. Lo noto. Parte de él quiere dejarme con la incógnita, estirar el misterio hasta el final. El youtuber que aún vive dentro de él. Pero suspira y cede.
—No tenía nada de sobrenatural —empieza—. Solo luz… y saber cómo engañar al ojo.
Se inclina hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—El espejo no era un espejo normal. Tenía una lámina semitransparente detrás del cristal, algo parecido a los cristales espía. Dentro del marco escondí una pequeña luz, muy suave, conectada a un temporizador.
Levanta una mano, como si encendiera algo invisible.
—Cuando entrabas al baño y se activaba, la luz trasera anulaba el reflejo durante unos segundos. No lo borraba del todo, pero lo debilitaba lo suficiente como para que tu cerebro no supiera qué estaba viendo. Hasta que se estabilizaba… y ahí aparecías tú.
—Por eso parecía que el reflejo iba tarde —murmuro.
—Exacto. No es que el espejo «fallara», es que tus ojos necesitaban un momento para adaptarse al cambio de iluminación. Ese vacío lo rellena la cabeza con inquietud.
Asiento despacio.
—¿Y la sombra de la esquina?
CJ esboza una sonrisa ladeada.
—Eso es lo más cutre de todo. Una pegatina oscura minúscula, colocada entre capas. Con la luz normal no se ve. Pero justo en ese intervalo, cuando el reflejo no termina de formarse, aparece como una mancha que no encaja. —Se encoge de hombros—. El resto lo hace tu imaginación.
—Así que nada de fantasmas. Simple ciencia.
—Para sorpresa de nadie —dice, devolviéndome la frase.
Nos quedamos en silencio unos segundos, mirando cómo el cielo termina de incendiarse.
—Gracias por tu colaboración —le digo—. De verdad. Sin ti no tendríamos a Kuroda detenida. Y es posible que hayas ganado una nueva fan. Tengo curiosidad por ver ese nuevo enfoque tuyo.
CJ sonríe, esta vez con algo distinto. Menos personaje.
—Lo mismo digo —responde—. Tengo ganas de leer el libro que saldrá de este fin de semana de sucesos «paranormales».
Me levanto del sillón.
—Espero que no te decepcione.
—Después de lo que he visto, lo dudo.
Nos despedimos con un gesto.
Dejo a CJ atrás y continúo por el vestíbulo, dirigiéndome hacia donde Tachibana me ha dicho que se encuentra Ishikawa.
Antes de alcanzar la puerta corredera, me detengo.
Yamanaka está allí, erguido como siempre, pero sin esa rigidez impostada que le he visto desde el primer día.
A su lado está Yuri. Y en ella el cambio es todavía más evidente.
Ya no lleva puesta la máscara de profesionalidad pulcra, de empleada perfecta.
Tiene los hombros algo hundidos y la mirada clavada en algún punto indefinido del suelo. No es capaz de mirarme a los ojos.
—Kross-san —dice Yamanaka en cuanto me ve—. Estaba buscándola.
Inclina la cabeza con una vehemencia que no había mostrado antes.
—Estoy muy, muy satisfecho con su trabajo. De verdad. Usted terminó con todos ataques de los yōkai . Incluso esos que… —Hace un gesto vago con la mano—. Esos que tenían orígenes un poco distintos de lo que yo pensaba.
No hay ironía ni excusas en su voz, solo aceptación.
—No sé qué consecuencias tendrá todo esto para el futuro del ryokan —continúa—, pero lo que sí sé es que usted ha hecho mucho. Mucho más de lo que habíamos acordado. En cuanto me pase datos de su banco, haré transferencia de su dinero.
Lo miro en silencio unos segundos.
—No será necesario —digo al fin.
Yamanaka parpadea, sorprendido.
—¿Cómo dice?
—Que no quiero el dinero —repito.
Hace unos años habría casi matado por el dinero que debía cobrar. Pero esa vida ya quedaba lejos. Y después de lo ocurrido este fin de semana en el ryokan , sumado a los seguidores que tienen los libros de Jac en este país, sabía que el dinero terminaría llegando por otra vía.
Enderezo un poco la espalda.
—Utilice esos honorarios para el ryokan . Pero no para seguir vendiendo ataques de yōkai como si fueran el problema. Inviértalos en contar lo que ocurrió de verdad aquí. Lo de Naoko. Quién era. Qué le hicieron.
Yamanaka guarda silencio. Yuri se tensa imperceptiblemente.
—La gente puede disfrutar de historias oscuras —añado—, pero la naturaleza humana siempre es más oscura que cualquier monstruo. Si quieren mirar a este lugar con honestidad, empiecen por ahí.
Por primera vez desde que he llegado, Yuri reacciona.
Levanta la cabeza. Sus ojos están húmedos. Cuando habla, la voz le tiembla, pero no se rompe.
—Yo… yo quiero seguir trabajando aquí.
Yamanaka se gira hacia ella, sorprendido.
—Y quiero ayudar a contar quién fue realmente mi madre —continúa, con la voz más firme—. No la versión que inventaron. No el rumor. No su desenlace. Quiero que se sepa qué clase de mujer era.
»Cuando cumplí dieciocho años mis padres me entregaron una carta que había llegado poco después de adoptarme.
La había escrito ella. Mi madre biológica.
La envió antes de quitarse la vida. Decidieron guardarla hasta que tuviera edad suficiente para entenderla.
En esa carta me hablaba de quién era y de quién era yo para ella.
No recuerdo cada frase, pero sí lo que me provocó.
Fue como si, durante un segundo, dejara de ser un espectro y se volviera tangible.
Frágil, sí, pero tangible. Desde entonces supe que algún día querría conocer su historia.
La auténtica. Y también que otros la conocieran.
»Por eso vine a trabajar aquí hace unos meses.
Cuando supe que este lugar iba a reabrir lo vi como la ocasión perfecta para acercarme a ella.
Por eso mentí en mi currículum, necesitaba que me contrataran.
Y por eso algunas noches bajaba a recepción cuando no era mi turno.
Revisaba los archivos del hotel y estudiaba a los huéspedes, buscando cualquier detalle que me acercara, aunque fuera mínimamente, a la mujer que decidió marcharse pocos meses después de traerme al mundo.
El silencio se espesa entre los tres. Yamanaka asiente despacio.
—Así será —dice—. Te lo prometo.
Luego vuelve la mirada hacia mí.
—Gracias, Kross-san. Una vez más.
Inclina la cabeza con respeto sincero.
—Gracias por ayudarme a acercarme a mi madre, y también a descubrirme a mi tío —añade Yuri.
Asiento, sin decir nada. Entonces Yuri da un paso al frente y, sin previo aviso, me abraza.
Es torpe, breve y absolutamente poco japonés. Me quedo rígida, pero al segundo le apoyo una mano en la espalda. Ella respira hondo, como si soltara algo enquistado desde hace demasiado tiempo.
Cuando se separa, no intenta ocultar las lágrimas.
—Gracias —dice—. De verdad.
—Cuídate —respondo.
Los dos se despiden con una inclinación contenida y se marchan en dirección opuesta. Los veo alejarse unos segundos antes de girarme y salir por fin del ryokan .
El aire exterior me recibe más frío de lo que esperaba.
El camino de piedras desciende suave hacia el río, flanqueado por árboles de tonos imposibles.
Me detengo un instante. El follaje cruje bajo mis botas.
El sonido del agua llega amortiguado, constante, indiferente a todo lo que ha ocurrido entre estas paredes durante décadas.
Cuando llegué, este lugar me pareció demasiado perfecto.
Madera oscura, silencio medido, hojas rojas cayendo en el momento justo.
Japón en modo postal. Y yo desconfío de las postales.
No por cinismo, o no solo por eso, sino porque mi trabajo consiste en mirar lo que queda fuera del encuadre.
Si algo parece demasiado limpio, normalmente alguien ha estado barriendo muy bien.
Aquí también había suciedad bajo la alfombra.
La diferencia es que no todo era fachada.
Algunas formas de hacer las cosas, por rígidas o exageradas que parezcan desde fuera, tienen sentido cuando alguien no sabe qué hacer con lo que le duele.
Una reverencia, una taza de té, una carta dejada en el río.
No arreglan nada. No absuelven a nadie. Pero ayudan a poner un poco de orden donde solo había ruido.
Sigo bajando.
Ishikawa está en la orilla, enfundado en el mismo yukata que le he visto todos estos días. No parece un hombre a punto de ser enjuiciado y encarcelado. Parece una figura arrancada de otra época, fuera de sitio. A su lado, dos agentes observan en silencio.
Tachibana decía que lo había confesado todo. El arrebato, el asesinato de Sato, el porqué de la ausencia de huellas en el arma. Cada detalle que no encajaba. Y que, a cambio, había pedido un último favor.
Los agentes me dedican un gesto breve de cabeza.
Cuando llego a su altura, Ishikawa termina de desprenderse de las hojas de la carta de suicidio de Naoko. Una a una. Las deja caer al agua y observa cómo la corriente las engulle sin resistencia.
No digo nada. Hace unos días habría pensado en contaminación de pruebas, en sentimentalismo tardío, en ese impulso humano tan absurdo de creer que el agua limpia lo que la memoria no puede.
Ahora solo guardo silencio. Hay despedidas que necesitan una ceremonia, aunque sea pequeña, aunque llegue veintiséis años tarde.
No hay nada que decir mientras alguien se despide de un fantasma.
Ishikawa deja caer la última hoja y se queda mirando el río. Su respiración se ralentiza, señal de que acaba de salir de un trance largo y agotador.
—¿El subinspector te ha dejado eliminar esa prueba así como así? —pregunto al fin, con un tono casi ligero.
La comisura de su boca se eleva.
—Primero la fotocopiaron —responde—. Y con todo lo que les he dado… no necesitaban más.
Asiento. Tiene sentido.
El río sigue su curso. El viento mueve el yukata . El tejido claro contrasta con los colores violentos del otoño. Todo parece demasiado hermoso para lo que se está cerrando aquí.
—Renji ya se ha ido —añade—. Lo he enviado de vuelta a Kobe. Será él quien explique lo sucedido y la decisión que he tomado.
—¿Estás… de acuerdo —digo, midiendo las palabras— con pasar los próximos diez o quince años en prisión?
Ishikawa no duda.
—No tengo ningún problema con ello. —Se encoge de hombros—. Si hago balance de mi vida, es mucho menos de lo que merezco. Y cuando salga tendré edad de jubilarme. —Esboza una sonrisa cansada—. Así tendré unos años para decidir qué hacer con lo que me quede.
Miro de nuevo los árboles. El agua. El contraste entre lo sereno y lo brutal. Pienso en Naoko. En Sato. En Takimoto. En Yuri. En todos los que cargaron con silencios ajenos.
—Supongo que eso ya es más de lo que muchos tienen —digo.
Ishikawa asiente despacio. Luego gira la cabeza hacia el río una última vez.
—Cuando era pequeño tenía miedo de los yōkai —dice al fin—. Un día, cansada de mis gritos, Naoko me dijo que eran una tontería. Que eran un invento de los humanos, un invento cobarde. Que inventarlos era una forma cómoda de no asumir responsabilidades. De culpar a algo que no puede defenderse.
Hace una pausa. El agua sigue arrastrando los restos de la carta, deshaciéndola hoja a hoja, palabra a palabra.
—Es irónico —añade—. Al final, a ella también la convirtieron en uno.
No lo dice con rabia. Tampoco con tristeza. Lo dice como quien ha entendido algo demasiado tarde.
—Primero fue una leyenda —continúa—. Luego un rumor. Después una explicación conveniente. Así nadie tuvo que mirar demasiado cerca. Así nadie tuvo que hacerse preguntas incómodas.
Levanta la vista un segundo, pero no me mira. Mira más allá.
—Y después de todo lo que ha pasado aquí… sigo pensando lo mismo. Los yōkai no hacen cosas tan terribles. No matan por miedo. No destruyen para proteger su estatus. No convierten a otros en monstruos para poder dormir tranquilos.
Esta vez sí me mira.
—Eso solo lo hacemos los humanos.
Los agentes avanzan un paso. El metal de las esposas suena seco, definitivo. Los dos nos despedimos con una leve inclinación.
Ishikawa no dice nada. Yo no digo nada.
El río sigue fluyendo, indiferente, llevándose mentiras, culpas y restos de papel con la misma facilidad. Como si borrar pruebas fuera lo mismo que borrar consecuencias.
Pero no lo es.
Nunca lo ha sido.