7
Nos quedamos quietas. Yuri a mi lado. Ambas en el otro extremo del corredor que lleva a la puerta que acaba de tragarse a CJ.
El pasillo está en silencio. No hay más rastro de él que el eco de su grito. Ni una marca en el suelo, ni una maldita señal de lucha. Solo la puerta cerrada.
Los pasos de Yamanaka se escuchan entre jadeos. Cuando aparece se lleva una mano al pecho, la otra al marco de la pared. Aunque no debe de llegar a los sesenta, respira como si su cuerpo ya no estuviera hecho para estos sobresaltos.
Dice algo en japonés, rápido, entrecortado. Yuri responde con la misma velocidad. Lo que sea que le está contando, lo descompone. Se le nota en los ojos, en la forma de aferrarse al marco, en cómo retrocede medio paso.
Yo no digo nada. No puedo. Solo camino.
Pero no hacia la puerta. No hacia la habitación donde CJ ha desaparecido. Camino hacia el ascensor. Yuri me observa sin entender mientras entro.
Yamanaka levanta la voz desde la entrada del pasillo.
—¿A dónde va?
Me giro justo antes de que las puertas se cierren.
—Al vestíbulo.
Él da un paso, nervioso.
—¡Espere! ¿Qué hace? ¡Señorita Kross-san!…
La puerta se cierra antes de que termine la frase y el silencio lo ocupa todo.
Un silencio limpio, mecánico. El tipo de silencio que solo puede dar un ascensor bien mantenido.
El contraste me golpea de lleno. Hace un minuto vi cómo un hombre era arrastrado por el suelo por una fuerza invisible. Y ahora, esto: un descenso suave, luces cálidas, un hilo musical de fondo que apenas se percibe. Todo perfectamente normal.
El cuerpo me tiembla. Pero no por miedo. Es más por una disonancia extraña entre lo que siente el cuerpo y lo que la mente acepta como real.
El vestíbulo sigue vacío. Las luces bajas, el silencio apenas interrumpido por el crujido de la madera en alguna parte del techo.
Camino sin prisa hasta uno de los sillones que dan a los ventanales, los mismos frente a los que, según CJ, apareció ese noppera-bō .
Me dejo caer sin pensarlo mucho, con la misma naturalidad con la que uno se hunde en el sofá tras un día normal.
Casi parece que no acabo de ver a un hombre arrastrado por una fuerza invisible.
Saco el móvil y entro en el navegador.
El ascensor rompe la calma artificial. Giro la cabeza sin dejar de mirar la pantalla. Yamanaka y Yuri salen casi al mismo tiempo. Él tiene la cara roja y los ojos desorbitados. A punto de hervir.
—Yo… no le vi —dice—. Pero Yuri me contó todo. Usted tiene que… ver qué pasó con CJ. ¡Tiene que descubrir qué está pasando aquí!
Sigo con el móvil en la mano.
—Ya sé lo que está ocurriendo —digo sin levantar la voz—. Un yōkai está atacando el hotel. Así que esperaré a que vuelva a aparecer.
Yamanaka parpadea, incrédulo.
—¿Esperar…? ¿Usted va a esperar a que… que nos lleve uno por uno? ¿Eso es lo que dice…?
—Si eso es lo que hace el yōkai …, supongo que sí.
No dejo de desplazar el dedo por la pantalla. Eso lo desconcierta aún más. Puedo sentir su furia vibrando en el aire.
—¿Pero qué hace…? ¿Qué cosa está haciendo… tan importante en momento así?
Alzo la vista apenas un segundo.
—Estoy viendo las redes sociales.
Yamanaka suelta un resoplido fuerte, cargado de indignación. Ni siquiera me mira cuando masculla entre dientes:
—Maldición… Por qué yo decidí contratar… una detective internacional…
Y sin más, se gira y camina hacia el ascensor, los pasos firmes como si pretendiera hacer temblar el suelo con cada pisada.
—Si usted no hace… yo lo haré —suelta antes de que las puertas se cierren tras él.
Sigo con el móvil. He encontrado un par de cosas prometedoras, pero todavía nada concluyente. El sillón es cómodo, la calefacción del vestíbulo agradable y por un momento logro olvidar que estoy en medio de una histeria paranormal.
Los huéspedes empiezan a bajar en oleadas.
Rostros de alarma, murmullos nerviosos, miradas que buscan una explicación.
Yuri se adelanta para tranquilizarlos. Habla de averías, de malentendidos ya resueltos.
Algunos asienten. Otros no tanto. Pero todos aceptan la promesa de que alguien se está ocupando del asunto.
Cuando el ascensor vuelve a abrirse, levanto la mirada por primera vez en varios minutos.
Yamanaka sale primero, con el cuerpo tenso y la cara desencajada. Apoya a CJ sobre su hombro derecho. Tiene la ropa roída, como si lo hubieran arrastrado por un campo de gravilla, y un corte en el pómulo le cruza la piel con una línea roja, limpia, precisa.
Está hecho mierda.
Y sin embargo, cuando lo veo acercarse, lo único que hago es contener la sonrisa que se me escapa por dentro. Porque claro que CJ ha sobrevivido. Y claro que viene directo a contarme todo lo que ha visto.
—Val…, tienes que escucharme… —empieza, jadeando entre frase y frase—. Ahí dentro…, no puedes imaginarlo…, no era una habitación, era como otro lugar. No había paredes. No había luz, pero veía… veía cosas. Había algo ahí. No estaba solo. Estaba mirándome…
Lo dejo hablar. Pero cada palabra es como una piedra más en la montaña de lo improbable. Y ya estoy cansada de montañas.
Me levanto del sillón con un resoplido de agotamiento.
—No sé cuánto te está pagando Yamanaka por todo este teatro —le digo a CJ, sin emoción en la voz—, pero te aseguro que no es suficiente para la pedazo de actuación que acabas de dar. Así que ya puedes parar.
CJ se queda congelado, boquiabierto, pero todavía en el papel.
—Aunque te concedo algo —añado, alzando una ceja—. Casi cuela.
—¿Qué dice? —salta Yamanaka, sin comprender.
CJ, en cambio, reacciona con furia.
—¡¿De qué estás hablando?! ¡He estado a punto de morir ahí dentro! ¡Sigo vivo gracias a la ayuda de Yamanaka! ¿Qué clase de engreída investigadora crees que…?
La pantalla de mi móvil brilla con un titular en japonés que he traducido con ayuda del navegador: «El famoso youtuber CJ acusado de falsificar vídeos paranormales con elaboradas actuaciones».
CJ se queda en blanco. Y ahora hablo yo.
—Desde que el ryokan reabrió, ha habido supuestos ataques de yōkai .
Casualidad o no, todo empezó cuando se anunció la reapertura.
Yamanaka sabía perfectamente que la historia de los asesinatos resurgiría.
Así que en lugar de intentar esconder el pasado, decidió capitalizarlo.
Si fingía ataques de yōkai, nada grave, solo lo suficiente para asustar, podía atraer visitantes, como un reclamo único.
Yamanaka intenta interrumpirme; no le dejo.
—Pero no dio resultado. Las reservas seguían por los suelos.
Ni siquiera ahora, en plena temporada alta, ha logrado llenar la mitad del hotel.
Así que tuvo una idea mejor: usarme como parte de su promoción.
No tengo claro cómo va a acabar la función, si yo desenmascararía a los «espíritus» o si se revelaría todo como un montaje sin que él saliera mal parado.
Pero lo que sí tengo claro es lo que dirían después los mensajes promocionales del hotel: «Ven al ryokan donde la detective internacional Valkiria Kross acabó con los yōkai ».
Un eslogan que los japoneses no tardarían en viralizar.
CJ calla, pero su cara lo dice todo. Yamanaka, en cambio, no se rinde.
—Lo que habla… son solo tonterías. Yo no hice nada. ¿Cómo explica… lo que pasa esta noche? ¿El vídeo? ¿La sala de juegos? ¿Lo que pasó con CJ y… la habitación?
Suspiro con fuerza y me acomodo el móvil en la palma antes de responder.
—El vídeo es fácil de explicar. No fue grabado esta noche.
Está editado. Apostaría lo que quieras a que lo grabó anoche.
Cuando enfoca los ventanales del vestíbulo, no aparece la plastilina que un niño pegó esta tarde.
—Señalo el ventanal, donde aún hay una masa azul verdosa deformada en la esquina—.
Las interferencias, la «figura flotando», eso es arte digital.
Posproducción. He visto alguno de sus vídeos, no se puede negar que tiene talento.
Yamanaka abre la boca, pero se queda sin voz.
—Lo de la sala de entretenimiento —continúo—, más sencillo todavía. Alguien apagando y encendiendo luces y sistemas de sonido. Podría estar programado, o hay una tercera persona controlándolo desde otra parte. Da igual.
Hago una pausa.
—Y lo de CJ siendo arrastrado por el suelo hacia una habitación… esa es la deducción más simple de todas.
Ahora sí, lo miro de frente.
—Solo hay una explicación posible. CJ iba el primero para asegurarse de tener el tiempo suficiente para prepararse.
Se puso un arnés o una cuerda por dentro de la ropa.
En la habitación hay un motor, como los que se usan para las acrobacias de las películas.
Lo arrastró por el suelo. Alguien más, quizás Seina, la chica que me hizo el registro, abrió la puerta en el momento justo y la cerró en cuanto entró.
CJ baja la mirada. No niega.
—Y es igual con los eventos anteriores que pretendían sugestionarme. Lo de los escalones con sonidos distintos que he visto esta tarde… eso se puede hacer de mil maneras. Apostaría a que sencillamente era un altavoz en la parte inferior. Algo que emite un sonido diferente al pisarlo.
Me acerco un poco, alargando el silencio que rodea a los cuatro que estamos en el vestíbulo.
—Solo me queda una cosa por entender. Lo de que el reflejo en el espejo de mi habitación vaya con retraso. Todavía no sé cómo habéis hecho eso, pero dadme tiempo.
CJ se deja caer en el sillón como si el cuerpo ya no le respondiera. Su expresión grita decepción, vergüenza y ese toque de frustración que solo tienen los que odian ser descubiertos antes del clímax de su truco.
—Esta es una de las puestas en escena más elaboradas que he preparado —dice CJ. Por la voz que sale casi en susurros, habla más para él que para mí—. Y ni siquiera hemos llegado a la mitad de la función.
Yamanaka, en cambio, empieza a balbucear.
—Yo solo… esto no iba a ser así, era… lo único que quería era…
Hace gestos con las manos, como si las frases estuvieran flotando en el aire y bastara con atraparlas para armar una excusa decente.
No lo consigue.
Justo entonces, la influencer reaparece en escena. Entra en el vestíbulo como si le debiéramos una explicación urgente. Usa a su novio como escudo humano, lo agarra del brazo como si esperara que él la protegiera de cualquier cosa que aún pudiera aparecer.
—¿Ya ha pasado todo? —dice, con el ceño fruncido—. ¿Qué demonios era eso?
—Una actuación —respondo—. Del propietario. Una obra de teatro. Incluso me ofende por menospreciar mi inteligencia al pensar que no descubriría el truco en el primer día.
Ella se queda en blanco. Durante una milésima de segundo. Después, explota.
—¿Me estás diciendo que todo esto ha sido un montaje? ¿Que me habéis tenido corriendo por el hotel, pensando que me moría, por culpa de una broma pesada?
Las exclamaciones en esa mujer vienen de serie. Se gira hacia Yamanaka como si quisiera clavarle el bolso en la cara.
—¡Esto es inaceptable! ¡Voy a contarlo todo en mis redes! ¡Mis seguidores tienen que saber la clase de circo que llevas aquí montado!
Yamanaka intenta calmarla con las manos en alto, pero no logra decir ni una palabra.
Como si eso fuera poco, en ese mismo instante aparece el matrimonio japonés que había bajado antes. Ella, todavía con el yukata desordenado. Él, más rígido que la mesa del vestíbulo. Ambos se acercan a Yuri con expresiones que no dejan lugar a dudas: están furiosos.
Hablan rápido. En japonés. Y aunque no entiendo cada palabra, capto el tono. Reproches. Quejas. Exigencias de una disculpa por el alboroto. Por haber interrumpido el descanso a estas horas.
Yuri asiente, hace reverencias pequeñas, intenta contener la situación. Pero ellos no ceden.
Y entonces llegan dos huéspedes más. Uno con una botella de agua en la mano y el otro con los ojos aún pegados por el sueño.
Se detienen en la entrada, miran a todos, miran a CJ en el sillón, a la influencer gritando, a los jubilados protestando…
y simplemente se quedan allí, como si intentaran decidir si volver a la cama o grabar una historia para sus redes.
No digo nada. Me alejo del grupo sin hacer ruido, como si el escándalo creciente fuera una radio mal sintonizada que puedo apagar simplemente caminando lo suficiente.
La influencer continúa con sus gritos. Yamanaka sigue buscando una excusa que no lo deje como el villano de su propio hotel.
CJ no se ha movido del sillón, derrotado, murmurando algo sobre lo mucho que le costó montar todo esto.
Que Yamanaka le prometió que funcionaría.
Que era su gran regreso. Que nadie lo descubriría.
Yo camino hasta el onsen , dejando atrás el ruido. Estoy tentada de volver a meterme en las aguas termales, pero no quiero arriesgarme a encontrarme con más huéspedes. Cojo mis cosas de la taquilla y subo a mi habitación.
Una vez dentro, me quito el yukata y me doy una ducha larga. Agua bien caliente. De esas que borran el día de encima. Me pongo ropa cómoda y me tumbo en la cama con la cabeza aún llena de voces que ya no quiero procesar.
Sin duda, el caso más raro que he tenido hasta la fecha. Pero ya estaba terminado. Había acabado con los ataques de los yōkai . Investigación cerrada.
Solo esperaba que al día siguiente Yamanaka no se hiciera el loco con mis honorarios.
Aunque teniendo en cuenta que el espectáculo que había montado rozaba la estafa, solo tendría que amenazarlo con hacerlo público para que me entregara hasta el último yen.
Y tenía habitación reservada hasta el lunes.
Un fin de semana completo en un ryokan en medio de las montañas, sin más sustos ni cadáveres. Sonaba a plan.
Con ese pensamiento, dejo que el sueño me gane.
Lo que aún no sé es que esta noche los yōkai atacarán de nuevo.
Y esta vez, Yamanaka no tendrá nada que ver con ello.