6
Salgo del onsen como si hubiese estallado una bomba bajo el agua.
Me envuelvo el yukata a toda prisa, el vapor aún pegado al cuerpo como una segunda piel, y cruzo el vestuario con la urgencia de quien huye de un incendio.
No me seco ni ajusto el cinturón. El grito sigue vibrando en mi pecho, áspero, como si no terminara de salir.
Cuando llego al vestíbulo, CJ me mira como si hubiera visto a la muerte de cerca.
También tiene esa chispa en los ojos propia de quien acaba de presenciar algo fascinante.
A su lado está Yuri, con la mandíbula un poco desencajada.
Por su expresión deduzco que ha llegado después del grito, porque tiene cara de no entender nada.
—¿Qué ha pasado? —digo, aún jadeando—. ¿Quién ha gritado?
CJ abre la boca, pero tarda unos segundos en articular palabra. Parece atrapado entre el susto y la incredulidad.
—Lo he visto, Valkiria. Te juro que lo he visto. Un noppera-bō . Sin cara. Sin una maldita cara.
Lo miro en silencio. Entre sus palabras aceleradas y el término japonés que ha soltado, sigo sin entender nada. Pero su rostro no deja lugar a dudas de la importancia del evento.
Yamanaka entra con el rostro descompuesto. No como alguien asustado, sino como quien acaba de ver confirmadas sus peores sospechas.
—¿Son ellos? —dice, en voz alta—. ¿Son los yōkai ?
CJ asiente, incapaz de hablar. Yuri parece más perdida que antes. Y Thalía, que acaba de aparecer detrás de mí con la respiración entrecortada, empieza a disparar preguntas como si fueran balas.
—¿Qué pasa? ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué ese grito? ¿Qué demonios está pasando?
—Se supone —le digo, bajando un poco la voz, ya con el modo investigadora activado— que ha habido un ataque de espíritus.
Ella se queda congelada. La sangre le abandona la cara como si alguien hubiese pulsado un interruptor. Tarda exactamente tres segundos en recomponerse.
—Pues yo no pienso quedarme aquí.
Y sin esperar respuesta, da media vuelta y se marcha a su habitación con pasos decididos. Como si el miedo le pisara los talones y quedarse en esa sala fuese aún peor que enfrentarlo sola.
Permanezco en el sitio. Aún desnuda bajo el yukata , con el pelo chorreando y la adrenalina martilleándome las sienes.
—Vale —digo, con el tono justo entre interés fingido y escepticismo real—. ¿Y ahora me explicas qué se supone que has visto, CJ?
Él traga saliva. Tiene las manos inquietas, los ojos aún abiertos de más. Pero su voz, cuando habla, suena firme.
—Un noppera-bō —repite, como si fuera una revelación—. Lo tenía delante. Aquí, en el vestíbulo. No fue un segundo, ni un reflejo. Lo vi. Un humano normal, pero sin rostro. Liso. Como un maldito lienzo en blanco.
—¿Y qué hacías tú aquí solo? —digo, sin disimular mi tono de interrogación policial.
—Estaba grabando —dice, señalando la cámara que carga al hombro como si fuera una extensión de su cuerpo—. Llevaba una media hora probando tomas cuando pasó.
Lo escucho sin interrumpir. Pero por dentro, mi detector de exageraciones está chillando.
Este tío vive de contar historias raras, si un día no le pasa algo extraño, se inventa que le ha pasado.
O peor, empieza a verlo. Porque a veces basta con querer creer para que el cerebro te conceda el milagro.
—¿Y tú, Yuri? ¿No estabas aquí, en la recepción? —digo cruzándome de brazos.
—No —responde ella—. Al principio estaba en el mostrador haciendo papeleo, y puedo confirmar que CJ estaba solo. Pero hace diez minutos Yamanaka me pidió que fuera a su oficina a buscar unos papeles.
Él asiente con la cabeza. Su rostro sigue pálido, como si no se hubiera recuperado del susto.
—Yo estaba en baño cuando el grito —añade Yamanaka, como si necesitara confirmar su inocencia.
CJ da un paso al frente.
—No hace falta que me creas. Tengo pruebas.
Lo dice con la seguridad de un tipo que está a punto de hacer el mejor truco de cartas del mundo. Agarra su cámara, la enciende y busca entre los archivos. Yo me acerco, Yuri también. Incluso Yamanaka parece no querer perderse el espectáculo.
La pantalla muestra una toma bastante nítida del vestíbulo.
CJ aparece hablando en japonés, con ese tono de youtuber que se sabe observado incluso cuando no hay nadie.
Se le nota tenso, como si no estuviera convencido de lo que dice.
A los pocos segundos se detiene, suspira y vuelve a empezar.
Esta vez lo hace caminando hasta el centro del vestíbulo y retrocede de nuevo, buscando el mejor ángulo.
—Otra vez —murmuro.
Y sí, otra vez. Otra toma. Otra caminata hacia atrás.
—¿Vamos a ver algo más que a ti fallando frases como un presentador de teletienda? —le suelto.
Me chista sin apartar la mirada de la pantalla.
En la siguiente toma, CJ lo intenta de nuevo.
Esta vez todo fluye mejor, hasta que un ruido seco y contundente —como un golpe brutal contra la madera— sacude el ambiente.
CJ se sobresalta y lanza un grito que jamás habría imaginado en su voz: agudo, crispado, idéntico al que escuché desde el onsen .
La cámara se sacude. Por un instante solo vemos el suelo, desenfocado.
Luego se alza de nuevo, temblorosa, buscando lo que sea que lo ha alterado.
Cuando encuadra al centro del vestíbulo, la imagen empieza a distorsionarse.
Interferencias densas, gruesas, como si alguien hubiese metido el vídeo en una trituradora de señales.
—¿Qué demonios…? —digo.
Entre los parpadeos de estática se distingue una forma. Algo que flota. No sabría decir si es una figura humana, una sombra o un defecto de grabación muy elaborado. Pero está ahí. Está justo donde CJ apunta.
Y luego… desaparece.
Las interferencias se disipan como si nunca hubiesen estado. La imagen vuelve a la normalidad y el vestíbulo aparece vacío, inofensivo. CJ permanece unos segundos más, inmóvil, y luego corta la grabación.
CJ me sostiene la mirada como si ya supiera lo que voy a decir. Como si estuviera preparado para el escepticismo, para la duda. Pero en el fondo, lo que yo siento no es incredulidad. Es otra cosa. Una vibración incómoda bajo la piel. Una sospecha que no sé si quiero confirmar.
—Qué conveniente —digo, sin poder evitarlo—. Justo en el momento clave, interferencias.
CJ ni se inmuta. Parece que lo esperaba.
—Es normal —responde—. Los yōkai emiten frecuencias muy particulares, distorsionan los campos electromagnéticos. Es algo que afecta a cámaras digitales, sensores, incluso…
—¿Campos electromagnéticos? —le interrumpo—. ¿Ahora eres experto en espectros y radiofrecuencia?
—No, no, pero hay estudios. Casos documentados. En el 98, en una región de Hokkaido, hubo un fenómeno similar. Las grabaciones se corrompían justo antes de las apariciones. Y luego, en 2012, en un templo de…
Un estruendo metálico lo interrumpe, violento, como si alguien hubiese lanzado una silla contra una pared. Viene de la segunda planta.
Después, música.
No cualquier música. Una canción pop japonesa a todo volumen, con una voz chillona que rasga los altavoces.
CJ sale corriendo.
Me lanzo tras él. Yuri me sigue sin decir una palabra. Yamanaka habla casi suplicando mientras subimos las escaleras.
—Usted… tiene que parar esto. Yo… yo la contraté para eso. Para… acabar con estos ataques.
«Genial», pienso. «Ahora soy una exterminadora de espectros freelance ».
Llegamos a la sala de entretenimiento. El proyector está encendido, pero en la pantalla solo hay una lluvia blanca de interferencias. Los altavoces escupen la canción como si el volumen estuviera al máximo. La luz de la sala parpadea.
CJ se acerca al equipo de sonido para apagarlo. Yuri va hacia el proyector y Yamanaka se queda en la puerta, como si el umbral fuese una frontera que no se atreve a cruzar.
Yo observo sin tocar nada.
Justo cuando CJ estira la mano para apagar los altavoces, la música se detiene sola. También se apagan las luces y el proyector.
La oscuridad se vuelve tan densa que parece que alguien ha echado humo en la habitación. Nadie habla. Se oyen respiraciones contenidas, como si el oxígeno escaseara.
Entonces, todo se enciende de nuevo. Luces, proyector, sistema de sonido. Pero ya no hay música. Solo un zumbido, como si algo eléctrico estuviese a punto de explotar.
CJ gira sobre sí mismo, nervioso.
—Se está moviendo —murmura—. El yōkai . Se está moviendo.
Lo observo en silencio. Tiene la mirada fija en un punto que no existe para nadie más que para él.
—Y creo que sé hacia dónde va —añade.
No sé qué me inquieta más, si lo que ha dicho o la seguridad con la que lo ha dicho.
CJ no espera. Sale corriendo sin mirar atrás, como si algo invisible le marcara el camino.
—¡CJ! —grita Yamanaka.
Pero él no frena.
Yo tampoco. Lo sigo escaleras arriba, con Yuri justo detrás. El propietario sube también, aunque más lento. Se detiene en el primer tramo, toma aire, continúa. Sus pasos suenan como si cada uno fuese una decisión difícil de tomar.
Al llegar a la última planta, el pasillo se divide en dos direcciones.
Nada de CJ.
—¿Dónde…? —empiezo a decir.
Yuri señala el pasillo de la izquierda. Lo recorremos con rapidez. Nada. Solo puertas cerradas y el zumbido lejano de los altavoces que todavía se apagan y encienden abajo.
Damos la vuelta. Al doblar la esquina hacia el otro pasillo, lo vemos.
CJ está allí. De espaldas, inmóvil en mitad del pasillo.
Al oírnos, se gira despacio, sin la teatralidad de antes.
Su rostro ha perdido todo rastro de entusiasmo.
Ahora solo queda una mezcla incómoda de vértigo y certeza, la expresión de alguien que acaba de entender algo y preferiría no haberlo hecho.
—Está aquí —dice, señalando la puerta al fondo del pasillo—. El yōkai . Tiene que estar ahí.
Su dedo tiembla, pero no se mueve.
—Esa habitación… antes de que cerraran el ryokan hace veintiséis años…
No termina la frase. Las luces del pasillo se apagan de golpe. Un grito. El sonido es seco, espantoso. Resuena en la oscuridad con un eco áspero que se clava en el pecho. Cuando las luces se encienden de nuevo, Yuri y yo nos quedamos congeladas.
CJ está siendo arrastrado por el suelo.
No se ve nada sujetándolo. Nada. Pero su cuerpo se mueve con fuerza, a una velocidad que parece imposible.
Lo están arrastrando como un muñeco. Las palmas raspan la moqueta e intentan agarrarse en vano al suelo.
No hay niebla, ni sombras, ni luces parpadeando. Todo está claro. Demasiado claro.
Y aun así, no hay nadie. Solo CJ, arrastrado por el vacío. Los ojos desorbitados. El grito desgarrador.
—¡AYUDA! —ruge—. ¡AYÚDAME!
Pero ya está cerca de la puerta. Esa maldita puerta que sigue cerrada. Hasta que se abre sola. Oscuridad absoluta dentro.
CJ entra como si una fuerza lo catapultara y justo en el segundo exacto en que atraviesa el umbral, la puerta se cierra con un portazo que retumba por todo el piso.
Y entonces, el silencio.
Ni un golpe. Ni un susurro.
Los gritos de CJ se cortan de golpe, como si alguien le hubiese arrancado el sonido de la garganta.