La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 5
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Aparto la cortina rosa que indica la entrada a las aguas termales femeninas y me descalzo en la zona de taquillas, intentando no parecer demasiado turista.

No es la primera vez que vengo a un onsen .

Ya he cometido todos los errores típicos —como entrar con bañador o meterme sin una ducha previa— y ahora podría dar una clase básica sobre cómo no hacer el ridículo en un baño termal japonés.

La madera cruje bajo mis pasos descalzos.

Me quito la ropa con calma, dejando cada prenda en su sitio.

En este tipo de lugares, todo tiene una forma correcta de hacerse, incluso desnudarse.

Y aunque ya estoy acostumbrada a ser la extranjera, hay algo en el ritual que me resulta reconfortante.

Como si seguir ciertas normas ayudara a que el cuerpo también se relaje.

Cuando entro en el onsen , el contraste es inmediato. El calor húmedo me abraza, la piedra está caliente. Pero el silencio que suele acompañar estos lugares brilla por su ausencia. En su lugar, escucho el chasquido insistente de una cámara y la voz de una mujer.

En la piscina principal hay una pareja.

La mujer está metida hasta el pecho, completamente desnuda, cambiando de postura cada pocos segundos para buscar el ángulo más favorecedor.

Se cubre los pechos con los brazos, con el agua, con el encuadre.

Las fotos rozan lo pornográfico, aunque probablemente ella las archivará bajo arte y empoderamiento.

El hombre que las toma está vestido, sentado en el borde con una concentración profesional.

Ni rastro de tensión sexual en su rostro. Ya debe de estar más que acostumbrado.

A su lado reconozco a una empleada del ryokan , la misma que me recibió al llegar.

Lleva el mismo uniforme inmaculado y un gesto entre servicial y abrumado.

Está discutiendo con la pareja, o intentándolo.

En cuanto me ve entrar se pone más rígida, incómoda bajo la idea de haber sido sorprendida en pleno conflicto.

No digo nada. Tampoco me detengo. Camino hasta uno de los taburetes junto a las duchas. Estoy completamente desnuda y sin una toalla a mano, pero me da igual. Si alguien quiere sentirse incómodo, no es mi problema.

Me siento y empiezo a enjabonarme. Escucho.

—Tiene que salir ahora mismo —dice la empleada al hombre, con un tono amable pero firme—. Los baños están separados por género.

—Ya le dije que tengo permiso —responde la mujer sin mirarla siquiera, mientras cambia de pose—. El dueño me contrató para promocionar el lugar, necesito estas fotos. Es parte del acuerdo.

Habla en un inglés perfecto, pero con un acento cerrado que identifico al instante como brasileño. Aunque dado lo que ya he visto de su personalidad, cuesta saber si es suyo o si lo ha entrenado para sonar más exótica.

—Entonces hable con el director —replica la empleada, haciendo una leve reverencia—. Pero tendrá que venir en otro momento, cuando el baño esté cerrado.

—¿Cerrado? —dice la influencer , escandalizada—. He visto el horario y solo cierran de madrugada. ¿Acaso crees que voy a trabajar a esas horas? Por favor, solo hay un tipo de mujer que trabaja de noche, y yo no soy una de ellas.

El jabón me pica en la nariz. Me aguanto la risa. La empleada, imperturbable, repite con suavidad la misma consigna.

—Lo siento mucho, pero son las reglas del establecimiento. No pueden entrar hombres aquí. Tenga en consideración al resto de huéspedes.

La influencer tuerce la mirada y hace un gesto con la mano.

—Está bien, enséñame las últimas —le dice en español a quien supongo que es su novio por la forma en que se apoya en él, como si su desnudez fuera rutina.

Él le pasa la cámara. Ella mira un par de fotos y asiente, satisfecha.

—Con estas vale. Ya te puedes ir.

El tipo, mudo desde que entré, se pone de pie de golpe.

Al pasar junto a mí, me lanza una mirada fugaz.

Nuestros ojos se encuentran apenas un segundo, pero basta para que se le enciendan las mejillas.

Baja la vista al instante y, al girarse, tropieza con su propio pie. Por poco no acaba en el suelo.

Yo sigo con mi rutina como si no existiera.

La empleada le hace una última reverencia y se va con la pareja. Por fin, la puerta se cierra detrás de ellos.

Silencio. Gracias.

La influencer ha vuelto al onsen . Esta vez no posa.

Está recostada contra una de las piedras grandes, con el agua cubriéndole los hombros, los ojos entornados y su pelo negro, curiosamente similar al mío, cayendo en sus hombros.

Por fin ha recordado que esto es un lugar para relajarse, no un decorado para alimentar su escaparate digital.

Yo termino de aclararme, me levanto del taburete y camino hasta el borde. Entro al agua sin mirarla. El calor me envuelve enseguida, se mete bajo la piel, entre los músculos, en cada rincón del cuerpo. Casi me hace olvidar que estoy aquí para trabajar. Casi.

—¿Española?

La voz llega desde mi izquierda. Abro un ojo. Ella me observa. Sin pensarlo, alzo las cejas ante su comentario: inesperado, sí, pero certero. Y eso que mi aspecto no grita precisamente «española».

—He visto que nos mirabas cuando le he hablado a mi novio.

Al parecer, la modelo va a tener más luces de lo que aparenta.

—No exactamente —respondo.

Hace una pausa breve, esperando que le devuelva la cortesía con una explicación. Se la doy, pero solo a medias.

—Mi madre era singapurense y mi padre español. Pero por el trabajo de mi padre viajamos durante toda mi infancia, así que no he vivido muchos años en España.

—Ah, claro —dice como si eso explicara todo, aunque estoy bastante segura de que no ha entendido mucho.

—¿Y tú? —pregunto por puro protocolo.

—Brasil —responde, como si estuviera anunciando una marca. Luego añade—: Pero vivo entre São Paulo y Miami. Ahora viajo por trabajo. Ah, y me llamo Thalía.

No me molesto en fingir interés.

La puerta se abre de nuevo. Una mujer japonesa entra con paso lento, pero seguro. Es la señora jubilada de la que me habló Yuri, la que vino con su marido a hacer senderismo.

Se detiene en seco al vernos. Al escucharnos hablar, ni siquiera intenta disimular su expresión: desagrado puro, aderezado con una pizca de condescendencia. Como si nosotras dos fuéramos una aberración dentro de su imagen mental del ryokan perfecto.

No dice nada. Solo se ducha en silencio, con una calma medida.

La brasileña ni se entera. Sigue hablando como si estuviéramos en su jacuzzi privado.

—Por cierto —dice de pronto, incorporándose un poco—, he escuchado quién eres.

No respondo.

—Todo el mundo lo ha dicho. Que eres esa… detective. La del libro.

Asiento sin más.

—Me parece muy top. En serio. —Me mira como si yo fuera una serie que está considerando empezar a ver—. Deberías tener más presencia online. ¿Tienes Instagram? Bueno, da igual. Si quieres, puedo ayudarte con eso.

Ahora sí que me giro para mirarla.

—¿Ayudarme?

—Claro. Puedo promocionarte. Hacemos una foto potente y digo que estoy con la auténtica Valkiria Kross.

O incluso podría hacer un montaje, ¿sabes?

Algo como yo interpretándote a ti. Aunque, bueno —dice, y se ríe, juguetona—, somos bastante distintas físicamente. Pero la esencia es lo que importa, ¿no?

Mi cerebro baraja durante medio segundo la opción de contestarle con elegancia. Pero se rinde. Estoy a punto de soltarle una de las mías cuando un grito corta el aire. Agudo, brutal. A pesar de estar sumergida en agua ardiendo, me atraviesa los huesos y me hiela la sangre.