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Camino por el hotel sin demasiada convicción, como quien busca algo que no espera encontrar. No tengo ninguna pista concreta, ningún cadáver, ningún yōkai a punto de manifestarse en mitad del vestíbulo. Solo el cometido de demostrar que algo que no he visto es falso.
Subo por las escaleras del edificio central, impecables.
El ryokan tiene ese estilo híbrido que ya he visto en varios lugares lujosos del país: líneas limpias, diseño minimalista, madera clara pulida como un salón de exposición, con suficientes toques tradicionales como para que los turistas se crean el cuento y los nacionales se sientan en su país.
Tatamis nuevos. Paredes de papel reforzado.
Un bonsái perfecto en cada rellano. Aun así, cuando apoyo el pie en el tercer escalón, algo no suena como debería.
Es un clic leve, apenas perceptible. El sonido no cuadra con la estética.
No es que haya crujido: ha resonado. Como si debajo hubiera un compartimento, o como si un yōkai jugara conmigo.
Me detengo. Lo piso otra vez. Esta vez no suena. Paranoia precoz, pienso. Llevo poco tiempo aquí y ya me imagino pistas invisibles solo por el historial del lugar. Sigo subiendo. Si empiezo a dudar de mi propio oído antes de haber hecho una ronda completa, esto se me va a complicar.
Llego a la sala de entretenimiento, que está vacía.
Luz blanca impecable, mesas de ping-pong casi a estrenar, dos billares con las bolas perfectamente colocadas como si el tiempo se hubiera congelado justo antes del saque.
Una máquina de dardos con luces en estado de espera y estanterías llenas de manga. Todo limpio y estéril.
No me sorprende que el señor Yamanaka esté desesperado. El lugar es precioso, sí. Pero también se nota que ha costado un dineral y que nadie está pagando por devolver esa inversión.
Reparo en la pared lateral. Una serie de fotografías enmarcadas muestran la evolución del ryokan .
La primera imagen data de hace dos años.
Un edificio devorado por la maleza, más ruina que refugio.
Después vienen las del proceso de reforma: excavadoras, obreros con cascos y estructuras cubiertas por lonas.
Luego, las fotos de la reapertura. El lugar que ahora piso. Impecable, caro y silencioso.
Un silencio que, por algún motivo, no me tranquiliza.
Estoy leyendo la descripción de la última imagen cuando una voz me llama por mi nombre.
—¿Valkiria Kross?
Me giro por instinto, el cuerpo ya en tensión, como si fuera a encontrarme a alguien apuntándome con un arma.
Pero no. Solo hay un tipo con gafas redondas y una camiseta chillona que en este ryokan duele a los ojos.
Lo reconozco al instante. Al llegar al hotel lo vi hablando solo frente a una cámara en el vestíbulo.
Influencer o esquizofrénico. A veces cuesta diferenciarlos.
—¿Nos conocemos? —pregunto sin ocultar el filo en mi tono.
Él sonríe con la tranquilidad de quien está acostumbrado a que lo miren raro.
—No, pero con la poca gente que hay aquí esto es como una aldea. Después de la cena, ya todo el mundo sabe que la protagonista de las novelas de Jac Ros está en el hotel.
—Solo soy protagonista de mi vida —digo cruzándome de brazos—. Es Jac Ros quien decide cuáles de mis historias contar. Yo me limito a resolver el puzle.
El tipo ríe como quien disfruta cada frase que escucha.
—¿Eres youtuber ? —digo.
—¿Me conoces?
—No. Pero tienes personalidad de youtuber . Además, esta tarde te vi grabándote en el vestíbulo.
—Veo que tu intuición de detective no falla. CJ, para servirte. Tengo un canal bastante conocido por aquí —dice, inflando un poco el pecho—. Me flipa todo lo raro: ataques paranormales, casas embrujadas, leyendas urbanas. Si da miedo o huele a montaje, ahí estoy yo con mi cámara.
Lo dice con tal orgullo que casi espero que saque una tarjeta de presentación plastificada.
—¿Y has venido por los ataques paranormales?
—Claro. ¿Por qué otra razón se hospedaría aquí un japonés? Desde que reabrió este lugar lo tenía pendiente en mi lista de vídeos por grabar. Aunque todavía no he pillado nada jugoso… —Me mira con complicidad—. Pero contigo aquí ya tengo posible título para el vídeo.
Pongo los ojos en blanco.
—En ese caso, no me vendría mal tu experiencia. ¿Te importa si te hago unas preguntas? —digo resignada por seguirle el juego.
Alza la vista, con el gesto de quien se toma mi propuesta demasiado en serio.
—Solo si te echas un billar conmigo —responde, como si fuera lo más natural del mundo—. Pero aviso: soy bastante bueno.
Su mirada tiene el brillo excéntrico de alguien que rara vez abandona su propio mundo.
—Está bien.
CJ sonríe. Sin consultarlo conmigo saca el trípode que tiene en la mochila y, tras mirar un par de ángulos, coloca una cámara enfocando a la mesa de billar.
Cuando se ha asegurado de que está grabando correctamente, coge uno de los palos y abre la partida con un tiro limpio. Yo igualo en el siguiente turno.
—Supongo que si has venido hasta aquí te habrás empapado del caso, ¿no? —digo, girando el taco con los dedos mientras evalúo la siguiente jugada—. ¿Qué sabes de los ataques?
CJ se apoya sobre la mesa con un gesto ensayado, más showman que jugador.
—Pues lo típico. Que hay ruidos extraños por la noche, pasos en los pasillos cuando no hay nadie, puertas que se abren solas, sombras que se deslizan en los espejos…
La lista completa de fenómenos yōkai para novatos.
El propietario dice que empezó todo hace unos meses, aunque no hay testigos claros, solo rumores.
Nada que no haya visto ya en otros cuarenta edificios en este país.
—¿Y entonces por qué estás aquí?
—Porque lo interesante no es lo que pasa ahora. Es lo que pasó hace veintisiete años.
Me lanza una mirada con la que espera descolocarme. Yo me limito a empujar una bola más dentro del agujero.
—He oído algo. Pero el propietario no me ha dicho gran cosa.
—Normal. Si este sitio está vacío, no es por los supuestos yōkai . Es por la leyenda negra que arrastra. ¿No conoces la historia de la Sonrisa del Kimono Rojo?
Lo miro de reojo. Reconozco el nombre. Me suena de haberlo leído hace años, en alguna recopilación de crímenes raros de Japón. Pero nunca lo asocié con este lugar.
—Fue un escándalo. Primero un asesinato en un viaje de empresa.
Luego, una muerte de lo más extraña al año siguiente.
Hay quienes lo califican de suicidio. Otros de asesinato, pero no uno cualquiera, no.
Uno imposible. Una mujer apareció muerta sentada en posición seiza , de rodillas, frente a un espejo con un kimono rojo perfectamente colocado.
Y lo mejor: una sonrisa pintada en su rostro con su propia sangre.
Como si fuera un personaje de kabuki , o algo peor.
La habitación estaba cerrada por dentro y no había ningún indicio de que alguien hubiese entrado.
Como si la vida se le hubiera escapado del cuerpo.
CJ se pasea alrededor de la mesa mientras habla. Su tono cambia, se vuelve teatral, como si grabara la narración en su cabeza.
—El caso dividió al país. Había foros enteros dedicados solo a debatir si fue asesinato, venganza, suicidio ritual o incluso algo más turbio. Y como nunca se resolvió, el morbo siguió creciendo. En los dos mil, eso bastaba para convertir una muerte en leyenda.
—¿Y qué más se sabe?
—Oficialmente, nada. Extraoficialmente, que la mujer era Naoko, empleada de una gran corporación.
Vino al ryokan con su equipo. Fue entonces cuando su jefe murió.
Este fue el primer asesinato. Muchos la culparon a ella, ya que unos días antes este hizo pública la relación sentimental que tenían los dos y la carrera de Naoko estaba sentenciada.
Sin embargo, no se encontró ninguna prueba que la culpara.
»Después del primer incidente, ella desapareció.
Un año más tarde volvió y ocurrió lo del kimono.
El caso se cerró como suicidio, pero nadie se lo creyó; había muchos indicios que indicaban asesinato.
Fue tan mediatizado que terminó convirtiéndose en una especie de icono del misterio japonés.
Hasta vendían postales con recreaciones de la escena.
De mal gusto, sí, pero ya sabes cómo es esto.
Si algo tiene sangre y preguntas sin respuesta, se vuelve rentable.
Con su última frase golpeo la bola blanca con fuerza. Dos bolas lisas más entran en hoyos diferentes. Será por la sugestión del misterio, pero estoy en racha.
—Está claro que te apasiona el caso.
CJ sonríe y se prepara para tirar. Golpea con demasiada fuerza y la bola que estaba a punto de entrar acaba rebotando. Chasca la lengua y sigue con su historia como si le hablara a su audiencia.
—Hace cuatro años vine aquí, cuando el hotel seguía cerrado.
Fue mi primer vídeo viral. Me colé con un colega y grabamos en la habitación, o la que creíamos que era la habitación.
La verdad es que nunca se hizo pública cuál era, pero un bloguero anónimo dio con ella y publicó una teoría bastante convincente.
Para entonces el lugar ya estaba lleno de maleza, parecía un santuario abandonado.
Ahora, con la reforma, se ha borrado cualquier rastro. Pero yo sí sé cuál es. Habitación 409.
—¿409?
CJ asiente con una sonrisa contenida, como si acabara de compartir un secreto que había guardado demasiado tiempo.
—Lo comprobé en su día. Las medidas, el ángulo de la ventana, incluso la distribución del mobiliario.
Aunque lo hayan cambiado todo, la estructura sigue siendo la misma.
El problema es que nadie quiere hablar del tema.
Ni los antiguos trabajadores, ni los nuevos.
Y el señor Yamanaka… Bueno, él tiene otros motivos para callar.
Miro la mesa y me doy cuenta de que ya no quedan bolas lisas. Me concentro unos segundos y, al golpear, meto la bola ocho. Fin de la partida.
CJ me observa con una mezcla de asombro y resignación.
—Vaya.
—Supongo que es la suerte del principiante —digo dejando el palo en su soporte.
Él se ríe.
—Me has pillado distraído. Es la energía del lugar. Me afecta la puntería.
Yo no respondo. Solo me quedo mirando la mesa.
Habitación 409. Estaba un par de puertas antes de la mía. Recuerdo haber pasado por delante hace un par de horas, justo cuando alguien salió de ella.