La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 3 #2
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—No lo creo. Reservaron por internet. Supongo que no conocían los rumores de este lugar. La mayoría de noticias han salido solo en japonés.

Asiento y paso a la siguiente mesa, donde una pareja de jubilados se sirve sopa con una lentitud casi reverencial.

—¿Y ellos?

—Los Moriyama. Vienen de Kanazawa. Jubilados. Han venido a hacer senderismo por las rutas de la zona. Les incomoda un poco lo de los yōkai , como a cualquier japonés, pero este es el ryokan más cercano a los puntos que quieren visitar.

Mis ojos se deslizan hacia la figura más imponente del salón: un hombre en la cincuentena, robusto, de rostro curtido y mirada afilada.

Está comiendo como si estuviera solo, sin prisa, sin mirar a nadie.

A su lado, un joven mucho más inquieto no para de moverse, de revisar el móvil, de echar vistazos al resto del salón.

En especial a una mujer joven que podría estar perfectamente en una pasarela en lugar de en un comedor de montaña.

—¿Y ellos dos?

—Él se llama Ishikawa. No ha dado muchos detalles, pero pidió una habitación con vista al bosque y… bueno, que se lo tratara con normalidad.

—¿Con normalidad?

—Eso dijo.

—¿Y el joven? —pregunto.

—Su ayudante, creo. Muy… intenso.

Vuelvo a observar al joven. Hay algo en él que desentona. No es solo la forma de vestirse, ni su nerviosismo. Es esa energía contenida que tienen los que quieren demostrar algo. O que se sienten inferiores y no lo soportan.

—¿Y el grupo que estaba en recepción cuando llegué?

—Un equipo de oficina de Toyama. Viaje de empresa. Es bastante común en ryokan de este tipo, aunque aquí es la primera vez que recibimos a uno así. Por lo general evitan el lugar por los rumores de los yōkai .

Me sorprende la seguridad con que dice todo. Está claro que, o bien es necesario tener esa capacidad para dar el servicio excepcional por el que Japón es tan famoso, o Yuri está sobrecualificada para su labor. Quizás ambas cosas.

—Pero han venido igual —digo.

—Sí. Supongo que la jefa quería ahorrar presupuesto.

Miro a mi alrededor una vez más. El resto de las mesas están ocupadas por parejas que no destacan o viajeros solitarios que comen en silencio, como si el entorno los hubiera absorbido en su estética de calma forzada.

—¿Y los demás?

—Turismo local. Parejas, algún solitario. Gente que se aprovecha de que el precio aquí es más bajo que en otros ryokan de la zona. A veces el morbo de los fantasmas sale más barato que un descuento.

Sonrío de lado. No lo dice con cinismo. Es una observación práctica, seca, como casi todo lo que ha dicho esta noche. Y, sin embargo, no puedo evitar pensar que, en medio de todo este grupo heterogéneo, hay alguien que no está aquí por las vistas ni por la leyenda.

Alguien que no ha venido a mirar hojas rojas. Eso, o realmente hay espíritus en los cimientos de este hotel tradicional.

—¿Y la familia de allí? —pregunto, señalando con la barbilla a un matrimonio con dos niños que comen con la concentración absoluta que solo tienen los menores cuando descubren que hay sopa con fideos y cucharas a su disposición.

—Taiwaneses —responde Yuri—. Llegaron ayer. No han pedido nada raro, ni han hecho preguntas extrañas. Parecen bastante normales.

En ese instante, el padre alza la vista y nuestros ojos se cruzan.

A los dos segundos, su rostro se ilumina como si acabara de ver a una vieja amiga.

Se levanta sin pensarlo demasiado, deja los palillos sobre la bandeja, murmura algo rápido a su esposa y se acerca con paso decidido, con los niños trotando detrás.

—¡Valkiria Kross! —exclama en chino—. No puede ser. ¡Eres tú, ¿verdad?!

Yuri gira la cabeza hacia mí con gesto confuso, pero no digo nada. El hombre se materializa delante de mí casi al instante. Me habla con entusiasmo desbordado. Pide disculpas por interrumpir, pero dice que tenía que saludarme. Dice que me reconoce por un caso del año pasado en Taipéi.

—El del asesino que mandaba acertijos a la policía, ¿recuerdas? El que secuestraba gente al azar. ¡Nosotros vivimos allí! Mi esposa y yo estábamos aterrados, no queríamos que los niños salieran ni al parque. Fue una locura. Y tú…, tú lo atrapaste. ¡Tú lo detuviste!

—Solo hice mi trabajo —respondo en chino, intentando que mi tono no delate la incomodidad. Siento las mejillas arder.

La mujer se acerca con los niños; los dos me miran con esos ojos enormes de quien ve algo que aún no entiende, pero sabe que es importante. El hombre me da las gracias otra vez, y otra, con una emoción tan sincera que se me atraganta un poco el aire.

Yuri no ha dicho una palabra. Cuando el hombre regresa a su mesa, aún con una sonrisa que no le cabe en la cara, noto cómo varias cabezas del comedor se han girado hacia mí. Incluso aunque no entiendan el idioma, el nombre lo han oído claro.

Valkiria Kross.

Lo ha repetido varias veces. Con entusiasmo. Con volumen. Con todas las sílabas.

Me maldigo en silencio. Sabía que no duraría demasiado. En Japón mis libros son bastante conocidos. Mi cara, no tanto. Podía pasar por una turista más. Esa era la idea. Pero ahora todos los que estaban cerca ya lo saben.