La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 3
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Salgo del ascensor en la cuarta planta, aunque en España esto sería la tercera.

Siempre me ha hecho gracia esa diferencia: en algunos países, la planta baja es la primera; en otros, la primera es la que está justo encima.

Supongo que hay quienes cuentan desde el suelo y quienes necesitan elevarse un poco para sentir que han llegado a algún sitio.

Yo, por instinto, empiezo desde el cero.

Como en la vida: hasta que no subes, no has salido de verdad de ninguna parte.

El pasillo está envuelto en esa calma acolchada que solo tienen los hoteles demasiado caros o los hospitales privados.

La moqueta con grabados bajo mis pies amortigua el sonido de mis pasos, como si el suelo conspirara para que me sienta culpable por pisarlo.

Recorro el pasillo y una de las puertas se abre a mi paso.

Aparece uno de los salaryman de antes. Aunque sin su traje parece un superhéroe que se quita su disfraz para pasar desapercibido.

Lleva un yukata azul con el símbolo del ryokan estampado en blanco a la altura del pecho.

Es como un kimono, pero más fino. Nos cruzamos en silencio.

Cuando llego a mi habitación, abro con la llave imantada y me recibe ese olor tenue a madera de ciprés y papel de arroz.

Dejo la mochila y la maleta en la entrada y me descalzo antes de subir al tatami.

Junto al futón aún sin extender, cargo el móvil y dejo caer la chaqueta sobre la silla baja.

Estoy agotada, pero no de cuerpo: de contexto.

Necesito un momento de desconexión antes de repasar la información fragmentada del dueño del ryokan, los informes sobre los supuestos ataques yōkai y qué es lo que hizo que este hotel cerrara.

Entro a un baño pequeño, minimalista, de una pulcritud casi teatral. Luz cálida, lavabo impecable, espejo rectangular que ocupa la mitad de la pared. Me remango, abro el grifo. El agua tarda unos segundos en salir. Me inclino para lavarme la cara y entonces noto algo raro.

El espejo no me devuelve el reflejo de inmediato.

Durante un segundo largo —lo bastante como para que el estómago se contraiga—, solo veo la puerta cerrada a mi espalda. Nada más. Como si mi cuerpo no existiera. Luego, sin transición, mi imagen aparece. Un parpadeo. Mi rostro. Pero hay algo en él…, algo que no reconozco.

No me muevo.

Vuelvo a parpadear. La cara frente a mí imita el gesto con un retardo que no parece natural en un objeto cuyo propósito es reflejar al instante la imagen que tiene delante. Me inquieta, pero me obligo a no retroceder.

Me echo agua en la cara con la esperanza de que me refresque. Al levantar la vista, la imagen parece haber vuelto a la normalidad. Casi.

Porque en la esquina inferior derecha del espejo hay una sombra. Una mancha tenue, como el reflejo de alguien justo fuera del encuadre. Me inclino hacia un lado, pero la sombra no se mueve. Parpadeo y desaparece.

Me quedo ahí, inmóvil, con el rostro húmedo y el vello de los brazos alzado como si el cuerpo supiera algo que yo todavía no.

No puede ser lo que creo. No quiero que lo sea.

Sin embargo, cuanto más observo, más clara tengo la certeza: no es una pantalla.

Es un espejo. Tiene que haber un truco. Alguno.

Algo que no estoy viendo. Y aun así, mi cabeza gira en círculos, buscando una explicación que no incluya la palabra que se espera de este lugar.

Yōkai .

No. Todavía no. Quiero otra teoría. Cansancio, quizás. Algún truco de luz, una imperfección en el cristal. Algo físico, científico, que no dependa de leyendas o espectros.

Pero no la encuentro.

Cinco minutos después sigo en la misma posición. No sé si estoy esperando a que el reflejo vuelva a fallar o a que me mire con otra cara. Cuando por fin logro moverme, salgo del baño sin girarme.

Me tiemblan los dedos cuando cierro la puerta.

Primer ataque, pienso. Y lo pienso en silencio. Porque decirlo sería admitirlo.

Cuando salgo de la habitación, me doy cuenta de que se me ha hecho tarde.

El cielo ya se ha teñido con ese azul oscuro que solo existe en lugares rodeados de bosque, como si la noche aquí cayera con más peso que en el resto del mundo.

Miro el móvil: la hora se me ha escapado como el reflejo del espejo.

Bajo al comedor con paso rápido, intentando sacudirme de encima la sensación que me ha dejado el baño.

El calor del comedor me resulta ajeno, artificial.

Demasiado humano para lo que acabo de sentir.

En la entrada me espera Yuri. Sigue con el uniforme tradicional del ryokan , con esa sobriedad elegante que solo las japonesas parecen saber llevar sin parecer disfrazadas.

Tiene las manos cruzadas frente al vientre y una sonrisa tan serena que me hace sentir aún más fuera de lugar.

—Perdona la demora —digo en inglés—. Me entretuve más de lo que pensaba.

Ella asiente con suavidad, como si entendiera que hay cosas que no se preguntan.

Entramos juntas en el comedor. Es amplio, con techos de madera expuesta y paneles de papel que filtran una luz cálida y acogedora.

Las mesas están perfectamente ordenadas, aunque hay demasiadas sillas vacías.

Aun así, es el lugar donde más gente he visto desde que llegué. Unos veinte o veinticinco huéspedes.

—¿Esto es lo normal? —pregunto en voz baja, mientras escaneo el salón.

Yuri niega con delicadeza, sin perder la sonrisa.

—Hoy es el pico más alto desde que trabajo aquí. Durante el fin de semana estas montañas se llenan de quienes viven en las ciudades y de turistas extranjeros. Vienen por el follaje otoñal, cuando las hojas están en su esplendor de belleza.

La musicalidad de su voz me pilla por sorpresa. Aun así, alzo las cejas. Ni siquiera llegamos a un tercio de la capacidad del comedor. Si esto es el «pico», no quiero imaginar el valle.

La acompaño hasta el bufé. No puedo evitar quedarme mirando: la presentación es impecable.

Pescado crudo como esculturas de coral, bolas de arroz, sopas humeantes, frituras y platos de verduras encurtidas que parecen arte comestible.

En una esquina, comida occidental: pasta, croquetas y una versión japonesa de la lasaña.

Todo tiene una pinta absurda. Nivel: foto de catálogo. Y sin embargo, la mayoría de estas bandejas va a terminar intacta.

Aunque Yamanaka lucha por mostrar la imagen de un negocio boyante, está claro que los números rojos de su cuenta deben de hacerle sangrar por los ojos.

Lleno un plato con arroz blanco, un poco de pescado crudo, tempura de berenjena y unas tiras de un tubérculo que no sabría cómo traducir.

Me tienta probarlo todo, pero no quiero que la sangre que tanto necesito en la cabeza se escape al estómago.

Me llevo la bandeja hasta una de las mesas bajas y Yuri se sienta frente a mí con esa postura perfecta que parece venir de fábrica.

Comemos en silencio durante los primeros minutos. El pescado es suave, el arroz está en su punto y la tempura cruje con una dignidad inesperada.

—¿Te importa si te hago algunas preguntas? Seguramente estaré por aquí varios días y me gusta conocer con quién voy a trabajar —digo mientras dejo los palillos a un lado.

Yuri asiente con suavidad.

—Claro, adelante.

—Cuéntame un poco de ti. ¿Cuántos años tienes?

—Veintiséis. Soy de por aquí cerca, de un pueblo a menos de una hora. Pero viví en Tokio los últimos años.

—¿Estudiando?

—Sí. Traducción e interpretación. Japonés, inglés y un poco de francés. Luego trabajé en una agencia de comunicación que se dedicaba a coordinar eventos para empresas extranjeras. Reuniones, simposios, cenas con muchas botellas de vino.

—Y de eso pasaste a servir té en un ryokan en la montaña.

Sonríe sin ofenderse.

—Más o menos. Me gustaba el trabajo, pero…

hace unos meses terminé con mi pareja. Vivíamos juntos y la casa se volvió un lugar imposible.

Sumado al ruido de la ciudad y a los horarios rotos, acabé agotada.

Sentía que necesitaba volver a respirar sin tener que esquivar a nadie.

Justo entonces vi que este sitio había reabierto y buscaban empleados. No lo pensé demasiado.

—¿Yamanaka te contrató enseguida?

—Sí. Creo que necesitaba gente que hablara inglés más que experiencia en hostelería.

Asiento. Tiene sentido. La mayoría de los empleados apenas han cruzado palabras conmigo. Ella, en cambio, es de las pocas que parecen moverse entre culturas sin desentonar.

—¿Y qué piensas de los ataques yōkai ?

Yuri parpadea, como si la pregunta le hubiese caído encima sin previo aviso. Se toma su tiempo para contestar.

—No les doy mucha importancia.

—¿Así de simple?

—Sí —dice encogiéndose de hombros—. Sugestión.

Cuando uno viene esperando ver fantasmas, cualquier ruido extraño o sombra fuera de lugar se convierte en un relato.

Este lugar ya tiene su fama. A veces la gente necesita creer que lo inexplicable sigue existiendo.

Les da sentido a cosas que no lo tienen.

Me sorprende su seguridad. Pensé que intentaría adornarlo, o al menos dejar margen a la duda.

—Hablas como si lo tuvieras muy claro.

—No lo tengo —admite—. Pero es lo que me repito para no terminar viendo cosas yo también.

Sigo masticando en silencio. Por primera vez desde que llegué, alguien responde a una pregunta con menos dramatismo del que esperaba. Y, por alguna razón, eso me intranquiliza más.

—¿Y los huéspedes? —pregunto mientras sigo comiendo—. ¿Qué me puedes contar de ellos?

Yuri gira apenas el rostro, discreta, como si le costara traicionar su rol de anfitriona perfecta.

—¿Alguno en particular?

—Todos los que se salgan de lo común.

Mis ojos recorren el comedor, deteniéndose en las mesas más ruidosas o solitarias. Señalo con la barbilla a una pareja que charla animadamente en inglés, riéndose con naturalidad contagiosa.

—Ellos, por ejemplo.

—Ah, los americanos. Zach y Ben. Son pareja. Viajan por el mundo con mochilas y cámaras. Llegaron desde Seattle, creo. Muy simpáticos, se llevan bien con todo el mundo.

—¿Y saben lo de los ataques?