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Yamanaka camina delante de mí con pasos medidos, cada movimiento sujeto a un protocolo invisible. El pasillo se estrecha hacia el fondo y el murmullo del vestíbulo queda atrás, amortiguado por los paneles de madera y el aroma tenue a incienso que flota en el aire.
Estamos a punto de cruzar el umbral que separa lo escénico de lo funcional cuando la puerta delantera se abre de golpe.
Un grupo de salaryman irrumpe en el ryokan con la sutileza de una estampida contenida.
Es la palabra japonesa para designar a los oficinistas de cuello blanco: hombres trajeados que trabajan hasta el agotamiento en alguna gran empresa, beben con sus jefes por obligación y envejecen sin apenas notarlo.
Lo aprendí un día al coger el metro en Tokio por la mañana.
No solo me encontré con vagones a rebosar y empujones medidos, sino también con una procesión de seres que poco tenían de humanos
Visten trajes oscuros, maletines idénticos y expresiones de fastidio calcadas.
Todos menos una. Una mujer del grupo desentona.
No parece estresada, pero tampoco relajada.
Tiene el rostro neutro, casi ausente. Su mirada se desliza por mí sin detenerse, como si no hubiera nada que ver.
Todo parece indicar que lleva la voz cantante.
—Por aquí, por favor —dice Yamanaka, devolviéndome al presente.
Lo sigo.
Al fondo del pasillo hay una puerta con caracteres chinos. El contraste con el resto del hotel es casi violento.
Si el vestíbulo parecía sacado de una postal tradicional con su iluminación cálida y decoración cuidada al milímetro, este despacho parece un castigo visual.
Un cubículo anacrónico que no desentonaría en una oficina gubernamental de los ochenta.
Paredes color nicotina, archivadores metálicos con etiquetas amarillentas, un teléfono de los que suenan como si te llamara el pasado.
Teniendo en cuenta que el hotel entero se ha renovado, deja claro dónde se gastó el presupuesto.
—Disculpe el aspecto… —balbucea Yamanaka, avergonzado.
Tomo asiento sin esperar invitación. El cuero falso de la silla cruje como si se quejara de tener que seguir existiendo.
Yamanaka cierra la puerta con cuidado, rodea el escritorio y se sienta frente a mí.
El ventilador del ordenador, justo detrás de su pierna, emite un zumbido agónico que le da un toque existencial a la escena.
—Este ryokan tiene… muchos años de historia —comienza Yamanaka, entrelazando los dedos sobre el escritorio.
Su voz recupera esa firmeza contenida que lo define, como si recitara un discurso memorizado frente al espejo.
Asiento con leve interés, aunque por dentro ya sé lo que viene. Un resumen con sabor a panfleto institucional, de esos que ocultan más de lo que revelan.
—A principios de este siglo… tuvo que cerrar por problemas algunos.
Hace una breve pausa, quizás para generar suspense, o para encontrar la palabra correcta en su reducido vocabulario del inglés.
«¿Qué tipo de problemas?», pienso. Pero no hace falta que pregunte. Puedo ver en su cara que no tiene ninguna intención de aclararlo. Ya tiene el guion armado y no quiere interrupciones.
—El edificio… estuvo abandonado muchos años. Décadas, sí. Comido por naturaleza —prosigue, con un deje teatral—. En Japón… inviernos muy duros. Mucha nieve. Cubre todo. Y verano… todavía peor. Mucha humedad, todo se pudre rápido. Más rápido que uno puede arreglar.
Asiento de nuevo, esta vez sin ocultar la mirada escéptica. Él continúa.
—Cuando yo lo compré, hace unos años… estaba casi en ruinas. Pero vi potencial. Invertí todo el dinero, cada yen, para darle nueva vida. Incluso conseguimos evitar daños grandes en estructura. Terremotos no hubo. Por suerte. Pero igual… hubo muchos retrasos.
Desvía brevemente la mirada hacia un rincón del despacho, como si viera el eco de todo lo que gastó.
—En tercera planta, la sala de entretenimiento, hay fotos del proceso. Desde que empezamos a limpiar entrada… hasta poner último tatami. A veces… me gusta subir y mirar. Las fotos me recuerdan que todo esfuerzo… tiene recompensa.
Se detiene unos segundos para tomar aire. Es notable el esfuerzo mental que le consume. Le doy el tiempo que necesita. Estoy en su país, lo último que voy a hacer es exigirle que hable mejor un idioma ajeno.
—Mi idea era abrir para el otoño pasado. Justo antes de la temporada de kōyō , las hojas rojas. Pero las obras se demoraron… hubo costes sorpresa, permisos lentos, fallos con los proveedores. Nada salió según planeado. Al final, abrimos oficialmente el 1 de abril de este año.
Otra pausa. Esta vez más amarga.
—Y, ya se imaginará… después de todo eso, el disgusto fue enorme.
—Su tono se vuelve más apretado, más humano por un instante—.
Porque no vino nadie. Los primeros meses…
clientela fue casi cero. Y eso que hicimos una promoción agresiva: precios especiales, descuentos para varios días, incluso contraté agencia de publicidad. Pero nada funcionó.
Se frota las manos con lentitud, como si aún tratara de sacudirse la decepción. Teniendo en cuenta lo que me ha ofrecido por resolver este caso, queda claro que soy su última apuesta.
—Todo por culpa de esas historias estúpidas. Cuentos de fantasmas, leyendas viejas, cosas sin fundamento. Y, claro, la gente… se lo cree todo. Aunque nada de eso tiene que ver con este nuevo ryokan .
Por un instante, su mirada busca la mía como si esperara aprobación. No se la doy. No suelo tener paciencia con discursos que van en círculos. En especial cuando evitan lo que realmente necesito saber.
—Señor Yamanaka —digo con tono firme, sin alzar la voz—, le agradezco la información.
Sé que en Japón las formas de trabajar son distintas.
Lo entiendo. No soy japonesa, y no pretendo que me trate como si lo fuera.
Así que necesito que me hable de forma directa.
Franca. —Hago una pausa breve, lo suficiente para que el mensaje cale sin parecer hostil—.
Casi todo lo que me ha contado ya me lo envió por correo y lo tengo reciente; lo he releído en el tren de camino aquí.
Yamanaka abre los ojos apenas un poco más. Asiente con una mezcla de sorpresa y resignación. Luego baja la mirada un segundo, como si tuviera que ajustar el engranaje interno que lo impulsa.
—Tiene razón. Disculpe… A veces, hablar con respeto… me hace dar vuelta.
—No se preocupe. Solo necesito claridad. Según tengo entendido, estoy aquí para resolver unos ataques… ¿de espíritus?
Él niega despacio, aunque lo hace sin perder la cortesía.
—No exactamente…, no espíritus. Yōkai .
El nombre lo pronuncia como si se tratara de una advertencia.
—Son…, cómo decirlo…, criaturas de cuentos japoneses. No cuentos…, folclore. ¡Eso! Folclore japonés. Algunos… son traviesos. Otros, peligrosos. Muchos… tienen forma animal, o humana, o las dos. Hay cientos de tipos. Muy antiguos. No es como fantasmas. Son seres propios. Con historia.
Asiento, aunque no estoy segura de cuánto de eso espera que me tome en serio.
—Los eventos que ocurren aquí… dicen que tienen que ver con yōkai . Pero yo pienso… están conectados a cosas del pasado. Cosas que ya no importan.
«Cosas que ya no importan». Lo dice con una ligereza forzada, como si repitiera una frase que lleva tiempo ensayando. Algo que intenta desactivar sin tener que enfrentarlo.
Estoy a punto de interrumpir de nuevo. No me ha dado ni un solo dato concreto, solo frases vagas y gestos templados. Pero justo cuando abro la boca para exigirle una lista clara de sucesos, Yamanaka se endereza y, con una seriedad casi reverencial, los enumera.
Su inglés sigue tropezando, pero ahora hay algo distinto en su voz. Una mezcla de incomodidad y superstición mal disimulada. Como si no quisiera nombrarlos… y al mismo tiempo necesitara hacerlo.
Habla del yanari . Un espíritu del suelo, dice, con tono grave.
Hace temblar las paredes, abre puertas por su cuenta, arrastra futones durante la noche.
Según él, odia a los extranjeros maleducados.
Uno de los huéspedes tomó un vídeo de los arañazos.
El vídeo circula por foros. «Mucha gente lo ve», afirma, como si eso fuera prueba suficiente de su autenticidad.
También hay un espejo. Antiguo. Según los rumores, a veces no te devuelve el reflejo. La imagen aparece vacía. Dicen que si no te ves, te quedan menos de siete días de vida. Lo menciona con una pausa al final, como si esperara mi reacción.
Hay también una voz femenina en el segundo piso.
Susurra algo al oído, palabras suaves pero urgentes, como si intentara advertirte de algo.
Se escucha sobre todo en la habitación 208.
Un antiguo trabajador juró que, una noche, justo después de oírla, una fuerza invisible lo empujó con violencia. Cayó al suelo. Nadie más estaba allí.
Por último, una rareza espacial. Un pasillo que cambia de longitud según quién lo cruce. A veces lleva a una habitación que no existe en los planos. La llama la «habitación del paso perdido». Ni él parece saber si esa parte es broma o amenaza.
Cuando termina, guarda silencio. El ventilador del ordenador vuelve a llenar el despacho con su quejido mecánico.
Yo asiento despacio.
—¿Tiene cámaras de seguridad? Me gustaría ver pruebas visuales.
Yamanaka niega con la cabeza, rápido, como si ya supiera que la pregunta vendría.
—No…, no tenemos cámaras aquí. En ryokan tradicional… privacidad de cliente es muy importante. No podemos… grabar mientras se bañan, o duermen… o caminan con yukata por pasillos. No es… correcto.
Claro, privacidad. Qué conveniente.
Aunque, siendo justa, no es tan raro. En Japón se toman la privacidad de forma muy seria.
Pero esa justificación de la intimidad es solo la mitad del cuento.
La otra mitad —la que no dice— es que poner cámaras habría supuesto un gasto importante.
Y a estas alturas ya tengo claro que en este sitio han ajustado el presupuesto hasta el último yen, al menos en todo lo que los huéspedes no ven.
—Entiendo.
Yamanaka carraspea y se incorpora ligeramente en su silla, como si algo le hubiese recordado que todavía le quedaba una pieza por colocar en su tablero.
—Ella… es Yuri —dice, justo cuando la puerta del despacho se abre con el rechinar de unas bisagras que no me explico cómo se han oxidado tan rápido.
Me giro. Es una mujer joven, de gesto neutro y presencia exacta. Lleva el uniforme del personal con una pulcritud casi contractual. No la había visto antes. Camina midiendo cada paso, sin una arruga en la ropa, ni una fisura en la expresión. Parece haberse planchado también sus modales.
—Yuri trabaja aquí desde… finales verano. Habla inglés… mejor que yo. Ella será su traductora mientras esté aquí. También… su guía cultural.
En cuanto escucho eso me pregunto por qué no la ha llamado veinte minutos antes, para así aligerar el discurso tan atropellado que he tenido que aguantar.
—Le explicará las diferencias… las sutilidades de Japón. Para que no tenga… malentendidos —añade, sin mirarme del todo.
Estoy a punto de contestar algo, pero él ya ha retomado el control de la escena, como si leyera la última línea de un guion.
—La he contratado para que termine con los ataques. Da igual si son habladurías… o yōkai verdaderos. Yo necesito que… se acabe.
Su mirada se clava en la mía. Ya no hay reverencias ni rodeos. Solo una súplica mal disimulada en forma de encargo.
Asiento con un movimiento seco del mentón.
Es la primera vez que tengo que hacer algo así, pero no parece muy complicado. Como está claro que es imposible que se trate de espíritus, yōkai , fantasmas o como quiera llamarlos, solo tengo que encontrar quién es el que está interesado en crear todos esos rumores.
Aunque algo me dice que no va a ser tan sencillo como quiero creer.