La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4) 1
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La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4)

La Sonrisa del Kimono Rojo (Valkiria Kross: Detective internacional de lujo 4)

Por Kian Noren

© inepub.com

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Los árboles parecen arder en silencio. Rojos, dorados, anaranjados, brasas quietas a mitad de combustión. Miro por la ventanilla y el paisaje me da en la cara como una postal demasiado perfecta.

El tren avanza al ritmo de un suspiro. Nunca había visto un otoño así. Tan exacto, tan contenido.

Es principios de noviembre y la ruta serpentea entre valles envueltos en niebla. De fondo, los Alpes Japoneses se levantan en silencio. Me cuesta recordar cuándo fue la última vez que algo me pareció tan quieto. Aquí todo parece aceptar su propio desgaste sin hacer ruido.

Cierro los ojos un instante, pero el traqueteo del vagón me devuelve al presente.

Falta poco para llegar a la estación final.

Me dirijo a un ryokan en las montañas de Gifu, uno de esos alojamientos tradicionales japoneses donde el suelo es de tatami, las puertas son de papel y todo parece diseñado para que hables en voz baja aunque estés solo.

Ahí me espera un caso nuevo. Aunque lo de «caso» está aún por confirmarse.

Según el propietario, el hotel sufre una serie de sucesos extraños de un tiempo a esta parte.

Ataques de yōkai , dijo. Espíritus del folclore japonés que aterrorizan a los huéspedes.

Podría ser puro teatro. O tal vez algo más.

No sería la primera vez que un delirio cultural encubre unas motivaciones más terrenales y egoístas.

Vuelvo la vista al bosque. El paisaje parece diseñado para reconciliarte con el mundo. Sin embargo, una parte de mí desconfía. No del lugar. De la idea. De lo que hay detrás de tanto orden.

Últimamente, todo el mundo parece enamorado de Japón. Como si fuera un país del futuro que aún cree en el pasado. Una especie de utopía higiénica, eficiente y milenaria. Y cuando algo recibe tanto consenso, mi instinto tiende a preguntarse qué está quedando fuera del encuadre.

No es desprecio. Yo me dedico a ver lo que otros no miran. A buscar la fractura bajo la superficie. Y este lugar, tan perfecto en apariencia, no va a ser la excepción.

El tren anuncia la siguiente parada con una melodía suave. Me incorporo y recojo mis cosas. Fuera, el bosque me observa con la indiferencia de quien ha visto pasar demasiadas vidas humanas.

Cuando la marcha se detiene, aparece una estación diminuta, casi un suspiro de andén con nombre: Akimori.

Me bajo con mi mochila al hombro y el aliento visible.

Apenas hay señalización, pero al fondo me espera una furgoneta blanca con el nombre del ryokan estampado en caligrafía elegante.

El conductor no dice ni una palabra. Me limito a asentir y él asiente también. Japón en versión resumida.

Subo. Estoy sola.

Durante el trayecto, Akimori se despliega con calles estrechas, tejados de tejas oscuras, faroles de piedra en los cruces y pequeños templos escondidos entre los árboles.

Huele a leña, a ese aire húmedo que precede al invierno.

Todo parece dispuesto con una delicadeza antigua, como si el pueblo entero estuviera colocado con pinzas.

Hasta los cables eléctricos tienen algo de armónico.

El minibús se aleja del centro y toma un camino sinuoso entre colinas. El asfalto se estrecha, aparecen señales oxidadas y barreras de madera.

Rodeada por este bosque denso, me vuelve a asaltar la misma pregunta que he ido esquivando desde que subí al tren: ¿por qué, exactamente, acepté este encargo?

El dinero fue lo primero, claro. Demasiado para decir que no. Luego estaba el lugar: un hotel tradicional en las montañas, comidas exquisitas incluidas, vistas al valle. Vacaciones disfrazadas de investigación. Y lo último, aunque me cueste admitirlo, fue Jac.

Él no suele pedirme cosas. No directamente.

Pero cuando supo que uno de los casos potenciales era en Japón, no dudó en insistir.

«Si hay un lugar donde tus historias venden, es aquí», me dijo.

«Y si logramos una investigación interesante, será el mejor gancho para tu siguiente entrega.

Imagina el título —me soltó—: El Susurro del Yōkai , superventas asegurado».

Él siempre piensa en libros. Yo en cadáveres. Nuestra dinámica es esa: yo resuelvo crímenes, él los narra. Los libros de Valkiria Kross nacieron de un caso real que vivimos juntos, el que empezó todo.

Y aunque suene raro, ha funcionado. Me ha llevado a tener un asistente virtual filtrando mis correos y un calendario que yo decido cómo se llena.

El camino se empina. El hotel no está en el pueblo, sino en la ladera norte, más cerca de los cipreses que de las casas. Me pregunto si esa distancia es parte del encanto o parte del problema.

Saco el móvil por costumbre y abro el archivo del correo que me envió el propietario del ryokan . Su mensaje es tan peculiar como pretencioso. Asegura que algo «sobrenatural» está arruinando la reputación del lugar. Que los clientes hablan de ataques nocturnos, ruidos inexplicables, apariciones.

Lo más extraño: me quiere a mí.

Aunque en mi historial hay algún caso que al principio se camuflaba con lo paranormal, no es un terreno que me entusiasme. No porque crea en fantasmas —ni mucho menos—, pero si puedo evitarlos, mejor. Espíritus vengativos y turistas sugestionables no suelen resultar en una buena combinación.

La furgoneta toma una última curva y el ryokan aparece al final del camino, escondido entre árboles. Sus techos oscuros, el humo blanco saliendo de los baños termales, las luces cálidas que ya empiezan a encenderse…

Y algo en mi estómago se agita.

La furgoneta se detiene frente al ryokan con la suavidad de quien no quiere interrumpir el silencio del bosque. El edificio se alza elegante, envuelto en la niebla baja como si respirara al ritmo de la montaña. Madera oscura, paredes blancas de yeso, techos de teja esmaltada.

Bajo del vehículo con mi maleta en la mano.

El conductor me dedica una reverencia rápida antes de retomar su puesto al volante.

En la entrada me recibe una joven con el uniforme del hotel: blusa blanca impecable, chaleco gris perla con ribetes oscuros y una falda ajustada hasta la pantorrilla.

Lleva el cabello recogido en un moño esmerado y una sonrisa que parece entrenada para durar lo justo.

—Bienvenida a Midoriyu Ryokan —dice con un acento cargado, arrastrando las palabras con una solemnidad casi ceremonial.

Devuelvo la inclinación con un gesto leve.

—Vengo por trabajo. Me ha contratado el señor Yamanaka.

La mención de su jefe la hace parpadear con rapidez. Tarda un segundo más de lo normal en reaccionar. Después asiente con la energía nerviosa de quien acaba de recibir una instrucción urgente hace apenas unos minutos y me pide que entremos.

El vestíbulo principal del ryokan es una contradicción deliciosa: tan moderno que podría pasar por un coworking de lujo, pero con detalles inequívocamente japoneses.

Tatamis discretos bajo las sillas, lámparas de papel con forma de cúpula y esa pulcritud casi ceremonial con la que está dispuesto todo.

Frente a mí, dos largas mesas de madera oscura dividen el espacio como si fueran líneas de batalla.

El suelo parece un océano detenido, con un patrón ondulado que se funde con las paredes curvas y las columnas centrales.

Más que un vestíbulo, parece una cápsula suspendida entre el bosque y el tiempo.

A través de los ventanales, la vista estalla en tonos de fuego: arces, hayas y cipreses que han alcanzado el pico otoñal.

El río serpentea al fondo como una promesa que no termina de cumplirse.

En una de las cristaleras, un niño juega con una masa gelatinosa que lanza contra el vidrio.

Se ríe solo, como si no necesitara nada más que ver hasta dónde puede estirarla antes de que caiga.

El sonido apagado de sus golpes suaves se mezcla con el rumor del agua y el murmullo lejano de la recepción.

—Sí… el director… me avisó ahora —dice con un inglés mucho menos fluido que su frase de bienvenida ensayada—. Por favor, venga. Hacemos el checkin … mientras espera.

Camina con pasos pequeños y seguros hasta el mostrador de recepción, una estructura minimalista de madera pulida. A su lado, una bandeja con toallas calientes y una tetera de porcelana blanca.

Todo está dispuesto con precisión de catálogo. Y, sin embargo, hay algo en el aire que me dice que esta calma es prestada.

—Tome té mientras hacemos el registro. Es hojicha , de la zona.

El té está ligeramente tostado, tibio, y ayuda a devolverle temperatura a mis dedos. El proceso de registro es rápido y meticuloso, a pesar de las pausas que hace la recepcionista cada vez que debe buscar una palabra en su diccionario mental.

—Su habitación es la cuatrocientos doce, estilo tatami, con baño privado. Tiene vistas al jardín.

—Perfecto.

—La cena… es de seis y media a nueve.

Me entrega una llave magnética en una pequeña funda de papel con el logotipo del hotel impreso a mano.

Estoy guardando el pasaporte cuando una figura aparece en el pasillo lateral. Hombre de mediana edad, traje oscuro sin arruga visible, corbata sencilla y expresión contenida.

—Señorita Kross-san —dice con una leve reverencia, la mirada clavada en la mía—. Yo soy Yamanaka. Director de este ryokan .

Asiento y devuelvo la inclinación con la cabeza, aunque por dentro reprimo una sonrisa.

Kross-san suena peligrosamente parecido a croissant .

No es la primera vez que lo escucho y ya he aprendido a no reaccionar.

Ese sufijo después del nombre es una fórmula de cortesía japonesa que se aplica a casi todo el mundo: hombres, mujeres, incluso clientes molestos.

Lo interesante es cómo, en boca ajena, una fórmula tan neutra puede sonar tan… francesa.

—Encantada, señor Yamanaka. Gracias por recibirme.

—Gracias… a usted por venir —responde con un acento firme, aunque las palabras le bailan un poco al salir—. Espero que el viaje no haya sido… difícil.

—Nada que no pueda manejar.

Hace un gesto con la mano, lento y educado, señalando un pasillo lateral.

—Si no está muy cansada… podemos hablar. Le puedo contar la situación.

—Claro. Así puedo empezar cuanto antes.

El hombre asiente con una expresión de agradecimiento casi exagerada, como si acabase de salvar a su familia entera. Entonces se detiene en seco y me dedica una mirada de preocupación contenida. Cuando habla, lo hace despacio, como si ordenara las piezas de un tablero.

—Mi negocio tiene… severos problemas. Y pienso que solo usted puede salvarme, señorita Kross-san.