CAPÍTULO 10 #2
En la universidad nadie sabía quién era la Sombra.
Eso fue un alivio enorme. Pero también fue una soledad nueva.
Porque nadie sabía quién era yo tampoco.
Mis compañeros me veían como el muchacho serio, el que siempre sacaba buenas notas, el que nunca iba a las fiestas.
Algunos me buscaban para que les explicara los ejercicios antes de los parciales.
Yo les ayudaba con gusto. Era la única forma que conocía de estar cerca de alguien sin que se acercaran demasiado.
Trabajar
Para pagar lo que la beca no cubría, trabajé en todo lo que pude. Fui mesero los fines de semana, vendí minutos de celular en una esquina, hice tareas para otros estudiantes, cargué bultos en una bodega de Corabastos a las cuatro de la mañana. Esa hora, por lo menos, ya la conocía bien.
Nunca me quejé. Después del monte, ningún trabajo me parecía duro.
Lo único que me costaba era que me dieran órdenes gritando.
Cuando un jefe me hablaba fuerte, el cuerpo se me ponía rígido y la mente se me iba lejos, al cambuche, al comandante.
Me quedaba quieto, callado, obedeciendo, igual que a los diez años.
Mis jefes decían que yo era muy disciplinado.
No sabían de dónde venía esa disciplina.
El grado
El día de mi grado, mi madre viajó a Bogotá por primera vez en su vida. Llegó en bus, después de toda una noche de viaje, con un vestido que se había mandado a hacer para la ocasión y una bolsa llena de arepas y queso del pueblo.
Cuando dijeron mi nombre, mi nombre de verdad, y subí a recibir el diploma, la busqué entre la gente. Estaba de pie, aplaudiendo, llorando. Y por un segundo vi en su cara a la mujer joven que me ganaba las carreras de caballos en el cañón.
Esa noche, en el cuarto donde yo vivía, me dijo algo que nunca me había dicho:
—Yo nunca dejé de buscarte, mijo. Nunca.
No le contesté. No pude. Pero esa frase me acompañó en el avión cuando, unos años después, me fui del país.
Europa
Cuando salí del país, pensé que la distancia me iba a curar. Que al otro lado del océano, donde nadie sabía dónde quedaba el Cañón de Las Hermosas, por fin iba a poder empezar de cero.
Llegué en invierno. Nunca había visto la nieve.
Esa primera mañana salí a la calle y me quedé parado en la acera, con la cara hacia arriba, dejando que los copos me cayeran encima.
Una señora mayor que pasaba me miró con curiosidad y me sonrió.
Yo también le sonreí, con la boca abierta, sin esconder los dientes.
Fue la primera vez en años que no me importó.
Pero la emoción duró poco. En ese país nuevo no conocía a nadie, no entendía bien el idioma y los días eran oscuros desde las cuatro de la tarde.
La soledad que yo conocía de toda la vida se volvió más grande, más fría.
Había noches en que hablaba con mi madre por videollamada solo para escuchar el acento del Tolima.
La distancia no me curó. Pero me dio algo distinto: la calma suficiente para hablar.
Allá, ante autoridades internacionales, conté por primera vez mi historia completa a alguien que la quiso escuchar.
Me temblaban las manos. Hablaba y sentía que el niño volvía al cambuche.
Pero al final, cuando terminé, la mujer que me entrevistaba me dijo una frase que nunca olvido:
—Gracias por sobrevivir para contarlo.
En Colombia, en cambio, nadie quiso escucharme. Las puertas se cerraban, los papeles se perdían, las citas nunca llegaban. Como si mi historia fuera una piedra en el zapato de un país que prefiere no mirar.
Volver al cañón
Muchos años después, en un viaje a Colombia, volví al Cañón de Las Hermosas. No le dije a nadie. Alquilé un caballo en el pueblo y subí solo por los caminos que recorría con mi madre.
Todo seguía siendo hermoso. Las cordilleras, el verde infinito, las nubes enredándose en los picos. La guerra había bajado. Ya no había toque de queda. Los niños jugaban en los potreros hasta después de las seis, y nadie miraba el camino con miedo.
Llegué hasta el potrero de don Aurelio, al lado del camino real. Ahí donde jugábamos esa tarde de abril. Me bajé del caballo y me senté en la misma piedra donde Camila comía mandarinas. Me quedé ahí hasta que el sol tocó el filo de la montaña.
No lloré. Les hablé. Les dije sus nombres de verdad, uno por uno, en voz alta, para que el viento se los llevara. Les conté que Tomás estaba vivo. Les conté que yo había conocido el mar. Les pedí perdón por no haber podido tocar las puertas de sus casas.
Después bajé al río, donde a los ocho años recogía cangrejos llorando por mi tío Arnulfo. Levanté una piedra. Debajo había un cangrejo pequeño, que salió corriendo de lado. Me reí. Fue una risa corta, extraña, que me salió del pecho sin permiso.
Ese día entendí que el cañón no tenía la culpa. Que ese lugar hermoso entre dos cordilleras también había sido una víctima. Y que, igual que yo, seguía en pie.
El documento fantasma
Tomás hoy es un gran profesional. Me alegra saberlo. Pero no puedo hablar con él.
Lo sé porque un día, muchos años después, me encontré su cara por casualidad. Era una foto en la que salía sonriendo, con ropa de trabajo, rodeado de gente. Lo reconocí de inmediato, aunque ya era un hombre. Tenía la misma forma de entrecerrar los ojos que cuando le daba el sol en la montaña.
Me quedé mirando esa foto mucho rato. Quise escribirle. Tenía el mensaje listo: “Soy yo. El que te cargó en la espalda”. No lo envié.
Pero esa noche dormí mejor que nunca. Porque supe que la promesa que le hice en la montaña no solo la había cumplido: había dado fruto. Ese niño que me rogó que no lo matara hoy dedica su vida a ayudar a otros. Si mi historia sirvió para algo, sirvió para eso.
Entre nosotros hay un documento fantasma. Y eso es todo lo que puedo decir de él.