La Sombra CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Cuando cumplí catorce años decidí hablar. Gracias a eso me dejaron en el programa para volver con mi familia.

El día que hablé

No sé exactamente qué me hizo hablar. Tal vez fue el cansancio de cargar solo con todo.

Tal vez fue ver a otros muchachos del centro irse con sus familias, uno por uno, mientras yo me quedaba.

Tal vez fue la psicóloga joven de los colores, que un día, en vez de pedirme que pintara, me preguntó si yo tenía mamá.

—Sí —le dije. Fue la primera palabra verdadera que dije en meses.

Ella no dijo nada. Esperó. Y yo, sin planearlo, empecé a hablar de mi madre. De las carreras de caballos. De la finca. De mi abuela y sus plantas. No hablé del monte. Solo de lo de antes. Pero eso fue suficiente para que pudieran encontrar a mi familia.

Cuando salí de esa sesión, me sentí como si hubiera abierto una puerta que llevaba años cerrada con candado. Me dio miedo. Pero también entró un poco de aire.

Regresé a la vida normal, o a lo que se supone que es la vida normal. Ya nadie me reconocía. Ante mi propia familia yo era un extraño.

El reencuentro

El día que me llevaron a casa, mi madre estaba en la puerta.

La reconocí de lejos, por la forma de pararse, con una mano en la cintura, como cuando me esperaba después de las carreras de caballos. Pero de cerca era otra. Tenía canas que no tenía antes. Estaba más delgada. Los ojos se le habían hundido de tanto llorar.

Ella también me miró como si buscara a alguien detrás de mí. Se había despedido de un niño de diez años que reía, que jugaba con todos, que hablaba hasta por los codos. Le devolvían un muchacho flaco, callado, con dos dientes partidos y una mirada que no se quedaba quieta.

Me abrazó muy fuerte. Yo no supe qué hacer con los brazos. Me quedé rígido, con las manos a los lados. Hacía mucho tiempo que nadie me tocaba sin hacerme daño, y mi cuerpo ya no sabía la diferencia.

Ella lloraba y me decía mi nombre, mi nombre de verdad, una y otra vez, como si quisiera devolvérmelo. Yo la escuchaba como si hablara de otra persona. Durante casi dos años me habían llamado la Sombra.

Esa noche puso mi plato en la mesa. Me contó después que nunca había dejado de ponerlo.

Un extraño en mi casa

Los primeros meses fueron difíciles para todos. Me despertaba a las cuatro de la mañana, a la hora del cambio de guardia, y me quedaba sentado en la cama escuchando. Cualquier ruido de motor me hacía buscar dónde esconderme. No soportaba tener a nadie a mi espalda.

Mi familia no sabía cómo tratarme. Algunos me hablaban con lástima. Otros con miedo. Nadie me preguntaba qué había pasado, y yo tampoco lo contaba. Había un silencio grande en la casa, y todos aprendimos a vivir alrededor de él, como se vive alrededor de un mueble pesado que nadie quiere mover.

Lo que hizo mi madre

Años después, una noche en que no podíamos dormir ninguno de los dos, mi madre me contó lo que había hecho mientras yo no estaba.

Esa tarde de abril, cuando vio que yo no llegaba a las seis, salió a buscarme con una linterna, rompiendo el toque de queda.

Recorrió todo el camino real gritando mi nombre.

Al día siguiente supo que no era solo yo: faltaban seis niños de la vereda.

Las mamás se reunieron en la iglesia. Nadie sabía nada. O todos sabían y nadie decía.

Fue a la Personería. Fue a la Policía. Fue al batallón del Ejército, el mismo Ejército que había matado a su hermano, y le dijeron que seguramente yo me había ido voluntariamente con la guerrilla.

Que eso pasaba mucho. Que no había nada que hacer.

Ella les contestó que su hijo tenía diez años y que a esa edad nadie se va voluntariamente a ninguna parte.

Durante casi dos años puso mi plato en la mesa todas las noches. Prendía una vela a la Virgen cada domingo. Guardó mi ropa doblada en el mismo cajón. Y cada vez que pasaba un carro por el camino, se asomaba a la ventana.

—Nunca me resigné —me dijo esa noche—. La gente me decía que te diera por muerto. Yo les decía que no, que una mamá sabe.

Esa noche, por primera vez desde que volví, la abracé yo a ella.

Mi abuela

A los pocos días fui a ver a mi abuela. Vivía en la misma casita de siempre, al lado de la quebrada, con su huerta de plantas medicinales y sus gallinas sueltas por el patio.

Cuando me vio, no lloró. Me miró un largo rato, de arriba abajo, como miraba a las plantas cuando quería saber si estaban enfermas. Después me tomó la cara con sus dos manos arrugadas y me abrió la boca con los pulgares, con mucho cuidado. Vio los dientes partidos. Apretó los labios.

—¿Qué te pusiste? —me preguntó.

No entendí la pregunta. Entonces me la hizo más clara:

—Para el dolor. ¿Qué te pusiste?

Le nombré la planta, con el nombre que ella le decía. Mi abuela cerró los ojos y se quedó así un momento. Cuando los abrió, tenía los ojos aguados, pero sonreía.

—Ah, mijo. Entonces sí me estabas oyendo.

Esa tarde me senté con ella en la huerta y me fue enseñando todas las plantas, una por una, como cuando yo era pequeño.

Para qué servía cada una, cómo se preparaba, cuánto se ponía.

Yo la escuchaba y por primera vez desde que había vuelto sentí algo parecido a estar en casa.

No me preguntó nada del monte. No hizo falta. Las plantas hablaban por nosotros.

Irme

El pueblo ya no era mi pueblo. Las calles eran las mismas, la iglesia era la misma, el parque con sus bancas verdes era el mismo. Pero yo los miraba como se mira la foto de un lugar donde uno estuvo hace mucho tiempo.

La gente me reconocía y bajaba la voz cuando yo pasaba. Algunos me saludaban con lástima. Otros se cambiaban de acera. Había rumores. Que yo había estado con la guerrilla. Que había matado gente. Que ya no era el mismo. Ninguno de esos rumores era del todo mentira, y eso era lo que más me dolía.

Pasaba frente a las casas de Mateo, de Valentina, de Andrés, de Felipe, de Camila.

Veía a sus mamás en las ventanas. Me acordaba de la promesa que hicimos en el corral, de que el que saliera vivo les contaría a sus papás que los habíamos querido mucho.

Nunca pude tocar esas puertas. No me dejaron hablar, y yo tampoco tuve el valor.

Cada vez que pasaba frente a esas casas, bajaba la cabeza.

Entendí que para poder vivir tenía que irme. Que ese pueblo hermoso entre dos cordilleras, el lugar más lindo del mundo, ya no podía ser mi casa. Que mi casa ahora iba a tener que ser otra cosa: el estudio, el trabajo, una ciudad grande donde nadie supiera mi historia.

El colegio

Pude volver al colegio. Nunca fui un niño de poco intelecto, y estudiar se me daba bien. Pero nunca volví a confiar en nadie.

Los trabajos en grupo, para mí, siempre fueron individuales. No hice lazos de amistad con nadie. Aprendí a estar entre la gente sin dejar que nadie se acercara.

En el colegio me miraban raro. Era mayor que mis compañeros de curso, por los años que había perdido, y tenía dos dientes partidos que escondía al hablar. Aprendí a sonreír con la boca cerrada.

Estudiar fue mi refugio. Los libros no me pedían nada. Los números no me miraban con lástima. Cuando resolvía un problema de matemáticas sentía algo parecido a la paz: había una respuesta correcta, y dependía solo de mí encontrarla.

Mis profesores decían que era un buen estudiante, pero distante.

En los descansos me sentaba solo. Algunos compañeros intentaron acercarse, pero yo levantaba un muro antes de que llegaran.

En el campamento había aprendido que cualquier persona podía ser la que te hiciera daño.

Esa lección no se borra con un uniforme de colegio.

Bogotá y más allá

Con los años logré irme a Bogotá, conseguir una beca universitaria, graduarme y después salir del país, hacia Europa. Dicho así parece fácil. No lo fue.

Cada paso de ese camino lo di cargando el monte por dentro.

La ciudad

Llegué a Bogotá con una maleta y muchas ganas de que nadie supiera quién era. La ciudad me gustó por eso: entre millones de personas, nadie se fija en nadie. Por primera vez podía caminar sin que me miraran como al muchacho que volvió del monte.

Pero el monte vino conmigo. En el bus me sentaba siempre cerca de la puerta.

En los restaurantes buscaba la mesa contra la pared, desde donde pudiera ver la entrada.

Cuando un helicóptero pasaba sobre la ciudad, el cuerpo se me tensaba entero, y tenía que repetirme que estaba en Bogotá, que estaba a salvo, que ya no tenía diez años.

La beca

El día que supe que me habían dado la beca universitaria, llamé a mi madre.

Ella lloró al teléfono. Yo también quise llorar, pero no me salió.

Me quedé mirando la carta un largo rato, pensando en ese niño del corral que buscaba la planta de su abuela entre las espinas.

Él nunca se imaginó que llegaría hasta aquí.

En la universidad fui el mismo estudiante del colegio: dedicado y solitario. Hacía solo los trabajos de grupo. Estudiaba de noche, cuando el insomnio no me dejaba dormir. Me gradué con la sensación extraña de haber logrado algo enorme sin tener a nadie con quien celebrarlo de verdad.

El primer día en la universidad

El primer día de clases llegué una hora antes.

Me senté en la última fila, contra la pared, desde donde podía ver la puerta.

Fui viendo entrar a mis compañeros: muchachos de ciudad, con tenis blancos, audífonos y conversaciones sobre viajes y fiestas.

Hablaban de cosas que yo no conocía, con palabras que yo no usaba.

Un profesor nos pidió que nos presentáramos y dijéramos de dónde éramos.

Cuando me tocó, dije el nombre de un municipio cualquiera del Tolima, uno que no era el mío.

Me salió sin pensarlo. Llevaba tantos años escondiéndome que mentía sobre mi origen como quien se pone una chaqueta para salir al frío.