La Sombra CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Caminamos cuatro días.

Fueron días difíciles: hambre, frío, miedo a cada ruido del monte. Pero todo lo que me habían obligado a aprender en el campamento ahora servía para otra cosa. Yo era un buen rastreador. Sabía leer los caminos, borrar nuestras huellas y esquivar a los informantes.

Guié a Tomás todo el tiempo. Lo cuidé como no pude cuidar a Mateo.

El primer día

Teníamos dos horas de ventaja. No más.

Lo primero que hice fue alejarnos del camino. Los caminos son de quien los vigila. Bajamos por una quebrada, con el agua hasta las rodillas, para que el río se llevara nuestras huellas y nuestro olor. Tomás se resbalaba en las piedras. Yo lo agarraba de la camisa y lo levantaba sin decir nada.

No parábamos. Cuando Tomás me pedía descansar, le decía que todavía no. Me odiaba un poco por eso. Pero yo sabía que esa primera tarde era la que decidía si vivíamos o no.

Cuando oscureció, nos metimos debajo de unas raíces grandes, en una ladera. No hicimos fuego. Lo abracé para que no temblara. Toda la noche escuché el monte, esperando el ruido de unas botas. No llegó.

El segundo día

Al amanecer teníamos hambre. Recogí frutas que conocía de la finca, unas guayabas pequeñas y ácidas, y unas hojas que mi abuela usaba para hacer agua. Le enseñé a Tomás qué se podía comer y qué no.

A media mañana vi algo que me heló la sangre: una huella de bota fresca en el barro, todavía con agua adentro.

Alguien había pasado hacía muy poco. Le tapé la boca a Tomás y nos echamos al suelo entre los helechos.

Estuvimos así casi una hora, sin movernos, mientras unas voces pasaban por el filo de la montaña, a pocos metros.

El monte no perdona al que tiene afán. Esa frase del comandante nos salvó la vida.

Esa segunda noche llovió sin parar. Nos refugiamos debajo de una peña, empapados, con los dientes castañeteando. En la madrugada escuchamos algo que nos dejó helados: un rugido grave, profundo, que salía del monte a pocos metros de nosotros.

Tomás se me pegó al cuerpo.

—¿Es un tigre? —me susurró. Así les dicen a los jaguares en el campo.

No le contesté. Me acordé de mi madre, de su advertencia, de los animales que se comían a los niños. Durante años les tuve miedo. Pero esa noche, debajo de esa peña, pensé algo que nunca le he dicho a nadie: que ese jaguar era lo menos peligroso que había en esa montaña.

El rugido se fue alejando. Al amanecer vimos sus huellas en el barro, grandes como mi mano abierta. Pasaron a dos metros de nosotros y siguieron de largo. Tomás las miró con los ojos muy abiertos. Yo sonreí por primera vez en mucho tiempo. Hasta el monte, pensé, nos estaba dejando ir.

El tercer día

El tercer día fue el más duro. Tomás tenía los pies llenos de ampollas y fiebre. Ya no quería caminar.

—Déjeme aquí —me dijo—. Usted solo llega más rápido.

Me acordé de Mateo. Del abrazo que le di y de que no pude hacer nada más. Esta vez sí podía.

—Yo le prometí algo —le dije—. Y lo voy a cumplir.

Lo cargué en la espalda varios trechos. Le busqué hojas para los pies, como me había enseñado mi abuela.

Le hablaba para que no se durmiera: le preguntaba por su casa, por su mamá, por lo que le gustaba comer.

Me contó que quería ser alguien que curara a la gente.

Yo no le dije nada. Pero pensé que, si él llegaba a eso, todo este camino habría valido la pena.

El cuarto día

El cuarto día la montaña empezó a cambiar. Aparecieron potreros, alambrados, una vaca. Después, a lo lejos, el humo de una cocina. Después, el sonido de una moto.

Tomás se puso a llorar. Yo no. Yo seguía mirando para todos lados, porque el miedo no se va de un momento a otro. Se queda pegado al cuerpo como el barro.

Roncesvalles

Al cuarto día llegamos al centro de reintegración de Roncesvalles. Llegamos vivos, los dos.

Lo primero que vi fue una bandera de Colombia ondeando sobre una reja verde. Me detuve a unos cien metros y me escondí con Tomás detrás de unos matorrales. Estuvimos mirando la casa casi una hora. Quería estar seguro. Quería ver quién entraba y quién salía. Quería saber si era una trampa.

Tomás me jalaba la camisa.

—Vamos, vamos, ya llegamos —me decía.

Al final salió una señora con un delantal a barrer el andén. Se puso a cantar mientras barría. Una canción de iglesia, de esas que cantaba mi abuela. Fue eso lo que me convenció. Me levanté, tomé a Tomás de la mano y caminamos hacia la reja.

La señora nos vio llegar, sucios, flacos, descalzos, y soltó la escoba. No preguntó nada. Solo abrió la reja y dijo:

—Entren, mijos. Ya pasó.

Allí me encontré otra vez con el Ejército, porque ese programa era para los niños reclutados por la guerrilla. En el centro no había rastro de la gente del campamento. Por primera vez en casi dos años, nadie me estaba buscando para hacerme daño.

Estuvimos allí un par de meses. Un día llegaron los padres de Tomás por él.

Cumplí mi promesa.

Yo, en cambio, no di información de nadie. Ni de mi familia, ni de mi pueblo, ni de lo que había vivido. No confiaba en nadie.

Los días en el centro

El centro era una casa grande, con un patio de cemento, una cancha de microfútbol y un comedor con mesas largas.

Había otros muchachos, casi todos un poco mayores que yo, que también habían salido del monte.

Se notaba en cómo comían, con el brazo alrededor del plato, y en cómo dormían, con un ojo abierto.

La primera noche me dieron una cama con colchón y una cobija limpia que olía a jabón. No pude dormir en ella. Me bajé al piso, me encogí en un rincón con la espalda contra la pared y me quedé ahí hasta que amaneció. La cama era demasiado blanda. La paz era demasiado extraña.

La primera comida en el centro fue un plato de arroz con pollo, papa salada, aguacate y un vaso grande de jugo de mora. Me quedé mirándolo sin tocarlo. Pensé que era una trampa, que me lo iban a quitar apenas empezara a comer, como hacían a veces en el campamento para divertirse.

Una funcionaria se sentó al frente mío.

—Es suyo —me dijo—. Nadie se lo va a quitar.

Comí con el brazo alrededor del plato, mirando para todos lados, tragando sin masticar.

Me lo terminé en dos minutos. Después me fui al baño y vomité todo.

Mi estómago ya no sabía qué hacer con tanta comida.

Esa noche me trajeron una sopa de pasta, poquita, caliente.

Me la tomé despacio. Fue la primera vez en casi dos años que comí sin miedo.

Los funcionarios me hacían preguntas todos los días.

Cómo me llamaba. De dónde era. Quiénes eran mis papás.

Dónde estaba el campamento. Quién era el comandante.

Yo los miraba y no decía nada. Había aprendido que una palabra de más podía costarle la vida a alguien.

Y no sabía si esas personas amables con sus carpetas y sus formularios eran de verdad lo que decían ser.

Una psicóloga joven venía dos veces por semana.

Me traía colores y hojas en blanco. Me decía que pintara lo que quisiera.

Durante semanas solo pinté árboles. Árboles muy grandes, con raíces que se metían en la tierra.

Ella me preguntaba qué eran. Yo le decía que eran árboles.

No le dije que eran los árboles donde me amarraban, ni el árbol donde el comandante disparó doce veces.

La despedida de Tomás

Tomás, en cambio, habló desde el primer día. Dio el nombre de sus papás, el de su vereda, el número de teléfono de una tía. Era más pequeño y todavía confiaba. Yo lo envidiaba un poco por eso.

El día que llegaron sus papás, yo estaba en el patio.

Los vi entrar por la puerta del centro: un hombre con sombrero, que se lo quitó apenas cruzó la reja, y una mujer pequeñita que ya venía llorando desde la calle.

Tomás salió corriendo y se le tiró encima a su mamá. Los tres se cayeron al suelo abrazados.

Yo me quedé mirando desde lejos. No me acerqué. No quería que me vieran.

Antes de irse, Tomás se soltó de su mamá y vino hasta donde yo estaba. Me abrazó muy fuerte, igual que yo lo había abrazado en la montaña.

—Gracias —me dijo al oído—. Usted sí tiene alma.

Después se fue con sus papás, sin mirar atrás. Y yo me quedé en el patio mucho rato, con esa frase en el pecho. Fue la primera vez en casi dos años que alguien me decía que yo era algo más que la Sombra.

Esteban

De todos, al que más pienso en las noches de insomnio es a Esteban.

Se quedó en el campamento creyendo que yo había matado a su hermano.

Que la Sombra se lo había llevado a la montaña y lo había dejado en el hueco, como a tantos otros.

Nunca pude decirle la verdad. Nunca pude decirle que Tomás estaba vivo, que yo lo había cargado en la espalda, que había llegado a casa.

En el centro pregunté por él una sola vez, en voz baja, a una funcionaria. Me miró sin entender. No había ningún Esteban en sus listas.

Nunca supe qué fue de él. No sé si sobrevivió al bombardeo, si escapó, si lo trasladaron a otro frente, si todavía vive en alguna parte creyendo que yo soy el monstruo que le quitó a su hermano.

A veces me imagino que un día este libro llega a sus manos. Que lo lee y entiende. Que se encuentra con Tomás y se abrazan.

Si estás vivo, Esteban, quiero que sepas esto: tu hermano vivió. Cumplí lo que me pediste. Nunca lo toqué.