CAPÍTULO 8
El plan era salir a las ocho de la noche. Pero ese mismo día, al mediodía, el comandante cambió todo y armó un revuelo en el centro del campamento. Me acusó de ladrón delante de todos y dijo que debía ser castigado. Y lo mismo a Tomás.
Esteban quedó en shock. Él siempre me había rogado que no le hiciera daño a su hermano. Creía que yo era capaz de matarlo y desaparecerlo. Esa nunca fue mi intención. Pero en ese lugar valía más que te temieran a que te usaran, y yo nunca lo desmentí.
La montaña
El comandante nos llevó a los dos. Caminamos dos horas montaña arriba, hasta el lugar donde fusilaban.
Durante esas dos horas nadie habló. El comandante iba adelante, con el fusil al hombro. Tomás y yo íbamos detrás, amarrados de las manos. Yo miraba la espalda de ese hombre y no sabía si me llevaba a la libertad o a la muerte. Había aprendido a no confiar en nadie, y menos en él.
Pensé que tal vez todo había sido una mentira. Que me había dicho lo del escape solo para que caminara tranquilo hasta el lugar donde iba a matarme. Pensé en Mateo, en Valentina, en el hueco. Pensé que por lo menos esta vez no iba a doler tanto, porque iba a ser rápido.
Y pensé en mi madre. En que nunca iba a saber qué había pasado conmigo. En que iba a seguir poniendo mi plato en la mesa para siempre.
Nos arrodilló. Tomás temblaba a mi lado.
Y disparó. Pero no a nosotros: disparó a un árbol.
Fueron doce disparos. Los conté uno por uno. Doce, como los doce niños que nos trajeron.
Cuando terminó, el comandante me miró:
—Samuel, está hecho. Tiene dos horas antes de que alguien se dé cuenta. Y usted sabe muy bien que si su cuerpo no aparece, eso significa rastreo. Irán por usted.
Y se fue.
Nunca supe por qué me dejó ir.
He pasado años pensándolo. A veces creo que fue por la foto clavada en el palo, por esos dos niños en la plaza.
A veces creo que fue por el campesino del río, que todavía vivía en algún lugar dentro de él.
A veces creo que simplemente se cansó de mí.
Y a veces, en las noches más oscuras, creo que lo hizo para que yo le debiera la vida, para seguir siendo mi dueño aunque estuviera lejos.
No le debo nada. Eso lo he aprendido. El hombre que te destruye no se convierte en tu salvador porque un día decida soltarte. Pero tampoco puedo negar que ese día, en esa montaña, disparó doce veces contra un árbol y no contra mí. Las dos cosas son verdad. Con las dos tengo que vivir.
La promesa
Tomé a Tomás y lo abracé.
—¿Quieres vivir? —le pregunté.
—No me mate, por favor —me dijo.
Entonces le hice una promesa. Le prometí con mi vida que lo iba a llevar vivo con su familia.