La Sombra CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El comandante decía que se había enamorado de mí.

Su cambuche era distinto a los demás. Tenía un techo de lona verde bien templada, una hamaca, un radio de pilas, una caja de madera con candado donde guardaba sus papeles y una foto pequeña clavada en un palo.

En la foto había una mujer y dos niños en una plaza de pueblo.

Nunca le pregunté quiénes eran. Él nunca me lo dijo.

El comandante era un hombre de unos cuarenta años, bajo y fuerte, con la piel curtida por el sol y las manos grandes de campesino. Hablaba despacio, sin levantar la voz. Ese era su poder: nunca necesitaba gritar. Cuando él hablaba, el campamento entero se callaba.

Tenía dos caras. Una era la del campesino que me consoló junto al río, la que a veces aparecía cuando escuchaba música de carranga en su radio y se quedaba mirando la foto.

La otra era la que todos conocían. Con los años entendí que las dos eran verdad, y que eso es lo más aterrador de la guerra: que los monstruos no tienen cara de monstruo. Tienen cara de vecino.

Esa primera noche en su cambuche abusó de mí. Me dijo que mientras estuviera allí, con él, tendría seguridad. Que nadie más me iba a tocar. Que me iba a entrenar.

También me advirtió:

—Yo no soy un niño para que me asesines.

Por supervivencia hice todo lo que él quiso. No tenía otra forma de seguir vivo. Me amarraba, me golpeaba y abusaba de mí por su placer. No voy a contar más. Lo que importa es que durante ese tiempo mi cuerpo dejó de ser mío.

Un día en el campamento

En el campamento el día empezaba antes que el sol. A las cuatro de la mañana ya se escuchaban las botas, los fusiles chocando contra las correas, las voces bajas de los que hacían el cambio de guardia. Nadie hablaba fuerte. En el monte la voz es un mapa que le entregas al enemigo.

El frío del páramo se metía en los huesos.

Dormíamos sobre plásticos negros tendidos en el suelo, con una cobija delgada que olía a humo y a humedad.

Cuando llovía, y allá llovía casi siempre, el agua corría por debajo y amanecíamos mojados.

Aprendí a dormir encogido, con las rodillas contra el pecho, como dormía de bebé.

La comida era la misma todos los días: arroz, a veces lentejas, a veces una arepa dura, y agua de panela.

Cuando había carne era porque alguien había matado un animal del monte o porque habían robado una res en alguna vereda.

Yo comía despacio. Con los dientes partidos, masticar era recordar la marca.

Después del desayuno venían los oficios. Cargar leña, cargar agua del río, cavar trincheras, limpiar armas que pesaban casi lo mismo que yo. Los niños hacíamos lo que nadie quería hacer. Y aprendíamos rápido que el que se quejaba no comía, y que el que lloraba en público era castigado.

Por las tardes el comandante me entrenaba. Me enseñó a caminar sin quebrar ramas, a pisar primero con el borde del pie, a mirar el barro para saber quién había pasado y hace cuánto. Me enseñó a esconderme a dos metros de alguien sin que me viera. Me enseñó a esperar. Esperar era lo más importante.

—El monte no perdona al que tiene afán —me decía.

Yo aprendía todo. No porque quisiera, sino porque entendí que cada cosa que aprendía me mantendría vivo un día más.

A las seis de la tarde todo se apagaba. No había fuego después de oscurecer, porque el fuego se ve desde los aviones.

Nos quedábamos en silencio, escuchando el monte.

Las ranas, los grillos, a veces el grito de algún animal a lo lejos.

Mi madre me había dicho que en ese lugar había pumas y jaguares que se comían a los niños.

Yo nunca vi uno. Los únicos animales que me hicieron daño allá caminaban en dos patas.

En las noches, cuando el comandante dormía, yo miraba hacia arriba, entre las hojas, buscando un pedazo de cielo. A veces lo encontraba. Y pensaba en mi madre, en si me estaría buscando, en si todavía ponía mi plato en la mesa. Pensaba en mi abuela y sus plantas. Pensaba en Mateo.

Y después dejaba de pensar. Porque pensar dolía más que todo lo demás.

La Negra

En el campamento había una mujer a la que todos llamaban la Negra.

Era la encargada de la cocina, de unos cuarenta años, con las manos llenas de cicatrices de aceite caliente y una risa ronca que se oía desde lejos.

Había llegado al monte muy joven, igual que nosotros. Nunca supe su nombre de verdad.

La Negra fue la única persona que en ese lugar me trató como a un niño.

A veces, cuando nadie miraba, me guardaba un pedazo de panela en el bolsillo.

Otras veces me dejaba raspar la olla del arroz, que era lo más rico que se podía comer allá.

Un día me vio con la boca hinchada por la marca y me trajo agua tibia con sal para que me enjuagara.

No dijo nada. Solo me puso la mano en la cabeza un segundo y se fue.

Ese segundo me sostuvo semanas.

Una noche, mientras pelaba papas, me preguntó de dónde era. Se lo dije. Se quedó callada un rato y después me dijo que ella también había tenido un hijo, que se lo habían quitado cuando nació, que no sabía si estaba vivo. Que tendría más o menos mi edad.

—Usted se va a ir de aquí —me dijo—. Yo sé lo que le digo. Usted tiene ojos de irse.

No le creí. Pero esa frase la guardé como se guarda una piedra bonita que uno encuentra en el río.

Un día la Negra ya no estaba en la cocina. Nadie explicó nada. En ese lugar la gente desaparecía y uno aprendía a no preguntar. A veces pienso que tal vez ella también se fue. Me gusta pensarlo así.

Los aviones

Lo que más miedo le daba a todo el campamento eran los aviones.

Se oían primero como un zumbido lejano, casi como un mosquito. Después el ruido crecía y se volvía un trueno que no terminaba. Cuando eso pasaba, el comandante gritaba una sola palabra y todos corríamos a las trincheras. Nos tirábamos al barro, nos tapábamos la cabeza con las manos y esperábamos.

Una vez cayeron bombas cerca. La tierra se movió debajo de mí como un animal que se despierta. Los árboles se partieron. Después quedó un silencio tan grande que me zumbaban los oídos, y un olor a tierra quemada que no se me olvida.

En esos momentos yo pensaba una cosa muy rara: que el Ejército que había matado a mi tío Arnulfo ahora también me podía matar a mí.

Que yo estaba en medio de los dos, como siempre habíamos estado los campesinos.

Que para los de arriba yo era un guerrillero más, y para los de abajo era un niño que no valía nada.

Que nadie, en ninguno de los dos lados, sabía que yo existía.

Mis once años

Cumplí once años en el campamento. Nadie lo supo. Yo mismo lo supe solo porque llevaba la cuenta de los días rayando un palo con una piedra, como había visto hacer a los presos en una película que pasaron una vez en el pueblo.

Ese día me levanté como siempre, cargué leña como siempre, comí arroz como siempre.

Pero por dentro me canté el cumpleaños feliz, muy bajito, con la voz de mi madre.

Me imaginé la torta que ella hacía en el horno de barro, con arequipe y coco.

Me imaginé a mis primos, a mi abuela, a Mateo soplando las velas conmigo porque a él siempre le gustaba ayudarme.

Esa tarde, en el radio del comandante, sonaba una carranga. Una canción alegre sobre una vaca y un campesino enamorado. Era la misma que ponían en las fiestas de mi familia. Me quedé escondido detrás de un árbol, escuchándola, y por tres minutos estuve en mi casa.

Cuando la canción terminó, volví al campamento. Tenía once años. Me sentía de cien.

Lo que me enseñaron a hacer

Con los meses, el comandante me fue llevando a lugares a los que los otros niños no iban.

Me enseñó a cargar un arma. Me enseñó a vigilar.

Me mandó a hacer cosas que no voy a contar en este libro, porque todavía no tengo las palabras para hacerlo, y porque no quiero que mi historia se convierta en la historia de lo que me obligaron a hacer.

Solo diré esto: lo que hice allá lo hizo un niño al que habían quebrado por dentro. Lo que hice allá me lo enseñaron hombres adultos que debían protegerme. Y cada una de esas cosas me la llevo conmigo, todos los días, en el pecho.

El comandante decía que yo había nacido para eso. Yo sé que no. Nadie nace para eso. A los niños nos hacen.

La mirada vacía

Así pasaron los meses. Casi dieciocho. Me entrenó en todo lo que él sabía. Aprendí a rastrear, a moverme sin hacer ruido, a leer el monte.

En el campamento me respetaban y me tenían miedo. Decían que tenía la mirada vacía. Que yo no tenía alma.

Llegando al mes diecinueve, el comandante me habló:

—Ya sé que le duele hacer todo lo que le he enseñado. A usted aquí lo respetan y le tienen muchísimo miedo. Dicen que no tiene alma. Tengo dos caminos para usted. Le pregunto: ¿quiere morir, o seguir aquí?

La súplica

Me arrodillé frente a él.

—Máteme, por favor. No quiero hacer esto más. Usted dice que nací para matar, pero mi cuerpo no tiene alma. Mi cuerpo está vacío. No valgo nada. Por favor, no quiero más esta tortura. Máteme.

Él me levantó del suelo y me llevó a su cambuche.

—Usted es la primera persona que me ruega, pero no por vivir —me dijo—. Le voy a dar una oportunidad.

Me explicó que él seguía siendo el cabecilla y que así me iba a sacar. Que escogiera a alguien para que se fuera conmigo. Que me daría la oportunidad de escapar, con una condición: si me alcanzaban, estaba muerto. Aunque él sabía que era poco probable que me alcanzaran.

—No vaya al centro de reintegración de Chaparral, aunque sea el más cercano —me dijo—. El lugar donde sé que va a llegar vivo es el de Roncesvalles. Usted sabe muy bien cómo esquivar a los informantes. Alístese.

Yo escogí a Tomás.

La última noche

Esa noche no dormí. Me acosté en el piso del cambuche, como siempre, y me quedé mirando el techo de lona. Afuera llovía despacio.

Repasé en mi cabeza todo lo que sabía del monte.

Por dónde corría el agua. Dónde estaban los puestos de guardia.

Cuáles eran los caminos de los informantes.

Qué frutas se podían comer. Cómo borrar una huella.

Todo lo que el comandante me había enseñado para que yo fuera su arma, ahora lo iba a usar para escaparme de él.

Pensé en Tomás, durmiendo a unos metros, sin saber todavía que al día siguiente su vida iba a cambiar. Pensé en Esteban, que no vendría con nosotros. Me dolió dejarlo. Pero el comandante había dicho una sola persona, y Tomás era el más pequeño.

Y pensé en la Negra. En su frase.

Usted tiene ojos de irse.

Por primera vez en diecinueve meses, me permití creerle.