La Sombra CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Apenas llegó el comandante, le contaron todo de prisa.

De los doce niños que habían traído de distintos pueblos, solo quedábamos tres. Los demás habían muerto: unos por la infección de la marca en la boca, otros por las violaciones y la tortura. Entre ellos estaban Andrés, Felipe y Camila, mis amigos de esa tarde de abril.

Los tres que quedábamos éramos Esteban, de doce años; su hermano Tomás, de diez; y yo.

Andrés, Felipe y Camila

A ellos los perdí de a poco, sin poder despedirme.

A Andrés lo vi por última vez una mañana en que lo llevaban a cargar leña.

Ya no lloraba. Caminaba con la mirada en el suelo, como un viejo.

Me levantó la mano desde lejos, apenas un poco, para que nadie lo viera.

Fue nuestro último saludo. Unos días después escuché que se había querido escapar y que lo habían alcanzado en la quebrada.

Felipe no aguantó la infección. La boca se le hinchó tanto que no podía abrir los ojos. Dicen que hasta el final preguntó por Andrés. Nadie se atrevió a decírselo.

Camila fue la última. Se apagó en silencio, como había vivido.

Una tarde dejó de comer. Al día siguiente dejó de hablar.

Y una mañana ya no se despertó. Yo no estaba a su lado.

Me enteré por una conversación de los guardias, que hablaban de ella como se habla de un animal que se muere en un potrero.

Los tres terminaron en el hueco. Sin una flor, sin un nombre, sin una madre que los llorara de cerca.

A veces sueño con ellos. Estamos otra vez en la escuela de doña Rosa, jugando a las escondidas entre los cafetales. Yo cuento hasta diez, abro los ojos, y salgo a buscarlos. Los busco y los busco. Nunca los encuentro.

La espera

Mientras le contaban todo al comandante, a mí me tuvieron amarrado a un palo en el centro del campamento. Pasaron horas. Los hombres que pasaban me escupían o me pateaban. Algunos se acercaban a decirme al oído lo que me iban a hacer antes de matarme.

Yo no los miraba. Miraba un punto fijo en el monte, una mata de helecho que se movía con el viento. Me concentré en ella como si fuera lo único que existía. Era un truco que había aprendido en esos días: si me iba con la mente a otra parte, el cuerpo dolía menos.

Pensé que esa iba a ser la última cosa que iba a ver en la vida. Una mata de helecho moviéndose con el viento. Y pensé que no estaba tan mal. Que por lo menos era verde, como el cañón.

Frente al comandante

Me llevaron ante él amarrado de pies y manos, y me arrodillaron.

Antes de mirarme, el comandante dijo que me merecía que me cortara los dedos, uno por uno.

Después alzó la mirada. Me vio. Y se quedó callado.

Yo también lo miré, y algo en su cara me resultó conocido.

Busqué en mi memoria y llegué al río, a los cangrejos, a la tarde en que mataron a mi tío Arnulfo.

Al campesino que pasó por el camino y me preguntó por qué lloraba.

Al hombre que me dijo que el Ejército solo necesitaba asesinar para ganar dinero.

Era él. El hombre que me había consolado junto al río era el comandante de ese grupo.

Un potencial

Los demás empezaron a gritar:

—¡Es un niño y ya mató! ¡Tiene que morir!

El comandante se echó a reír.

—Es un niño y mató a uno de ustedes —dijo—. ¿Cómo creen que voy a desperdiciar un potencial así?

Y siguió:

—Este es el niño al que ustedes llaman la Sombra, porque mata sin que nadie se dé cuenta. Ya tiene reputación. Ustedes le tienen miedo. Pues si le tienen miedo ahora, ténganle más, porque desde hoy está a mi cargo.

Se volvió hacia sus hombres:

—Llévenlo a mi cambuche.

Esa reputación me persiguió desde ese día. Cuando yo pasaba, los hombres se apartaban. Algunos me miraban con desprecio. Otros con algo parecido al miedo. Ninguno volvió a entrar a mi cambuche.

Yo no entendía por qué un niño de diez años podía darles miedo a hombres armados. Después lo entendí: no era yo lo que les daba miedo. Era lo que veían en mí. Un niño al que ya no le importaba morir es más peligroso que cualquier fusil. Porque no tiene nada que perder.

Eso era yo. Un niño que ya no tenía nada que perder.

Así fue como dejé de ser un niño con nombre. Desde ese día fui la Sombra.