La Sombra CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Al día siguiente supe la verdad sobre Valentina.

Los hombres habían dicho que se la llevaban al comandante. Pero cuando él llegó al campamento, preguntó por la niña, y nadie se la había entregado. Los que se la llevaron la desaparecieron antes. Nunca supe qué hicieron con ella. Nunca lo voy a saber.

Pensé en ella toda esa mañana. En sus ojos grandes.

En la forma en que nos nombraba las estrellas en el corral.

En la promesa que fue idea suya. Valentina quería ser profesora, como doña Rosa.

Decía que iba a volver a la vereda para enseñarles a los niños a leer, y que en su escuela nadie se iba a tener que esconder debajo de los pupitres.

A ella le quitaron hasta eso: el derecho a que alguien supiera cómo terminó su historia. Su mamá nunca tuvo un cuerpo que enterrar. Nunca tuvo una tumba a la cual llevarle flores. Solo una pregunta que le duró toda la vida.

Por eso, cuando de noche busco la estrella del pastor, la busco también por ella.

El cuchillo

En el cambuche había quedado solo. Lo revisé palmo a palmo, como había revisado el corral buscando la planta de mi abuela. Entre las cosas encontré un cuchillo viejo, romo, casi sin filo.

Lo tuve en las manos un largo rato. Y me acordé de mi madre en la finca, enseñándome con ternura: para que los pollos no sufran, hay que cortar la vena del cuello, la que va del cuerpo a la cabeza.

Uno de los hombres empezó a rondar mi cambuche. Ya lo había intentado antes. Yo sabía que iba a volver de noche.

Ya estaba cansado. Cansado del dolor, del miedo, de que mi cuerpo no fuera mío.

Las tres de la mañana

Llegó cerca de las tres de la mañana. Entró en silencio y se me echó encima.

Mi cuerpo reaccionó antes que yo. Tomé el cuchillo y corté la vena que mi madre me había enseñado.

El hombre se quedó quieto al instante. No hizo ruido.

Y entonces lloré. Lloré como no había llorado en todo ese tiempo, ni con la marca, ni con Mateo, ni conmigo. Me sentí la escoria más grande del mundo. Nadie merece morir, y mucho menos así. Me sentí culpable. Y esa noche pensé que yo también habría querido morir.

Todavía hoy cargo con esa noche. Con los años he entendido lo que ese niño no podía entender: que tenía diez años, que estaba defendiendo su vida, que la culpa no era suya. Pero entenderlo no siempre basta para dejar de sentirlo.

Hasta el amanecer

No me moví en toda la noche.

Me quedé sentado en un rincón del cambuche, con las rodillas contra el pecho y el cuchillo todavía en la mano. No lo podía soltar. Los dedos se me habían quedado tiesos alrededor del mango, como si fueran de otra persona.

A un metro de mí estaba el cuerpo. No lo quería mirar, pero no podía dejar de hacerlo. En la oscuridad era solo una forma, un bulto. Pensé que en cualquier momento se iba a levantar. Pensé que si yo cerraba los ojos, iba a sentir otra vez sus manos. Así que no los cerré.

Pensé en su mamá. Fue lo que más me atormentó esa noche.

Ese hombre, que me había hecho tanto daño, también había sido un niño alguna vez.

Tal vez también se lo llevaron una tarde mientras jugaba.

Tal vez también lo marcaron. Tal vez en algún pueblo del Tolima había una mujer poniendo su plato en la mesa, esperando que volviera.

No me perdoné esa noche. Todavía estoy aprendiendo a hacerlo.

Cuando empezó a clarear, escuché los primeros pájaros. Los mismos que cantaban en la finca de mi madre al amanecer. Me pareció injusto que siguieran cantando, como si nada hubiera pasado. Después pensé que tal vez cantaban justamente por eso: porque el mundo sigue, aunque uno se rompa por dentro.

La nenita se defendió

En la mañana entraron otros hombres al cambuche. Vieron el cuerpo y se echaron a reír.

—La nenita se defendió —dijo uno.

Yo solo los miré. No sé qué vieron en mis ojos. Yo no veía nada.

Se llevaron el cuerpo. Y ese mismo día llegó el comandante.