CAPÍTULO 4
Después nos repartieron. A cada uno lo mandaron a un cambuche distinto. A mí me tocó con Mateo.
Al día siguiente vinieron por Valentina. Dijeron que se la llevaban para donde el comandante. La vi alejarse entre los árboles, pequeña, con su cabello rizado. Desde ese día no volví a saber de ella.
Mateo
Mateo y yo nos conocíamos desde que éramos bebés. Nuestras mamás eran amigas y nos dejaban juntos en un corral de madera mientras recogían café. Aprendimos a caminar agarrándonos de las mismas tablas.
Él era el valiente de los dos. Se tiraba primero al charco del río, se subía más alto en el palo de guayaba, le contestaba a los grandes cuando se burlaban de nosotros. Cuando a mí me decían cosas por ser distinto, por ser más suave que los otros niños, Mateo era el primero en defenderme.
—Déjenlo quieto, que es mi hermano —decía.
Teníamos un sueño. Queríamos ser camioneros, manejar uno de esos camiones grandes que bajaban el café hasta Ibagué, y conocer el mar. Ninguno de los dos había visto el mar. Nos lo imaginábamos como un río muy ancho que no terminaba nunca. Habíamos jurado que lo conoceríamos juntos.
Yo conocí el mar muchos años después. Me senté en la arena y lloré toda la tarde. Ese día lo vi por los dos.
En el cambuche, los papeles se invirtieron. El valiente ahora lloraba, y el que siempre había sido defendido ahora tenía que defender. Yo no sabía hacerlo. Pero lo intenté.
La primera noche
Mateo lloraba sin parar. Yo me sentaba a su lado y le decía:
—Cálmate. Tenemos que mirar bien y pensar con claridad qué podemos hacer.
No sé de dónde sacaba esas palabras. Tenía diez años.
Esa tarde entraron siete hombres al cambuche. Tenían entre dieciocho y veintiséis años, más o menos. Nos miraron a los dos. Mateo era un niño muy lindo, de cara perfecta y piel hermosa. Se lo llevaron a un lugar apartado.
Lo que le hicieron allá no tiene nombre. Lo golpearon y abusaron de él, uno tras otro, durante horas.
Cuando se fueron, Mateo quedó arrastrándose del dolor. Lloraba y sangraba mucho. Yo no sabía qué hacer. Solo pude abrazarlo y decirle que todo iba a estar bien.
Antes de salir, uno de los hombres se volvió hacia mí y me dijo:
—A ti te toca mañana.
Mañana
Al día siguiente nos dieron comida como a los cerdos. Mateo apenas se podía mover. Yo intenté cuidarlo todo lo que pude.
Y cumplieron su palabra.
Me amarraron a un árbol y abusaron de mí, uno después de otro. No voy a contar más que eso. Cuando terminaron me desamarraron, y me desmayé.
Desperté horas después. Seguía sangrando. Y lo más extraño es que no sentía tristeza. No sentía nada. Solo pensaba en qué hacer para salir de esto, como si mi mente se hubiera apagado para que mi cuerpo pudiera seguir.
Mateo ya no estaba en el cambuche.
Afuera escuché a los hombres hablar. Decían que no había resistido, que había que meterlo al hueco. El hueco era un agujero en la tierra donde arrojaban los cuerpos para deshacerse de ellos.
Así se fue Mateo. Sin despedida, sin nombre, sin una cruz. Por eso lo nombro aquí.