CAPÍTULO 3
Nos tomaron uno por uno, antes de repartirnos en los cambuches.
Cuando llegaron a Valentina, se detuvieron.
La miraron de arriba abajo y uno dijo que el comandante no estaba, que a ella no la marcaran, que la iban a guardar para él.
Valentina era una niña de ojos grandes y cabello rizado.
Yo no entendía del todo lo que esas palabras significaban. Hoy sí lo entiendo, y todavía me duele.
Entonces empezó el ritual.
La marca consistía en partirnos dos dientes con un alicate: el cuarto diente, contando de adelante hacia atrás, en la parte de arriba, a la izquierda y a la derecha. Una muela importante. Una señal para siempre en la boca de un niño, para que cualquiera supiera a quién pertenecía.
No voy a describir ese dolor. Solo diré que después quedé arrastrándome por el suelo.
Un niño un poco mayor que yo se arrastró hasta mí. Después supe que se llamaba Esteban. Tenía la boca igual de destrozada que la mía, pero se movió como si no le doliera. Me limpió la sangre de la barbilla con el borde de su camiseta.
—Ya pasó lo peor —me dijo—. Eso no se lo pueden volver a hacer.
Era mentira, y los dos lo sabíamos. Lo peor no había pasado. Pero en ese momento esa mentira fue lo más parecido a un abrazo que podía recibir.
El corral
Nos encerraron en un corral rodeado de espinas, como si fuéramos ganado.
Con la boca sangrando, me acordé de mi abuela. De la hierba pequeña que ella machacaba para calmar el dolor y la picazón de las tarántulas. Y aunque apenas me podía mover, empecé a revisar cada rincón del corral, palmo a palmo, buscando esa planta.
La encontré. Machaqué las hojas como ella lo hacía y me las puse. No pensé que fuera a servir.
Pero sirvió.
En ese corral, a mis diez años, entendí algo que nadie me había dicho: que lo que me habían enseñado las mujeres de mi familia era lo único que tenía para sobrevivir.
Los otros niños
En el corral no estábamos solos. Había otros seis niños, traídos de veredas y pueblos que yo no conocía. Doce en total.
Había una niña de Planadas que no decía su nombre y que se pasaba el día trenzándose el pelo, una y otra vez, como si eso la mantuviera en su casa.
Había un niño de Rioblanco, flaco como una vara, que hablaba solo en las noches y le rezaba a la Virgen del Carmen.
Había dos primos de una vereda de Ataco que no se soltaban de la mano ni para dormir.
Y estaban Esteban y Tomás, los hermanos, que habían llegado una semana antes que nosotros.
Esteban ya tenía la boca marcada. Fue el primero que me habló.
—No llore delante de ellos —me dijo en voz baja—. Si lo ven llorando, es peor.
Yo no estaba llorando. Pero le hice caso a su consejo para siempre.
Con las ramas de las espinas, Esteban le había hecho a Tomás una especie de techo para que no le cayera el sol.
Lo cuidaba como un papá. Le guardaba la mitad de su comida.
Le contaba historias en las noches para que se durmiera.
Yo lo miraba y pensaba en lo que habría dado por tener un hermano grande en ese lugar.
Las primeras noches
Las noches en el corral eran lo peor. El frío del páramo bajaba como un animal. Nos juntábamos todos en un rincón, unos encima de otros, para darnos calor. Nadie preguntaba de quién era la pierna o el brazo que tenía encima. Éramos un solo cuerpo temblando.
Camila se acomodaba siempre a mi lado. No hablaba.
Solo me apretaba la mano. Andrés, que en el pueblo se creía nuestro jefe, ahora lloraba como el más pequeño, y Felipe lo abrazaba sin saber qué decirle.
Mateo se dormía con la cabeza en mis piernas.
Valentina miraba las estrellas y nos decía los nombres que su abuelo le había enseñado.
La estrella del pastor. Las tres Marías. El camino de Santiago.
—Esa es la que se ve desde mi casa —decía, señalando una.
Y todos mirábamos esa estrella como si fuera una ventana.
En esas noches, los seis de mi pueblo hicimos una promesa. Fue idea de Valentina. Dijimos que el que saliera vivo de ahí tendría que ir a la casa de los otros y contarles a sus papás que los habíamos querido mucho. Lo juramos con los dedos cruzados, como jurábamos en la escuela.
De los seis que hicimos esa promesa, el único que salió vivo fui yo. Nunca pude ir a esas casas. No tenía cómo, ni me dejaron. Este libro es lo más cerca que he estado de cumplirla.
La infección
A los pocos días de la marca, la boca de varios niños empezó a hincharse. El niño de Rioblanco tuvo fiebre primero. Después uno de los primos de Ataco. Se les ponía la cara roja y deforme, no podían comer, y en las noches deliraban.
Yo les llevaba hojas de la planta de mi abuela. Se las machacaba con una piedra y se las ponía en la cara, como lo había hecho conmigo. A algunos les calmaba el dolor. Pero no era suficiente. Lo que ellos necesitaban era un médico, una medicina de verdad, y allá no había nada de eso.
El niño de Rioblanco murió una madrugada, con la cabeza en las piernas de Esteban, rezando muy bajito a la Virgen. Se lo llevaron al hueco antes de que saliera el sol. Esa fue la primera muerte que vi en el campamento. No fue la última.