CAPÍTULO 2
No los vimos llegar. De pronto había hombres armados a nuestro alrededor y una camioneta con el motor encendido.
Nos subieron a la fuerza, uno por uno. Nos pusieron en la cabeza costales de papa, de esos que huelen a tierra húmeda. Y uno de ellos dijo, sin gritar, que si hacíamos ruido nos matarían a nosotros y después a nuestras familias.
Nadie gritó.
La camioneta arrancó. Yo sentía cada hueco del camino en el cuerpo y escuchaba la respiración agitada de mis amigos, muy cerca, aunque no los podía ver. Pasaron treinta minutos, tal vez más. El carro seguía.
En esa oscuridad volví a la finca de mi tío Arnulfo. Volví a ver a toda mi familia arrodillada, a los soldados, el disparo. Y pensé que ahora me tocaba a mí. Que esa historia se iba a repetir y que esta vez el que iba a morir era yo.
Cuando regresé de ese recuerdo, la camioneta seguía subiendo.
Con el costal en la cabeza, el mundo se volvió sonidos.
El motor que forzaba en las subidas. Las piedras que golpeaban por debajo del carro.
Las botas de los hombres sobre el platón.
Alguien que mascaba chicle muy cerca de mi oído.
Un radio que sonaba a ratos, con voces que decían números y palabras que yo no entendía.
En una curva, Camila se cayó encima de mí. Sentí que temblaba entera. La busqué con la mano, a ciegas, y encontré la suya. Nos quedamos así, agarrados, sin vernos, todo el resto del camino. No nos dijimos nada. No hacía falta.
En algún momento el carro se detuvo y escuché voces afuera, como si alguien preguntara algo.
Uno de los hombres contestó riendo. El carro volvió a arrancar.
Nunca supe quién era esa persona ni por qué nos dejó pasar.
A veces pienso que, si hubiera levantado el costal, si hubiera mirado adentro, todo habría sido distinto.
El aire se fue poniendo frío. Cada vez más frío. Supe que estábamos subiendo hacia el páramo. Hasta que, por fin, la camioneta se detuvo. Los otros niños lloraban. Yo no. Yo solo esperaba.
El corazón de Las Hermosas
Nos bajaron y nos quitaron los costales.
Estábamos en el centro de un lugar que ellos llamaban el corazón de Las Hermosas, allá donde el cañón sube hacia el páramo. Lo reconocí de inmediato. No porque hubiera estado allí, sino porque lo sentí. No sé cómo explicarlo: sabía exactamente dónde estaba.
Era el lugar del que mi madre me decía que me alejara. El límite entre el campo y la selva. El sitio donde, según la gente, nadie debía entrar.
Uno de los guerrilleros nos miró a todos y dijo:
—Es hora de marcarlos.
Valentina y Camila lloraban sin consuelo. Andrés y Felipe estaban paralizados; los dos se habían orinado del miedo. Yo estaba quieto, callado y triste. No lloraba. Solo obedecía.