CAPÍTULO 1
Nací en el Cañón de Las Hermosas, en el Tolima, un pueblo escondido entre dos cordilleras. Quien lo ha visto sabe que es uno de los lugares más hermosos de Colombia: montañas verdes que se pierden en las nubes, ríos fríos que bajan del páramo y un silencio que, de niño, yo creía que era paz.
A los diez años yo era un niño alegre. Me gustaba jugar con todos, con los niños y con las niñas, sin hacer diferencias.
Algunos decían que era un poco afeminado.
A mí no me importaba: yo solo quería correr, reír y estar con mis amigos.
Andrés, Felipe, Mateo, Valentina y Camila eran mi mundo.
Jugábamos en las tardes hasta que el cielo empezaba a ponerse naranja.
Porque en mi pueblo las tardes tenían un límite. A las seis empezaba el toque de queda.
Vivíamos acorralados. Por un lado estaba la guerrilla de las FARC.
Por el otro, el Ejército, que se llevaba a los muchachos del campo para el servicio militar, muchas veces sin que hubieran cumplido los dieciocho años.
Los enfrentamientos eran parte de la vida.
Los niños aprendíamos a distinguir el sonido de los disparos antes que el de muchas palabras.
Mi madre
Mi madre era joven y llena de vida. Me acuerdo de ella montada a caballo, riéndose, apostándome carreras por los caminos del cañón. Yo casi nunca le ganaba.
Había una zona a unas dos horas de allí a la que nunca llegábamos.
Cada vez que nos acercábamos, mi madre detenía el caballo y me decía que era importante alejarse de ese lugar, porque allí terminaba el campo y empezaba la selva.
La gente decía que allá no se podía entrar, que había osos, pumas y jaguares, y que a esos animales les encantaba comer niños. Yo le creía todo.
Mi madre también me enseñó las cosas de la finca.
Una tarde, mientras preparábamos unos pollos, me mostró cómo hacerlo para que no sufrieran: había que cortar la vena del cuello, la que va del cuerpo a la cabeza.
Lo dijo con ternura, como quien enseña a cuidar.
Yo no sabía que algún día esas palabras volverían a mí en el peor lugar del mundo.
Mi abuela
Mi abuela sabía de plantas. Para ella el monte era una farmacia.
Cuando a alguien lo picaba una tarántula, ella buscaba una hierba pequeña, machacaba las hojas y las ponía sobre la piel, y al rato el dolor y la picazón se calmaban.
Yo la miraba hacer todo eso sin imaginar que un día mi vida dependería de recordarlo.
Su casa olía a humo de leña, a café recién tostado y a ruda.
Tenía las paredes llenas de matas sembradas en tarros de leche en polvo y en ollas viejas.
Cada una tenía su nombre y su oficio: esta para el dolor de estómago, esta para la fiebre, esta para los nervios, esta para el mal de ojo.
Yo me sentaba en un taburete a verla trabajar y ella me iba nombrando las plantas una por una, como quien presenta a la familia.
—El monte da todo lo que uno necesita, mijo —me decía—. Lo que pasa es que hay que saber mirarlo.
Yo creía que me lo decía por las plantas. Mucho tiempo después entendí que me estaba enseñando a sobrevivir.
Mi tío Arnulfo
Mi tío Arnulfo era el hermano mayor de mi madre y el hombre más alegre que he conocido.
Tenía una risa que se oía desde el otro lado de la quebrada.
Fue él quien me enseñó a coger café: solo los granos rojos, me decía, los verdes se dejan para que maduren, porque todo tiene su tiempo.
Me regalaba un canasto pequeño, a mi medida, y al final del día me pagaba con monedas como si yo fuera un jornalero de verdad.
Yo guardaba esas monedas en un frasco de vidrio debajo de mi cama.
Los domingos bajaba al pueblo con su sombrero aguadeño y su camisa de cuadros, y siempre volvía con algo para los sobrinos: un bombom bum, una cocada, una bolsa de mangos. Era de esos hombres que no tienen mucho pero lo reparten todo.
Nunca supe cómo se rompe una familia hasta que lo mataron.
Tenía ocho años cuando vi morir a mi tío Arnulfo.
Era un campesino sencillo. Recogía café y frutas en su finca, y su esposa, una mujer hermosa, criaba pollos de engorde y marranos para vender. Ese día celebrábamos el cumpleaños de una de mis primas. Había comida, música y niños corriendo por todas partes.
De la nada llegó el Ejército. Nos arrodillaron a todos, a la familia entera. Dijeron que mi tío era un cabecilla, un comandante de las FARC. Y lo mataron ahí, frente a mí, frente a sus hijos, frente a todos.
No era comandante de nada. Era un hombre que trabajaba la tierra.
Después me fui solo al río, a recoger cangrejos, y lloré como nunca había llorado. Por el camino pasó un campesino y me preguntó por qué lloraba. Le conté lo que había pasado. Él me miró y me dijo:
—Pequeño, el Ejército es un grupo que solo necesita asesinar para ganar dinero.
Siguió su camino. Yo me quedé con esas palabras y con los cangrejos en las manos, sin saber que volvería a ver a ese hombre.
La escuela de la vereda
La escuela quedaba a una hora de camino, bajando por una trocha que en invierno se volvía un río de barro.
Era una sola casa de bahareque pintada de azul y blanco, con un salón donde estudiábamos todos juntos, desde primero hasta quinto.
La profesora se llamaba doña Rosa y llegaba en mula los lunes y se iba los viernes.
Yo era bueno para los números. Doña Rosa me ponía a ayudar a los más pequeños con las sumas, y eso me hacía sentir importante.
En el recreo jugábamos fútbol con una pelota de trapo, o lleva, o escondidas entre los cafetales.
Valentina siempre me encontraba primero.
Decía que yo me escondía muy mal porque no aguantaba la risa.
Andrés era el más grande de nosotros y se creía nuestro jefe.
Felipe era su sombra: hacía todo lo que Andrés decía.
Camila era la más callada, la que se sentaba a mirar y después se reía de todos.
Y Mateo era mi mejor amigo. Vivía a dos fincas de la mía, y todas las mañanas me esperaba en el mismo palo de guayaba para bajar juntos a la escuela.
A veces, en mitad de la clase, se escuchaban disparos a lo lejos.
Doña Rosa dejaba de escribir en el tablero, nos miraba, y nos decía con voz tranquila que nos agacháramos debajo de los pupitres.
Nos quedábamos ahí, en silencio, hasta que el ruido paraba.
Después seguíamos con la clase como si nada.
Así aprendíamos: entre la tabla del siete y el sonido de los fusiles.
Las batidas
En mi pueblo había una palabra que daba miedo: batida.
Así le decíamos a cuando llegaba el Ejército a recoger muchachos para el servicio militar.
Llegaban en camiones, cerraban las salidas del pueblo y se llevaban a los que encontraban en la calle.
A muchos ni les preguntaban la edad. Mi primo Hernán tenía dieciséis años cuando se lo llevaron en una batida un domingo de mercado.
Mi tía corrió detrás del camión con la cédula de él en la mano, llorando, gritando que era menor de edad. Nadie la escuchó.
Por eso los muchachos del campo se escondían cuando oían motores.
Por eso las madres no dejaban que sus hijos bajaran al pueblo los días de mercado.
Por un lado, el Ejército se los llevaba para la guerra.
Por el otro, la guerrilla se los llevaba para la guerra.
A los campesinos solo nos quedaba escoger por dónde nos iban a perder.
Yo era muy pequeño para entenderlo bien. Pero entendía que los grandes tenían miedo, y que ese miedo se veía en cómo miraban el camino cuando caía la tarde.
La guerra en el cañón
Había noches en que no se podía dormir. Los combates empezaban después del toque de queda y duraban hasta la madrugada.
Mi madre nos hacía acostar en el piso de la cocina, que era la parte de la casa con las paredes más gruesas, y nos cubría con colchones.
Yo me pegaba a ella y le contaba los latidos del corazón para no contar los disparos.
Al día siguiente salíamos a ver qué había pasado. A veces era una vaca muerta en un potrero. A veces una casa con los vidrios rotos. A veces la noticia de que alguien de la vereda no había amanecido. Los adultos hablaban en voz baja y los niños aprendíamos a no preguntar.
Pero también había días buenos. Días de cosecha en que toda la familia se reunía a recoger café y mi abuela hacía sancocho en un fogón de leña para veinte personas.
Fiestas de cumpleaños con música de carranga.
Tardes de río, con los primos, buscando cangrejos debajo de las piedras.
En medio de la guerra, la vida seguía. Eso es lo que la gente de las ciudades no siempre entiende: que en el campo la guerra no era algo que pasaba de vez en cuando.
Era el clima. Y uno aprende a vivir con el clima que le toca.
El 3 de abril
Dos años después, una tarde cualquiera, estábamos jugando como siempre: Andrés, Felipe, Mateo, Valentina, Camila y yo. Era 3 de abril. No recuerdo bien el año, pero recuerdo la luz de esa tarde, porque fue la última vez que fuimos solo niños.
Esa tarde jugábamos a la lleva en el potrero de don Aurelio, al lado del camino real. El sol ya estaba bajando detrás de la cordillera y pintaba todo de color miel: los pastos, las vacas, la cara de Valentina, que corría delante de mí con el cabello rizado volando.
Andrés había traído una pelota nueva que le habían mandado de Ibagué y estaba insoportable con ella.
Felipe le pedía que se la prestara y él no quería.
Camila estaba sentada en una piedra, comiendo mandarinas y tirándonos las cáscaras.
Mateo y yo habíamos hecho un pacto secreto para quitarle la pelota a Andrés entre los dos.
Nos reíamos tanto que me dolía la barriga. Recuerdo eso con mucha claridad: el dolor de barriga de tanto reír. Es el último dolor bueno que recuerdo de mi infancia.
Faltaba poco para las seis. Mi madre siempre me decía que tuviera la casa a la vista cuando el sol tocara el filo de la montaña. Ya lo estaba tocando. Le dije a Mateo que nos fuéramos. Me dijo que una vez más, que la última.
Fue la última, de verdad.