La Sombra CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Hoy tengo veintinueve años. Vivo con estrés postraumático, ansiedad y depresión. Estoy en tratamiento psicológico y psiquiátrico.

Las secuelas no se quitan. Se quedan. El insomnio, la tristeza y el dolor vuelven una y otra vez. Uno no las supera: aprende a sobrevivir con ellas.

Suficiente

Toda la vida he buscado la aprobación de mi familia. Siempre me he sentido insuficiente para ellos, como si no valiera lo suficiente.

En mis relaciones sentimentales he creado dependencia emocional. He buscado complacer a las personas que quiero sin darme cuenta del daño que me hacían. Supongo que el niño que aprendió a sobrevivir obedeciendo todavía vive en mí.

La mesa de Navidad

Cada diciembre vuelvo a la casa de mi madre para Navidad. Y cada diciembre me pasa lo mismo.

Llego con regalos para todos, más de los que puedo pagar. Ayudo en la cocina, arreglo lo que está dañado, pago la cuenta del mercado antes de que alguien se dé cuenta. Cuento mis logros en la mesa: el título, el trabajo, el viaje, el nuevo curso. Y espero.

Espero que alguien me diga que está orgulloso de mí. Que alguien me mire como me miraba mi madre antes de que me llevaran, cuando le perdía las carreras de caballos y ella se reía.

A veces lo dicen. Pero nunca es suficiente.

Hay un hueco en mí que ninguna palabra llena.

Con los años entendí que ese hueco no es culpa de ellos.

Mi familia hizo lo que pudo con lo que le devolvieron.

Pero el niño que volvió del monte sigue convencido de que tiene que ganarse el derecho a estar en esa mesa.

De que tiene que pagar, con logros y con regalos, por haber vuelto distinto.

Amores

En el amor he cometido siempre el mismo error: entregarlo todo, hasta quedarme vacío.

Cuando alguien me quiere, aunque sea un poco, me aferro a esa persona como me aferraba a la planta de mi abuela en el corral.

Hago todo lo que me pide. Cambio mis horarios, mis gustos, mis planes.

Digo que sí cuando quiero decir que no. Aguanto lo que no debería aguantar.

Porque en el fondo creo que si dejo de complacer, me van a dejar. O algo peor.

Tuve una relación de varios años con una persona que me hacía sentir pequeño.

Me hablaba con desprecio, me controlaba el teléfono, me dejaba de hablar por días cuando algo no le gustaba.

Y yo seguía ahí, pidiendo perdón por cosas que no había hecho.

Mis amigos no entendían por qué no me iba. Yo tampoco.

Lo entendí en terapia. El niño que sobrevivió obedeciendo al comandante aprendió que el amor y el daño pueden venir de la misma mano.

Que para estar a salvo hay que darle al otro lo que quiere.

Esa lección me la enseñaron a los diez años, en un cambuche, y la he tenido que desaprender de adulto, despacio, con mucho dolor.

Todavía estoy en eso. Pero ya sé algo que antes no sabía: que merezco que me quieran sin tener que pagar por ello.

Las noches

Duermo poco. Tres horas, a veces cuatro. Me despierto casi siempre a la misma hora, cerca de las tres de la mañana, la hora en que aquel hombre entró a mi cambuche. El cuerpo no olvida.

En esas madrugadas me levanto, me hago un café y me siento en la ventana a esperar que amanezca.

Miro las luces de la ciudad y pienso en las estrellas que Valentina nos nombraba en el corral.

La estrella del pastor. Las tres Marías.

A veces las busco en el cielo, entre la contaminación, y casi nunca las encuentro. Pero sé que están ahí. Como ellos.

La primera sesión

Durante años pensé que no necesitaba ayuda. Que si había sobrevivido al monte, podía sobrevivir a cualquier cosa solo. Esa idea casi me cuesta la vida de otra manera.

La primera vez que me senté frente a un psicólogo, no dije nada durante casi toda la sesión. Miraba la puerta. Contaba las salidas. Él no me presionó. Al final me dijo que podía volver cuando quisiera, y que no tenía que contarle nada que no quisiera contar.

Volví. Y volví otra vez.

Tardé meses en decir en voz alta lo que me habían hecho. Cuando por fin lo dije, esperaba que el techo se cayera. No se cayó. Él siguió ahí, mirándome igual que antes. Esa fue la primera vez que sentí que lo que me pasó no me convertía en algo sucio.

Lo que aprendí en terapia

En terapia aprendí palabras para cosas que llevaba por dentro sin nombre.

Aprendí que la mente se apaga para proteger al cuerpo cuando el horror es demasiado grande, y que por eso yo no lloraba en el campamento.

Que no era que no tuviera alma. Era que mi alma se había escondido para que no la mataran.

Aprendí que la culpa que siento por aquella noche del cuchillo es el precio de tener conciencia. Que un niño que se defiende no es un asesino. Lo sé. Algunos días también lo siento. Otros no. Estoy aprendiendo a convivir con los dos.

Y aprendí algo que me costó mucho aceptar: que pedir ayuda no es debilidad. Que el niño que obedecía en silencio para sobrevivir ya no tiene que hacerlo.

Por qué escribo

Un día, en una sesión, mi psicólogo me preguntó qué le diría yo a ese niño de diez años si pudiera hablarle.

No supe qué responder. Me fui a casa con la pregunta. Esa noche, sin poder dormir, empecé a escribir. Primero eran frases sueltas. Después recuerdos. Después nombres.

Así nació este libro. No lo escribo para que me tengan lástima.

Lo escribo porque Mateo, Valentina, Andrés, Felipe y Camila no pudieron contar su historia, y alguien tiene que hacerlo.

Lo escribo porque en Colombia todavía hay niños a los que se llevan una tarde cualquiera mientras juegan.

Y lo escribo para decirle a ese niño lo que nadie le dijo en el corral:

No fue tu culpa. Aguantaste. Y saliste.

Lo que me sostiene

Mucha gente me pregunta, cuando conoce una parte de mi historia, cómo hago para seguir. No tengo una respuesta perfecta. Pero sé qué cosas me sostienen.

Me sostienen las plantas. En mi apartamento tengo una ventana llena de matas: albahaca, ruda, sábila, menta, y una pequeña hierba que mi abuela me enseñó a reconocer. Las riego cada mañana. Cuando les hablo, siento que le hablo a ella.

Me sostiene la llamada de mi madre los domingos.

Hablamos de cosas pequeñas: el precio del café, la vecina, la gallina que se le perdió.

Nunca hablamos del monte. Pero en cada llamada hay una frase que se repite al final, antes de colgar: “Cuídese, mijo”.

Y yo sé que esa frase quiere decir todo lo que no nos decimos.

Me sostiene caminar. Camino mucho, sin rumbo, por calles que no conozco. Caminar me recuerda que mis piernas me pertenecen, que puedo ir adonde yo quiera, que nadie me lleva amarrado.

Me sostiene el estudio. Aprender algo nuevo me hace sentir que mi mente también es mía, que nadie me la pudo quitar del todo.

Y me sostienen ellos: Mateo, Valentina, Andrés, Felipe, Camila, el niño de Rioblanco, la niña de Planadas, los primos de Ataco. Los niños que no volvieron. Siento que vivo un poco por ellos. Que cada día que sigo aquí es un día que les gano a los que se los llevaron.

Los niños que no se ven

Cuando cuento mi historia, hay quien me dice que eso ya pasó, que eran otros tiempos. Me gustaría que fuera así.

Pero en Colombia todavía se llevan niños. Cambian los nombres de los grupos, cambian las regiones, cambian los métodos. Ahora a veces los engañan por redes sociales, con promesas de dinero, de un celular, de una moto. Pero el resultado es el mismo: niños que dejan de ser niños.

Los niños reclutados casi nunca aparecen en las noticias.

No salen en las cifras de los combates. No tienen tumba.

Sus mamás los buscan durante años sin que nadie les responda.

Y los pocos que logramos salir cargamos con una vergüenza que no es nuestra: la de haber estado en un grupo armado, como si lo hubiéramos escogido.

Yo no escogí nada. A mí me escogieron. Me subieron a una camioneta con un costal en la cabeza. Ningún niño escoge eso.

Este libro es para que, la próxima vez que alguien lea en un periódico la palabra “reclutamiento”, piense en una cara. En un nombre. En un niño jugando a la lleva en un potrero, a las cinco y media de la tarde, sin saber que es la última vez.

El campamento

Años después supe que aquel campamento del horror fue bombardeado por el Ejército Nacional.

Me enteré por las noticias. Estaba en el colegio, en la hora del almuerzo, y en el televisor del comedor pasaron la imagen: una montaña humeando, un helicóptero, un general hablando de un golpe contundente contra la guerrilla en el sur del Tolima.

Dijeron un número de guerrilleros muertos. No dijeron nada de niños.

Yo reconocí la montaña. Se me cayó la cuchara al suelo y nadie se dio cuenta. Pensé en Esteban. Pensé en la Negra. Pensé en el comandante, en ese hombre que me destruyó y que al final me dejó ir, y no supe qué sentir. Todavía no lo sé.

Nunca salió a la luz cuántos niños murieron allí, ni a manos de las FARC ni a manos del Ejército.

Este relato no busca decir qué bando es el bueno y cuál es el malo. Solo quiero contar mi realidad. Sé que puede incomodar a muchas partes. Pero hay algo que tengo claro: sobreviví.

Lo que es la paz para mí

En Colombia se habla mucho de la paz. Se firma, se discute, se vota, se pelea por ella en la televisión. Yo he aprendido que la paz no es un papel.

Para mí, la paz es poder dormir una noche entera sin despertarme a las tres de la mañana. Es que un helicóptero pase por encima y yo pueda seguir caminando. Es sentarme en un restaurante de espaldas a la puerta. Es que alguien me abrace por detrás y mi cuerpo no se ponga rígido.

La paz es que un niño del cañón pueda jugar a la lleva después de las seis de la tarde. Es que una madre no tenga que poner el plato de su hijo en la mesa sin saber si va a volver. Es que los campesinos no tengan que escoger por dónde los van a perder.

La paz es también poder contar esta historia sin que me tiemblen las manos. Todavía me tiemblan. Pero cada vez un poco menos.

Y la paz, sobre todo, es algo que no puedo construir solo. Necesito que alguien escuche. Necesito que alguien crea. Necesito que alguien, al terminar este libro, decida que esto no puede volver a pasar.

Carta al niño del corral

Querido niño:

Sé que tienes frío. Sé que te duele la boca y que buscas entre las espinas la planta de la abuela. Sé que no lloras porque crees que si lloras será peor. Sé que piensas que no tienes alma.

Quiero contarte algunas cosas que todavía no sabes.

Vas a salir de ahí. Vas a cargar a un niño en la espalda durante cuatro días y lo vas a llevar vivo a su casa. Vas a volver a ver a tu madre, y ella va a poner tu plato en la mesa. Vas a volver a sentarte con la abuela en la huerta.

Vas a aprender a leer y a escribir muy bien. Vas a ir a la universidad. Vas a ver la nieve y el mar. Vas a contar tu historia en voz alta, y alguien te va a dar las gracias por haber sobrevivido.

No todo va a ser fácil. Vas a tener noches sin dormir y días muy tristes. Vas a entregarle tu corazón a quien no lo cuida. Vas a tener que pedir ayuda, y te va a costar. Pero la vas a pedir.

Y un día vas a entender lo que hoy no puedes entender: que nada de lo que te hicieron fue culpa tuya. Que defenderte no te convirtió en un monstruo. Que esa mirada vacía que todos temían era solo tu alma escondida, esperando que fuera seguro salir.

Ya es seguro, pequeño.

Ya puedes salir.