La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Tercero El Coro de Sombras #2
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Capítulo Tercero El Coro de Sombras #2

Tras ella apareció la segunda silueta: alta, encorvada, envuelta en un raído mantón negro de bombasí, con sus cabellos grises recogidos bajo una cofia de viuda. Era Maria Clemm —Muddy—, portando una cesta de mimbre vacía en el brazo y un fajo de prospectos sin imprimir de The Stylus.

—Eddy —pareció murmurar, aunque sonido alguno rompió el silencio de la celda salvo el aullido del viento a través de la reja—. Eddy, muchacho mío… se avecina el invierno… no queda carbón en el sótano… y el editor no ha remitido la letra…

—¡Tengo el dinero, Muddy! —sollozó Edgar, mientras gruesas y ardientes lágrimas brotaban bajo sus párpados cerrados, surcando la barba áspera de sus mejillas—.

¡Mil quinientos dólares! ¡En la cartera de tafilete!

Pregúntele al doctor Carter… pregúntele a Elmira…

tendremos la casa de Grace Street… tendremos el huerto con las higueras…

—Llora por sus deudos —asentó Moran en su libreta, corriendo la pluma bajo la luz mortecina—. Un cuadro melancólico. El quebranto moral que antecede al colapso definitivo.

De pronto, las seis sombras cerraron el círculo de nuevo.

Apretaron el cerco sobre el lecho hasta que sus ropajes helados rozaron la frazada de caridad.

El ballenero alzó su arpón; el votante levantó su porra; el desposado enarboló su frasco de ponzoña; el comediante blandió el bastón estoque del doctor Carter; el fantasma rabioso enseñó sus muñecas ensangrentadas; y Dupin dobló sus quevedos verdes y los guardó en el bolsillo del chaleco.

No eran enemigos. Eran acreedores.

Habían venido a cobrar la carne que les había dado el ser.

—¿Quién descorrió la cancela? —aulló Edgar, abriendo de nuevo los ojos en un paroxismo de espanto diez veces más pavoroso.

Su torso se arqueó hacia arriba, arrojando a los dos celadores a un lado como si fuesen hojas secas.

Aferró los barrotes de hierro del cabecero con ambas manos, poniéndosele los nudillos morados bajo el esfuerzo—.

¿Quién tiene la llave? ¿Quién aguarda en el portal?

Miró hacia el rincón sombrío de la estancia, donde la aspillera del tiro de ladrillos alcanzaba la techumbre.

Allí, flotando en el aire cenagoso a cinco pies del entarimado, se erguía una séptima figura.

Carecía de rostro. Carecía de levita. Era una silueta inmensa, grisácea y mudable, conformada a la manera de un libro abierto cuyas páginas se revolvían bajo un huracán.

En la diestra sostenía una tabla de escrutinio de hierro; en la siniestra portaba un reloj de arena cuyas arenas ascendían hacia el gollete.

Era el hombre que llevaba los registros del Cuarto Distrito.Era el hombre que cartografiaba los confines australes del globo terráqueo.Era el hombre que mediaba entre los vivos y los muertos sobre el muelle de Baltimore.

—¡Reynolds! —bramó Edgar.

El nombre brotó de su pecho con la violencia de un cañonazo, haciendo retumbar las vidrieras, estremeciendo los muros de sillería del torreón y repitiéndose por las galerías desiertas del Washington College Hospital como el clamor de la trompeta del juicio final.

—¡REYNOLDS!

Moran saltó del sillón, dejando caer el libro al suelo.

—¿A quién llama, señor Poe? ¡Aquí no hay ningún Reynolds! ¿Es un amigo? ¿Es un pariente?

Edgar no le escuchaba.

Tenía la cabeza arqueada hacia atrás en un ángulo tan violento que los tendones del cuello sobresalían como cabos tensados de jarcia. El pecho se le henchía en zancadas agónicas, bombeando el aire gélido de octubre hacia sus pulmones destruidos.

—¡REYNOLDS! ¡Abran la caja! ¡Las urnas se cierran! ¡El hielo desciende desde los ochenta y cinco grados! ¡REYNOLDS! ¡Cierren la puerta! ¡El agua sube en la sentina! ¡REYNOLDS!

Diez veces. Veinte veces. Cincuenta veces.

A lo largo de la segunda hora de la madrugada, mientras el vendaval azotaba la torre y los cuervos se apelmazaban en los castaños de Broadway, el alarido hendió los tejados dormidos del este de Baltimore.

—¡REYNOLDS!

Era el aullido del votante sepultado en el corral bajo las losas.Era el grito de Arthur Gordon Pym precipitándose en la cortina blanca del polo.Era el alarido de monsieur Valdemar despertando bajo los pases del magnetizador para comprobar que su carne se había tornado un humor putrefacto mientras su juicio aún atisbaba por las pupilas.

A las tres en punto de la madrugada, el clamor se quebró en una tos húmeda y asfixiante.

Las manos de Edgar resbalaron del cabecero de hierro.

Cayó de espaldas sobre el jergón como una plomada arrojada en aguas abisales. La mandíbula se le desencajó; su respiración se tornó lenta, estertorosa y superficial: el estertor inconfundible de la agonía que cualquier galeno reconoce como el preludio del fin.

Los dos celadores, lívidos y anegados en su propio sudor, retrocedieron contra el muro, santiguándose en la penumbra.

Moran tomó la muñeca izquierda, inerte y fría.

El pulso ya no constituía una corriente continua: era un aleteo moribundo, desgranándose como un reloj de bolsillo averiado cuyo muelle real acaba de quebrarse.

En torno a la cama, las seis sombras no se habían marchado.

Se habían aproximado aún más. Permanecían hombro con hombro, con los rostros rozando los cortinajes del lecho, aguardando a que la primera claridad grisácea del domingo borrase la tinta para siempre.

[ E.A.P. // AL LECTOR ]

Lo ha escuchado usted.

No finja que no llegó a sus oídos. Sonó con fuerza suficiente para atravesar la dársena, cruzar la bahía de Chesapeake, surcar el Atlántico y salvar ochenta años de sus tendidos telegráficos.

¿Quién era Reynolds?

Los eruditos han consumido un siglo escarbando en los censos electorales del Cuarto Distrito. Dieron con un carpintero apellidado Reynolds; hallaron a un tendero; descubrieron a un fiel almotacén de pesas y medidas. Pobres necios. Pretenden medir el océano con una cuchara de té.

Reynolds fue el visionario que permaneció al borde de la banquisa en 1836 y sentenció: «Naveguen al sur, y el orbe se abrirá de par en par».

Reynolds fue el escribiente de las mesas de Ryan que me miró a la cara y dijo: «Háganlo votar una vez más antes de que caiga redondo».

Reynolds era el nombre del silencio que sobreviene cuando la tinta se agota en el tintero.

Apenas resta una hora de tinieblas, lector. Mire la ventana. Lo negro transmuta en gris de hierro. Acérquese al lecho. Le corresponde a usted tomarle el pulso.