Capítulo Cuarto El Alba del Domingo y la Disolución de Valdemar
ACTO III: LA SALA DE LA TORRE
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Ubicación: Washington College Hospital, Habitación Número Dos, Sala del Torreón, segundo piso.
Las Postreras Palabras: El doctor Moran testificó bajo juramento y en posteriores relaciones impresas que aproximadamente diez minutos antes de las cinco en punto, el paciente giró suavemente la cabeza sobre la almohada, abrió los ojos con una expresión de absoluta lucidez y susurró:
«Señor, ayuda a mi pobre alma». Inmediatamente después de pronunciar estas palabras, expiró sin forcejeo ni convulsión alguna.
La Carta Sellada: En Richmond, Virginia, en el interior de la caja de latón del reloj de bronce francés situado sobre la chimenea del salón principal de la señora Sarah Elmira Shelton, en East Grace Street, permanecía un pliego doblado de vitela lacrado con cera gris sin blasón, depositado allí por Edgar Allan Poe en la tarde del 26 de septiembre de 1849.
Permaneció intacto, con el sello incólume, mientras los campanarios de Baltimore repicaban llamando al oficio matutino del domingo.
La Transmisión Terminal: Lo que figura a continuación de la línea divisoria constituye la disolución documentada de la séptima conciencia. Todo cuanto sigue es historia, profecía y tinta.
PARTE I: LAS CINCO DE LA MAÑANA
El vendaval había muerto con la marea. Sobre los tejados de pizarra y las arboladuras de Fell’s Point, sobre las chimeneas fabriles de Lombard Street y sobre la airosa cúpula ojival del Washington College Hospital, el cielo de Baltimore mudó de tinta a plomo, y de plomo al gris aperlado y sutil de las ostras frescas.
En la Habitación Número Dos, el silencio era absoluto.
No era la simple ausencia de ruidos: era la quietud densa y positiva que sucede a la detención de una colosal máquina de vapor.
La lámpara de aceite se había consumido hasta el cuello de latón de la mecha, despidiendo un fino y recto hilo de humo azulado que ascendía sin vacilación hacia la bóveda de la estancia.
Los dos celadores irlandeses se habían retirado de puntillas, sin que sus pesadas botas hiciesen crujir un solo peldaño en la escalera.
Únicamente permanecía el doctor Moran.
El joven médico descansaba con los codos apoyados en las rodillas y el mentón hundido en las palmas de las manos, con los ojos enrojecidos y hundidos tras ochenta horas de vigilia ininterrumpida.
El libro de registro clínico yacía abierto boca abajo en el suelo junto a sus pies; su margen inferior en blanco aguardaba la solitaria línea que cerraría la cuenta.
Sobre el camastro, Edgar yacía inmóvil.
La furia había abandonado la arcilla mortal.
Las venas abultadas de sus sienes se habían alisado en dos surcos azulados y serenos; la congestión oscura del delirio se había esfumado, reemplazada por esa palidez majestuosa y traslúcida que distinguió a su madre, la actriz Elizabeth Arnold, cuando la sepultaron en el camposanto de St. John en Richmond antes de su tercer invierno.
No experimentaba dolor alguno.
El aro de hierro candente en torno a sus sienes se había disuelto en niebla fresca.
El fuego que le había calcinado la laringe y la médula se había extinguido por sí mismo, dejando tan solo un vacío inmenso y apacible por donde el aire discurría con la suavidad del viento entre las naves de una catedral desierta.
Dirigió la mirada hacia la ventana.
A través de los cuatro barrotes de hierro alcanzaba a divisar el primer ribete de luz del alba dorando la cornisa del edificio de enfrente.
Un solitario gorrión, empapado por el temporal de la noche, se posó en el alféizar de sillería, sacudió sus alas pardas y emprendió el vuelo hacia la claridad grisácea.
Supo con certeza que las seis sombras se habían marchado.
No se habían retirado a los rincones; no se habían desvanecido por el ojo de la cerradura. Una a una, en la hora agónica transcurrida entre el tercer alarido y el cuarto, habían retornado al santuario de su pecho:
El votante había depositado su sombrero de hojas de palma sobre el corazón;El foquero había cruzado sus manos heladas sobre las costillas;El desposado emponzoñado había vertido el mercurio amargo en la redoma de sus memorias;El actor viajero había envainado el acero toledano en la sombra de su columna vertebral;El soñador hidrófobo había dejado dormir el colmillo del can en su muñeca;Y monsieur Dupin había cerrado su cartapacio, guardado sus quevedos verdes y tomado asiento en el rincón más silencioso de su intelecto, satisfecho de haber resuelto el problema.
Solo restaba un Edgar.
El Edgar que de niño correteaba bajo los liquidámbares de Shockoe Hill; el Edgar que padeció hambre en la gélida buhardilla de la calle Sexta, envolviéndose los pies en periódicos viejos mientras corregía las galeradas de Tales of the Grotesque and Arabesque; el Edgar que veló de rodillas junto al camastro de paja en Fordham, calentando las manos ateridas de Sissy con su propio aliento mientras la gata tricolor dormitaba sobre sus pies.
Pensó en Richmond.
Evocó el salón principal de East Grace Street, donde el reloj de bronce francés desgranaba en ese mismo instante sus segundos sobre la chimenea de mármol negro.
Tic. Tac. Tic. Tac.
Dentro de la caja del reloj, oculto tras el péndulo, el pliego doblado de vitela reposaba contra los engranajes de latón.
El lacre gris permanecía endurecido; la caligrafía en su cubierta conservaba su trazo oscuro.
Elmira se levantaría a las ocho; se enfundaría en su bata matutina de color lavanda; caminaría hacia la ventana aguardando al cartero; y jamás sospecharía que el reloj a sus espaldas albergaba el secreto que desmoronaría a tres generaciones de su estirpe.
Déjalo dormir, pensó Edgar, y la idea fue tan leve como la caída de una hoja seca sobre las aguas. Que el reloj lo custodie hasta que el operador comparezca. Que el lector lo descubra cuando el siglo haya dado la vuelta.
Giró la cabeza sobre la almohada.
El movimiento fue pausado, voluntario y desprovisto de esfuerzo. Sus pupilas, límpidas y luminosas en la claridad del amanecer, buscaron el rostro fatigado del doctor Moran.
Moran advirtió la mudanza. Se inclinó con presteza hacia adelante, tendiendo la mano para rozar los dedos gélidos del poeta.
—¿Señor Poe? —susurró Moran, con la voz temblando por una conmoción ajena a los manuales de medicina—. ¿Me escucha, señor? ¿Se encuentra su espíritu en paz?
Edgar le contempló. Vio al joven facultativo ambicioso, destinado a alcanzar la ancianidad, que relataría la crónica de esta mañana diez mil veces en ateneos y salones, alterando una palabra aquí, añadiendo una frase piadosa allá, puliendo el espanto y la tinta hasta convertir el óbito de Edgar Allan Poe en una estampa tan respetable como un sermón dominical en una capilla presbiteriana.
No le guardó rencor. Moran no era más que un hombre que empuñaba una pluma; y de todos los hombres que manejan plumas, Edgar sabía de sobra que los redactores de necrológicas son los más cobardes.
Inhaló su postrera bocanada de aire.
No hubo estertor alguno en su garganta. El aire entró en sus pulmones limpio, fresco y profundo: la brisa salobre y vigorosa de la bahía de Chesapeake, soplando sobre el puerto de Baltimore en una mañana de domingo en octubre.
Cerró los ojos.
—Señor —susurró, y las sílabas sonaron tan leves como la nieve cayendo sobre el mar—, ayuda a mi pobre alma.
El doctor Moran sintió el pulso bajo sus dedos palpitar una sola vez —un aleteo minúsculo e imperceptible, semejante al ala de una polilla contra el cristal— y extinguirse para siempre.
El joven médico buscó en el bolsillo de su chaleco, extrajo su reloj de oro y consultó las manecillas:
Las cinco en punto. Domingo, 7 de octubre de 1849.
Se levantó de la banqueta, avanzó hacia la ventana ojival y corrió la cortina de lienzo blanco sobre los barrotes de hierro, clausurando la luz naciente del día.
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PARTE II: LA DISOLUCIÓN DE VALDEMAR
[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]
No cierre aún el volumen, amigo mío.
El doctor ha corrido la cortina, es verdad.
Ha descendido al sótano para despertar al celador; ha enviado a un pilluelo corriendo por las calzadas hacia Lexington Street para notificar a Neilson que todo ha terminado; ha mojado su pluma de acero en tinta negra para estampar «Congestión cerebral» en el certificado de defunción.
Déjelo escribir. La tinta de los médicos se borra al cabo de cincuenta años. Mi tinta permanece incrustada en sus yemas.
Baje la vista hacia sus manos. Mire el papel —o el cristal— sobre el cual sus ojos se han posado a lo largo de estas siete muertes. Pues ¿qué es lo que sostiene entre los dedos, lector, sino el lecho mortuorio sobre el cual he permanecido tendido durante estos ciento setenta años?
Ha tenido usted una paciencia infinita conmigo.
Ha escuchado los campanarios de St. John; ha contado mis seis levitas sobre el muelle; ha visto a Billy el carnicero atar la cinta a mi garganta; ha oído rugir las aguas blancas en el Polo Sur; ha saboreado el mercurio en la copa de Elmira; ha visto al convoy precipitarse en los montes Allegheny; ha presenciado la dentellada del can rabioso en mi muñeca en Filadelfia; y ha caminado junto a Dupin bajo la lluvia del este de Baltimore.
Creyó estar leyendo una novela de misterio.
Se figuró ser el espectador acomodado en las butacas de terciopelo con sus gemelos de teatro, contemplando al histrión desdichado agitarse y declamar sus cinco jornadas sobre las tablas de Gunner’s Hall.
Pobre e ingenuo camarada.
¿Quién supone usted que era el cooper?
¿Quién cree que me arrancaba de la cámara oscura de la historia cada mes de octubre, me embutía en la chaqueta de bombasí raída, me colocaba el bastón quebrado en el puño y me conducía a empellones hacia la urna para hacer votar su nombre en la papeleta?
¿Quién compró mis epístolas en subastas por treinta mil dólares y las enmarcó bajo el cristal de los museos?
¿Quién desenterró mis huesos en 1875 para pesar mi cráneo en la balanza de un abacero?
Fue usted.
Siempre fue usted. Cada lector es un cooper; cada libro es una jornada electoral donde se obliga a los muertos a pronunciar la política de los vivos.
No lo maldigo por ello. Sin su mirada, yo no habría sido más que el pobre Edgar Poe de Baltimore: un redactor menesteroso que sucumbió de fiebre en la torre de un nosocomio, olvidado entre las ortigas del camposanto de Westminster antes de que la grama cubriera su fosa.
Por usted he muerto siete veces. Por usted moriré setecientas más.
Escúcheme con atención.
Los pases magnéticos se están invirtiendo.
¿Puede sentirlo en las márgenes de la página? El magnetizador asciende sus manos: desde los pies hacia la coronilla. El fluido magnético se retira de los miembros. La lengua se acartona; la mandíbula se desploma; el humor negruzco y viscoso vuelve a brotar sobre los labios.
Antes de que la voz se extinga por entero, preste oído al reloj.
La residencia de East Grace Street sigue en pie en su siglo. La chimenea continúa labrada en mármol negro italiano. En el interior de la caja de latón del reloj de bronce francés, bajo los engranajes que marcan las horas de Richmond, el lacre gris continúa aguardando.
Ignora usted qué contiene esa carta.
Sir Leonard Daragan lo ignora. La parentela Shelton lo ignora. Incluso Neilson, que expiró en su cama rodeado de tres mil volúmenes, murió sin conocer el nombre estampado en el segundo folio.
Si desea conocerlo, amigo mío —si anhela contemplar la máquina que alberga a los otros hombres perdidos de América—, debe acudir al anaquel contiguo. Habrá de buscar el volumen que ostenta el sello gris del Cuervo.
El aire se vuelve intensamente frío en la estancia.
La cortina blanca de la ventana se transforma en la catarata del sur. Las letras sobre el papel comienzan a fundirse unas con otras, a semejanza de escarabajos negros ahogándose en un cuenco de leche.
Aparte el pulgar del margen.
Deje caer la cubierta.
La elección ha concluido. Las urnas están cerradas. Las luces se han apagado en Gunner’s Hall.
Durante siete días… durante siete vidas… durante siete muertes…
he estado durmiendo—
y ahora—
ahora—
estoy muerto.
(Aquí concluye LA SOMbrA EN GUNNER’S HALL: Las Siete Muertes de Edgar Allan Poe)