Capítulo Tercero El Coro de Sombras
ACTO III: LA SALA DE LA TORRE
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Ubicación: Washington College Hospital, Habitación Número Dos, Sala del Torreón.
La Vela: El doctor Moran permaneció a la cabecera del lecho durante toda la noche, auxiliado a intervalos por su esposa Mary Moran y un enfermero llamado Thomas.
El Clamor por Reynolds: A partir de las 10:00 PM del sábado y prolongándose a intervalos regulares hasta las 3:00 AM del domingo, Poe comenzó a proferir alaridos repetidos y violentos en la penumbra, gritando un solo nombre: «¡Reynolds!
». Reiteró este clamor decenas de veces, retumbando su voz por el tiro de la escalera de caracol de piedra y despertando a los convalecientes en las salas inferiores.
El Enigma Histórico: La identidad de «Reynolds» ha constituido el enigma central irresuelto del óbito de Poe por espacio de más de siglo y medio.
Los eruditos han postulado: 1. Jeremiah N.
Reynolds (1799–1858), explorador, orador, defensor de la hipótesis de la Tierra Hueca, cuyos escritos inspiraron La narración de Arthur Gordon Pym.
2. Henry R. Reynolds, juez electoral del Cuarto Distrito que presidió las mesas electorales de Ryan en Gunner’s Hall el 3 de octubre.
3. Una amalgama alucinatoria de ambos, o la deformación fonética de una agonía privada jamás registrada.
Fuera del Registro: La asamblea de las seis muertes congregadas en torno al lecho de la séptima. Todo lo que sigue a la línea divisoria es ficción.
[ E.A.P. // AL LECTOR ]
Es medianoche, amigo mío. Las farolas de gas de Broadway se han extinguido bajo el vendaval.
El termómetro sobre el pupitre de Moran marca cuarenta grados y medio. En el léxico de la física moderna, eso es mera aritmética: el cómputo de la agitación molecular, del frenesí cinético en el torrente sanguíneo. En la gramática del alma, constituye el punto de fusión de la identidad.
Cuando una campana de bronce se calienta más allá de cierto grado, el estaño se desliga del cobre.
La aleación deja de existir; la campana olvida su propio tañido; se torna un charco al rojo vivo en la arena de la fundición.
Lo propio acontece con un hombre que ha consumido siete existencias en siete días.
Mire atentamente a los pies de mi lecho. Cree usted vislumbrar únicamente a Moran con su levita raída, sosteniendo una cucharilla de peltre con alcanfor. Supone que solo es la lluvia gris azotando los barrotes de hierro. Mire tras él. Cuéntelos conmigo. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis.
Han regresado a reclamar a su autor.
El viento procedente de la bahía de Chesapeake arrancaba las pizarras del tejado del torreón del sanatorio.
En el interior de la Habitación Número Dos, el solitario quinqué de esperma de ballena en la repisa del rincón humeaba y parpadeaba, proyectando sombras desmesuradas y convulsas sobre el ladrillo encalado.
Cada ráfaga del temporal de octubre hacía vibrar los gruesos barrotes de hierro en sus encajes de plomo con un fragor semejante a cadenas arrastradas por un muelle de sillería.
Edgar no yacía sobre el camastro.
Estaba inmovilizado en él.
Dos fornidos celadores irlandeses, con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos velludos, hincaban las rodillas a ambos costados del colchón, hundiendo sus pesados antebrazos sobre las muñecas y los hombros del enfermo.
Entre ambos, el poeta forcejeaba y combatía con un vigor espantoso y preternatural: esa furia convulsiva y tetánica que solo asiste a los náufragos y a los rabiosos.
—¡Sujétalo, Patrick! —gritaba Moran por encima del rugido del vendaval, inclinándose sobre los pies de la cama con un lienzo empapado en vinagre—. ¡Afianza el brazo izquierdo! ¡Que no estrelle la cabeza contra la mampostería!
—¡Por los clavos de Cristo, doctor, tiene la fuerza de tres carreteros! —jadeaba el mozo, con los nudillos blancos mientras domeñaba la muñeca izquierda de Edgar contra el jergón salpicado de sangre—. ¡Tiene los huesos como alambres de acero!
Los ojos de Edgar permanecían dilatados, inmóviles y negros como pozos de brea.
Las pupilas se habían ensanchado hasta anegar por completo el iris; reflejaban la llama amarillenta del quinqué a la manera de las pupilas de un búho encandilado por un farol.
Su semblante ya no era pálido: aparecía encendido en una congestión violácea y oscura, y una espuma espesa y filamentosa borboteaba en las comisuras de su boca.
No veía a Moran. No veía a los celadores.
Veía el círculo.
Permanecían congregados alrededor del camastro de hierro, hombro con hombro, formando un cerco ininterrumpido de silencio en el interior del torreón circular:
A los pies de la cama aguardaba el Votante del Corral, vistiendo la desgarrada chaqueta de bombasí, con el rostro magullado y ennegrecido por los puñetazos de Billy el carnicero, sosteniendo el sombrero de hojas de palma deshilachado entre los dedos mutilados.
Sobre el pecho lucía clavada la papeleta electoral azul de los Whigs, empastada de lodo de Baltimore.
A su derecha se erguía el Foquero del Jane Guy, embutido en pieles tiesas de foca, con la barba emblanquecida por la escarcha de los ochenta y cuatro grados sur.
De su cuello pendían los dientes de los salvajes de los Mares del Sur, y en su bolsillo tintineaban los minerales enigmáticos de Tsalal.
De sus botas escurrían charcos de salmuera antártica que apestaban a azufre y aves muertas.
A su lado permanecía el Desposado de Grace Street, ataviado con la elegante levita negra cruzada de paño fino de los caballeros virginianos.
Su corbatín plateado ostentaba un nudo inmaculado; sus botas de charol relucían como pizarra mojada; mas por sus labios lívidos corría un hilo oscuro del jarabe mercúrico de Croghan, y a través de su chaleco entreabierto se adivinaba la carne blanca e incruenta de su corazón, detenido por el odio de la parentela Shelton.
Junto al desposado aguardaba la Sombra de los Vagones del Oeste, envuelta en la pesada capa de viaje de lana del comediante Henry Perry.
En la diestra se apoyaba sobre el bastón de malaca del doctor John F.
Carter, con el lebrel de marfil reluciendo en la penumbra; mas donde debiera figurar su rostro solo asomaba una máscara mudable de afeite teatral y la hoja azul toledana del estoque, sobresaliendo seis pulgadas de sus propias costillas.
Al lado del actor temblaba la Víctima del Can de Julio, tiritando en una delgada levita veraniega, con la muñeca izquierda envuelta en un pingajo ensangrentado de lino.
Su organismo se convulsionaba en espasmos rítmicos; sus mandíbulas se movían incesantemente en una masticación muda; y en sus cuencas hundidas por la calentura ardía la agonía atroz de una sed que el agua solo transmutaba en demencia.
Y entre el moribundo y la ventana enrejada se alzaba Le Chevalier C. Auguste Dupin.
El francés portaba sus quevedos de cristales verdes, reflejando el temporal exterior.
No pronunciaba palabra. En sus manos esbeltas sostenía una brújula de bolsillo de marfil y un pliego doblado de papel de hilo francés, sobre el cual el cálculo de las siete muertes había sido trazado hasta el tercer decimal.
Contemplaba el cuerpo convulso sobre el jergón no con piedad, sino con la fría y absoluta raciocinación de un anatomista que asiste al desprendimiento de un miembro gangrenado en el serrín.
—Seis —gimió Edgar, golpeando la nuca contra el travesaño con tal violencia que el hierro resonó como un yunque—. Seis de ustedes… y un solo lecho…
—Habla de nuevo con los muros —susurró Moran, secando el sudor viscoso y frío de la frente del poeta—. Su mente divaga entre los espectros de sus propias invenciones.
—¡No soy su espectro! —aulló Edgar, quebrando la voz en un graznido metálico y desgarrador que hendió la estancia—.
¡Yo los engendré! ¡Los arranqué de la tinta!
¡Padecí hambre en Fordham para que usted paseara por los bulevares de París!
¡Vendí las cucharas de plata de mi madre para que usted se congelara en el Polo Sur!
Las seis figuras guardaron silencio.
Dieron un paso al unísono hacia el lecho.
El aire en la celda del torreón se volvió súbita e insoportablemente gélido. El hedor del sanatorio —el ácido fénico, el vinagre, la lencería manchada— se desvaneció, suplantado por una fetidez compuesta y aterradora:
El aliento agrio y hediondo del sótano de secuestro;El ozono glacial de la banquisa antártica;El tufo a almendras amargas del arsénico de botica;El humo denso y aceitoso de la máquina de vapor;El almizcle animal del perro rabioso;Y el aroma seco y frío del papel antiguo y el negro de humo.
Entonces el cerco se abrió.
A través del anillo de las seis sombras, dos mujeres penetraron en el aposento.
La primera era menuda, frágil y apenas contaba veinte años de edad.
Lucía una sencilla mortaja de batista blanca que le cubría hasta los pies descalzos.
Sus cabellos negros caían sobre su espalda en pesados y húmedos rizos que olían a cedro húmedo y violetas de invierno; en torno a su garganta llevaba anudada una cinta de seda carmesí, ocultando el vaso sanguíneo desgarrado de su laringe por donde su vida se había derramado sobre el colchón de la cabaña de Fordham.
—Sissy… —exhaló Edgar, quedando su cuerpo instantáneamente laxo bajo los brazos de los atónitos celadores.
La furia demencial abandonó sus miembros; sus dedos se abrieron, elevándose hacia el vacío con una ternura tan desgarradora que Patrick se santiguó musitando una plegaria—.
Sissy… has venido por la manta… la gata duerme sobre tus pies…
Virginia no habló. Se aproximó al borde del camastro, clavando sus pupilas oscuras y piadosas en aquel rostro deshecho. Alzó su mano nívea y fría para posarla sobre la frente abrasada; y allí donde sus dedos descansaron, el ardor de la fiebre pareció escarcharse en blanca helada.