La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Segundo La Copa Rechazada #2
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Capítulo Segundo La Copa Rechazada #2

Moran acercó el vaso hacia el lecho.

Al situarse el borde del vidrio a seis pulgadas del rostro de Edgar, un horror súbito e inexplicable se apoderó del poeta agonizante.

El agua era transparente como el cristal, reflejando el pálido sol de octubre; mas para las pupilas dilatadas de Edgar, la superficie del líquido no refractaba la claridad.

Bullía con una película tornasolada y espantosa, semejante al petróleo flotando en una zanja.

En lo hondo del vaso, bajo dos pulgadas de fluido transparente, vio no agua, sino la faz grisácea y putrefacta de monsieur Valdemar: las cuencas oculares hundidas, la lengua negruzca asomando entre los dientes amarillos, el humor frío y viscoso manando de las ventanas de la nariz.

Bebe, susurró una voz desde las profundidades del cristal. Bebe el agua de pozo de Baltimore, Edgar. Es el agua del Cuarto Distrito. Es el caldo del corral.

Una sacudida violenta le atenazó la laringe. Sus músculos de la garganta se cerraron con la fuerza implacable de un tornillo de banco; su pecho quedó bloqueado en un espasmo sofocante; sus aletas nasales se abrieron con un pánico animal.

—¡No! —aulló, levantando las manos como garras de ave rapaz.

Golpeó la muñeca de Moran con una fuerza desesperada. El vaso salió despedido de los dedos del médico, estrellándose contra la pared de ladrillo encalada en una explosión de lascas de vidrio y goterones esparcidos.

—¡Aparten eso! ¡En el nombre de Dios, quítenlo de mi vista! ¡Es veneno! ¡Es el agua del abismo!

Moran retrocedió tambaleante, con la manga empapada y los ojos desorbitados por el asombro y la alarma profesional. Miró los vidrios rotos en el suelo y luego el despojo jadeante sobre el jergón.

—Hidrofobia —masculló Moran entre dientes, apenas moviendo los labios, recordando las lecciones de la facultad—. Contracción espasmódica de la faringe ante la presencia de fluidos… el pavor incontenible a los líquidos…

—¡No estoy loco, Moran! —gritó Edgar, apretando la sábana basta contra su barbilla, con el cuerpo entero temblando en una convulsión de espanto—. ¡Tengo sed! ¡Mi médula se calcina! Pero hay algo dentro de la copa… ¡hay un rostro dentro de la copa!…

—No hay nada en la copa más que agua de manantial, señor Poe —dijo Moran con cautela, guardando la distancia—. Cálmese. No le forzaré.

El médico se acercó a la mesa de pino, tomó un paño seco y se enjugó los puños húmedos.

Luego, como procurando desviar la atención del enfermo de aquel violento espasmo, tomó un pequeño objeto del anaquel: un espejo de afeitar montado en peltre, de seis pulgadas de diámetro, que el barbero del sanatorio había dejado esa mañana tras afeitar la barba de tres días de las mejillas cetrinas del poeta.

—Mire aquí, señor Poe —dijo Moran con suavidad, tendiendo el espejo hacia la cama—. Contemple su propio semblante. Advierta cómo el color ha comenzado a retornar a sus sienes. Ha rebasado la crisis. En cuarenta y ocho horas paseará bajo el sol de Broadway.

Edgar se inclinó hacia adelante, arrastrado por una fascinación mórbida e irresistible.

Miró en el cristal.

La claridad de la mañana de octubre bañó la placa azogada.

Por espacio de tres latidos, contempló la faz que el mundo había admirado: la frente ancha y soberbia, pálida como mármol de Carrara; los rizos oscuros echados hacia atrás desde las sienes; las pupilas grandes, melancólicas y avellana que habían llorado sobre la tumba de Ulalume.

Luego la imagen se disolvió.

En el espejo, la piel de sus mejillas se encogió, tiñéndose del color plomizo de la ceniza.

Los labios se separaron, dejando ver una dentadura incrustada de costras negras; la nariz se desplomó en una hendidura triangular de hueso; y de las cuencas cavernosas y oscuras de los ojos, dos diminutos gusanos fosforescentes reptaron sobre los pómulos.

Tras aquella calavera en descomposición, reflejados en el azogue somero del cristal, se alineaban cinco hombres en hilera:

Allí estaba el cooper con su delantal mugriento, sosteniendo una papeleta de hierro.Allí estaba el ballenero con sus botas de foca, con la barba escarchada por el hielo polar.Allí estaba Southall Shelton, sonriendo con el frío triunfo de la aristocracia de Virginia.Allí estaba el actor en los trenes del oeste, empuñando el bastón de malaca del doctor Carter.Y allí permanecía el detective francés con sus quevedos verdes, doblando un pliego en blanco con precisión quirúrgica.

—Ese no es Edgar Poe —susurró el poeta, hundiendo la voz en un estertor cavernoso y seco que no parecía brotar de sus pulmones, sino de una cripta bajo el piso del hospital—.

Ese es el cadáver de un hombre que pereció hace siete días sobre el muelle.

¿Por qué ha colocado sus huesos en mi lecho, Moran?

Moran retiró el espejo de golpe, palideciendo.

—¡Acuéstese, caballero! —ordenó el médico, con la voz temblorosa a su pesar—. ¡Está desvariando de nuevo! ¡Mary! ¡Mary, traiga el láudano y las compresas de hielo!

La puerta de la celda del torreón se abrió de par en par.

A través del vano, en la penumbra del pasillo exterior, Edgar alcanzó a distinguir una visión fugaz y desgarradora:

Un caballero alto y distinguido con abrigo gris oscuro, sosteniendo un sombrero de copa y un paquete envuelto en papel de estraza atado con bramante, discutía en voz baja y perentoria con el celador del nosocomio.

Sobre el papel de estraza, trazadas con la caligrafía tersa y aristocrática de Elmira Shelton, se leían tres palabras en tinta púrpura:

Para el señor Poe.

Luego entró Mary Moran con sus faldas grises susurrando, cargada de lienzos y una jofaina de barro; y la puerta se cerró de golpe con la contundencia inexorable de una bóveda de hierro.

Edgar cayó de espaldas sobre las almohadas.

La claridad solar sobre el entarimado se desvaneció al tiempo que una densa y plomiza masa de nubes de tormenta cubría el cielo de Baltimore, sumiendo la Habitación Número Dos en una penumbra verdosa y glacial.

Afuera, en las ramas de los castaños de Indias que orlaban Broadway, tres cuervos negros se posaron bajo el vendaval creciente; sus graznidos ásperos y metálicos penetraron los barrotes de hierro de la ventana a semejanza del chirrido de goznes mohosos.

El intervalo lúcido había expirado.

La fiebre, que había permanecido agazapada como una pantera a los pies del lecho durante las horas de la mañana, saltó una vez más sobre su víctima.

Una oleada de calor abrasador —no el calor seco y limpio de un hogar, sino el vaho asfixiante y sulfuroso de un fuego subterráneo— trepó por la espina dorsal de Edgar y estalló tras sus retinas.

—Muddy… —gimió, volviendo la cara hacia el ladrillo encalado y húmedo—. Muddy… la gata está muriendo de hambre… debe usted vender el álbum… vender el retrato de Elizabeth… vienen a embargar la casa…

A su lado, la pluma de Moran comenzó a arañar el registro de nuevo: rápida, acompasada y fría:

5 de octubre, 2:00 PM. El paciente recae en delirio violento. Rechaza cualquier líquido con convulsiones. Pulso 130, filiforme y dicrótico. Mente extraviada incesantemente en Richmond, deudas y enemigos fantasmales en la pared. Pronóstico desahuciado.

[ E.A.P. // AL LECTOR ]

¿Vio usted a Neilson en el pasillo?

Traía la lencería limpia. Traía la carta de Elmira. Se hallaba a diez pasos de mi lecho, separado de mi persona por dos pulgadas de pino de Maryland y la reputación profesional del doctor Moran.

No culpe a Moran. El médico tenía una tesis que defender ante el mundo.

En 1885, dentro de treinta y seis años, dará a la imprenta un libro —un tomito primoroso y mendaz titulado «En defensa de Edgar Allan Poe»— en el cual jurará por su honor que morí de «congestión cerebral», que ni una sola gota de licor mojó mis labios y que mis postreras palabras fueron un devoto sermón sobre las delicias del paraíso.

Mintió, por descontado. Todos los médicos mienten a los deudos. Es la única mercancía por la cual los vivos están dispuestos a satisfacer los honorarios del facultativo.

Vuelva la página, camarada. El sol se ha puesto. Los cuervos han abandonado los castaños. Se avecina la noche del seis… y las sombras han concluido su espera en los rincones.