La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Tercero La Levita Imposible
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Capítulo Tercero La Levita Imposible

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Una solitaria lámpara de latón ardía en el centro de la mesa de biblioteca del doctor Snodgrass, en Camden Street.

Sobre el tapete verde, Dupin había dispuesto las cinco pruebas de su pesquisa con la rigurosa precisión geométrica de un anatomista que clasifica los restos óseos de un cuadrúpedo extinto:

La chaqueta de bombasí tosco, apelmazada de grasa y lodo amarillo seco.

La pizca de ceniza volcánica blanca e impalpable rescatada de la velería de Thames Street.

El despacho telegráfico de Barnum’s Hotel, rotulado hacia Capitol Square en Richmond, junto a un fragmento derretido de vidrio verde de botica.

La virola de latón del bastón del doctor Carter y el fragmento triangular de espejo empañado de afeite teatral.

El pliego de papel de barba con la inconclusa nota clínica de Edgar en tinta violeta.

Snodgrass permanecía sentado al frente, con la barba apoyada en las manos y los ojos inyectados en sangre por el insomnio. Afuera, los campanarios de Baltimore desgranaban las once de la noche, amortiguadas sus notas por el incesante y uniforme azote de la lluvia contra las contraventanas.

—Tiene ante sí los hechos materiales, doctor Snodgrass —dijo Dupin, reclinándose en su sillón, con las yemas de los dedos juntas sobre el pecho—. Apliquemos ahora el cálculo de probabilidades. Veamos dónde tropieza el razonador ordinario.

—Los coopers —sentenció Snodgrass, señalando la levita—. Es la única hipótesis racional. Las pandillas del distrito le narcotizaron, mudaron sus ropas y lo arrastraron a las urnas.

—Una hipótesis admirable —observó Dupin, tomando una leve porción de rapé—. Sencilla, coherente y enteramente imposible.

—¿Imposible?

—Considere las contradicciones flagrantes, mi estimado doctor —repuso Dupin con una voz reposada, matemática e implacable—.

Si permaneció encerrado en el sótano de Aliceanna Street desde el viernes por la tarde hasta el miércoles por la mañana, ¿de qué suerte se impregnó su cabellera de ceniza volcánica de los ochenta y cuatro grados sur?

Si fue emponzoñado con calomelanos y belladona por el señor Beverly Bland en el Hotel Barnum, ¿cómo se explica que el documento de Stiles Street fuese redactado por su propia mano el domingo al mediodía, consignando un pulso de noventa y seis y una fotofobia aguda?

Si fue atravesado en el costado por su doble en la Taberna de la Locomotora y abandonado a desangrarse mientras el actor abordaba los convoyes del oeste, ¿cómo pudo salir ileso de la casa de huéspedes de la señora Gorsuch el miércoles por la mañana en las convulsiones postreras de la hidrofobia?

Dupin se inclinó hacia adelante; sus lentes verdes reflejaron la lumbre amarillenta del quinqué.

—Cada testigo a quien hemos sometido a interrogatorio, doctor Snodgrass, manifiesta la verdad más escrupulosa y demostrable.

El señor Walker le halló frente a Gunner’s Hall; monsieur Dorsey le suministró la sidra adulterada; el señor Glass consumió el diario en la estufa; el señor Bland retribuyó al boticario con doscientos dólares; el posadero barrió el espejo pulverizado; la señora Gorsuch recogió la pluma fracturada sobre su velador.

Ninguno de ellos faltó a la verdad. Ninguno de ellos se equivocó respecto a la persona física de monsieur Poe.

—¡Entonces eran cinco hombres distintos! —exclamó Snodgrass, incorporándose de golpe—. ¡Una conjura de impostores!

—Sosiéguese, mi querido doctor —murmuró Dupin con suavidad, alzando una mano blanca y serena—.

Un detective que solo brinda prodigios a un magistrado merece ser expulsado de la sala con cajas destempladas.

Antes de remontarnos al cálculo superior, permítame ofrecerle la Solución Terrenal: la reconstrucción estrictamente física y material que satisfará a cualquier juez de instrucción y a cualquier lector de periódicos desde Baltimore hasta Boston.

Dupin señaló sucesivamente las cinco piezas con la varilla de sus quevedos cerrados de carey.

—Supongamos, doctor Snodgrass, que exigimos una obediencia ciega a las leyes ordinarias de la materia.

¿De qué modo convergen entonces los cinco senderos sobre un solo organismo?

De esta suerte: monsieur Poe desembarca en el muelle de Light Street el viernes por la tarde, incubando ya el virus neurológico letal que contrajo en Filadelfia en julio; de ahí la calentura, los temblores y la hidrofobia que constató la viuda Gorsuch en su pupilaje.

Al pisar tierra en pleno delirio, es avistado por los secuaces de las bandas del Cuarto Distrito —monsieur Dorsey y el carnicero—, quienes le despojan de sus mil quinientos dólares, le arrebatan la levita de paño negro y el bastón estoque del doctor Carter, y le endosan los pingajos de bombasí de un peón muerto para hacerlo votar en las mesas del miércoles.

Durante los cinco días de extravío y confinamiento entre los muelles, la cantina y la posada, su entendimiento agonizante y desquiciado por la fiebre toma a los individuos reales con quienes se cruza —el foquero de Stonington en el vapor, el letrado de Richmond, el comediante del Teatro de Holliday Street— y urde con ellos las fastuosas y delirantes fantasmagorías de una incursión polar, un envenenamiento aristocrático y un duelo a muerte ante un espejo.

Snodgrass se dejó caer en su sillón, exhalando un prolongado y tembloroso suspiro de alivio. Se enjugó la frente con su pañuelo.

—¡Alabado sea el cielo, Chevalier! —exclamó el galeno—.

¡Ha devuelto el sosiego a mi razón! ¡Esa hipótesis lo esclarece todo sin transgredir una sola ley de la naturaleza!

Estaba consumido por la rabia; fue asaltado y encerrado por los politicastros; y lo restante —la travesía antártica, la ponzoña de los Shelton, el doppelgänger— no fueron más que los delirios febriles de un genio que expiraba en la sombra.

Dupin sonrió: una sonrisa de piedad infinita y aterradora.

—Es un prodigio de sentido común, ¿no es así? —susurró Dupin—. Podrá publicarla mañana mismo, doctor Snodgrass, y cualquier persona juiciosa en América ensalzará su sagacidad. Solo deja dos menudencias sin resolver.

—¿Menudencias? —inquirió Snodgrass con inquietud repentina.

—En primer término —prosiguió Dupin, señalando con el índice la mesa cubierta de paño verde—, el delirio febril dentro del cráneo de un moribundo no deposita tres dracmas de ceniza basáltica antártica auténtica —materia geológica que no existe en un radio de seis mil millas de la bahía de Chesapeake— incrustada en el rascador de hierro de Gunner’s Hall.

Ni tampoco una alucinación retribuye con doscientos dólares en oro a un boticario de Lombard Street, ni hace añicos un espejo azogado con una hoja toledana en la buhardilla de la Taberna de la Locomotora.

La estancia pareció enfriarse de súbito. La llama de la lámpara de latón encogió hasta transformarse en una perla azulada.

—¿Y lo segundo? —susurró Snodgrass con un hilo de voz.

—Lo segundo, mi estimado doctor —repuso Dupin, poniéndose en pie y retirando sus lentes verdes, de modo que sus pupilas luminosas de tono gris avellana —los ojos exactos de Edgar Allan Poe— taladraron a Snodgrass para clavarse en el tabique sombrío tras él—: si solo el universo material es real, entonces ¿quién está de pie en su biblioteca?

Snodgrass quedó petrificado, aferrándose a los brazos de su sillón hasta que sus nudillos se tornaron blancos como la cera.

—¿Ha leído usted Eureka, doctor? —inquirió Dupin con dulzura.

—¿La cosmogonía? La hojeé alguna vez. Me pareció… un poema extravagante.

—Constituye una profecía matemática —sentenció Dupin—.

En Eureka, monsieur Poe demostró que el cosmos es una oscilación perpetua entre radiación y colapso: que la materia, habiéndose disgregado de la unidad a la multiplicidad, ha de precipitarse inevitablemente de regreso hacia la unidad original.

El viernes por la tarde, al descender del Pocahontas al muelle de Light Street, su sistema nervioso vibraba en la frecuencia matemática de ese colapso.

Su entendimiento era un prisma. Al chocar su destino contra la lluvia de Baltimore, la realidad misma se refractó en cinco haces divergentes de probabilidad.

No soñó aquellas cinco muertes, doctor Snodgrass. Murió en todas y cada una de ellas.

—¿Y usted? —atinó a pronunciar Snodgrass—. ¿Quién es usted en verdad, Chevalier?

Dupin contempló sus propias manos enguantadas —pálidas, esbeltas, inmaculadas— y luego la levita de paño negro francés que pendía sin una arruga de sus hombros.

—Yo soy el sexto haz —contestó Dupin con una serenidad trágica y soberbia—.

Soy la inteligencia que él envió a las tinieblas para cuadrar los libros de cuentas.

Puesto que Edgar Allan Poe no podía tolerar fenecer como un enigma sin descifrar en una zanja de Baltimore, su cerebro moribundo convocó a su más insigne detective de las páginas del Graham’s Magazine para congregar a los cinco cadáveres y conducirlos a casa.

El francés tomó el bastón de malaca del doctor Carter del velador y acomodó su sombrero de copa bajo el brazo.

—¿Adónde se dirige? —gritó Snodgrass.

—Al Washington College Hospital —repuso Dupin—. La raciocinación ha concluido. Ambas soluciones le pertenecen: la terrenal para el sosiego de su entendimiento, y la verdadera para la salvación de su alma. Ha llegado la hora de que el efecto regrese a su causa primera.

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A medianoche, bajo una bóveda de nubarrones compactos y negros, el Chevalier C. Auguste Dupin subió las gradas de piedra del Washington College Hospital, en la esquina de Broadway y Fayette Street.

El celador nocturno descorrió la cancela de hierro, miró los cristales verdes y se apartó sin demandar pase alguno.

Dupin ascendió la caracolada escalera de madera hacia el piso alto de la torre. Empujó la pesada hoja de roble de la Habitación Número Dos.

La celda era estrecha, glacial y estaba guarnecida con gruesos barrotes de hierro sobre la ojiva de la ventana. En el camastro de hierro, recostado sobre dos almohadones sucios de plumas, yacía Edgar Allan Poe.

Tenía el rostro blanco como el sebo; los labios cubiertos de espuma negra; sus ojos gris avellana —idénticos a los de Dupin— contemplaban el encalado del tabique con una fijeza insondable y ciega.

Se revolvía de un flanco a otro, enredando los dedos en la frazada áspera del nosocomio, farfullando un nombre que rebotaba en el yeso húmedo:

—Reynolds… Reynolds…

Dupin caminó hasta el borde del lecho. Posó su mano enguantada sobre la frente abrasada de Edgar.

La dermis estaba fría.

—Todo ha concluido, Edgar —susurró Dupin con aquella voz aristocrática, musical y suave de París—. Se ha dado cuenta de los toneleros; el hielo ha sido cartografiado; el boticario ha sido desenmascarado; el doble ha sido enfrentado; el can ha recibido el perdón. El libro mayor está saldado.

Los ojos del moribundo parpadearon. Por el espacio de un latido, el delirio se despejó de las pupilas avellana, y Edgar contempló la faz de su más excelsa criatura.

—Dupin… —susurró Edgar, con la voz quebrándose en la garganta como vidrio quebrado—. ¿Hallaste… la carta?

—La carta —repuso Dupin con dulzura— aguarda en el reloj de Grace Street. El lector aún no ha hecho girar la llave.

Se inclinó. Su silueta se fundió con la sombra proyectada sobre el almohadón; los quevedos verdes, la levita negra francesa y el bastón de malaca se disolvieron en la oscuridad de la celda de la torre; y sobre el lecho, bajo la ventana enrejada, Edgar Allan Poe volvió el rostro hacia el muro y quedó a solas.