Capítulo Segundo Los Cinco Testigos
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Durante dos jornadas enteras, el Chevalier Dupin recorrió las calzadas de Baltimore a la manera de un geómetra que levanta el plano de una urbe sumergida.
No llevaba paraguas. Marchaba con las manos unidas a la espalda, con los quevedos verdes resguardándole la vista del fulgor de las pizarras mojadas, mientras el doctor Snodgrass lo seguía a paso vivo envuelto en una capa de hule, sosteniendo una libreta de tafilete en la cual consignaba los monosílabos del francés.
Comenzaron sus pesquisas en Gunner’s Hall.
La multitud electoral se había dispersado; el toldo de lona había sido desmontado; el umbral de la cantina aparecía embadurnado de fiemo de caballo y paja podrida. En el portal, Dupin interrogó a Joseph W. Walker, el cajista, quien se había reintegrado a su pupitre en el Baltimore Sun.
Dupin no inquirió a Walker sobre el aspecto general de Poe: le preguntó dónde había caído la lluvia.
—Afirma usted, señor Walker —murmuró Dupin, arrodillándose sobre el banco enfangado provisto de una pequeña lupa de marfil— que el sombrero de paja estaba empapado hasta la copa, mas las solapas de la levita de bombasí aparecían apelmazadas de unto y sebo. Examine esta astilla, doctor.
Con unas pinzas de plata levantó una brizna de madera del asiento.
—Una huella de sangre reseca, mezclada con polvo de hueso y un cristal de cloruro de mercurio: calomelanos.
Y aquí, sobre el rascador de hierro del peldaño: una mota de polvo blanco e impalpable que no reacciona al ácido clorhídrico.
Es ceniza volcánica de una variedad basáltica extraordinariamente densa.
—¿La trajo algún marinero, tal vez? —aventuró Snodgrass.
—Un marinero que acarreaba la banquisa antártica en la suela de sus botas —repuso Dupin con sequedad—. Venga. Visitemos el despacho de ostras de Pratt Street.
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En el despacho de mariscos de Pratt Street, Hollis Dorsey permanecía sentado tras su mostrador de pino, cotejando un manifiesto de barriles de cal. Billy el carnicero no se hallaba presente: dormía la resaca electoral tras un almacén de Light Street.
Dupin solicitó un tazón de caldo, tomó una toma de rapé y miró a Dorsey por encima del mostrador con una sonrisa de afable y rapaz dulzura.
—Monsieur Dorsey —comenzó Dupin en voz baja, en francés, y acto seguido, sin pausa alguna, en inglés—: la cinta de seda blanca que estuvo anudada al cuello de su garrafa de aguardiente el lunes por la noche… ¿adónde fue a parar?
La pluma de Dorsey se detuvo en el aire. Su semblante enjuto y cortés palideció hasta adquirir el tono del pergamino mojado.
—Soy un respetable dependiente mercantil, caballero —balbuceó Dorsey, llevando maquinalmente la mano a su libro mayor—. Nada sé de cintas…
—Sabe muy bien que ostentaba las letras doradas de la División Shockoe Hill Número 54 de los Hijos de la Templanza —sentenció Dupin, bajando la voz a ese registro pausado y temible que había desarmado al marinero de la calle Morgue—.
Sabe que paseó a un carretero llamado John Miller por tres distritos electorales en la mañana del miércoles.
Y sabe que cuando el carretero cayó desplomado en el portal de Ryan, sus bolsillos estaban vacíos porque usted ya había entregado su cartera de tafilete a un caballero de Virginia.
—¡Yo no entregué nada! —susurró Dorsey, mirando despavorido hacia la escalera trasera—. ¡El abogado de Virginia la tomó por sí mismo! ¡En el Barnum!
—Exactamente —dijo Dupin, depositando una moneda de plata sobre el estaño—. Le agradezco la confirmación.
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De Pratt Street, Dupin condujo a Snodgrass hasta el arranque de Thames Street, en Fell’s Point.
La velería de V. R. Phoebus la mesa de pino había sido fregada con arena; no obstante, sobre el alféizar de la ventana, pasada por alto por la sirvienta, descansaba una tira de papel que había caído tras el rodapié: el fragmento de papel de barba con la última nota clínica de Edgar, cubierta de tinta violeta seca.
Dupin alzó el folio a la luz.
—Conservaba la razón, doctor Snodgrass —dictaminó Dupin, con un tono que se dulcificó con una emoción semejante al pesar—.
Hasta la última convulsión de los músculos flexores, su entendimiento observaba la ruina de sus nervios con la exactitud de un Newton.
Repare en el vocablo vago. Fue trazado sin una sola vacilación. Y observe el lavamanos.
Caminó hacia la jarra de barro, que aún descansaba en su jofaina.
Dupin pasó su pañuelo blanco por el borde de la loza, se lo llevó a la nariz y aspiró con hondura.
—Agua pura de bomba —dijo Dupin—. Sin catar. Y a su lado: la marca de un colmillo canino sobre la moldura de pino, donde un hombre en el suplicio de un espasmo laríngeo mordió la madera para ahogar el alarido.
Se volvió hacia el médico, con los ojos avellana llameando tras los quevedos verdes.
—Tenemos los cinco vértices de la figura geométrica, doctor Snodgrass. Regresemos a su gabinete de Camden Street. Ha llegado la hora de ejecutar la raciocinación.