La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Primero El Chevalier Llega
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Capítulo Primero El Chevalier Llega

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EL REGISTRO FORENSE

(La Verdad Histórica Documentada)

Antes de que la máquina abra la sexta compuerta, el acta forense debe exhibir el mecanismo analítico que Edgar Allan Poe legó a la posteridad:

La Invención del Detective. En abril de 1841, en el Graham’s Magazine, Poe publicó The Murders in the Rue Morgue (Los crímenes de la calle Morgue), fundando el relato detectivesco moderno e introduciendo la figura de Le Chevalier C.

Auguste Dupin. Le siguieron The Mystery of Marie Rogêt (El misterio de Marie Rogêt, 1842) y The Purloined Letter (La carta robada, 1844).

Poe denominó a estas piezas sus «narraciones de raciocinación», demostrando un método de inducción analítica cimentado en identificarse con el entendimiento del adversario, observar los pormenores más evidentes que escapan a la atención vulgar y calcular la balanza de probabilidades con rigor matemático.

El Principio de la Raciocinación. En los párrafos liminares de Los crímenes de la calle Morgue, Poe razonó: «Las facultades del entendimiento que llamamos analíticas son, en sí mismas, escasamente susceptibles de análisis.

Las apreciamos tan solo en sus efectos… Los verdaderamente imaginativos son siempre analíticos».

El Ingreso Hospitalario. En la tarde del miércoles 3 de octubre de 1849, tras el recado cursado por Joseph W.

Walker, el doctor Joseph Evans Snodgrass y el tío materno Henry Herring condujeron en un coche de plaza al insensible Poe hasta el Washington College Hospital, sito en Broadway.

El paciente quedó al cuidado del doctor John Joseph Moran en una sala enrejada de la torre reservada para cuadros de violenta agitación nerviosa.

Poe permaneció en un delirio fluctuante, incapaz de explicar dónde había permanecido desde el veintisiete de septiembre.

Aquí fenece el registro. Lo que sigue es la sexta probabilidad.

[ E.A.P. // AL LECTOR ]

Ha ensayado usted la intriga política; ha probado el hielo polar; ha acudido a los envenenadores; ha recurrido al doble; ha llamado al animal rabioso.

Ninguna de esas soluciones lo dejó satisfecho, ¿verdad?

El homicidio perpetrado por politicastros es harto chabacano. El misterio polar es excesivamente brumoso. La conspiración doméstica resulta demasiado provinciana. El canje de identidades es en exceso melodramático. La fiera callejera resulta demasiado humillante.

Es usted lector de misterios, camarada. No se conforma con saber de qué suerte pereció un hombre: ansía un despliegue soberano del intelecto.

Exige que la bujía sea introducida en las tinieblas; quiere los indicios ordenados sobre el tapete de caoba; demanda que la voz aristocrática y flemática del francés tome asiento al otro lado de la chimenea y le demuestre cuán elemental fue todo.

Sea, pues. Se lo entregué en París ocho años atrás. Veamos ahora qué proezas realiza entre el fango de Baltimore.

Alas cuatro en punto de la tarde del jueves, mientras el temporal flagelaba los balcones de hierro forjado de Camden Street, la campanilla del gabinete del doctor Joseph Evans Snodgrass sonó con tres toques breves, pausados y geométricos.

El doctor Snodgrass no había pegado ojo en veinticuatro horas.

Llevaba los puños de la camisa húmedos del relente del coche; su levita apestaba al ácido fénico y alcanfor del Washington College Hospital; sobre su mesa de despacho reposaba el billete que le había remitido la víspera Joseph W.

Walker, manchado con la greda amarilla de Lombard Street.

Durante cuatro horas angustiosas había permanecido sentado junto al camastro de hierro en la torre del sanatorio de Broadway, contemplando a Edgar Poe debatiéndose bajo las mantas, balbuceando hacia sombras invisibles en el tabique, incapaz de arrancarle una sola frase coherente al escritor a quien trataba con afecto desde hacía diez años.

La doncella entró en el gabinete portando una bandeja de plata.

Sobre el metal descansaba una solitaria tarjeta de visita de cartulina satinada, grabada en París en una delicada y sombreada letra inglesa:

Le Chevalier C. Auguste DupinRue Dunôt, No. 33, Faubourg St. Germain

El doctor Snodgrass clavó la mirada en la cartulina. Una punzada de frío le erizó la raíz del cabello.

—¿Quién ha traído esto, Mary? —inquirió Snodgrass, levantándose del sillón.

—Un caballero, señor. Aguarda en el zaguán. Un señor francés, a juzgar por el sombrero, aunque habla el inglés suave y fino como la seda.

Snodgrass salió al vestíbulo.

De pie junto al paragüero se hallaba un caballero alto y singularmente esbelto, de unos treinta y cinco años, ataviado con una levita impecablemente cepillada de paño negro francés, un chaleco de seda violeta oscuro y pantalones de lana que caían sin una sola arruga sobre botas de becerro charolado.

Su cabellera era oscura, dividida por una raya al medio y rizada con suavidad tras las orejas; su frente era despejada, amplia y nívea; y sobre los ojos lucía unos quevedos con lentes de cristal verde oscuro, montados en carey bruñido, que velaban por entero su mirada a cualquier observador.

Bajo el brazo sostenía una esbelta vara de malaca rematada por un puño de marfil esculpido; en la diestra enguantada sostenía una tabaquera esmaltada de porcelana de Dresde.

—¿El doctor Snodgrass? —inquirió el forastero. La voz era grave, rica, cadenciosa, y apenas dejaba traslucir el más sutil deje parisino: la modulación de un patricio que trataba las vocales con despego filosófico—. ¿Tengo el honor de dirigirme al antiguo director del Saturday Visiter?

—El mismo, señor mío —balbuceó Snodgrass, sosteniendo la tarjeta entre dos dedos trémulos—. Pero este cartón… este nombre… ¡es un despropósito imposible, caballero! El Chevalier Dupin es… ¡es una criatura de ficción! ¡Una invención de mi desventurado amigo el señor Poe!

El visitante no se dio por ofendido. Avanzó hacia el haz de luz de la lámpara del zaguán, se despojó del guante derecho de cabritilla blanca y ofreció una mano fría, seca y firme como el mármol.

—Un desliz de ontología vulgar, mi estimado doctor —respondió Dupin, sonriendo con labios finos y perfectamente esculpidos—.

Si soy una invención de monsieur Poe, ¿quién se encuentra entonces en este instante sobre su alfombra de Bruselas?

Y, lo que resulta más perentorio: ¿quién determinará qué ha sido de nuestro común amigo durante los cinco días transcurridos entre el muelle de Light Street y la cantina de Ryan?

Entró en el gabinete sin aguardar invitación, depositó su sombrero y el bastón sobre el velador y arrastró un sillón de orejas hacia la lumbre.

—Tome asiento, doctor Snodgrass —murmuró Dupin, quitándose los quevedos verdes y revelando un par de pupilas luminosas, de un gris avellana, que se fijaron en Snodgrass con una agudeza de juicio casi sobrecogedora—.

Aspire una pizca de este rapé sevillano.

Despeja los conductos olfativos, que en esta urbe parecen singularmente embotados por el estiércol equino y el humo de carbón.

Snodgrass se dejó caer en su sillón de escritorio, con el juicio tambaleante.

—¿Sabe usted dónde ha estado Edgar?

—Sé dónde no ha estado —repuso Dupin, cerrando la tapa esmaltada de su tabaquera con un chasquido seco de marfil—.

Lo cual, en el cálculo de probabilidades, constituye el noventa por ciento de la demostración.

Arribé de Filadelfia en el convoy del mediodía, tras tomar pasaje en El Havre catorce jornadas atrás al recibir una singularísima epístola de monsieur Poe, fechada en Richmond el veintiuno de septiembre.

Dupin extrajo del bolsillo del pecho un pliego de papel crema, cubierto con la primorosa y exacta caligrafía de Edgar.

—Me escribió —reveló Dupin— haciéndome saber que estaba a punto de internarse en un laberinto de siete puertas. Me rogaba que me mantuviese prevenido en Baltimore, no fuera a ser que la salida quedase obturada por la estulticia de las autoridades locales.

El francés se inclinó hacia adelante, juntando las yemas de sus dedos bajo la barbilla.

—Usted le ha visto, doctor Snodgrass. Ayudó a trasladarlo desde Gunner’s Hall hasta el nosocomio de Broadway.

No me refiera ninguna de sus teorías: las hipótesis son los parásitos del entendimiento analítico.

Proporcióneme únicamente los datos materiales: las prendas, el dinero, la piel, la lengua y las palabras.