La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Segundo Hidrofobia
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Capítulo Segundo Hidrofobia

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Durante setenta y dos horas, Edgar Allan Poe practicó una autopsia sobre su propio cerebro vivo.

Permaneció sentado ante la mesa de pino junto a la ventana de la casa de huéspedes de la viuda Gorsuch, envuelto en su levita de paño negro, con la pluma de acero del doctor Carter mojada en un tintero de tinta violeta.

Ante él reposaba un pliego limpio de papel de barba, fijado a las tablas con una oblea de latón.

Registraba la velocidad de su propia extinción:

…Domingo, mediodía. El horror es estrictamente fisiológico.

No es temor a la muerte: se trata de un espasmo autonómico e involuntario del nervio vago.

Conservo la razón. Sé que el agua es inofensiva.

Sé que si no bebo, sucumbiré de deshidratación en menos de ochenta horas.

Mas cuando clavo la mirada en la jarra, la corteza visual transmite una señal de pánico asfixiante que paraliza el diafragma.

…Lunes, al alba. Mi mano… los flexores…

El trazo se interrumpió.

Un borrón desgarrado de tinta violeta rasgó la parte inferior del folio, allí donde la pluma de acero había sido clavada a través del papel hasta hendir la madera de pino por un espasmo clónico, violento e involuntario de su antebrazo derecho.

Los dedos se agarrotaron en una garra de hierro; la plumilla se partió en dos; y Edgar cayó de bruces sobre la mesa, golpeándose la frente contra la madera con un chasquido sordo.

Ya no le fue posible escribir. La máquina del pensamiento había comenzado a devorar sus propias conexiones.

✦ ❖ ✦

El martes, la estancia se había transformado en una cámara acústica de suplicio.

Cada fibra nerviosa de su organismo se hallaba desprovista de su vaina protectora, expuesta en carne viva al aire como tasajo al viento salobre.

Una leve corriente que se colaba bajo la rendija de la puerta le azotaba la piel a guisa de una perdigonada de agujas; el roce de la llanta de hierro de un carromato sobre los adoquines de President Street hacía chocar sus mandíbulas con un chasquido que le desportillaba los molares; el olor de la vela de sebo consumiéndose en el platillo se le antojaba un tufo a azufre asfixiante que le provocaba arcadas de bilis amarillenta sobre la estera.

Tenía cuarenta grados y medio de fiebre.

Su entendimiento no se disolvía en tinieblas: se anegaba en una luminiscencia blanca, cegadora e insoportable.

Se hallaba de nuevo en la Universidad de Virginia en el año veintiséis, midiendo a zancadas su cuarto de West Range mientras la nieve caía sobre el césped; estaba en Sullivan’s Island con el Primer Regimiento de Artillería, viendo reptar al escarabajo de oro sobre el pergamino; se encontraba en la choza de Fordham, acostado sobre el jergón de paja con la mejilla helada de Virginia apretada contra su garganta.

—Sissy —balbuceaba, manchando de sangre la colcha con sus labios cuarteados—. No dejes que acerquen el agua. Está fría… tiene dientes…

En el piso superior crujió un madero.

En el pasillo exterior resonó la voz de la dueña: apagada, amortiguada, remota como una voz al otro lado de un caudal:

—¿Señor Poe? ¿Señor Poe? ¿Se encuentra bien?

Edgar no acertó a responder. Tenía la lengua hinchada hasta ocupar la bóveda entera de su boca: seca y áspera como badana de buey, costrosa de un moco grisáceo y viscoso que no lograba tragar ni escupir.

Intentó incorporarse del lecho. Las rodillas se le doblaron; sus miembros pesaban como plomo informe; se arrastró por el suelo sobre los codos, arañando el zócalo con las uñas.

Su levita de paño negro estaba arruinada: empapada de sudor frío, manchada de vómito, desgarrada en las sisas donde los espasmos le habían dislocado los hombros.

Los mil quinientos dólares en la cartera de tafilete descansaban intactos sobre la mesa; la carta dirigida a Muddy yacía a su lado: sin franquear, inmaculada, un rectángulo blanco en la penumbra.

No podía alcanzarlos. No conseguía levantar los brazos hasta el tablero.

Sobrevino un paroxismo: una convulsión generalizada y atroz que arqueó su espina dorsal como un arco tensado, levantando su pecho dos pies del entarimado mientras sus talones tamborileaban un redoble agónico contra las tablas.

Cuando el espasmo remitió, quedó tendido en la oscuridad junto a la puerta, llorando sin lágrimas, con los pulmones silbando a la manera de una flauta hendida.

✦ ❖ ✦

El miércoles tres de octubre por la mañana, el delirio entró en su fase final: la agitación ambulatoria.

Daban las ocho. Abajo, la sirvienta abrió la puerta del portal que daba a la calle para barrer las baldosas del atrio.

Edgar se levantó del suelo.

Ignoraba quién era; ignoraba dónde habían quedado su sombrero, sus botas o su bastón. Un impulso ciego y locomotor —el instinto atávico de la fiera rabiosa que deambula, huye de la luz y corre hasta reventar el corazón— se adueñó del mecanismo exhausto de sus nervios.

Salió tambaleándose al descansillo.

El vestíbulo estaba desierto. En el perchero de madera junto a la entrada colgaban una vieja chaqueta de bombasí tosco manchada de grasa y un pantalón deshilachado de lana basta, abandonados allí por un carretero que se había hospedado en la buhardilla la semana previa.

En la clavija superior reposaba un maltrecho y descolorido sombrero de hojas de palma.

Las manos de Edgar, respondiendo con la precisión rígida y mecánica de un autómata, se despojaron de la levita de paño destrozada, la arrojaron hecha un guiñapo sobre la escalera y enfundaron sus brazos trémulos en el bombasí del carretero.

Las mangas le quedaban tres pulgadas cortas; la tela le oprimía los omóplatos como un yugo de hierro; los calzones le raspaban los tobillos amoratados; mas él ya no sentía nada.

Se encasquetó el sombrero de palma sobre la cabeza hirviente, traspuso el umbral abierto y se precipitó en la lluvia helada y torrencial de Baltimore.

[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]

Aparte… aparte eso.

El vaso… escucho el rumor… de las gotas… sobre las hojas…

Lector… si le queda… una brizna de piedad… cierre el volumen. La luz… de su pantalla… taladra las pupilas… hasta hendir la masa gris…

Tengo tanta sed. ¡Dios… Dios mío!… Entregaría… todos los poemas… todos los volúmenes… por un solo sorbo… que no fuese la muerte.

¡No acerque la copa! ¡No! La garganta… se cierra… se está—

— yo estoy—

— ahora—

Echó a correr.

Corría por las callejuelas enfangadas del Tercer Distrito, tropezando con los varales de los carretones, cayendo en las zanjas amarillentas, levantándose con las palmas ensangrentadas mientras sus zapatos se atascaban en el cieno.

El aguacero lo golpeaba como metralla de hierro.

Cada gota que le azotaba el rostro, cada hilo de agua que escurría bajo el ala del sombrero poroso y le rozaba el cuello, desencadenaba un nuevo y asfixiante espasmo en su laringe.

Se cubría la cara con los brazos, guareciéndose del cielo, ahogando alaridos mudos contra la manga mientras el agua lo flagelaba sin piedad.

¡Whigs! ¡Whigs del Cuarto!

Desembocó en la ancha, rugiente y atestada calzada de East Lombard Street.

Las mesas del Cuarto Distrito ardían en su apogeo frente a Gunner’s Hall. Una banda de música militar resonaba bajo la lluvia; los carros batían el fango hasta volverlo espuma; caballeros con sombreros de castor se empujaban y vitoreaban bajo el toldo de lona.

Edgar avanzó entre la multitud como un espectro escapado de la fosa común.

Tenía el semblante lívido como el sebo; el cabello empastado de cieno de arroyo; los ojos avellana dilatados hasta parecer dos pozos negros como pez, contemplando con pánico insondable el agua que caía del alero.

Una baba blancuzca le brotaba de las comisuras de los labios, goteando sobre las solapas ásperas del bombasí.

Las fuerzas le fallaron al pisar las tablas del cruce.

Se vino abajo hacia adelante, golpeando el umbral de madera de Gunner’s Hall con las manos, y rodó pesadamente sobre el banco mojado arrimado bajo el voladizo, con la espalda apoyada en las tablas anegadas y los pies arrastrando en el lodo de la cuneta.

Yacía allí: anhelante, tiritando, muriendo de sed bajo un océano de agua que se desplomaba del cielo.

A tres pulgadas de la puntera de su zapato desfondado, un ancho charco amarillento borboteaba bajo el chorro del toldo de la cantina.

Cada onda en su superficie reflejaba el destello dorado de las lámparas de gas del interior de Gunner’s Hall, hiriendo las retinas de Edgar a la manera de relámpagos de magnesio incandescente.

Su garganta se cerró en un tornillo de banco postrero, silencioso y asfixiante.

A través de la cortina de agua, unas pesadas botas de cuero chapotearon sobre las tablas del paso y se detuvieron en seco junto al banco.

Un joven envuelto en una capa de hule —un cajista de imprenta del Sun con manchas de tinta en los pulgares— hincó una rodilla en el fango, tendiendo una mano empapada hacia el hombro trémulo de bombasí.

—¿Caballero? —gritó una voz por encima del fragor de la lluvia—. ¡Por el amor de Dios… que alguien traiga un vaso de agua! ¡Este hombre se está muriendo!

Al escuchar la palabra agua, los ojos de Edgar se volvieron hacia atrás hasta mostrar únicamente el blanco inyectado en sangre bajo el borde de los párpados; sus mandíbulas se cerraron con la fuerza implacable de una trampa de hierro para impedir que una sola gota bienhechora rebasara sus dientes; y su espíritu se precipitó de cabeza en la oscuridad árida y silenciosa.

(Fin de la Iteración 05 — Las Cinco Vigilias han concluido. Continúe hacia la Iteración 06 para el Juicio del Chevalier)