La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Primero El Diente de Julio
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Capítulo Primero El Diente de Julio

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EL REGISTRO FORENSE

(La Verdad Histórica Documentada)

Antes de que la máquina abra la quinta compuerta, el acta forense debe asentar el dictamen biológico que la medicina contemporánea ha formulado sobre el deceso de Edgar Allan Poe:

El Diagnóstico Benitez. En septiembre de 1996, en la quincuagésima segunda Conferencia Clínico-Patológica anual del Centro Médico de la Universidad de Maryland, el doctor R.

Michael Benitez, profesor adjunto de medicina y cardiólogo, examinó a ciegas el historial clínico del Paciente E.P.

(ingresado el 3 de octubre de 1849; fallecido el 7 de octubre).

Sin conocer la identidad del enfermo, el doctor Benitez concluyó que la evolución sintomática —desorientación, temblores, oscilaciones abruptas entre agitación violenta y letargo, pulso débil, alucinaciones visuales progresivas, inestabilidad del sistema autónomo y, por encima de todo, el pavor agudo y convulso al agua (hidrofobia)— correspondía al cuadro clásico e indiscutible de una encefalitis rábica.

El Periodo de Incubación. La rabia se distingue por un periodo de incubación extraordinariamente variable, que suele oscilar entre treinta y noventa días entre la inoculación del virus a través de una solución de continuidad en la piel y la eclosión de los síntomas neurológicos.

A finales de junio y principios de julio de 1849 —con una precisión matemática de ochenta a noventa días antes de su colapso en Baltimore—, Poe deambuló por las calles de Filadelfia sumido en un estado de agotamiento extremo, fiebres y manía persecutoria aguda.

El Afecto por las Bestias. A lo largo de toda su vida, Poe profesó un apego apasionado y singular hacia los animales domésticos.

Su gata barcina, Cattarina, dormitaba sobre su pecho mientras escribía y murió de inanición sobre su cama en Fordham tras no regresar él de su viaje; testimonios de la época en Richmond y Filadelfia consignan su costumbre de detenerse en los callejones para acariciar canes vagabundos y alimentar gatos callejeros con viandas de su bolsillo, aun cuando él mismo no hubiera probado bocado en la jornada.

La Ausencia de Licores. Los registros clínicos del doctor John Joseph Moran, corroborados por el testimonio de su esposa y del celador del hospital, certifican taxativamente que durante sus cuatro días en la sala de la torre del Washington College Hospital, Poe no manifestó los temblores propios del delirium tremens, no despidió el menor olor a bebidas destiladas en el aliento y rechazó incluso las pomas medicinales de vino o coñac con convulsiones de espanto incontrolable.

Aquí concluye el registro. Lo que sigue es la quinta probabilidad.

[ E.A.P. // AL LECTOR ]

En las restantes muertes, me dotó usted de enemigos.

Me entregó toneleros armados de porras; me dio un explorador con un arcón helado; me puso delante a un letrado virginiano con la cuchara de un boticario; me enfrentó a un doble con mis propias facciones.

Me adjudicó actores, villanos y conjuras, porque es usted criatura de drama y no soporta la idea de que una gran inteligencia sea aniquilada por un insecto o un perro callejero.

Aparte ahora a los histriones. Suprima las intrigas. Haga a un lado a los politicastros y al oro.

Contemple el cuerpo a solas en una habitación en calma, tras una puerta atrancada y ante un vaso de agua pura. Observe la máquina que concibió «Los crímenes de la calle Morgue» y «Eureka» despedazar sus propios engranajes desde sus adentros.

Aquí no hay homicidio, amigo mío. Solo impera la naturaleza.

La lluvia comenzaba a transformar el polvillo de carbón del muelle de Light Street en un fango espeso y negro como tinta de imprenta. Edgar descendió de la plancha de desembarco del Pocahontas.

No miró a la derecha, donde Hollis Dorsey cotejaba su libro de cuentas; no miró a la izquierda, donde Ezekiel Glass aguardaba junto a su baúl; no dirigió la vista hacia la parada de carruajes donde Beverly Bland aguardaba impasible.

Nadie le dirigió la palabra. Nadie emergió del portal de un pertrechador de buques.

Los viajeros se dispersaron bajo la cortina gris del agua, absortos en sus propios afanes, y Edgar quedó abandonado a solas sobre los tablones empapados con el bastón de malaca del doctor Carter en la mano.

Tiritaba.

No era el frío del relente fluvial: era una vibración interna, clavada en los huesos, que parecía originarse en el tuétano de su antebrazo izquierdo. Se subió las solapas de la levita de paño negro, caminó hasta la confluencia de las calles Light y Pratt y tomó un coche de plaza.

—¿A la Hostería de la Fuente? —inquirió el cochero a través de la llovizna.

—No —repuso Edgar, con un hilo de voz mate y delgado—. Una posada retirada. Una casa de abstinencia, si conoce alguna. Cerca de la estación del ferrocarril.

El cochero asintió, escupió tabaco en la cuneta y enfiló los caballos por President Street.

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La viuda Gorsuch regentaba una casa de huéspedes de ladrillo, lúgubre y respetable, en Stiles Street, a dos manzanas al norte del depósito de trenes hacia Filadelfia.

La habitación del piso alto olía a cebolla cocida, cera de suelos y devocionarios rancios.

Albergaba una estrecha cama de caoba con colcha de retazos remendada, un lavamanos de pino con una jarra de barro colmada de agua fresca de manantial, una mesa y una silla de asiento de espadaña.

La ventana daba a un patio tranquilo donde un arce amarillento deshojaba su fronda empapada bajo la ventisca.

—¿Cenará usted esta noche, señor Poe? —preguntó la señora Gorsuch, demorándose en el umbral con las manos en el delantal, reparando en la lencería inmaculada y en la insignia argéntea de los Hijos de la Templanza en su solapa.

—Cena no, distinguida señora, se lo agradezco —repuso Edgar con esa reverencia cortés y melancólica que siempre desarmaba a las patronas—.

Solo un poco de sosiego. Tengo un compromiso en Filadelfia el lunes, y la travesía fue singularmente ruda.

Si es tan amable de dejarme una vela nueva y cerciorarse de que el agua de la jarra esté limpia, no volveré a molestarla hasta la mañana.

La puerta se cerró. El cerrojo de hierro encajó con un chasquido.

Edgar depositó el bastón del doctor Carter sobre la mesa, se desabrochó la levita y se sentó al borde del lecho.

Alzó el brazo izquierdo hacia la pálida claridad de la ventana.

Soltó el botón del puño de su camisa de lino, arremangó la tela y contempló la cara interna de la muñeca, tres pulgadas por encima del pulgar.

Allí, medio oculta bajo el vello oscuro de su antebrazo, asomaba una cicatriz pequeña, blanquecina y en forma de medialuna, de apenas media pulgada de longitud.

La piel estaba lisa, enteramente cicatrizada y ligeramente fruncida, semejante al pinchazo de una espina o al raspón de una aguja de coser.

La rozó con la yema del índice derecho.

Al instante, una descarga eléctrica, aguda y punzante —análoga a la sacudida de una botella de Leyden— trepó por el nervio radial hacia el codo, irradiando hacia el hombro y el lateral izquierdo del cuello.

Filadelfia, susurró su memoria.

Fue a finales de junio. La urbe se cocía bajo un bochorno de treinta y seis grados; las alcantarillas apestaban a cólera y despojos de carnicería; él vagaba por los arrabales del Schuylkill en un estado de extenuación absoluta, con el seso desquiciado por el recuerdo de Virginia y el pavor a la bancarrota.

En un callejón detrás de una casa de postas de South Street, dio con una pequeña perra mestiza y amarillenta, agazapada bajo un carretón, temblando con violencia y con el hocico untado de una baba grisácea y seca.

Amaba a los animales desde que era un niño en el vergel de John Allan. Se había arrodillado en la inmundicia, hablándole a la bestia con su suave entonación de Virginia, tendiendo la mano para acariciarle las orejas enmarañadas.

El animal no gruñó. Tiró una dentellada —un espasmo involuntario, ciego y desesperado de sus fauces— y su colmillo afilado como una aguja rozó la piel de la muñeca.

Afloró una perla de sangre oscura; la perra huyó escurriéndose por la reja de un sótano; y Edgar, envolviendo el rasguño con su pañuelo de batista, prosiguió camino hacia la residencia de John Sartain sin conceder mayor importancia al lance.

Ochenta y cuatro días, computó la mente de Edgar, con esa frialdad deductiva y matemática con que antaño descifraba los criptogramas de Graham’s Magazine.

Doce semanas. El virus ha ascendido por los nervios periféricos a razón de un tercio de pulgada cada veinticuatro horas. Ha alcanzado el bulbo raquídeo.

Se puso en pie del jergón.

Avanzó hacia el lavamanos de pino, donde la jarra de barro reposaba en su palangana, rebosante de agua limpia y fría de la bomba.

No bebía un sorbo desde que el vapor rebasó Fortress Monroe. Tenía la lengua como lija; sentía la garganta como si hubiese sido tapizada de vidrio pulverizado; todo su organismo imploraba humedad con la agonía desesperada de un viajero extraviado en el Sahara.

Alargó la mano para asir el asa de barro.

Antes de que sus dedos rozaran la loza, una convulsión brutal y espantosa sacudió su diafragma.

El aliento se le cortó en seco. Los músculos de la laringe se cerraron con la violencia inexorable de un tornillo de banco, asfixiándolo en un parpadeo.

Un terror indecible, de naturaleza preternatural —un espanto que nada tenía que ver con la razón, un pánico fisiológico y primario más remoto que la corteza cerebral— brotó de la base de su columna vertebral e inundó su cráneo de fuego líquido.

Retrocedió espantado del lavamanos, llevándose las manos al cuello, tropezando con los faldones de la colcha, y cayó de espaldas contra el entarimado.

Quedó tendido en la penumbra, jadeando, llorando, con el pecho sacudido por sollozos secos y desgarradores, contemplando la jarra de agua sobre la mesilla como un reo de muerte contempla el tajo del verdugo.

El agua estaba allí. Era pura. Era la vida.

Y su propia carne se había transmutado en una muralla de hierro que le vedaba rozarla.

[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]

¿Tiene usted noción de lo que es la hidrofobia, lector mío?

En sus tratados médicos la diseccionan con tecnicismos latinos: «lyssavirus», «encefalitis», «espasmo laríngeo». Le explican que se trata de una afección de las glándulas salivales.

No le refieren que consiste en la escisión del alma respecto a la bestia.

Durante cuarenta años, mi entendimiento gobernó a mi carne con mano soberana.

Podía mandar a la mano componer «El Cuervo»; podía ordenar a la voz recitar ante doscientos desconocidos; podía exigir al orgullo perecer de inanición antes que pedir limosna.

Y ahora, una gota de baba de un can vagabundo había profanado el santuario.

Mi intelecto permanecía sobre el mirador del cerebro: entero, lúcido, analítico, contemplando a la bestia inferior volverse loca de remate.

Tenía sed, amigo. ¡Dios sabe cuánta sed padecía!

Y cada gota de lluvia tras el cristal era un verdugo que afilaba su hacha.