Capítulo Tercero Los Vagones del Oeste
✦ ❖ ✦
La sangre había calado la estera hasta teñir las tablas de pino inferiores.
En el rincón, entre las lascas azogadas del espejo hecho añicos, el hombre de levita negra yacía de costado, con las manos entrelazadas sobre la herida que manaba bajo las costillas.
Su respiración se había reducido a un estertor ronco y húmedo que sobrevenía una vez cada cuatro segundos, a semejanza del goteo de una bomba averiada.
El segundo hombre permanecía de pie ante él, sosteniendo la vela en la mano izquierda.
Sus dedos se movían con febril premura. Se arrodilló en el charco escarlata, desabrochó la levita del agonizante, separó el paño rígido de los hombros laxos y liberó los brazos de las mangas.
Del bolsillo interior extrajo la cartera de tafilete marroquí que albergaba los mil quinientos dólares, la carta sin echar dirigida a Maria Clemm y el pasaje del ferrocarril de Baltimore un pantalón de lana llena de rebabas, raído y cubierto de barro reseco, que concluía tres pulgadas por encima de los tobillos; un par de zapatos desfondados de jornalero con los contrafuertes aplastados; y, arrojado sobre la cama, un grotesco sombrero de hojas de palma podrido por la humedad de un verano pretérito.
Embutió al moribundo en el bombasí. La tela áspera comprimió el torso ensangrentado; un quejido de agonía atroz brotó de los labios cárdenos cuando los brazos fueron introducidos a la fuerza en las mangas acortadas.
—Tómelos —susurró el hombre en pie, con la voz temblando en la sombra—. Quédese con los andrajos. Herede la zanja. El Cuarto Distrito busca a un borracho, y usted se lo proporcionará cumplidamente.
Arrastró el cuerpo inerte por la escalera trasera de la Taberna de la Locomotora, a través de la cocina desierta que apestaba a grasa fría, y salió al callejón oscuro y batido por el vendaval a espaldas de President Street.
La ciudad de Baltimore dormía bajo una tromba de agua helada.
Apuntaló al moribundo contra la pared de ladrillo de una fundición de hierro, le encasquetó el sombrero de palma destrozado sobre la frente abombada y sangrante, y dio la espalda al callejón sin volver la vista.
Diez minutos más tarde aguardaba bajo los faroles de aceite humeantes de la estación de pasajeros de President Street, esperando el convoy del oeste.
✦ ❖ ✦
La locomotora Mount Clare reposaba en la vía central; su caldera de hierro siseaba bajo el temporal, y su alta chimenea despedía una columna de humo negro de pino que se aplastaba contra los techos mojados de los vagones.
El viajero de la levita de paño negro subió por los estribos de hierro del coche de cola.
Tomó asiento en el rincón junto a la ventanilla, se encasquetó el sombrero de castor sobre los rizos oscuros y acomodó el bastón vacío de malaca del doctor Carter entre las rodillas.
Bajo el abrigo, su mano apresaba contra el pecho la gruesa cartera de tafilete.
Mil quinientos dólares.
Sonó un silbato: un alarido largo y penetrante que retumbó en los edificios de inquilinos de Baltimore.
Los enganches de hierro tiraron con una sacudida; las ruedas motrices mordieron con dificultad los rieles resbaladizos; y con un estruendo ensordecedor y acompasado de vapor, el tren se precipitó hacia el oeste en la noche, rumbo a Relay House, el desfiladero del Patapsco, Cumberland y las montañas tenebrosas de la frontera de Ohio.
Miró a través del cristal.
Las luces de Baltimore se deslizaban hacia atrás en la tormenta: primero el depósito de máquinas, luego las agujas de los templos y después el resplandor amarillento y distante del Cuarto Distrito, donde las turbas electorales comenzaban a congregarse bajo los toldos de las cantinas.
Se consumó, pensó, recostando la sien contra el cristal helado.
La pesadilla ha concluido. Dejé el cadáver a mis espaldas en el fango.
Que lo hallen tendido frente a Gunner’s Hall; que lo entierren en el cementerio presbiteriano; que Griswold redacte su necrológica y propague sus infamias.
Soy libre. En Cumberland compraré una granja; en Wheeling instalaré una imprenta; escribiré bajo un nombre que jamás haya sido arrastrado por las gacetillas de policía.
Sonrió: la sonrisa lenta y victoriosa del hombre que ha burlado a su propio destino.
[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]
Detenga el convoy.
¿Me escucha usted, lector? Tire del cordel de alarma. Accione el freno de mano. Haga que las chispas broten de las ruedas hasta que el acero chille sobre el riel.
Mire al pasajero en el asiento del rincón. Sonríe satisfecho. Se felicita por su evasión. Cree ser Edgar Allan Poe, y supone que el hombre que expira en la zanja no es más que un histrión con un sombrero prestado.
Observe lo que acontece cuando se mira en el cristal.
A cuatro millas de Baltimore, en el recodo donde los rieles serpenteaban junto a las aguas negras del Patapsco bajo los sicómoros chorreantes, el pasajero se inclinó para limpiar el vaho de la ventanilla.
El vidrio se había enfriado. Una película de humedad se acumulaba en el interior, a través de la cual su rostro lo contemplaba a la luz oscilante de la lámpara de aceite del pasillo.
Examinó su propio reflejo.
La frente alta y despejada estaba allí: convexa y pálida. El bigote oscuro estaba allí. La levita de paño negro estaba allí.
Soy Edgar Allan Poe, susurró al cristal con aquella inflexión aristocrática y queda de Virginia. El autor de El Cuervo.
Volvió a sonreír, y para cerciorarse de su propia identidad —para escuchar la armonía de su espíritu por encima del estrépito de la caldera—, entreabrió los labios para declamar la tercera estrofa del poema:
«Y el crujido triste, vago, incierto…»
Se detuvo.
La palabra se le atravesó en la garganta como una espina atragantada.
Probó de nuevo: «Y el crujido… triste… vago…»
¿Cuál era el adjetivo siguiente? ¿Acaso sombrío? ¿Acaso funesto? ¿Acaso tenebroso?
Frunció el entrecejo, mientras una aguja de pánico gélido le atravesaba el centro de la frente. Por supuesto que conoces la rima, se increpó a sí mismo. La compusiste en la cabaña de Fordham mientras Sissy dormitaba. ¡Es el verso más célebre de América entera!
Cerró los ojos. Rastreó en las cámaras de su memoria: buscó la cadencia, el metro, la arquitectura matemática del verso.
No halló nada.
La estancia de su cerebro donde habitaban los poemas yacía desierta.
No estaba a oscuras: estaba vacía. Un salón encalado al que le hubiesen despojado de todo mobiliario, que apestaba a afeites de teatro y sebo de candilejas.
Recordaba los aplausos; recordaba las reverencias de etiqueta; recordaba permanecer sobre los estrados mientras las damas lloraban conmovidas; pero de los versos en sí —de la delicada relojería interna que engarzaba las sílabas— no quedaba una sola brizna.
Abrió los ojos con espanto.
Alzó la diestra bajo el haz de la lámpara.
Examinó el dedo medio: el dedo que había sostenido la pluma de acero a lo largo de veinte años de críticas feroces, relatos y cartas a Muddy.
La piel era tersa.
No había rastro de tinta incrustado en el grano del nudillo.
No había callosidad alguna donde el mango de la pluma hubiese presionado contra el hueso.
La mano era blanca, ágil y cuidada: la mano de un comediante de segunda fila que había encarnado a Horacio en Boston y al Duque en Filadelfia, y que jamás en su existencia había compuesto un solo endecasílabo.
—Dios todopoderoso —brotó de su garganta: una voz aguda, quebradiza y chillona que no conservaba el menor vestigio de Virginia—. No… no…
Miró a la negrura de la ventanilla.
El reflejo no le devolvió la sonrisa. Poseía la levita de paño fino cepillada; poseía los mil quinientos dólares en la cartera de tafilete; poseía la vaina vacía de malaca del doctor Carter y un pasaje de primera clase hacia la frontera de Ohio.
Había usurpado la existencia del poeta más insigne de América, y había dejado a su víctima embutida en los harapos de bombasí de un peón ferroviario para morir frente a una cantina del Cuarto Distrito.
Mas al precipitarse la máquina Mount Clare en la tenebrosa garganta del Patapsco, aullando su silbato de hierro contra la lluvia, el fugitivo comprendió la espantosa burla de aquel canje:
Se había apoderado de la bolsa, del atuendo y del porvenir; y había dejado al genio desangrándose en el fango de Baltimore.
Por el resto de sus días mortales, en cualquier villorrio del oeste donde ocultase su faz, no sería más que un espectro habitando un traje robado: esperando en vano una melodía que se había quedado abandonada sobre el banco de Gunner’s Hall.
En el asiento de felpa del coche rumbo al poniente, el comediante Henry Perry sepultó el rostro entre sus manos limpias y desprovistas de tinta, y rompió a llorar desconsoladamente.
(Fin de la Iteración 04 — Cierre el volumen por esta noche, o regrese al muelle de Light Street para abrir la Puerta V)