La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Segundo La Espada en el Bastón
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Capítulo Segundo La Espada en el Bastón

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Durante tres jornadas continuas, la puerta de la estancia superior de la Taberna de la Locomotora permaneció cerrada con pestillo por dentro.

Abajo, el salón de bebidas se llenaba y vaciaba de fogoneros del ferrocarril, boyeros y cuadrillas de peones de vía irlandeses.

En el patio de maniobras, las locomotoras de leña silbaban y vomitaban chispas de pino hacia la lluvia de octubre, haciendo patinar sus ruedas tractoras de hierro mientras enganchaban convoyes rumbo al vado del Susquehanna.

Nadie ascendía por la oscura escalera excepto la fregona de la cocina, quien dos veces por jornada depositaba una hogaza de pan duro, un jarro de agua y dos velas en el descansillo, golpeando una vez la madera y retirándose sin esperar contestación.

En el interior del aposento, dos hombres sentados al borde del jergón de crin se vigilaban mutuamente a la luz mortecina de un cabo de sebo que goteaba sin cesar.

No habían conciliado el sueño.

Cada vez que Edgar cerraba los párpados, su calentura estallaba en un caleidoscopio de plumas negras arremolinadas, y en esa fracción de segundo percibía el aliento del otro sobre su mejilla, con un vaho sutil a clavo y tabaco; cada vez que el doble se inclinaba hacia el sopor, Edgar se erguía desde su banqueta, con el bastón del doctor Carter atravesado sobre los muslos, vigilando el compás del chaleco de paño negro que calcaba el suyo hasta en el último botón de asta.

—Luce usted enfermo, Edgar —susurró Perry la segunda noche.

La voz emergía de las sombras junto a la chimenea apagada: suave, burlona e infinitamente fatigada—.

Ese escalofrío por su espina dorsal… ese calor seco en las palmas de sus manos.

Lo trajo pegado desde el Hotel Exchange, ¿verdad?

Creyó haber triunfado porque doscientos necios provincianos en Richmond batieron sus pañuelos ante El Cuervo.

Imaginó que podría desposar a Elmira Shelton y vivir de rentas bancarias a la manera de un abacero retirado.

Edgar no respondió. Clavaba la vista en las manos de aquel hombre: largas, finas, manchadas de tinta en el nudillo del dedo medio, idénticas a las suyas.

—No puede usted desposarla, Edgar —prosiguió el doble, apoyando la barbilla en la palma—.

Sabe de sobra que es imposible. Un decoroso hogar virginiano no tiene aposento para un hombre que se ha asomado a la garganta del abismo.

Se sentaría usted a su mesa de caoba y tendría que soportar el desdén de Southall hacia su camisa raída; la vería rezar sobre su taza de té para alejarlo del coñac; contemplaría su piano y recordaría la sangre de Virginia manchando el marfil de las teclas hasta transformar la casa entera en un panteón.

El doble se inclinó hacia adelante, entrando en el círculo dorado de la vela.

—Entrégueme la cartera, Edgar.

La mano de Edgar se crispó sobre su pecho.

—El caudal pertenece a The Stylus.

—No existe tal Stylus —murmuró Perry con dulzura—.

Jamás existió. Fue una quimera que usted forjó para persuadirse de que su indigencia era transitoria.

Entrégueme los mil quinientos dólares. Entrégueme la carta dirigida a la señora Clemm.

Yo abordaré el tren con destino a Filadelfia; corregiré los versos de la señora Loud; me presentaré en Richmond el diecisiete y conduciré a Elmira hasta el altar.

—¿Usted? —susurró Edgar, con la voz temblando de horror.

—¿Por qué no yo? —El doble se puso en pie, atusándose la levita con esa gracia marcial y pulcra que había conquistado el corazón de Sarah Elmira Royster cuando ella contaba quince años—.

¡Míreme bien! ¿Acaso no soy Edgar Allan Poe?

Conozco de memoria cada endecasílabo de sus poemas; poseo su cadencia; tengo su melancolía; conservo su orgullo.

Mas poseo algo que usted ha extraviado para siempre, hermano mío: conservo un hígado intacto y dos pulmones sanos.

Puedo sentarme a su mesa y apurar agua fresca sin temblar como una vieja tullida. Puedo regalarle veinte años de sosiego.

Perry extendió la mano abierta, con la palma hacia arriba, bajo la luz del pabilo.

—Deme la levita, Edgar. Permítame heredar la vida. Está usted rendido. Lleva exhausto desde que la niña expiró en la nieve de Fordham. Tiéndase sobre este jergón y deje que el mundo crea que ha perecido en Baltimore. Es lo que llevan diez años esperando de su persona.

[ E.A.P. // AL LECTOR ]

Advierta usted, lector, con qué diabólica sensatez razona el adversario.

No me ofrecía oro; no me prometía la gloria terrenal.

Me brindaba el reposo. Se ofrecía a cargar sobre sus espaldas el fardo abrumador y humillante de mi propio nombre —ese apellido que se había transformado en sinónimo de penuria, desvarío y promesas truncadas— y conducirlo hacia la luz, mientras yo me deslizaba en la penumbra bienhechora.

¿Sabe usted por qué me negué?

Por la epístola custodiada en el reloj.

La noche del miércoles, en el salón de Grace Street, redacté una confesión destinada a Elmira y la sellé con lacre gris.

En ella estampé: «Si un individuo que ostente mis facciones se presenta ante su puerta en Richmond, o si le llegan noticias de que Edgar Poe fue hallado arruinado en un arroyo del norte, mírele las manos.

Si no exhiben la cicatriz de la pluma de acero sobre el segundo dedo —si son las manos tersas de un comediante—, ciérrele el portal en las narices, pues es la sombra que me ha dado caza desde la cuna».

El doble ignoraba el contenido de ese pliego. Y por esa sola razón tenía que morir.

—No —dijo Edgar.

La palabra fue menuda, mas resonó en la habitación helada con la contundencia de una verja de hierro que se desploma en sus goznes.

El doble se detuvo. Sus facciones, que habían mostrado afabilidad y persuasión, se petrificaron en una máscara de cólera salvaje y glacial.

—Entonces perecerá usted aquí, Edgar —siseó Perry, interponiéndose entre el poeta y la salida—. En esta buhardilla. Y arrancaré la cartera de su cadáver.

Extrajo una porra de fresno de debajo del jergón: un bastón pesado, emplomado en su extremo, semejante al que empleaban los celadores ferroviarios en los convoyes nocturnos.

Edgar se levantó de la banqueta.

La fiebre había consumido el temblor de sus coyunturas; su inteligencia operaba con esa raciocinación fría y geométrica que precedía a sus ensayos mayores.

No retrocedió un milímetro. No pidió auxilio.

Permaneció erguido en el centro de las tablas desnudas, justo frente al espejo alto y desportillado de marco dorado, y clavó la vista en el doble que se alzaba ante él.

En el azogue a espaldas de Perry, el reflejo de ambos hombres se fundía en una sola silueta espectral, partida en dos por la hendidura del cristal roto.

Clic.

El pulgar de Edgar presionó el resorte argénteo bajo la garganta del lebrel de marfil.

La hoja de dieciocho pulgadas de acero azul toledano saltó del fuste de malaca con un siseo prolongado y vibrante. El metal bebió la lumbre amarillenta de la vela, despidiendo destellos azulados y fríos como la escarcha de enero.

—El bastón es de Carter —dijo Edgar, bajando el barítono a un susurro sereno y letal—. La espada es mía.

Perry arremetió con la maza emplomada.

El nogal cruzó el aire con un zumbido siniestro, rozando la oreja de Edgar por una fracción de pulgada y pulverizando la jofaina sobre la cómoda en cien fragmentos de porcelana blanca.

Edgar se coló bajo el golpe —la respuesta clásica de esgrima aprendida en los manuales franceses de West Point— y descargó la punta toledana hacia adelante con todo el peso del hombro.

El acero azul halló resistencia: paño de lana, entretela, músculo y hueso.

Un gemido sordo escapó de la garganta del doble: no un alarido, sino un estertor ahogado, húmedo y sofocado como el pinchazo en una vejiga. La hoja penetró bajo la quinta costilla, tres pulgadas adentro, clavándose en el corazón de la levita negra.

La porra rodó de los dedos de Perry, rebotando sobre las tablas de pino.

Los dos hombres quedaron fundidos en el centro de la estancia en penumbra, pecho contra pecho, con los rostros rozándose a la luz del pabilo.

Edgar sintió el borbotón espeso y tibio de la sangre empapar sus propios puños; percibió el hedor salobre de la herida; y al clavar la mirada en los ojos agonizantes del semejante, vio su propia mirada gris avellana contemplándole: abierta, insondable y colmada de una piedad agónica e insoportable.

—En mí… —susurró Perry, con los labios espumando una sangre escarlata que le teñía el bigote pulcro—, …en mí existías…

Se tambaleó hacia atrás contra el tabique. Su cabeza chocó contra el espejo alto; el cristal estalló con un fragor atronador, desparramando una lluvia de puñales azogados sobre el piso.

Resbaló hasta quedar sentado en el rincón, arañando con ambas manos la hoja azul que aún sobresalía de su costado, respirando en jadeos breves y cavernosos.

Edgar permaneció de pie ante él, empuñando el fuste vacío de malaca en su puño convulso, con el pecho anhelante y el rostro blanco como el yeso.

Entonces, desde el suelo, entre los vidrios astillados, el moribundo alzó la vista a través de la oscuridad y articuló la postrera, espantosa e imposible interrogación:

—¿A cuál de los dos… atravesaron con el acero, hermano?