Capítulo Primero El Segundo Edgar
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EL REGISTRO FORENSE
(La Verdad Histórica Documentada)
Antes de que la máquina registre la cuarta muerte, el acta forense debe asentar la anomalía espectral que recorrió la existencia y la literatura de Edgar Allan Poe:
El Doble en el Canon. En octubre de 1839, en el Burton’s Gentleman’s Magazine, Poe dio a la estampa William Wilson, su relato más autobiográfico y sobrecogedor.
En él, el narrador es hostigado desde sus días escolares en Stoke Newington a través de West Point, Oxford y Roma por un doble exacto —idéntico en fisonomía, andadura y fecha natalicia (19 de enero)— que se expresa únicamente en un susurro quedo, interviene cada vez que el protagonista se dispone a cometer un desafuero o caer en el vicio, y es ultimado finalmente ante un espejo donde el doble agonizante susurra: «En mí existías…
y, en mi muerte, contempla por esta imagen, que es la tuya propia, cuán enteramente te has asesinado a ti mismo».
La Máscara de Edgar A. Perry. En mayo de 1827, después de que John Allan lo expulsara de su hogar en Richmond sin un céntimo, Edgar, a sus dieciocho años, se alistó en el ejército de los Estados Unidos en Boston bajo el nombre fingido de Edgar A.
Perry. Durante dos años sirvió en calidad de soldado raso bajo la identidad de otro hombre, alcanzando el rango de sargento mayor de artillería.
La costumbre del seudónimo —el hábito de abandonar a un individuo para que otro camine sobre la tierra— constituyó una tentación permanente en sus nervios.
El Cadáver Irreconocible. Cuando el doctor Joseph Evans Snodgrass se apersonó en Gunner’s Hall el 3 de octubre de 1849, su primera impresión fue que la figura inerte tendida en el banco era la de un impostor.
El rostro aparecía abotagado, las facciones toscas, el cabello revuelto y las manos carecían del porte pulcro y delicado del autor a quien había agasajado en Filadelfia.
Incluso en el Washington College Hospital, su primo Neilson Poe consignó que el moribundo parecía alterado hasta rebasar el reconocimiento de sus deudos más próximos.
El Fantasma en Otras Urbes. A lo largo de la década de 1840, los directores de periódicos en Nueva York y Filadelfia publicaron de manera reiterada sueltos afirmando que Edgar A.
Poe había sido avistado en tabernas de Boston o Albany en un estado de salvaje embriaguez: en fechas exactas en que epístolas, originales y testigos vivientes atestiguaban que velaba sobrio junto al lecho de su esposa agonizante en Fordham.
Poe se vio continuamente perseguido por un fantasma que tomaba prestado su nombre para beber a su costa.
Aquí fenece el registro. Lo que sigue es la cuarta probabilidad.
[ E.A.P. // AL LECTOR ]
Se ha topado usted con él en sus propias pesadillas, ¿verdad?
El otro. Aquel que permaneció en la aldea cuando usted partió hacia el mundo; el que tomó la senda que usted fue demasiado prudente para hollar; el que consumó el pecado que usted únicamente contempló en la penumbra.
Todo autor es padre de espectros, mas yo fui algo peor: fui un creador acosado por sus propios personajes de ficción.
Durante veinte años lo vi seguir mis pasos como una sombra.
Se hallaba en la cantina cuando yo velaba ante mi pupitre; yacía en la cuneta cuando yo declamaba sobre el estrado; encarnaba la sombra que Rufus Griswold vislumbraba cada vez que hojeaba mis libros.
Mire al otro lado del muelle de Baltimore. Allí aguardan los toneleros; allí el foquero; allí el leguleyo de Virginia. Mas no son más que hombres mortales. La cuarta sombra es la que me pertenece por entero.
La lluvia comenzaba a transformar el polvillo de carbón del muelle de Light Street en un fango espeso y negro como tinta de imprenta.
Edgar permanecía al pie de la plancha de desembarco del Pocahontas, con el caudal gélido del Patapsco a sus espaldas y el bastón de malaca del doctor Carter apretado en el puño derecho.
A su izquierda, Hollis Dorsey le hacía señas con su sombrero de dependiente; a lo largo del atracadero, Ezekiel Glass cargaba su arcón; junto a la parada de carruajes, Beverly Bland descendía de su cupé.
Edgar no miró a ninguno de ellos.
Al otro lado de la calzada cenagosa de Pratt Street, guarecido en el vano del portal de una tienda de aparejos marinos bajo un cuadrante de madera dorada, aguardaba de pie un hombre cuya mirada se clavaba en el rostro de Edgar con la fijeza terrible y desprovista de pestañeo de un espejo azogado.
Aquel hombre frisaba los cuarenta años de edad.
Era enjuto, de cinco pies y ocho pulgadas de estatura, con el porte marcial e indudablemente erguido de un artillero de tropa.
Lucía una levita de paño negro bien cepillada, cuyo terciopelo mostraba destellos grisáceos por el roce en los codos; su lencería era nívea como hueso a la garganta; sus cabellos castaño oscuro caían en ondas naturales sobre una frente amplia y luminosa.
Bajo la nariz corría un bigote esbelto y melancólico, recortado con precisión milimétrica; sus pupilas gris avellana, hundidas en órbitas trágicas y profundas, contemplaban la lluvia con una expresión de fatigado y sardónico reconocimiento.
Llevaba puesto el rostro de Edgar Allan Poe.
Por espacio de diez latidos, el estrépito de los muelles de Baltimore se extinguió en los oídos de Edgar.
El siseo de las válvulas de vapor, las blasfemias de los carreteros, el crujido de las llantas de hierro sobre los adoquines…
todo quedó suspendido en un silencio absoluto y vibrante, a través del cual solo acertaba a percibir el golpe pesado y acompasado de su propio corazón.
El hombre del portal alzó su bastón. Era una vara común de fresno con contera de latón, mas la levantó en un saludo militar seco y formal: el saludo del Primer Regimiento de Artillería en Fortress Monroe.
Luego dio media vuelta, abandonando el portal del almacén naval, y enfiló la calle Pratt hacia la estación de President Street.
Edgar lo siguió.
No razonó; no sintió el agua helada calándole el sombrero de castor negro; no recordó los versos de la señora Loud en Filadelfia ni la boda reservada en la colina de Richmond.
El universo se había contraído en una sola necesidad ineludible y atroz: dar alcance al fantasma que le había arrebatado la piel.
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La persecución fue pausada, rítmica y callada como un mal sueño.
El desconocido marchaba dos manzanas por delante, sin precipitarse jamás, con los faldones de su levita negra ondeando al viento del puerto y sus botas esquivando las rodadas amarillentas de lodo con ese paso ágil y enérgico que Edgar reconoció con una intimidad nauseabunda.
Cada vez que Edgar apretaba el paso, el desconocido aceleraba el suyo; cada vez que Edgar se veía forzado a detenerse en el bordillo mientras un carromato de maderos cruzaba el fango, el desconocido se paraba ante el escaparate de una estampería, con las manos entrelazadas a la espalda, examinando los grabados en acero con la tranquila distancia crítica de un director de revista en su paseo vespertino.
En la esquina de las calles President y Fleet, a tres portales de la estación de pasajeros de ladrillo donde las máquinas del norte maniobraban con bramidos de vapor desatado, el desconocido torció hacia un angosto patio empedrado.
Sobre la arcada oscilaba un farol de hojalata golpeado por el viento: TABERNA DE LA LOCOMOTORA — ALIMENTOS Y CAMAS PARA VIAJEROS.
El individuo subió la oscura escalera de madera al fondo del despacho de bebidas sin dirigir la palabra al cantinero, haciendo sonar sus tacones sobre los peldaños desnudos en una cadencia aguda y familiar.
Empujó la puerta sin pestillo de una habitación del piso alto, se internó en ella y dejó la hoja entornada a sus espaldas.
Edgar alcanzó el descansillo. El aliento le silbaba en el pecho como guisantes secos dentro de una vejiga; su mano izquierda oprimía la cartera de tafilete marroquí a través de la pechera; su diestra enarbolaba el bastón del doctor Carter, con el pulgar posado sobre el resorte plateado bajo la mandíbula del lebrel.
Empujó la hoja con el hombro.
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El aposento era estrecho, glacial y estaba alumbrado por una solitaria vela de sebo que ardía en un platillo sobre una cómoda de pino.
Un camastro de hierro con jergón de crin ocupaba un lienzo de pared; una jofaina agrietada descansaba dentro de un lebrillo; y entre las dos ventanas, que daban a las vías mojadas del ferrocarril de Filadelfia, colgaba un espejo alto y rectangular en un marco dorado y desportillado.
El desconocido se hallaba de pie ante la chimenea, donde un puñado de carbón bituminoso humeaba sin romper en llamas. Había colgado su sombrero en una percha; llevaba la levita negra desabrochada, revelando un chaleco de raso negro gastado; y tendía las manos hacia la rejilla apagada.
Al cruzar Edgar el umbral, el hombre volvió la cabeza, y al resplandor amarillento del cebo la semejanza resultó tan perfecta, tan espantosa en su minuciosa exactitud, que Edgar sintió flaquearle las corvas.
—Se tomó usted su tiempo en el atracadero, Edgar —dijo el individuo.
La voz no era estentórea. Era un barítono límpido y sonoro, con esa cadencia aristocrática y pausada de Virginia, mas modulado en ese registro singular, a media voz y casi en susurro, que había mantenido al salón de actos del Hotel Exchange en un sobrecogido silencio tres noches atrás.
—¿Quién es usted? —susurró Edgar, con el bastón de marfil temblando en su puño.
El desconocido rio: una exhalación breve, seca y melancólica que no llegó a rozarle las pupilas.
—Soy el hombre que bebe cuando usted permanece sobrio —contestó el doble—.
Soy el hombre que empeñó el chal de Virginia en Boston mientras usted lloraba de rodillas junto a su mano en Fordham.
Soy el caballero a quien vieron tambalearse por los Five Points mientras usted disertaba sobre las esferas celestes ante las damas de Providence.
Dio un paso hacia la claridad de la vela, clavando sus ojos gris avellana en el semblante de Edgar con una expresión de despiadada piedad fraterna.
—Me llamo Henry Perry, Edgar. O Edgar Perry. O William Wilson. Escoja el apelativo que mejor cuadre con su métrica. Los ha empleado todos.