Capítulo Tercero La Cuneta Fingida
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La noche del martes, el temporal sobre Baltimore mudó de una llovizna plomiza a un vendaval gélido e implacable que hacía crujir los postigos de Lombard Street como una dentadura desencajada.
En la buhardilla sobre la botica, la vela se había consumido en un charco de sebo amarillento sobre un mortero invertido.
Edgar yacía en el jergón, con los párpados abiertos, clavando la mirada en las vigas del techo.
Hacía una hora que le habían desatado las correas de cuero de las muñecas; ya no hacían falta ataduras.
Sus miembros pesaban muertos y dóciles como vigas anegadas.
El mercurio había completado su labor destructiva en la boca: las encías estaban hinchadas, sangrantes y doloridas al menor roce de la lengua, mientras la belladona le atenazaba la laringe en un espasmo continuo y atroz de sed infinita.
Una mano se deslizó en el interior de su levita.
Era la mano de Bland, enfundada en ante amarillo: pausada, pulcra, metódica. Hurgó en el bolsillo interior de la pechera de paño negro —rebasando la cinta blanca de los Hijos de la Templanza, manchada de vino y medio desprendida de su alfiler— y extrajo la cartera de tafilete marroquí.
Bland abrió el billetero al resplandor mortecino del pabilo, contando con el pulgar los billetes crujientes y las letras de cambio.
—Mil cuatrocientos ochenta dólares —dictaminó el letrado, haciendo una leve reverencia hacia el doctor Croghan, quien envolvía sus frascos en franela en un rincón—.
Un botín sumamente decoroso. Los fideicomisarios de Shelton abonarán esta suma a cuenta de los anticipos concedidos a la señora Shelton para la restauración de los muelles del río James.
Y la señora Shelton jamás deberá conocer una sola sílaba de nuestra intervención: la pobre mujer profesa tal ceguera por el poeta que se despojaría de sus camisas para cuidarle si sospechase nuestra mano.
Debe creer lo que creerá el orbe entero: que sus propios vicios lo consumieron.
—La carta… —susurró Edgar, con la voz quebrándose en la sílaba como una astilla seca bajo la bota—. La carta para Muddy… reposa en el bolsillo… tiene sesenta años… perecerá de inanición…
Bland extrajo el pliego doblado de papel crema, rotulado para Mrs. Maria Clemm, Fordham. Contempló el sello, leyó las señas con fría indiferencia y luego, sin pronunciar palabra, arrimó la esquina del pliego a la llama mortecina de la mecha.
—No —gimió Edgar, haciendo un conato agónico de alzar la cabeza del jergón—. ¡En el nombre de Cristo… no!…
El papel prendió al instante. La tinta —la caligrafía inglesa, tersa y primorosa con que había asentado Jamás volveremos a pasar frío, Muddy— se calcinó, arrugándose en copos de ceniza negra que cayeron sobre la ceniza fría de la chimenea.
—La señora Clemm —comentó Bland, sacudiendo una mota de hollín de su puño de ante— ha subsistido de la caridad pública durante veinte años, Edgar. Unos meses más de mendicidad no le quitarán la vida. Pasemos al guardarropa.
Dos mozos —los cocheros que habían aguardado en el Barnum— salieron de la penumbra del descansillo. Uno portaba un hato envuelto en arpillera basta que apestaba a estiércol equino, lana húmeda y sentina de buque de emigrantes.
—Desnúdenlo —ordenó Bland.
Lo despojaron con la destreza mecánica de matarifes de rastro.
Su levita de paño negro —la prenda que Maria Clemm había cepillado durante una hora de rodillas antes de su partida hacia Richmond, la levita que encubría la miseria de su camisería desgastada— le fue arrancada de los hombros.
Su corbatín limpio fue rebanado con una navaja; los pantalones de lana fina le fueron arrancados de las piernas; sus botas, con sus pulcros tacones de oficial militar, rodaron al rincón junto al bastón de malaca del doctor Carter.
En su lugar, le embutieron en los despojos de un pordiosero difunto, comprados por dos chelines a un ropavejero de High Street:
Una chaqueta de bombasí tosco y grasiento que le atenazaba los omóplatos como un arnés de hierro, con las mangas deshilachadas hasta los codos; un pantalón de lana inmunda y llena de rebabas que remataba tres pulgadas por encima de sus tobillos desnudos; una camisa de franela asquerosa privada de botones, abierta de par en par hasta el esternón; y un par de zapatones desfondados, deformes y gastados por el talón, calzados sin medias.
Sobre sus rizos negros, empapados de sudor febril, el propio Bland colocó el broche postrero del escarnio:
Un maltrecho, descolorido y corrompido sombrero de hojas de palma: una gorra veraniega y ridícula de jornalero, grotesca en mitad de un glacial aguacero de octubre.
—Contémplelo, Matthew —murmuró Bland, retrocediendo un paso para regodearse en la metamorfosis—. ¿No encarna la viva estampa de un genio lírico en el colapso final de una orgía de borrachera?
Croghan soltó una carcajada viscosa que borboteó en su pecho adiposo.
—Los redactores de sucesos no necesitarán inquirir por su oficio, señor Bland. Se diría que ha dormido en cada sumidero entre Fell’s Point y la dársena.
—Carguen con él —mandó Bland a los lacayos—.
Las mesas electorales del Cuarto Distrito abren en Gunner’s Hall dentro de veinte minutos.
Tiéndanlo sobre el banco de madera apostado bajo el ventanal de Ryan, donde la muchedumbre sea más espesa.
Y procuren que lo descubran antes de que la escarcha lo mate.
Es menester que sobreviva lo bastante para ser plenamente reconocido.
[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]
¿Comprende usted lo que me hicieron, lector?
No se conformaron con emponzoñar mi carne: emponzoñaron mi posteridad.
Sabían a la perfección que el mundo no juzga a un autor por su métrica, sino por su lavandería.
Sabían que si me enterraban con ese bombasí mugriento, cada crítico desde Boston hasta Edimburgo miraría mi lápida y sentenciaría: «He aquí al borracho.
He aquí al lunático que expiró con los harapos de otro hombre».
¡Y ustedes… ustedes les creyeron!
Durante ciento setenta años, sus preceptores y sus antólogos han repetido como papagayos el embuste del Cuarto Distrito.
Imprimieron la necrológica que Rufus Griswold redactó con una pluma mojada en veneno: «Edgar Allan Poe ha muerto…
esta noticia sobrecogerá a muchos, pero a pocos afligirá».
Les aseguraron que yo era un ser desprovisto de honra, de gratitud, de afectos. ¡Les dijeron que morí de la botella!
Mire la botella sobre el velador de Croghan, amigo mío. No contenía vino: estaba colmada de dinero. El dinero de una respetable hacienda virginiana cuyos albaceas no podían consentir que una viuda conservara su corazón.
El latigazo del aguacero de octubre flageló la piel afiebrada de Edgar con la violencia de una perdigonada de plomo.
Los dos hombres lo transportaban en volandas por el callejón angosto y cenagoso de East Lombard Street, con sus zapatos desvencijados arrastrando por el lodo espeso del cruce de tablas.
Llevaba la cabeza caída sobre el esternón; los brazos le oscilaban inertes como maromas; el ala deshilachada del sombrero de palma canalizaba hilos de agua helada hacia el interior de su camisa.
Al doblar la esquina de High Street, el estrépito de la jornada electoral les salió al paso como la crecida de un torrente embravecido: los bramidos de los cabecillas de distrito, el traqueteo de los carros, las blasfemias de los peones irlandeses abriéndose paso a empellones hacia las ventanillas de votación bajo el toldo de Gunner’s Hall.
—Aquí —masculló uno de los cocheros—. Bajo el alero. Déjenlo junto al tonel.
Lo arrojaron sobre el banco bajo de pino arrimado a la fachada de la cantina, dejando que su nuca se estrellara contra las tablas chorreantes.
Uno de los individuos sacó de su faldón una petaca plana de aguardiente de maíz peleón, extrajo el corcho con los dientes y vació la mitad del licor sobre el pecho y la barba de Edgar, anegando el bombasí hasta que los vapores etílicos ascendieron espesos e indiscutibles en la lluvia.
—Duérmela bien, predicador —se mofó el lacayo.
Dieron media vuelta, se fundieron entre el gentío electoral y desaparecieron.
Edgar quedó a solas sobre el banco.
Tenía los ojos desorbitados, pero ya no distinguía la muchedumbre, ni los faroles de la cantina, ni los pendones de los Whigs agitándose bajo la ventisca.
La belladona había rematado su faena destructora en sus nervios ópticos; el universo no era más que una bóveda negra que giraba vertiginosamente, cruzada por relámpagos de un violeta cáustico.
En su entendimiento, se hallaba a cuatrocientas millas al sur, en el salón principal de East Grace Street.
El fuego languidecía en la rejilla. Elmira estaba sentada junto a él sobre el canapé de crin, envolviendo sus muñecas ardientes con sus manos pequeñas y piadosas, mientras su voz susurraba en el silencio: He rogado al clérigo que reserve la fecha del diecisiete…
Y en la repisa de la chimenea, tras la puertecilla de latón donde se guardaba la llave de cuerda, el reloj de bronce francés continuaba desgranando los segundos sobre el pliego sellado con lacre gris que los sicarios jamás lograron encontrar.
Tic. Tac. Tic.
Con su mano derecha amoratada y raspada, Edgar intentó cruzar el brazo sobre el pecho para ocultar la mancha de aguardiente sobre su solapa prestada: para encubrir la calumnia antes de que el mundo llegara con sus cuadernos de notas.
Los dedos no le respondieron. A través del estruendo del agua, unas pisadas apresuradas chapotearon sobre las tablas del paso y se detuvieron en seco junto al tonel de sidra.
—Elmira… —exhaló Edgar en medio del vaho a aguardiente de maíz, con un aliento tan leve que el cajista de imprenta inclinado sobre él solo percibió un estertor en el pecho—. Guardé… el juramento…
(Fin de la Iteración 03 — Cierre el volumen por esta noche, o regrese al muelle de Light Street para abrir la Puerta IV)