La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Segundo El Boticario
66%

Capítulo Segundo El Boticario

✦ ❖ ✦

La puerta del gabinete contiguo se abrió de par en par, y un segundo individuo irrumpió en el salón encarnado.

Era un sujeto menudo y fofo de unos cincuenta y cinco años, con un cráneo calvo y lustroso orlado por rizos grasientos de un pelo bermejo.

Su rostro era redondo, cetrino y picado de viruelas; vestía una levita negra raída que apestaba de manera sofocante a esencia de clavo, alcanfor y láudano rancio.

Bajo el brazo sostenía un pequeño maletín de caoba con guarniciones de latón, repleto de frascos de farmacia.

—Señor Poe —anunció Bland con la gélida compostura de un cirujano que presenta a su ayudante clínico—, permítame presentarle al doctor Matthew Croghan, antiguo miembro de la Facultad de Medicina de Maryland.

El doctor Croghan regenta un modesto establecimiento en East Lombard Street y comprende la delicada química del sistema nervioso humano con mucha mayor pericia que sus amigos de Richmond.

Edgar no miró a Croghan. Apretó la cabeza de marfil del bastón de malaca, buscando con el pulgar el resorte de plata oculto bajo la garganta del lebrel.

—Me marcho, señor Bland —dijo Edgar, dando un paso resuelto hacia la puerta principal.

Dos hombres de hombros anchos vestidos con capas de cochero se deslizaron en el vano tras él, bloqueando el picaporte con sus cuerpos macizos. Ninguno portaba armas visibles; ambos permanecían con los brazos cruzados sobre el pecho, de mandíbulas cuadradas e impasibles como postes de piedra.

—No saldrá usted de Baltimore, Edgar —sentenció Bland, acercándose a la mesa y escanciando dos dedos de oporto denso y oscuro en una copa—. Al menos, no en calidad de desposado.

—No pueden retenerme aquí por la fuerza —susurró Edgar, con el corazón martilleándole el pecho en una cadencia trémula y desacompasada—. Tengo amigos leales en esta ciudad. El doctor Snodgrass… Neilson Poe… el viejo Henry Herring…

—¿Neilson Poe? —Bland soltó una risa seca—.

Su primo Neilson le detesta, Edgar. Le considera una afrenta pública para el apellido.

Si le comunico a Neilson que ha arribado a Baltimore sumido en una embriaguez bochornosa y que duerme la mona en el Barnum, me agradecerá de rodillas haber evitado que su estampa deshonre la calle Baltimore.

Bland posó la copa sobre la caoba y escrutó a Edgar con un cálculo frío y desprovisto de prisas.

—¿Acaso imagina que somos necios, Poe? ¿Cree que los albaceas de Alexander Shelton no estudiaron al milímetro el historial de su dolencia antes de que yo subiera a bordo del vapor en Rockett’s Landing?

Sabemos todo lo acontecido en Filadelfia en julio.

Conocemos el delirio, el afeitado del bigote, los tres días en la enfermería de la prisión cuando juraba usted que una gavilla de conjurados le amputaba los miembros a la señora Clemm.

Es usted un dipsómano. Una sola copa de alcohol inflama su cerebro hasta sumirlo en una locura violenta y desprovista de sentido.

Bland tamborileó sobre la madera con su uña pulida.

—Si le asesinamos, Edgar, Elmira levantará un santuario a su memoria. Vestirá luto riguroso durante siete años; enmarcará sus versos mediocres en pan de oro y verterá lágrimas sobre ellos en el salón; convertirá en mártir al menesteroso que murió por su amor.

Bland sonrió: una dilatación lenta y espantosa de sus labios finos.

—No abrigamos la menor intención de convertirle en un mártir. Proyectamos transformarle en una abominación.

[ E.A.P. // AL LECTOR ]

¿Aprecia usted la maestría de la infamia, lector mío?

Un salteador de caminos vulgar le descerraja a uno un tiro en el vientre para arrebatarle el reloj.

Un politicastro lo encierra en un corral para arrancarle el voto.

Pero un caballero virginiano —un señor de rancio abolengo y hacienda saneada— le destruye a usted el alma, y deja la carroña para que las gacetas la sepulten bajo el oprobio.

Conocía a Elmira. Conocía a la mujer piadosa, tímida y decorosa que me obligó a prestar juramento ante los Hijos de la Templanza antes de consentir en rozar mi mano con sus labios.

Si unos maleantes me daban muerte, me amaría por toda la eternidad.

Pero si me hallaban revolcándome en una zanja irlandesa, apestando a aguardiente pestilente, farfullando incoherencias frente a una taberna electoral embutido en los calzones mugrientos de otro hombre…

volvería la espalda a mi sepultura con un estremecimiento de piadoso asco, dando gracias a Dios por haber salvado el caudal de su padre de las garras de un borracho.

Esa era la urdimbre. Y en el estuche de caoba sobre el tapete aguardaban los instrumentos quirúrgicos.

—La carta, Edgar —dijo Bland en un tono suave.

Edgar se petrificó.

—¿Qué carta?

—La epístola que entregó a Elmira el miércoles por la tarde —repuso Bland, endureciendo la voz en un susurro metálico—. El pliego cerrado con lacre gris que ella depositó en el interior del reloj de bronce de la repisa de Grace Street después de que usted cruzara el portal.

Edgar sintió una gota de sudor helado deslizarse por su espinazo. El reloj. La pequeña compuerta dorada tras la cual se custodiaba la llave de cuerda. A nadie se lo había referido; no había cruzado palabra con alma viviente entre Grace Street y la taberna del Cisne.

—Southall la vio ocultarla allí —añadió Bland, devorando con la mirada cada crispación en el semblante de Edgar—.

Trató de forzar la caja una vez que ella se retiró a sus aposentos, mas la llavecita colgaba de su faltriquera.

¿Qué contiene ese pliego, Poe? ¿Un contrato matrimonial clandestino?

¿Una cesión de sus derechos viudales? ¿La confesión detallada de sus deudas?

—No es ninguna de esas cosas —contestó Edgar, con la voz vibrando de un orgullo aristocrático indomable.

—¿Qué es entonces?

—Una confidencia sagrada entre dos seres que se amaban mucho antes de que su miserable banco recibiera carta de naturaleza —escupió Edgar—. Y tendrán que degollarme antes de arrancar una sola sílaba de ese papel.

Bland exhaló un suspiro: una modulación de sincero y fastidiado desaliento.

—Confiaba en prescindir de la botica —dijo, asintiendo hacia Croghan—. Proceda, Matthew. Mas mida con escrúpulo las dosis. Debe caminar hacia las urnas el miércoles; tiene que ser contemplado por testigos fidedignos; ha de pronunciar su nombre para que los gacetilleros tomen nota.

—Descuide, señor Bland —silbó Croghan, con las mejillas cacarizas perladas de sudor mientras descerrajaba el estuche—.

La fórmula es de estricta escuela clásica.

Un grano de tártaro emético para vaciar el estómago; cuatro granos de calomelanos para inflamar el vientre y provocar la debida fiebre biliosa; y treinta gotas de tintura de belladona en espíritu de vino para conservar las pupilas dilatadas y la lengua trabada.

Un hombre bajo semejante régimen no acertaría a andar recto ni para salvar el alma de su madre, pero ante cualquier guardia de Baltimore pasará por un beodo empedernido en el segundo estadio de la mania-a-potu.

—¡Atrás! —susurró Edgar, retrocediendo hacia un rincón del salón, enarbolando el bastón del doctor Carter como una vara defensiva—. Se lo advierto… ¡estoy armado!…

—Quítenle el bastón, muchachos —ordenó Bland con frialdad.

Los dos cocheros avanzaron a un tiempo. Edgar oprimió el resorte argénteo bajo la mandíbula del lebrel de marfil; la hoja toledana de dieciocho pulgadas saltó del fuste con un siseo perverso de metal bruñido.

Arremetió en una estocada limpia y desesperada —el lance clásico que le enseñaron los maestros de esgrima de West Point—, buscando la garganta del más próximo.

La punta jamás alcanzó su blanco.

Un pesado almohadón de carruaje, arrojado por el segundo cochero, golpeó el antebrazo de Edgar con la violencia de un saco de arena. El estoque se desvió; un puño de hierro lo alcanzó bajo la oreja, y el salón carmesí estalló en mil llamaradas concéntricas.

Cayó desplomado sobre la alfombra Wilton, golpeando la sien contra la defensa de latón de la chimenea.

✦ ❖ ✦

Durante tres jornadas enteras, el curso del tiempo no tuvo otra medida que las gotas amargas vertidas sobre su lengua.

No lo retuvieron en el Barnum; el establecimiento era demasiado concurrido, los recepcionistas demasiado suspicaces.

En lo más cerrado de la noche entre el viernes y el sábado, mientras la lluvia batía las calzadas desiertas, lo introdujeron en el fondo de un carruaje cerrado, envuelto en una manta de caballeriza, y lo trasladaron al cubil de Croghan: una hedionda buhardilla cerrada a cal y canto sobre una botica de East Lombard Street, a escasas tres manzanas de la taberna electoral de Gunner’s Hall.

La estancia apestaba a vinagre rancio, unturas para ganado y el tufo dulzón y sofocante del cloroformo.

Yacía sobre un jergón de tela basta manchada, con las muñecas amarradas a los largueros de hierro con tiras de cuero grasiento.

Cada vez que el sopor comenzaba a disiparse —cada vez que sus pupilas lograban fijarse en las grietas del yeso del techo y sus labios articulaban con esfuerzo los nombres de Muddy…

Sissy… Elmira…—, Croghan emergía de la sombra.

El rostro cetrino, picado de viruelas, se cernía sobre él a la luz de una vela, exhalando su vaho a rapé y aguardiente, y una cuchara de hierro se encajaba entre sus dientes.

—Trague, señor Director —susurraba Croghan con grotesca jovialidad—. Unas gotas del cordial del río James. Para que la bilis no se estanque.

El brebaje era ardiente y almibarado, con sabor a azúcar quemada, almendras amargas y alcohol puro. A los cinco minutos de apurar la toma, la estancia comenzaba a girar sobre un eje nauseabundo y pausado.

Su organismo libraba una rebelión violenta y continua.

El calomelano le desgarraba las entrañas como lejía líquida; la garganta le ardía con una sed árida y asfixiante que agua alguna lograba aplacar, mas cuando Croghan le acercaba un cuenco a los labios, Edgar descubría que la belladona le había paralizado la musculatura del velo del paladar: se atragantaba, convulsionaba y escupía el líquido sobre su pecho en un acceso desgarrador de tos espasmódica.

Hidrofobia, computó un rincón remoto de su cerebro: la voz analítica e incorpórea de Monsieur Dupin, contemplando la demolición de su propio instrumento desde un gélido mirador del intelecto.

Los canallas han inducido una hidrofobia artificial con la belladona.

Si un médico me examina en este trance, jurará que padezco la rabia de un perro callejero.

Y a través de la niebla del delirio, la capa verde de Bland iba y venía como un espectro de pesadilla.

El letrado permanecía a los pies del camastro, con un reloj de bolsillo abierto en la palma de la mano, descontando las fechas.

—Lunes por la noche, Edgar —llegaba la voz de Bland a través de la penumbra—.

Las elecciones son el miércoles. El Cuarto Distrito rebosará de reporteros del Sun y del Patriot.

Cuando le descubran tendido frente a la taberna de Ryan, la noticia llegará a Richmond el jueves por la noche.

Elmira la leerá sentada a la mesa del desayuno.

Bland se inclinaba, con los ojos brillando a la luz del sebo.

—Leerá que su bardo… su virtuoso e intachable Hijo de la Templanza…

fue hallado privado del sentido en la zanja de una cantina con una botella de aguardiente en la mano.

Y el diecisiete de octubre, Edgar, permanecerá sentada y a solas en el templo de la colina, dando gracias al Altísimo por haberla librado de la deshonra de su apellido.

Edgar intentó hablar. Quiso gritarle al leguleyo que un nombre no es una heredad: que un nombre, una vez grabado en la memoria de un pueblo, no puede borrarse con la cuchara de un boticario.

Mas lo que brotó de sus fauces fue solo una espuma negra y espesa, y el estertor cavernoso de quien ha cruzado ya los umbrales del sepulcro:

—Elmira… la carta… el reloj…

—El reloj guardará su secreto, Edgar —susurró Bland, enfilando los peldaños—. Y usted guardará el suyo.