Capítulo Primero La Levita de Virginia #2
Los ojos de Edgar se entrecerraron.
—Le restan nueve minutos de sus diez, señor Bland. Le aconsejo que no los malgaste en ultrajes.
—Constatación de hechos, señor mío, no injuria —dijo Bland con flema—.
Por la cláusula quinta del testamento del señor Shelton, si Sarah Elmira Shelton contrae nuevas nupcias sin la anuencia expresa y por escrito de los fideicomisarios, tres cuartas partes del patrimonio personal y la totalidad de los muelles del río revierten de ipso facto en los hijos.
La residencia de Grace Street permanece en su poder…
sujeta, no obstante, a una hipoteca vitalicia suscrita con el Banco de los Plantadores.
Bland alzó la mirada, clavando sus ojos acerados en el rostro de Edgar.
—¿Sabe usted lo que eso representa en moneda contante y sonante, señor Poe?
—Soy director literario, señor mío —repuso Edgar—, no tenedor de libros.
—Significa que la mujer que pretende usted conducir al altar el diecisiete de octubre no será una viuda acaudalada con cien mil dólares de renta.
Será una señora empobrecida con una asignación de apenas cuatrocientos dólares al año: suma escasamente suficiente para satisfacer los tributos de su ajuar doméstico y el salario de dos criadas.
Su hijo renegará de ella. Su hija no volverá a recibirla bajo su techo.
La sociedad selecta de Richmond le clausurará sus salones con la misma severidad con que repudiaría a una perdida refugiada en un sótano de mariscos.
Bland guardó silencio, dejando que la pesadumbre calara en el salón carmesí. El reloj de la repisa —un bronce francés que figuraba al Tiempo con su guadaña— desgranaba los segundos con un golpe pesado y metálico.
—Usted —prosiguió Bland en un susurro— es incapaz de sustentarse a sí mismo, señor Poe.
En 1847, las gacetas de Nueva York abrían colectas de veinticinco centavos para impedir que su esposa moribunda pereciese de frío envuelta en una capa de caballería.
¿Pretende añadir a la señora Shelton a ese hogar de miserias?
Edgar sintió que la sangre abandonaba su rostro hasta dejarle los labios fríos como plomo.
La memoria de Fordham —la ventisca colándose por los resquicios del tejado, la tos de Sissy, la gata recostada sobre el pecho de la enferma para brindarle calor— le subió a la garganta como una arcada de hiel amarga.
—Dispongo de mil quinientos dólares —susurró Edgar, llevando maquinalmente la mano al pecho de su levita—. Cuento con suscripciones en firme… tengo los cimientos de una publicación monumental…
—Dispone usted de papel mojado —escarneció Bland, perdiendo por vez primera la máscara de cortesía y enseñando unos colmillos amarillentos y duros—.
Cuenta con promesas de maestros de escuela rurales y cajistas arruinados.
En seis meses, The Stylus reposará en la tumba junto al Broadway Journal y el Southern Literary Messenger, y andará usted mendigando préstamos de cinco dólares a George Graham para costearse una tonelada de carbón.
Bland se puso en pie, apoyándose sobre la mesa de caoba hasta dejar su rostro a escasas pulgadas del de Edgar.
—La familia no lo consentirá, Poe. No permitiremos que el apellido Shelton sea arrastrado por los tribunales de quiebras y las gacetillas de escándalos policiales.
—¿Y de qué suerte —inquirió Edgar, con su voz barítona vibrando con una cólera concentrada y temible— proyecta impedirlo la familia?
Bland metió la mano en el bolsillo interior de su capa y extrajo un pliego grueso y crujiente de pergamino azulado, cerrado con tres sellos de lacre encarnado.
—Una escritura de renuncia —dijo Bland—.
Con su firma al pie. A cambio, recibirá usted dos mil dólares en billetes de oro del Banco de Virginia, contados en su mano esta misma tarde.
Continuará camino a Filadelfia. Fundará su revista.
No volverá a posar jamás la planta en la Mancomunidad de Virginia, y no dirigirá una sola línea más, ni pública ni privada, a Sarah Elmira Shelton.
Edgar contempló el pliego azul. Miró la capa verde botella. Y luego, muy despacio, sus labios se curvaron en aquella sonrisa leve, descendente y melancólica que tantas veces había desconcertado a los salones de Nueva York.
—Es usted un imbécil, señor Bland —dijo Edgar con voz queda.
—¿Cómo dice?
—Ha consumido su existencia entre hipotecas y fardos de tabaco, e imagina que todos los hombres están hechos del mismo sebo.
Si hubiese codiciado el dinero de Elmira, me habría apoderado de él hace veinticuatro años, cuando su padre me interceptaba las cartas y me tachaba de mendigo.
Nada me importan sus dos mil dólares. Nada me importa el Banco de los Plantadores.
Y veré a usted, a Southall Shelton y a cada albacea de Richmond arder en los infiernos antes de estampar una sola tilde en su documento.
Los ojos de Bland se endurecieron como dos lascas de pizarra. No profirió alarido alguno. Se limitó a recoger el pergamino azul, doblarlo en dos y devolverlo al cartapacio.
—Confiaba —murmuró el letrado— en que poseyera usted una brizna de esa inteligencia que los gacetilleros tanto le ensalzan. Compruebo que no conserva más que la terquedad del vagabundo.
Se volvió hacia la puerta comunicante del salón y golpeó dos veces el tablero de caoba con los nudillos.
—Doctor Croghan —dijo al madero—. El caballero ha rehusado.