La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Primero La Levita de Virginia
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Capítulo Primero La Levita de Virginia

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EL REGISTRO FORENSE

(La Verdad Histórica Documentada)

Antes de que la máquina registre la tercera muerte, el acta forense debe exhibir la estructura financiera que rodeaba a Edgar Allan Poe en el último otoño de su vida:

El Patrimonio de Alexander Shelton. Cuando el acaudalado comerciante Alexander Shelton falleció en Richmond en 1844, legó a su viuda, Sarah Elmira Royster Shelton, el usufructo vitalicio de una cuantiosa fortuna: bienes raíces a lo largo del río James, acciones bancarias y moneda en efectivo, estimada por sus contemporáneos entre cincuenta mil y cien mil dólares: una suma colosal para 1849.

La Penalización por Segundas Nupcias. Bajo los estrictos términos de la jurisprudencia de equidad de Virginia y las cláusulas del testamento de Alexander Shelton, una gran porción del caudal de la viuda quedaba gravada.

Si Elmira contraía nuevo matrimonio, la administración de los bienes pasaba automáticamente a albaceas y fideicomisarios designados para salvaguardar los intereses de sus dos hijos supervivientes, Ann y Southall.

Para la parentela de Elmira y su círculo mercantil, la perspectiva de que un redactor de revistas menesteroso, excéntrico y de notoriedad turbulenta obtuviera el control del patrimonio Shelton representaba una catástrofe inadmisible.

El Rumor Persistente. Tras la enigmática muerte de Poe en Baltimore, circularon persistentes testimonios tanto en Richmond como en Baltimore asegurando que Poe había sido perseguido desde Virginia por individuos resueltos a impedir el enlace previsto para el 17 de octubre.

El doctor William Hand Browne, de la Universidad Johns Hopkins, recogió más tarde informes de que parientes o mandatarios de la familia Shelton interceptaron a Poe en Baltimore con el propósito de alejarlo de Richmond o deshonrarlo sin remedio.

La Desaparición del Dinero. Poe partió de Richmond portando aproximadamente 1,500 dólares en recibos de suscripciones, letras de cambio y honorarios de sus conferencias.

Ni un solo dólar fue recuperado jamás. Su baúl sufrió retrasos en el tránsito, fue forzado y revisado, y se remitió a sus deudos semanas después de su sepelio.

Aquí concluye el registro. Lo que sigue es la tercera probabilidad.

[ E.A.P. // AL LECTOR ]

En la primera muerte, se adueñaron de mi carne para arrancar un voto.En la segunda, me despojaron del juicio a cambio de un mapa.

Llegamos ahora al engranaje más antiguo y respetable del asesinato humano: el dinero.

Conoce usted de sobra la ralea de caballero que aquí me quitó la vida.

Se cruza con él a diario sobre las anchas losas de sus casas de banca.

No empuña la porra de carnicero de Billy, ni apesta al aceite de ballena de Glass.

Su lencería está tiesa de almidón; su sombrero de castor luce cepillado con brillo de espejo; asiste a la iglesia episcopal los domingos y deplora con devoción la vulgaridad del populacho.

No le pega un tiro a un semejante en un callejón; se limita a concertar los medios para que el individuo sea hallado en un estado que vuelva imposible su supervivencia.

Obsérvelo descender por el muelle. Avanza con el paso sigiloso del albacea que acaba de descubrir un descuadre de dos centavos en el libro de cuentas de un huérfano.

La lluvia comenzaba a transformar el polvillo de carbón del muelle de Light Street en un fango espeso y negro como tinta de imprenta.

Edgar aguardaba bajo el alero chorreante del cobertizo de equipajes a que el mozo de cuerda subiera su baúl de la bodega del Pocahontas.

Tenía el frío clavado en la médula, pero el cuello de la camisa le apretaba la garganta, seco y ardiente, como si le hubiesen ceñido un alambre caliente bajo el corbatín.

A su derecha, sobre los tablones resbaladizos, divisó al dependiente Hollis Dorsey departiendo con Billy el carnicero; a su izquierda, la corpulenta silueta del foquero Ezekiel Glass cargaba sobre el hombro un arcón reforzado con flejes de hierro.

Edgar no miró a ninguno de los dos.

Una mano —fina, enjuta, enfundada en un guante de ante amarillo— le tocó el codo con la suave y mesurada familiaridad de un viejo conocido.

—Señor Poe —dijo una voz baja y cultivada, que arrastraba el inconfundible acento señorial de las colinas de Richmond—. Confiaba en alcanzarle antes de que alquilase un carruaje de plaza.

Edgar se volvió.

A su lado, bajo el cobertizo, se hallaba el caballero que le había dirigido la palabra junto a la borda del vapor al avistar Fortress Monroe: el señor Beverly Bland, abogado del foro de Capitol Square.

Vestía una pesada capa de viaje de paño verde botella, forrada de seda oscura y asegurada a la garganta con dos broches de plata.

Bajo el brazo sostenía una cartera plana de tafilete marroquí atada con cinta rosa; su sombrero de castor estaba seco, protegido por el paraguas de un lacayo negro que permanecía a tres pasos de distancia, bajo el agua.

—Señor Bland —respondió Edgar, adoptando maquinalmente su estirada postura militar—. Ignoraba que sus diligencias en el Norte coincidieran con tanta puntualidad con las mías.

—Mis diligencias, distinguido señor, atañen exclusivamente a su persona —repuso Bland, sonriendo con unos labios delgados y descoloridos que dejaban ver una dentadura tan blanca y simétrica como una hilera de lápidas menudas—.

El tiempo es deplorable, y un muelle no es aposento digno para una conferencia entre caballeros.

Mi carruaje aguarda en la esquina de Pratt Street.

El Hotel Barnum dispone de un salón privado con chimenea encendida y servicio de té que me he tomado la libertad de reservar para nuestro provecho.

Edgar frunció el ceño, apretando el lebrel de marfil del bastón del doctor Carter.

—Le agradezco el ofrecimiento, señor Bland, pero tengo compromisos ineludibles en Filadelfia. El tren de la tarde…

—Los convoyes hacia Filadelfia —deslizó Bland con suavidad, inclinándose apenas para que el aroma a agua de laurel y hoja de tabaco habano se impusiera al hedor del muelle— partirán también mañana, señor Poe.

En cambio, el asunto sobre el cual he recibido instrucciones precisas no admite demora de veinticuatro horas.

Concierne a la señora Shelton. Y, muy singularmente, atañe al joven Southall.

Al escuchar el nombre de Southall Shelton, Edgar enmudeció.

Recordó al muchacho plantado en la escalera del vestíbulo de Grace Street veinticuatro horas antes, las botas relucientes, el desdén cortés y quirúrgico: «Es una levita magnífica, señor. ¿Lleva muchos años prestando servicio?».

—Si Southall ha destacado a un leguleyo a Baltimore —repuso Edgar, dejando caer la voz a ese registro gélido y pausado que reservaba para los directores de prensa enemigos—, bien pudo ahorrarse los honorarios.

Los afectos de su señora madre no son una escritura de propiedad que se dirima en el Tribunal de Equidad.

—Nadie pone en tela de juicio los afectos de la dama, señor Poe —replicó Bland, modulando un tono de untuosa conmiseración profesional—.

Lo único que impugnamos es su bancarrota.

Venga. Diez minutos al amor de la lumbre en el Barnum.

Si tras escuchar la propuesta que los albaceas me han encomendado trasladarle insiste aún en tomar los vagones, mi carruaje le conducirá al depósito de President Street con mis más cumplidos respetos.

Edgar contempló la calzada anegada. La fiebre en su sangre asestó una punzada nauseabunda contra sus sienes; llevaba las botas encharcadas; los carruajes de alquiler a lo largo del muelle estaban atestados de viajeros maldicientes.

Una estancia caldeada en el Barnum —el mejor establecimiento del Sur—, lumbre privada y un arreglo decoroso que despejara los nubarrones del hogar de Elmira antes de los esponsales del 17 de octubre.

—Sea —accedió Edgar—. Diez minutos, señor Bland. Ni un segundo más.

—Palabra de caballero —asintió Bland, haciéndose a un lado con un revuelo aristocrático de su capa verde para ceder el paso al poeta hacia el carruaje.

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El Barnum’s City Hotel, en la confluencia de las calles Calvert y Fayette, era un alcázar de chimeneas de mármol, alfombras Wilton y servidumbre silenciosa de pisada amortiguada.

El salón privado del piso principal era reducido, sofocante y estaba guarnecido con cortinajes de damasco encarnado que clausuraban la llovizna gris de la ciudad.

Una lumbre de carbón ardía con furor en la rejilla de acero bruñido, proyectando un fulgor rojizo y palpitante sobre una mesa central de caoba, en la cual reposaban un juego de té de plata, una bandeja de bizcochos de anís, una garrafa de jerez ambarino y dos copas de cristal tallado.

Edgar permanecía de pie ante la chimenea, sujetando el bastón del doctor Carter con ambas manos, sintiendo el calor azotarle los pantalones húmedos.

Aquel bochorno resultaba alarmante; en lugar de aliviarle el escalofrío, parecía empujar la calentura hacia sus adentros, haciendo zumbar su cerebro con una nota aguda, sutil y metálica, como un timbre distante.

Bland desabrochó su capa, dejó el sombrero sobre un velador y sirvió la infusión de la tetera de plata en una taza de porcelana.

—¿Gusta de un té, señor Poe?

—Gracias —dijo Edgar, tomando la taza. Los dedos le temblaban contra el platillo; debió sostenerlo con ambas manos para evitar que el líquido se derramara—. Hablemos, señor Bland. Aludió usted a instrucciones de los albaceas.

Bland arrastró un pesado sillón hasta la mesa, tomó asiento y desató la cinta rosada de su cartapacio de tafilete.

—Alexander Shelton —comenzó Bland, bajando la vista hacia sus documentos con la fría satisfacción del astrónomo que verifica un eclipse anunciado— era un comerciante extraordinariamente precavido.

Al expirar, sabía con entera exactitud la condición de su viuda: una dama de impulsos candorosos, fácilmente impresionable por el sentimentalismo, e incapaz por entero de discernir entre un bardo y un desaprensivo.