Capítulo Tercero La Cortina Blanca
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Una sábana de lumbre amarillenta rugió por el tiro de la estufa Franklin.
El aceite de ballena en llamas salpicó el banco de pino seco, alcanzando los cantos del diario de Reynolds encuadernado en piel de cerdo.
En un parpadeo, el pergamino se transmutó en una pira cegadora de fulgor níveo: no anaranjada como la leña común, sino de un resplandor de plata incandescente e insoportable que inundó la nave entera con una claridad aterradora.
El papel no despidió humo. Se deshizo en una densa ventisca arremolinada de ceniza impalpable y blanca que flotaba entre las velas suspendidas, cegando a los intrusos apostados en la escalera y saturando el ambiente con un polvo glacial y asfixiante que sabía a piedra pómez molida y vitriolo.
—¡Los documentos! —bramó el oficial naval, tosiendo hebras de sangre al abrasarse sus bronquios con la ceniza polar—. ¡Salven la bitácora!
Dos detonaciones retumbaron en la densa humareda.
Ezekiel Glass recibió ambos plomos en pleno pecho.
El macizo foquero se tambaleó hacia atrás contra el banco con un quejido sordo, desgarrándose el chaquetón con manos crispadas mientras la sangre manaba caliente sobre los flejes de hierro del arcón.
No se desplomó. Con la furia galvánica y espantosa de los moribundos, aferró la pesada barreta de hierro, la hundió en el cráneo del carabinero y arrastró al oficial consigo en su caída sobre las virutas encendidas.
—¡Poe! —consiguió balbucear Glass, con la boca espumando un líquido rosáceo—. La levita… ¡quítese la levita…!
Edgar, medio cegado por el ardor de la ceniza, con la hoja toledana aún empuñada en su diestra temblorosa, cayó de hinojos junto al marinero que expiraba.
—Glass… ¡por amor de Dios!…
—Vigilan… a un caballero de negro… —articuló el foquero con estertores agónicos, desgarrando con dedos ensangrentados las solapas de paño fino de Edgar—. Cada pescante del muelle… buscando al literato… le cortarán el cuello para arrebatarle el arcón…
Antes de que Edgar atinara a resistirse, la fuerza frenética del moribundo, ciega e irresistible como la resaca del mar, arrancó la levita oscura de los hombros del poeta.
Las costuras cedieron con un seco desgarro.
Los mil quinientos dólares atesorados en la cartera de tafilete marroquí, la carta sin echar dirigida a Muddy y la vaina de malaca con el lebrel de marfil del doctor Carter cayeron todos en el regazo ensangrentado del marino.
Glass arrojó sus propios andrajos contra los brazos temblorosos de Edgar: una chaqueta de bombasí tosco, rígida de mugre y grasa, con un tufo insoportable a sebo viejo y agua de sentina; un pantalón deshilachado de lana basta que dejaba al descubierto tres pulgadas de canilla; y, descolgado de una clavija contigua a la escala, un estrafalario sombrero de hojas de palma podrido por el relente, reliquia de una antigua campaña foquera en el puerto de Callao.
—Póngaselos… —graznó Glass, con las pupilas empañadas por la película grisácea de la muerte—. Corra al Cuarto Distrito… la marea electoral… piérdase en el populacho…
—¡El cilindro! —gritó Edgar, buscando con desesperación la piedra negra de obsidiana en medio de la tormenta de ceniza blanca.
El banco de trabajo era una pira ardiente.
El cilindro descansaba en el corazón mismo del fuego, despidiendo una luminiscencia violeta y suave, enteramente inmune a las llamas.
Mas al tender Edgar la mano para rescatarlo, una repentina y concusiva ráfaga de aire —más helada que la ventisca arrojada por un témpano de Groenlandia— estalló desde el fondo de la estufa, arrancando las tejas del tejado, reventando los cristales del tragaluz y proyectando al poeta hacia atrás por la escotilla trasera, arrojándolo al callejón anegado y sombrío.
Golpeó con el hombro los adoquines enfangados de Thames Street; el estoque desnudo del doctor Carter resbaló de sus dedos insensibles, perdiéndose con un tintineo metálico en la boca de una alcantarilla bajo las piedras.
Arriba, la velería ardía en un fuego silencioso, blanco y desprovisto de calor, que no desprendía humo alguno hacia el cielo desolado.
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Durante dieciocho horas, un hombre sin nombre vagó por las callejuelas de Baltimore.
Ignoraba qué jornada del calendario corría; ignoraba de quién era el pantalón que le laceraba las pantorrillas, ni a quién pertenecían las mangas manchadas de unto que le oprimían los omóplatos hasta impedirle casi respirar. Su entendimiento había dejado de albergar pensamientos humanos.
Tenía los pulmones saturados de ceniza blanca del polo. Cada bocanada de aire le sabía a toba caliza congelada; cada vez que tosía contra la manga de bombasí, un sedimento calizo y albo quedaba impregnado en la tela, exhalando un aroma sutil a bajamar.
Su fiebre ya no constituía una dolencia: era una lente de aumento.
A través de la lluvia torrencial del miércoles por la mañana, la ciudad de Baltimore dejó de manifestarse como un conjunto geométrico de ladrillos y sillería.
Las casas alineadas de Lombard Street se inclinaban unas hacia otras a semejanza de los acantilados basálticos de la barrera antártica; las alcantarillas cenagosas borboteaban espuma láctea y fosforescente; los percherones que arrastraban los carretones por el lodo se le antojaban bestias colosales, desprovistas de pelaje, blancas como cuajada, avanzando en silencio por un desierto ilimitado de vapor.
Caminaba con la cerviz echada hacia atrás, contemplando los nubarrones plomizos a través del ala porosa y deshilachada del sombrero de palma veraniego.
Sobre la urbe, millas más allá de las agujas de las iglesias, la catarata blanca caía sin tregua.
Lograba percibirla con nitidez: un trueno sordo y subterráneo que hacía vibrar las suelas de sus zapatos desfondados, una cascada cósmica por la que toda la tinta, todas las epístolas, todos los poemas y todas las mujeres que había amado en su existencia se precipitaban hacia el agujero negro situado en el polo sur del globo terráqueo.
—Edgar —susurraba el viento en los aleros del Cuarto Distrito.
—Aquí estoy —contestó él a la nada, con los dientes castañeteando con tal violencia que se mordió el labio hasta brotar sangre—. Aquí estoy, Reynolds. He conservado el rumbo.
A su alrededor, la multitud vociferaba. Las banderas pendían empapadas bajo el aguacero.
¡Whigs! ¡Whigs del Cuarto! ¡Voten por Cole!
Una masa de jornaleros irlandeses embriagados lo empujó sobre los tablones tendidos frente a una taberna de ladrillo.
Alguien le metió a la fuerza una papeleta electoral en el puño cerrado; otro individuo le propinó un golpe en la espalda con el puño de un paraguas, riendo a carcajadas.
Edgar no se volvió. Las rodillas se le doblaron bajo el peso de la levita de bombasí y cayó desplomado sobre un banco de madera arrimado bajo el toldo de la cantina, con la espalda apoyada en las tablas húmedas de pino y los zapatos enfangados en la zanja amarilla del arroyo.
[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]
El frío arrecia sin tregua.
En el sótano —en la primera muerte— al menos se sentía el calor de los cuerpos de otros semejantes. Se percibía el aliento del muchacho alemán, la mano firme del soldado, el olor a aguardiente. Aquí no queda más que la ceniza.
Mire mi mano tendida sobre el banco, lector.
La dermis se tiñe del blanco ceniciento de la cuajada.
Cuando paso la lengua por el paladar, saboreo el agua lechosa de los ochenta y cuatro grados.
Durante tres segundos, recién ahora, fui incapaz de recordar el nombre de la anciana que remendaba mis puños en Fordham.
Maria… Maria… figuraba en la carta consumida por la estufa.
No aparte los ojos de la página. Si cierra usted los párpados, el hielo empañará el cristal y me quedaré atrapado en el polo para siempre.
El banco de madera bajo el alero de la taberna lo acogió como la bancada de una chalupa ballenera a la deriva.
Edgar dejó caer la cabeza contra las tablas húmedas de pino.
Sus zapatos destrozados arrastraban en la cuneta de East Lombard Street, mas para sus pupilas veladas por la ceniza, el lodo amarillento ya no era lodo.
Estaba tibio. Brotaba de él un vapor en espirales pálidas que olía a salmuera y piedra pómez; la zanja se ensanchaba hasta transformarse en una corriente que tiraba hacia el sur franco: silenciosa, veloz y tersa como el aceite.
Calle abajo, un mozo envuelto en una capa de hule —un aprendiz de imprenta con pliegos de pruebas húmedos bajo el brazo— se detuvo al borde de las tablas de cruce, contemplando horrorizado la estampa de aquel hombre lívido como el sebo, embutido en el bombasí del foquero muerto y con el sombrero de palma de Callao destrozado por la lluvia.
Edgar no vio al muchacho.
Miraba en derechura hacia arriba, a través de la paja rota del ala, hacia el cielo que lloraba sobre el Cuarto Distrito.
Y allí, entre las chimeneas fabriles de Baltimore, las nubes grises del temporal se abrían de horizonte a horizonte, apartándose en silencio a la manera de los pliegues de una inmensa cortina blanca.
Tras las nubes no había sol, ni luna, ni estrellas: únicamente un abismo de blancura cegadora e incandescente, desde el cual una figura amortajada, infinitamente más colosal que cualquier criatura nacida de mujer, se inclinaba a través de la ceniza que caía para tomarlo de la mano.
(Fin de la Iteración 02 — Cierre el volumen por esta noche, o regrese al muelle de Light Street para abrir la Puerta III)