La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Segundo Latitud 84
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Capítulo Segundo Latitud 84

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El interior del baúl marino exhalaba un tufo a sargazo seco, virutas de cedro y el vaho mineral y frío de las rocas abisales. En su compartimento forrado de zinc descansaban tres objetos, acomodados sobre un lecho de lana basta sin hilar:

El segundo era un pesado frasco de botica de vidrio verde oscuro, cuadrangular, de cinco pulgadas de altura, sellado en el cuello con plomo fundido y lacre carmesí.

En su interior, ocupando dos tercios del volumen, reposaba un líquido blancuzco, opaco y denso como leche de cabra.

Cuando Glass alzó el pomo de su lecho de lana y lo depositó en la palma de Edgar, el poeta ahogó un gemido y a punto estuvo de dejarlo caer sobre la mesa de trabajo.

El vidrio estaba tibio.

No era la calidez tibia de un objeto guardado en el bolsillo; irradiaba un calor continuo y biológico, de unos treinta y siete grados centígrados, latiendo con suavidad contra la dermis de su mano como el buche de un pichón vivo.

Más allá de la ventana del tragaluz, el viento del noreste estrellaba ráfagas de aguanieve contra los cristales; la estufa de hierro en el rincón se había reducido a cenizas grises; no obstante, el frasco en sus dedos quemaba con el ardor sofocante de un mediodía ecuatorial.

—Tome la tercera pieza —masculló Glass, despidiendo penachos de vaho blanco en el aire gélido de la velería—. Tómela, señor Poe. Es para lo que usted nació en este mundo.

Edgar hundió los dedos en la lana. Asió algo alargado, pesado y frío como un témpano.

Era un cilindro hueco de piedra negra y vitrificada, de ocho pulgadas de longitud y dos de diámetro, semejante a la obsidiana, aunque desprovisto de las fracturas concoideas propias del vidrio volcánico.

Su superficie era sedosa, densa y de una opacidad absoluta, absorbiendo la llama amarillenta del quinqué de aceite de ballena con tal voracidad que parecía menos un cuerpo en el espacio que una hendidura abierta en la fábrica misma de la estancia: un orificio por donde la mirada se precipitaba hacia un vacío insondable y desierto de estrellas.

Alrededor de su circunferencia superior corría una sucesión de signos grabados: incisiones jeroglíficas, angulosas y esbeltas, nítidas como cortes de diamante, idénticas en su morfología a los caracteres enigmáticos que Edgar había descrito en las gargantas de piedra de la isla de Tsalal en Arthur Gordon Pym.

—Lo dragamos a ochenta y cuatro grados y veinte minutos —reveló Glass, apoyando los puños en el banco—. En sesenta brazas de agua, donde el escandallo subió tan hirviente que derritió el sebo de la sonda. Dos jornadas después perdimos el bergantín.

—¿Y Reynolds? —susurró Edgar, sosteniendo el cilindro negro ante sus pupilas. La fiebre, que había dormitado durante el trayecto desde el muelle, ascendió por su garganta en una llamarada eléctrica—. ¿Dónde está Jeremiah Reynolds?

—Él se quedó —repuso Glass.

—¿Se quedó?

—Cuando el Antarctic encalló de babor en la banquisa y las cuadernas se abrieron, arriamos los dos botes balleneros.

Catorce marineros subimos a la lancha del combés con la galleta y el agua dulce.

El señor Reynolds se negó a embarcar con nosotros.

Se quedó en la yola. Llevaba sus instrumentos, dos barriles de cecina de cerdo y sus cronómetros.

Dijo que la corriente tiraba con rumbo sur-suroeste a cuatro nudos, en derechura hacia la muralla de vapor, y que un hombre que llevaba veinte años aporreando la puerta del mundo no iba a volver la espalda simplemente porque los maderos crujieran.

Glass se limpió la nariz con el envés de su pulgar pringoso.

—Me entregó la caja, señor Poe. La arrojó a nuestro bote al momento de cortar el cabo de proa.

Y me dijo: «Si alcanza usted las Malvinas, Glass, llévela a Baltimore.

Entréguesela a Edgar Poe. Hágale saber que su mapa era exacto hasta media legua náutica, pero que dejó la cortina descorrida, y la criatura oculta tras de ella no tiene nombre».

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Durante tres jornadas completas y dos noches en vela, Edgar Allan Poe no abandonó la velería de Thames Street.

No probó bocado de la dura galleta marinera que Glass dejó sobre el muelle del banco; únicamente bebía agua cuando la lengua se le pegaba con tanta fuerza al paladar que no acertaba a articular palabra.

Permanecía inmóvil sobre el taburete bajo las velas suspendidas a guisa de sudarios, envuelto en su levita de paño negro, con el cuaderno de piel de cerdo abierto ante sus ojos bajo el quinqué humeante.

Afuera, los campanarios de Baltimore desgranaban las horas del mundo: el mediodía del sábado, la noche del sábado, los repiques fúnebres del domingo en la iglesia de San Patricio, el amanecer del lunes primero de octubre.

Allá abajo, en la estación de President Street, los trenes hacia Filadelfia partían sin él; en Richmond, Sarah Elmira Royster Shelton aguardaba sentada ante su chimenea, interrogándose por qué el correo no traía pliego alguno; en Fordham, Maria Clemm contaba sus centavos y elevaba oraciones al cielo por su muchacho.

Edgar no percibía nada de ello. Solo escuchaba la voz de un difunto dialogando a través de diez mil leguas de hielo inmaculado.

El diario de Reynolds no constituía la bitácora de un navegante vulgar; era el testimonio clínico de una inteligencia desquiciada metódicamente por la arquitectura del cosmos:

…14 de febrero de 1841. Latitud 83° 40’ S.

Longitud imposible de determinar; los cronómetros marchan al revés tres segundos cada veinte.

El mar ha dejado de congelarse. El agua registra sesenta y dos grados Fahrenheit y ostenta una apariencia lechosa y fosforescente, insípida al paladar pero emitiendo un vapor sutil que despide olor a azufre quemado.

…18 de febrero. El polvo blanco no cesa de caer.

No es nieve; no se disuelve en agua; deja en la lengua un sabor intensamente amargo y glacial.

La marinería murmura. El segundo oficial jura haber visto tres figuras colosales caminando sobre la bruma hacia el sur, de talla superior a los palos de un navío de setenta y cuatro cañones, con cuerpos albos como la cuajada.

…22 de febrero. Hemos rebasado la barrera.

El Polo Sur no es un punto geométrico, como pretenden los geómetras; es una desgarradura.

Un abismo de veinte leguas de boca, por el cual el océano austral se precipita en una catarata sorda y sin fin de espuma hirviente hacia el interior hueco del globo terráqueo.

El aire sobre la fosa se halla henchido de una bruma luminosa y blanca en cuyo seno bullen siluetas…

siluetas que no guardan correspondencia con nada en la taxonomía de Dios…

A medida que Edgar leía, las yemas de sus dedos repasaban los trazos angulares esculpidos en el cilindro de obsidiana.

Una vibración extraña, sorda y zumbante comenzó a brotar del mineral.

Fue leve en un principio —no más intensa que el aleteo de un tábano aprisionado tras un cristal—, pero al cabo de una hora se transformó en un zumbido cavernoso y visceral que le taladraba la médula de las muñecas, repercutiendo en las clavículas, en las costillas y en el esmalte de su dentadura.

—Lo siente, ¿verdad? —dijo Glass desde la penumbra de las vigas, donde rebanaba tiras de bacalao seco con una navaja de marinero.

—Es… una oscilación —murmuró Edgar, con las pupilas dilatadas hasta anegar por completo el iris castaño de sus ojos—.

El universo no es materia inerte, Glass.

¡Es un mecanismo prodigioso de atracción y repulsión que colapsa hacia una inconcebible unidad original!

Lo plasmé en Eureka… ¡lo demostré mediante pura raciocinación! …

—Yo nada entiendo de Eureka —gruñó el foquero mientras descendía por la escala—. Solo sé que cuando esa piedra empieza a cantar, la ceniza principia a caer.

Edgar apartó la vista del pergamino.

En el interior de la velería, ochenta pies por debajo de las vigas herméticas y azotadas por la lluvia de Thames Street, el aire se había vuelto denso y abrasador.

El tufo a alquitrán y aceite de cetáceo se había desvanecido, suplantado por la fetidez punzante y eléctrica del relámpago y las almendras amargas.

Y desde el maderamen del techo, descolgándose entre las velas suspendidas como harina cernida a través de un tamiz, llovía un polvo impalpable y sutil: blanco, árido y helado como la escarcha adherida a una lápida mortuoria.

Caía sobre las solapas de Edgar; empolvaba sus rizos negros; se depositaba en los pliegues de su levita de paño oscuro a la manera de cal viva molida.

Extendió una mano trémula. Una brizna de aquel polvo se posó en su palma.

No se derritió. Le quemó la carne con un frío seco y mordaz que le arrancó un jadeo.

Se llevó el cilindro de obsidiana al ojo derecho, atisbando por su ánima vacía hacia la mecha del farol.

La llama no apareció al otro lado de la abertura.

En su lugar, contemplaba una llanura ilimitada y burbujeante de aguas lechosas bajo un firmamento de vapor condensado.

Millas adelante, donde debiera alzarse la línea del horizonte, el mar se quebraba en un gigantesco reborde curvo de basalto negro, por el cual un océano entero de fluido blanquecino y espumoso se vertía silenciosamente en las entrañas tenebrosas del mundo.

Y emergiendo del vórtice de aquella catarata, inmensa como una cordillera, envuelta en un sudario de ceniza impalpable, se erguía una figura humana cuyo rostro permanecía oculto, cuyos brazos abiertos abarcaban de confín a confín, y cuyos ojos —dos hendiduras llameantes y sin párpados de un azul de relámpago— taladraban la piedra para clavarse de lleno en el cerebro vivo de Edgar.

«Edgar», bramó el abismo con el fragor del choque de placas de la tierra. «Edgar Allan Poe».

Un crujido brutal y demoledor pulverizó la visión.

[ E.A.P. // AL LECTOR ]

Sonríe usted, ¿no es verdad?

«¡Una catarata!», exclama. «¡Un coloso amortajado! El pobre beodo ha disuelto demasiado láudano en su copa».

Explíqueme entonces, sagaz lector, por qué el polvo sobre mi levita no pudo lavarse jamás.

Acláreme por qué, cuando me recogieron en el Cuarto Distrito cuarenta y ocho horas después, mi cabello estaba cubierto de una toba volcánica que no pertenece a la estratigrafía de Maryland.

Dígame por qué los cajistas de la imprenta no consiguieron limpiar el hielo salobre incrustado en mis puños.

Cree usted que el mundo está hecho únicamente de ladrillos porque jamás se ha asomado por la chimenea. La compuerta estaba abierta, caballero. Y en la escalera inferior, los hombres de las hachas acababan de llegar.

Tacones de botas claveteadas retumbaron en los peldaños exteriores. La recia puerta de roble de la velería tembló bajo una sacudida brutal y acompasada: un mazo de herrero golpeando contra el cerrojo.

—¡Abran! —bramó una voz áspera desde el callejón—. ¡En nombre del Recaudador del Puerto! ¡Abran la puerta de inmediato!

Glass se puso en pie de un salto, cerrando la navaja de golpe, con sus pupilas descoloridas desorbitadas por un terror feroz e instintivo.

—Los agentes de la Armada —siseó el marinero, empuñando una barreta de hierro del banco—. Han rastreado los papeles del bergantín desde New London. Si se apoderan del arcón, lo hundirán a treinta brazas frente a Fort McHenry y jurarán que todo no fue más que patraña de contrabandistas.

—Carecen de orden judicial para… —balbució Edgar, incorporándose tambaleante del taburete.

—¡No precisan mandatos judiciales, letrado! ¡Tienen revólveres de seis tiros y grilletes de hierro!

La puerta inferior cedió con un estrépito aterrador de tablas astilladas. Pisadas pesadas —tres individuos, a juzgar por el calzado— ascendieron en estampida por el tramo interior de la escalera.

—¡Glass! —tronó una voz en la penumbra del descansillo—. ¡Apártate del banco, perro! ¡Te tenemos cercado!

Glass lanzó la barreta con furia salvaje escaleras abajo.

Un alarido rasgó la oscuridad, seguido de inmediato por la detonación ensordecedora de una pistola de arzón.

El proyectil perforó una de las velas suspendidas a escasas pulgadas de la oreja de Edgar, saturando el aire de lino chamuscado y pólvora negra.

—¡Tome el cilindro! —gruñó Glass, con el rostro manchado de sangre por una astilla voladora. Aferró a Edgar por la solapa y lo arrojó bruscamente hacia el tragaluz posterior—. ¡Llévese la piedra y corra hacia Lombard Street! ¡Busque al doctor Snodgrass… busque a alguien capaz de descifrar…!

Un hombre con levita naval azul irrumpió en la nave del desván, con un revólver humeante en la diestra y los ojos fijos en el cofre acorazado. Tras él asomó un segundo esbirro provisto de una carabina corta.

—¡Alto, en nombre de los Estados Unidos! —ladró el oficial, encañonando el pecho de Edgar.

Edgar Allan Poe no bajó los brazos.

Algo marcial, atávico e indómito despertó en las entrañas del hijo adoptivo desheredado de John Allan: el sargento mayor de artillería de Fortress Monroe que había consumido su existencia acorralado por hombres mezquinos armados de pagarés y libros de cuentas.

Sus dedos reconocieron el lebrel de marfil del bastón del doctor Carter.

Su pulgar presionó el resorte de plata bajo la mandíbula del can.

Clic.

Con un zumbido limpio y vibrante, como la cuerda frotada de un violín, dieciocho pulgadas de acero azul toledano emergieron del fuste de malaca bajo la luz del quinqué.

—¡Atrás, caballero! —advirtió Edgar, con su barítono resonando bajo las vigas con la espantosa limpidez de una campana de bronce—. ¡Soy oficial de tropa del ejército regular, y por el Dios vivo juro que atravesaré de parte a parte al primer miserable que profane esta mesa!

El oficial de marina vaciló, con el pulso titubeante, paralizado ante aquella estampa espectral: el caballero de negro con ceniza impalpable en la cabellera y un estoque centelleante en el puño.

Y en esa fracción de segundo de asombro, Glass arrojó el contenido entero del farol de aceite de ballena en el interior de la estufa Franklin.