La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Primero El Foquero #2
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Capítulo Primero El Foquero #2

Cerca de la estufa descansaban un banco de carpintero, dos taburetes de madera tosca y un farol de bitácora oscilando de un gancho de hierro forjado.

Glass depositó el arcón sobre el banco, se despojó del chaquetón y lo arrojó sobre un rollo de calabrote de tres pulgadas. Debajo vestía una chaqueta de sastre burda, acartonada por la grasa, de bombasí oscuro, y pantalones de lana apelmazados de barro seco en los dobladillos.

—Tome asiento, señor Poe —dijo el foquero, señalando con la cabeza el taburete contiguo a la estufa—. Tiembla usted como un lebrel metido en un saco mojado. Caliente sus manos. Aquí no hay aguardiente, por si esa es su zozobra. Nada más que agua limpia de la bomba y galleta de marinero.

Edgar apoyó el bastón del doctor Carter contra el banco, se quitó los guantes empapados y aproximó los dedos a la chapa de hierro. Su piel lucía lívida como la manteca; las uñas estaban amoratadas por el frío.

—Afirmó usted en el salón del vapor que escuchó disertar a Reynolds en Nueva York —comenzó Edgar, con una vibración en la voz que no lograba reprimir—. Dijo que habló de los ochenta y cuatro grados sur. ¡Pero la expedición zarpó al mando de Wilkes! A Reynolds lo destituyeron… lo dejaron en tierra…

—A Reynolds lo arrojaron a tierra los politicastros —interrumpió Glass, descolgando una barra de uña de la pared—.

La Armada no toleraba que un civil le señalara a capitanes de navío dónde concluía el globo terráqueo.

De suerte que hizo lo que hace cualquier hombre con el alma en llamas: acudió a los comerciantes.

En el treinta y nueve, tres caballeros de Salem y dos armadores de New London aparejaron un bergantín de trescientas toneladas, el Antarctic.

Sin gallardetes de la marina de guerra. Sin infantes de marina.

Sin oficiales de galones dorados que redactaran embustes para las gacetas.

Únicamente veintiséis hombres, cuatro botes balleneros y el señor Jeremiah Reynolds en la cámara de popa con sus cronómetros y sus cartas náuticas.

Glass encajó la barreta de hierro bajo los flejes de latón del baúl. La madera crujió; los clavos chirriaron al ser arrancados de las entrañas del roble.

—¿Estuvo usted con él? —inquirió Edgar en un suspiro, inclinándose hacia adelante, olvidando el calor de la estufa.

—Fui su segundo de a bordo —contestó Glass, arrancando el último fleje—.

Navegamos hacia el sur cruzando los Rugientes Cuarenta, rebasamos las Malvinas y descendimos más allá de las Shetland del Sur, donde las islas de hielo se alzan como catedrales blancas de sesenta millas de largo.

En enero del cuarenta y uno dimos con la hendidura.

—La hendidura —susurró Edgar.

—Un canal en la banquisa. Tan ancho como el río Delaware, orientado exactamente al sur franco.

La aguja de la bitácora comenzó a girar sobre sí misma: no de manera salvaje, sino lenta y perezosa, como una araña atrapada en un cuenco de aceite.

La temperatura del mar empezó a subir. A los ochenta y un grados, el agua marcaba cuarenta y cinco al termómetro.

A los ochenta y tres, subió a sesenta. A los ochenta y cuatro…

Glass enmudeció. Sus manos curtidas, toscas y anchas como jamones ahumados, reposaron sobre la tapa del arcón. Una quietud extraña, sobrecogedora, transfiguró sus facciones castigadas por los temporales.

—¿A los ochenta y cuatro? —lo urgió Edgar, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado.

—El agua se tornó blanca —repuso Glass en un susurro ceniciento—.

Espesa y nívea, como leche hervida. No había gaviotas, señor Poe.

Ni focas. Ni cetáceos. Ninguna criatura dotada de sangre.

Y del horizonte meridional se levantó un viento…

no gélido, sino tibio y sofocante, cargado de un polvo impalpable que caía sobre la cubierta y las jarcias como ceniza blanca purísima.

Y de un solo tirón, abrió de par en par la tapa del baúl.

[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]

Repare usted, lector mío, con qué docilidad se entrega el entendimiento a la cadencia de su propia obsesión.

Un hombre sensato —un individuo de su siglo moderno y electroquímico— se habría puesto en pie de aquel taburete, habría empuñado su bastón y descendido la escalera en demanda del alguacil más cercano.

Habría sentenciado: «He aquí un viejo lobo de mar hilvanando patrañas de castillo de proa extraídas de una novela olvidada».

¿Por qué no hui de allí? Porque aquel marino tosco articulaba la sintaxis exacta de mi propia condenación.

¡Yo había publicado esas mismísimas palabras once años atrás!

Yo había escrito sobre el mar lechoso, la ceniza blanca, la catarata que se despeña en el abismo.

Las concebí como una ficción, como una superchería desesperada para arrancar cincuenta dólares a los editores Harper y comprar leña con qué calentar a Virginia en el invierno.

Y ahora, en una velería sombría de Baltimore, un foquero analfabeto me leía mi propia pesadilla en voz alta desde un arcón forrado de hierro.

Dígame, amigo: si un extraño abriese un baúl en su presencia y extrajera de él el terror recóndito que encerró usted en su pecho durante la juventud, ¿daría media vuelta?

No lo haría jamás. Acercaría su taburete, como hice yo. Y se inclinaría sobre el abismo.