Capítulo Primero El Foquero
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EL REGISTRO FORENSE
(La Verdad Histórica Documentada)
Antes de que la máquina abra la segunda compuerta de probabilidades, es imperativo asentar el registro:
La Obsesión con Reynolds. Durante más de un decenio, Edgar Allan Poe defendió apasionadamente la causa de Jeremiah N.
Reynolds (1799–1858), el explorador y orador norteamericano que promulgó la hipótesis de la «Tierra Hueca» ideada por John Cleves Symmes Jr. y cabildeó incansablemente ante el Congreso para financiar la Expedición de Exploración de los Estados Unidos a la Antártida (la Expedición Wilkes de 1838–1842).
En el Southern Literary Messenger (enero de 1837), Poe reseñó el discurso de Reynolds ante el Capitolio con un elogio vehemente y desusado.
El Enigma de Arthur Gordon Pym. En 1838, Poe dio a la estampa su única novela concluida, The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket (La narración de Arthur Gordon Pym).
El libro se quiebra de manera abrupta en el Polo Sur, exactamente en la latitud 84° S, en el instante en que la canoa de Pym se precipita en un abismo de aguas tibias y lechosas bajo una catarata de ceniza blanca que cae del cenit, donde una figura humana amortajada, de proporciones colosales y blancura inmaculada, se alza ante ellos.
Poe jamás publicó una secuela; se limitó a estampar una nota editorial anónima en la que aducía que los capítulos póstumos se habían extraviado con la muerte súbita de Pym.
El Historial Clínico del Hospital. Conforme al testimonio del doctor John Joseph Moran, médico residente del Washington College Hospital, Poe consumió la noche del sábado 6 de octubre de 1849 sumido en un delirio violento e ininterrumpido, aullando un solo nombre en medio de las tinieblas: «¡Reynolds!
¡Reynolds! ¡Oh, Reynolds!». Los historiadores de las letras han debatido largamente si clamaba por Henry R.
Reynolds, el juez electoral del Cuarto Distrito, o por Jeremiah N.
Reynolds, el visionario del abismo polar.
La Coordenada. Viernes por la tarde, 28 de septiembre de 1849. El vapor Pocahontas atraca en el muelle de Light Street, en Baltimore, bajo un frío aguacero otoñal.
Aquí fenece el registro. Lo que sigue es el segundo hilo del tapiz.
[ E.A.P. // AL LECTOR ]
En la primera iteración, me vio usted ser devorado por la tierra.
Percibió el hedor a cal viva del sótano de la tonelería; contempló a Billy el carnicero atar mi cinta de abstinencia a una damajuana de aguardiente; me vio marchar por los distritos como una res conducida al matadero.
Aquella fue la muerte política: la muerte de fango, papeletas adulteradas y ginebra barata.
Satisfizo su inclinación por lo sórdido.
Examinemos ahora la otra muerte: la muerte que me aguardaba desde mis veintiocho años, cuando permanecía sentado en una buhardilla de la calle Sexta en Filadelfia, contemplando el tintero hasta que la tinta negra se transformaba en un mar de leche blanca, hirviente y cegador.
La máquina no engendró a Jeremiah Reynolds. Llevaba yo su nombre impreso en la sangre mucho antes de que la máquina fuese cobre y cristal. Vuelva la página, pues. Veamos si su pecho resiste este frío.
La plancha de desembarco del Pocahontas golpeó los maderos anegados del muelle de Light Street con un chasquido cavernoso y rotundo.
El vapor siseaba, níveo e iracundo, por los tubos de escape, reptando a ras de las aguas negras de la dársena.
Una lluvia gélida, cortante como granizo derretido, azotaba oblicua desde el Patapsco, lastimando los ojos y transformando la silueta de Baltimore en un peñascal dentado de pizarras escurridizas y arboladuras desnudas.
Edgar Poe puso el pie sobre el muelle.
Apretó con firmeza en la diestra el bastón de malaca del doctor Carter, sintiendo el lebrel de marfil frío contra las costillas.
Bajo la levita de paño negro bien cepillada, su brazo izquierdo apresaba contra el pecho la gruesa cartera de tafilete marroquí.
Mil quinientos dólares. La carta sin franquear dirigida a Muddy.
Dio dos pasos decididos sobre la picea empapada y se detuvo bajo el cobertizo de un carretero para permitir que el vértigo amainara su pulso.
Al otro lado de la ancha y fangosa franja de Pratt Street, resguardados bajo el toldo de un despacho de ostras, dos hombres vigilaban el desembarco: un dependiente enjuto con levita vuelta y un libro de cuentas de hule bajo el brazo, y un carnicero de espaldas macizas con delantal de cuero, haciendo girar con indolencia una porra de nogal.
Los ojos del dependiente se alzaron. Reconoció la frente amplia y despejada de Edgar, se tocó el ala del sombrero con un ademán afable de fingida simpatía y dio medio paso hacia los adoquines.
Edgar experimentó una contracción súbita y punzante en la base de la nuca: el presentimiento instintivo de la fiera que ventea la trampa antes de que quiebre la rama.
No, murmuró una voz interior, tenue y remota como un pergamino quebradizo. Esa puerta no. En ese sótano ya he muerto una vez.
Volvió la espalda al dependiente.
En el extremo más distante del muelle, junto a una pirámide de barriles de bacalao en salmuera y cordajes rezumantes, aguardaba de pie el marinero de anchos hombros que había viajado en el salón de proa del navío: Ezekiel Glass, el foquero de Stonington de orejas comidas por el hielo.
Lucía el mismo chaquetón de abrigo pringado de grasa, pero ahora su gorra marinera de lona cubría sus ojos, desvaídos y fríos como un cielo invernal; sobre el hombro balanceaba un pesado baúl de roble oscuro con herrajes de hierro, cuyas cantoneras de latón forjado habían florecido en el verdín salino del océano.
Glass cruzó su mirada con la de Edgar a través de la cortina de agua. No hizo señal alguna con la mano. Se limitó a alzar un índice nudoso, tamborileó sobre la cerradura de bronce del arcón y enfiló la boca estrecha de un callejón que conducía hacia Fell’s Point.
Edgar no titubeó. Se abotonó la levita hasta el cuello, acomodó el bastón de marfil bajo el brazo y siguió al marinero en la niebla.
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Las calles de Fell’s Point, a esa hora agónica de la tarde, semejaban una selva anfibia poblada por almacenes navales, velerías y casas de huéspedes que apestaban a sentina, col hervida y alquitrán de hulla.
El agua rodaba revuelta por las alcantarillas, arrastrando estopas grasientas y cangrejos muertos hacia los atracaderos.
Glass caminaba con el paso cadencioso y seguro del marino habituado a tablones resbaladizos en medio del temporal, sin volver la vista atrás, triturando la gravilla con sus recias botas en un ritmo uniforme que Edgar, abrasado por la fiebre incipiente, apenas lograba emular.
Dos veces tropezó el poeta contra los cantos rodados cubiertos de limo; dos veces el martilleo en sus sienes estalló en un cerco de fuego escarlata.
—¡Glass! —gritó Edgar, con la voz ahogada por el clamor del aguacero contra los tejados de pizarra—. ¡Señor Glass! ¿Adónde me conduce?
El marino torció la esquina de Thames Street, se internó en una callejuela encajonada entre dos tonelerías y se plantó ante una pesada puerta guarnecida de clavos de hierro, resguardada bajo una escalera de madera exterior.
Sobre el dintel colgaba un madero de pino descolorido, cuyas letras doradas habían sido casi borradas por veinte años de intemperie y salitre: V.
R. PHOEBUS & SONS — APAREJADORES Y VELEROS.
Glass descargó el baúl acorazado sobre el umbral de piedra con un golpe sordo, extrajo una colosal llave de hierro de su chaquetón y la hizo girar en la cerradura. El cerrojo cedió despidiendo un chirrido de herrumbre agónica.
—Arriba —ordenó Glass, indicando con el mentón el interior oscuro.
—He de tomar un tren en el depósito de President Street —adujo Edgar, plantándose a tres pasos sobre las losas anegadas, con el aliento entrecortado y ronco—. Los vagones hacia Filadelfia parten al anochecer…
—No hay vagones que le aguarden hoy en Filadelfia, señor Poe —replicó el marinero, clavando en el rostro del poeta unos ojos glaucos que no parpadeaban—. Hoy no. No antes de que contemple lo que reposa en el fondo de esta caja.
—¿Con qué autoridad pretende retenerme? —inquirió Edgar, irguiéndose en un conato de asumir la severa prestancia militar de sus días de sargento mayor—. Soy ciudadano de Virginia. La señora Loud me aguarda formalmente…
—Bajo la autoridad del señor Reynolds —zanjó Glass sin alterar el tono.
Asió el arcón por las manijas de cáñamo alquitranado, lo levantó sobre el umbral con tanta ligereza como si fuese un canasto de pan y subió la empinada escalera de carcoma hacia la penumbra superior.
Edgar permaneció un instante en el callejón.
La lluvia helada escurría por el ala de su sombrero de castor negro, calándole los hombros.
A sus espaldas quedaba la urbe de Baltimore: las tabernas ruidosas, las pandillas electorales, las casas de empeño, los acreedores y la humillante lucha cotidiana por préstamos de cinco dólares y reseñas en gacetillas literarias.
Delante, escaleras arriba en la oscuridad, resonaba el nombre solitario que había perseguido sus delirios desde que era cadete en West Point.
Traspuso el umbral y cerró la pesada hoja de roble a sus espaldas.
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La velería medía ochenta pies de longitud, desprovista de cielo raso hasta las vigas de la techumbre, y apestaba intensamente a cáñamo embreado, sebo de ballena y lona seca.
Hileras de velas a medio coser —inmensos lienzos de lino blanco y pesado— pendían de las vigas maestras a guisa de sudarios colosales, parcelando la cavernosa nave en pasillos fantasmales que se agitaban y suspiraban cada vez que el vendaval sacudía la estructura.
Al fondo de la estancia, bajo un amplio tragaluz abuhardillado que dominaba la extensión gris y encrespada de la bahía, una estufa Franklin despedía un resplandor cobrizo y tenue a través de sus ventanillas de mica.